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Cuando el tiempo ha desgastado una relación
EL SALVADOR | ACTUALIDAD | ARTÍCULOS DE OPINIÓN
«Renueva y sana hoy todas las resquebrajaduras hechas a lo largo de estos años en tu corazón y que te han hecho una persona iracunda, poco comprensiva e intolerante».

Viejitos peleando
"Si Pedro abría la boca para decir una palabra, Julia decía cinco; si el hombre le contestaba con diez, Julia con quince, y así se pasaban largas horas hiriéndose".

Por el P. Dennis Doren, L.C.

Sabemos que las relaciones con el tiempo se van gastando, perdemos la tolerancia, la capacidad de escucha, ya no dialogamos, comenzamos con actitudes de desconfianza, la relación se va enfriando y pareciera que todo lo que dice o hace el otro me causa malestar. Cuántos matrimonios o relaciones familiares con el paso del tiempo se vuelven insoportables, y todo comenzó con pequeñas cosas, hoy es el día de hacer un algo en el camino y ver cómo va mi relación con mis seres cercanos, hasta dónde se mantiene el respeto, el cariño, la confianza y la comunicación, actitudes bases para construir sobre roca nuestra vida familiar y amistad con los demás, aquí un buen sabio te deja esta lección.

En una aldea remota vivía una pareja con sus buenos años de casados, Pedro y Julia. Ya acostumbrados el uno del otro, con las clásicas amarguras y la vida dura les habían curtido y endurecido el corazón. De las alegrías y diálogo cariñoso de los primeros tiempos pasaron a vivir discutiendo y gritándose el día entero.

Si Pedro abría la boca para decir una palabra, Julia decía cinco; si el hombre le contestaba con diez, Julia con quince, y así se pasaban largas horas hiriéndose. Vivían en un discutir permanente, y lo que es peor, sin acordarse muchas veces del por qué discutían.

-¿Y por qué estamos peleando? -preguntaba perplejo Pedro.
-¿Que por qué? ¡Por tu culpa!
-¡No! ¡Por la tuya!

Y nuevamente se comenzaba un pleito sin fin, día a día, año tras año.

Los vecinos, cansados ya de tantos gritos, apenados por la forma en que los viejitos estaban pasando lo que debían ser sus años dorados, contaron a la señora que en lo alto de la montaña vivía un gran sabio dueño de un agua mágica. Decían los vecinos que esa agua curaba todo tipo de situaciones, y que los ayudaría para que no siguieran peleándose.

Allá fue Julia, confiando al sabio con lágrimas en los ojos la situación de dolor, desconfianza y rencores que tenía con su esposo de tantos años. Al terminar su exposición, el hombre le entregó una sencilla botella llena de agua.

-Aquí está su solución. Cuando Pedro comience a pelear, tome un poco de esta agua y manténgala en su boca. No la escupa ni la trague hasta que él se calme. Hágalo así siempre. Ya verá como todo se solucionará.
-¡Por qué no está lista la comida! -fue el saludo de Pedro. Ella, sin contestarle, tomó un poco del agua y la mantuvo en su boca. El anciano seguía gritándole. Ella, callada. Viendo Pedro que no le contestaba, también calló. La anciana, cantando alegremente, preparó una suculenta comida. Luego, nuevamente la comenzó a atacar:
-¡Mira la casa, toda sucia y desarreglada!

La pobre Julia, ofendida y dolida, quiso responderle, pero tomó un poco del agua y calló. Al ver que no le respondía el viejo hizo lo mismo, calló.

Y así ocurrió una y otra vez. Con el tiempo, los ancianos dejaron de discutir, pelear, gritar, y aprendieron a vivir con una gran tranquilidad, como la gente. Ella le contó a su compañero todo lo del sabio y la botella de agua, y juntos fueron a lo alto de la montaña a agradecerle por esa agua maravillosa que había cambiado sus vidas.

El sabio les dijo que lo que contenía la botella era agua, simple agua, y que el aprender a controlarse fue lo que les enseñó a vivir sin peleas y gritos, dándose tiempo antes de responder, pensando qué y cómo decir las cosas.

Y los esposos se dieron cuenta de que Dios había contestado aquella hermosa oración, que en sus años mozos solían dirigirle, y que dice:

Enséñame a regalar a todos, cada día, una palabra sencilla y un gesto sincero.
Regalar algo de mi tiempo a quien lo necesita.
Regalar el perdón a quien me haya herido.
Regalar mi generosidad a quien es más pobre que yo.
Que sepa regalar cada día una mirada abierta, un corazón atento, diálogo para respetarnos y amor para entendernos.

Renueva y sana hoy con esta oración todas las resquebrajaduras hechas a lo largo de estos años en tu corazón y que te han hecho una persona iracunda, poco comprensiva e intolerante, y bebe una vez más del agua viva del amor que te lleve a reestablecer con paz y armonía todas tus relaciones con los demás.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-04-22


 

 


 



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