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Hacer el bien donde me toque estar
MÉXICO | MIEMBROS | ESPIRITUALIDAD
Breda O’Sullivan, consagrada del Regnum Christi, nos narra algunas experiencias de sus 30 años de vida consagrada.

30 años consagrada
Breda O’Sullivan (izquierda), consagrada del Regnum Christi

Nací en Irlanda, la “Isla de santos y estudiantes” el 23 de septiembre de 1964. La verdad, desde pequeña, era una niña muy activa, sensible y con un gran amor a la vida. Las cosas me llamaban mucho la atención, sobre todo las maravillas de la naturaleza, la lluvia, las noches estrelladas, las flores. Éramos cinco hermanos, todos muy diferentes pero muy unidos. No tengo recuerdo de haber comprado o disfrutado algo sin compartirlo con ellos, ¡ni siquiera una barra de chocolate!

Nunca me imaginé que un día sería yo una consagrada del Regnum Christi. No sabía ni qué significaba esta palabra. Pero, de pequeña, supe con mucha claridad que la vida pasa muy rápido y que yo tenía una misión en este mundo: Hacer el bien en donde me tocaba estar, vivir la vida con intensidad porque es un regalo y estar para otros cuando lo iban a necesitar. De pequeña me marcaron mucho dos cosas que, hasta el día de hoy, me mueven a seguir luchando para logar esta meta que Dios me ha puesto: llegar a gozar de Él cuando todo se termina en esta vida. Una cosa que me marcó fue la muerte de mi abuela, una mujer de virtud, probada en la fortaleza, que vivía con una paciencia ante las situaciones más complejas; esto me llamó mucho la atención. Yo era una chiquilla muy perceptiva e intuitiva; a veces captaba más de lo que se imaginaban los adultos.

Cuando tenía 11 años mi abuelita falleció. Fue la primera vez en mi vida que vi llorar a mi papá. Pedí ir al funeral con él para despedirme (asi lo pensaba en mi cabecita de niña) de una persona que, sin ella nunca saberlo, había dejado una huella imborrable en mí. Había estado en mi vida de forma silenciosa, humilde, entregada... y al verla, pensé para mis adentros “un día seré yo y quiero morir así”. Reflejaba una serenidad y una paz que nunca había visto. “Así será el Cielo” (pensé).

Lo otro que me llamó mucho la atención era el ejemplo de mis maestros.

De pequeña, a veces pasaba malos ratos por falta de dinero en casa. Una vez, estando yo en la primaria, una maestra se dio cuenta que no llevaba lunch. Desde ese día en adelante, la maestra me llevaba un sándwich hecho por ella misma. Y no solo eso, a veces cocinaba un pie de manzana, me regalaba uno entero para mí y para mis hermanas. Creo que de allí aprendí que lo más importante en esta vida no es tanto lo que uno dice, sino lo que hace, que son los hechos lo que realmente importan. Las obras son lo que quedan. Tal vez ninguna de mis amigas se dio cuenta de este acto de amor, pero Dios sí lo registró para la eternidad.

Tal vez, en este contexto, es más fácil entender la vocación, que siempre he visto como un servicio; servicio que es entregarse día a día con generosidad, dando lo mejor de lo que uno tenga. Hay días más fáciles, otros más difíciles como en todo camino cristiano, pero lo esencial es, para mí, no vivir buscándome ni mirándome a mí misma. A los 17 años, descubrí al Regnum Christi en un programa de verano donde vi claramente que allí Dios me quería para servirle donde Él quería y en el lugar que Él quería. Después de un tiempo hice mis promesas como miembro consagrado de esta obra, que es claramente de Dios.

Cada día descubro la sabiduría de un Dios que nos lleva por un camino de purificación y nos invita a vivir en Él y con Él. Ciertamente veo a cada paso mis imperfecciones y limitaciones. Dios no hace hombres perfectos, pero sí nos da un corazón y una libertad para escogerle y serle fiel. Dios no se ha fijado nunca en lo que me ha faltado, sólo en el deseo sincero de amarle y buscar su rostro. Yo hoy le diría a los jóvenes que la vida es lo más maravilloso que tenemos, que vale la pena darlo todo haciendo el bien. No hay que llegar a la vejez pensando en todo lo que “pude” haber hecho. La vida está llena de opciones, la paz y la felicidad están en optar por lo mejor, lo correcto, aunque, muchas veces es lo más difícil; es lo que lleva a más amor. Los jóvenes son los mejores apóstoles entre ellos mismos.

Hay que ver la vida como una misión y sentir el amor de Dios, tan lleno de misericordia y de perdón. Todo esto nos ayuda a levantarnos de cualquier caída, de cualquier dificultad. Soy amada por Él, y le agradezco todos los días que se haya fijado en mí. Conocerlo a Él ha sido lo mejor que me ha pasado.

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Breda actualmente es formadora de secundaria en el Instituto Irlandés Femenino de México.



FECHA DE PUBLICACIÓN: 2014-03-18


 

 


 



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