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El Sagrado Corazón, centro y origen de la espiritualidad de la Legión de Cristo y del Regnum Christi
ESTADOS UNIDOS | REGNUM CHRISTI | TEXTOS

Sagrado Corazón de Jesús.

Por el P. Luis Garza Medina, L.C.

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Índice

1. Introducción

2. Historia de la espiritualidad del Sagrado Corazón

3. Espiritualidad del Corazón de Cristo

A. Aspectos esenciales de esta espiritualidad

i. El amor y la misericordia
a. Amor de oblación y el concepto de militancia
b. La misericordia y la caridad
c. La reparación
d. La Eucaristía

ii. La humanidad de Cristo
a. Acceso a Cristo por su humanidad
b. Consecuencias del camino de la humanidad de Cristo

iii. El Reino
a. El Sagrado Corazón y el Reino
b. Significado del Reino

B. Lo que se deriva de esta espiritualidad

i. La obediencia

ii. Papel de María en la Redención

iii. El Espíritu Santo

4. Conclusión


1. Introducción

En años recientes se ha cuestionado la existencia de un carisma propio de la Legión y del Regnum Christi y se ha llegado incluso a afirmar que no tenemos una espiritualidad.

Creo que el Papa Benedicto XVI y el Cardenal de Paolis han sido claros sobre la real existencia de un carisma. De hecho, en este periodo, todos los legionarios, consagrados y miembros del RC estamos tratando de hacer una formulación básica del carisma para que sirva de plataforma común.

Es evidente que sí hay un carisma y una espiritualidad. Pero, ¿cuál es la espiritualidad del Regnum Christi y de la Legión de Cristo? Este escrito no pretende ser un estudio científico ni una explicación exhaustiva. Quiero señalar simplemente lo que en mi opinión es el origen de nuestra espiritualidad y las virtudes que de allí se derivan. El proceso de revisión de las Constituciones y Estatutos llegará a expresar estas ideas más certeramente y con más profundidad.

Para hablar de la espiritualidad de la Legión y del Regnum Christi, es preciso primero entender qué es la espiritualidad de un instituto religioso o de un movimiento, es decir, de una realidad carismática en la Iglesia.

La espiritualidad propia de un instituto es la forma como se establece la relación con Dios y el servicio debido a Él. Se trata de un conjunto unitario de convicciones e ideas que tiene su reflejo en la práctica de la vida. No son verdades separadas como si fueran retazos sueltos. Todo tiene relación entre sí. La comprensión del misterio cristiano debe ser total y no dejar de lado ninguna de las verdades de la fe, aunque se privilegie algún aspecto. Esta definición específica es lo que hace que sea una espiritualidad propia.

Así, la espiritualidad de un movimiento acentúa algunas verdades de la fe sobre otras; pone más de relieve algunas virtudes sin perder de vista el ejemplo de Cristo en su totalidad; además de la santificación de sus miembros, tiende a un fin específico; se ayuda de particulares medios y prácticas de vida espiritual con unas notas características;  incluso su liturgia, dentro de la fidelidad a las rúbricas, adquiere una coloración particular; etc.

¿Cuál es entonces la espiritualidad de la Legión y del Regnum Christi?

Para mí, nuestra espiritualidad nace del Sagrado Corazón de Jesús y es en esta devoción y en este misterio donde se explican todos sus elementos esenciales.

Hay tres modos de entender la devoción al Sagrado Corazón y su espiritualidad: 1) Una devoción más como las muchas que hay en la actualidad en la Iglesia con un conjunto de prácticas devocionales. 2) Una forma de ver el misterio de Jesucristo que privilegia algunas virtudes relacionadas con las ideas que tenemos sobre el corazón: mansedumbre, compasión, etc. 3) La humanidad y conciencia de Cristo con quien nos relacionamos en nuestro acceso al misterio de Dios.

En la Legión, al inicio de nuestra historia sí se privilegiaron las prácticas devocionales propias del Sagrado Corazón. Con el tiempo fueron cayendo en desuso y hoy, en la tradición de la Legión y del Regnum Christi, aunque se mantienen algunas como la celebración de la Hora Eucarística semanal con espíritu de reparación, la celebración de las misas los viernes primeros de mes en algunos de nuestros apostolados, el triduo de carnaval que hacemos para reparar el Sagrado Corazón, etc., no se les concede un lugar de particular relevancia.

Sin embargo, el hecho de no insistir en las prácticas devocionales no es necesariamente importante para definir la espiritualidad. Muchas de ellas de hecho son mudables y dependen de situaciones sociales y culturales.

En cambio, sí damos mucha importancia a unas virtudes que se derivan del misterio del Sagrado Corazón. El amor encendido a Dios y en Dios a los hombres para llevarles el Evangelio, la aceptación de la cruz y el sufrimiento como la prueba mayor del amor, la donación y oblación total de nosotros mismos hasta derramar la última gota de sangre, la reparación y expiación por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad, la misericordia, bondad y caridad propias del corazón de Cristo, la importancia que se concede a la humanidad de Cristo, etc.

Asimismo, nuestro cristocentrismo toma principalísimamente como foco y punto de visión la persona humana de Cristo cuya imagen es el corazón de Cristo. Así nuestra relación con Cristo se hace real en la visión del Cristo encarnado, real, hombre como nosotros que nace, vive y muere por amor a todos. Un Cristo que vive en obediencia al Padre, pero también concretamente a S. José y la Virgen y a todas las autoridades humanas. Un Cristo pobre y desprendido de sí. Un Cristo casto con un amor dedicado sólo al Padre y a los hombres. Un Cristo esforzado que no perdona fatiga para anunciar la llegada del Reino. Un Cristo que aprende sufriendo a obedecer y asume en sí el sacrifico cruento de la cruz. Un Cristo que forma apóstoles y los manda a anunciar la llegada del Reino. Un Cristo que se relaciona con sus discípulos, que goza de las cosas buenas de la vida en alabanza del Padre y que hace de su vida una oración continua.

Siempre ha presidido los lugares más nobles de nuestras casas la imagen de lo que hemos llamado el “Cristo Legionario”. En lo personal, en esa imagen he visto estas características y el impulso a amarlo, imitarlo y seguirlo.

Estos son los rasgos fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón. Sin embargo, es preciso decir algo más y profundizar en el contenido de este misterio para poder encuadrar los puntales de nuestra espiritualidad. Es lo que trato de hacer en estas páginas.

2. Historia de la espiritualidad del Sagrado Corazón

No pretendo hacer una historia completa, pues no tengo la preparación para hacerla, sino simplemente mencionar algunos aspectos que nos ayuden a entender más completamente la espiritualidad del Corazón de Cristo.

La devoción al Sagrado Corazón nace a partir de la reflexión sobre el costado traspasado y la visión de la humanidad de Cristo. Es decir, tiene su fundamento en la encarnación y obtiene sus contenidos del momento culmen de la misión de Cristo en la tierra cuando el Corazón de Cristo derrama sangre y agua. En este sentido, se puede decir que los elementos que componen la devoción al Corazón de Cristo están presentes desde siempre en la vida y espiritualidad de la Iglesia, aunque tal vez no de forma tematizada.

La devoción como la conocemos hoy inicia en el medievo, en la espiritualidad monástica (san Bernardo, santa Matilde y santa Gertrudis). El corazón de Jesús se vuelve el punto de partida del movimiento del amor místico (el corazón de la persona divina-humana de Cristo es la fuente del amor infinito) y del corazón traspasado sale el don del Espíritu que baja a nuestra alma para realizar en nosotros la unión e incorporación a Cristo. De hecho, santa Gertrudis tiene visiones sobre el Sagrado Corazón en las que se revela el amor infinito del Corazón de Cristo a la humanidad.

S. Juan Eudes dice en el libro Cœur admirable:
«El Corazón adorable de Jesús es el principio y la fuente de todos los misterios y circunstancias de su vida, de todo lo que ha pensado, hecho y sufrido...; es la fiesta de las fiestas, porque su Corazón abrasado de amor es quien le ha movido a hacer todas estas cosas. Esta fiesta pertenece más bien al cielo que a la tierra, es más bien festividad de serafines, que festividad de hombres».

Es santa Margarita María, sin embargo, la que recibe las apariciones del Corazón de Cristo y quien lleva esta devoción a su expresión actual. Es en la primera aparición, que ella cuenta en una carta al P. Croiset, cuando se descubren los contenidos de esta devoción. En ella dice:
«Y me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres, y de apartarlos del camino de perdición adonde Satanás los precipita en tropel, le había hecho formar este designio, de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracia, de santificación y de salud que contenía, a fin de que, todos aquellos que quisieren darle y procurarle todo el honor, el amor y la gloria que estuviere en su mano, Él los enriqueciese con abundancia y profusión de estos divinos tesoros del Corazón de Dios, que es la fuente de ellos, y al cual era necesario honrar bajo la figura de este Corazón de carne, cuya imagen deseaba Él fuese expuesta y llevada consigo, sobre el corazón, para imprimir en él su amor y llenarle de todos los dones de que Él estaba henchido, y para destruir en él todos los movimientos desordenados».
«Y que esta devoción era como un último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres en estos últimos siglos con esta redención amorosa, para sustraerlos del imperio de Satán, el cual pretendía arruinar, y para colocarlos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, que quería restablecer en los corazones de todos aquellos que quisiesen abrazar esta devoción»
.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos[1] presenta una síntesis de esta devoción:
«La Edad Media fue una época especialmente fecunda para el desarrollo de la devoción al Corazón del Salvador. Hombres insignes por su doctrina y santidad, como san Bernardo (+1153), san Buenaventura (+1274), y místicos como santa Lutgarda (+1246), santa Matilde de Magdeburgo (+1282), las santas hermanas Matilde (+1299) y Gertrudis (+1302) del monasterio de Helfta, Ludolfo de Sajonia (+1378), santa Catalina de Siena (+1380), profundizaron en el misterio del Corazón de Cristo, en el que veían el “refugio” donde acogerse, la sede de la misericordia, el lugar del encuentro con Él, la fuente del amor infinito del Señor, la fuente de la cual brota el agua del Espíritu, la verdadera tierra prometida y el verdadero paraíso.
En la época moderna, el culto del Corazón de Salvador tuvo un nuevo desarrollo. En un momento en el que el jansenismo proclamaba los rigores de la justicia divina, la devoción al Corazón de Cristo fue un antídoto eficaz para suscitar en los fieles el amor al Señor y la confianza en su infinita misericordia, de la cual el Corazón es prenda y símbolo. San Francisco de Sales (+1622), que adoptó como norma de vida y apostolado la actitud fundamental del Corazón de Cristo, esto es, la humildad, la mansedumbre (cfr. Mt 11,29), el amor tierno y misericordioso; santa Margarita María de Alacoque (+1690), a quien el Señor mostró repetidas veces las riquezas de su Corazón; San Juan Eudes (+1680), promotor del culto litúrgico al sagrado Corazón; san Claudio de la Colombiere (+1682), San Juan Bosco (+1888) y otros santos, han sido insignes apóstoles de la devoción al sagrado Corazón»
.

Con el pasar de los siglos, algunos aspectos de la devoción al Sagrado Corazón y su significado han llegado a ser más explícitos. Hay dos en concreto que quiero mencionar. El primero es la relación del Sagrado Corazón con Cristo Rey y el segundo es la relación con la Misericordia.

Estos “desarrollos” naturales de la devoción han llegado a ser comprendidos por diversos caminos. La relación del Sagrado Corazón con Cristo Rey la fija el Santo Padre Pío XI[2]:
«¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900».

En cambio, la relación con la infinita misericordia de Dios se revela a santa Faustina Kowalska. El Santo Padre, Juan Pablo II dijo en la homilía de la canonización de la santa[3]:
«Confitemini Domino quoniam bonus, quoniam in saeculum misericordia eius. "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia" (Sal 118,1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. (...) Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos" (Jn 20,21-23).
Antes de pronunciar estas palabras, Jesús muestra sus manos y su costado. Es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De este corazón sor Faustina Kowalska, la beata que a partir de ahora llamaremos santa, verá salir dos haces de luz que iluminan el mundo: "Estos dos haces -le explicó Jesús mismo- representan la sangre y el agua" (Diario, 299)»
.

En relación con nuestra propia historia, no podemos olvidar el ambiente espiritual en el que nació la Legión de Cristo, la primera parte de la familia del Regnum Christi. En México, desde el fin del siglo XIX se fue extendiendo con mucha fuerza la devoción al Sagrado Corazón y era frecuente que en las casas se entronizara el Sagrado Corazón. Eran años difíciles para la nación y para la Iglesia. México pasó por una revolución que concluyó en 1917. En ese momento se redactó una nueva constitución. En ella prácticamente se negaban todos los derechos a la Iglesia estableciendo las bases para las luchas religiosas que sucederían después.

Para implorar la paz en México, desde 1914 los obispos mexicanos quisieron consagrar el país al Sagrado Corazón y construir un monumento dedicado a él. Éste deseo se hizo realidad en 1920 en el Cerro del Cubilete en Guanajuato, el centro geográfico de México. En 1923 se puso la primera piedra para un segundo monumento de más envergadura y significancia que nunca se realizó porque, como es sabido, entre 1926 y 1928 el país sufrió una cruenta guerra de religión que produjo innumerables mártires que morían al grito de “Viva Cristo Rey”. Una de las consecuencias de esa guerra fue que el gobierno mexicano dinamitó el primer monumento en 1928. El actual monumento con la imagen de Cristo Rey fue erigido en la década de los 40, señal de que para los mexicanos, tanto los obispos como el pueblo, había una perfecta relación entre el Sagrado Corazón y Cristo Rey.

Por ese ambiente espiritual que existía en México y sin duda por inspiración de Dios, el nombre original que el fundador dio a la Legión de Cristo fue: “Misioneros del Sagrado Corazón y de la Virgen de los Dolores”. Aunque como ya he dicho, al inicio en la Legión había mucha más insistencia en las prácticas devocionales relativas al Sagrado Corazón y se hacían muchas referencias explícitas que hoy ya no tenemos, sin embargo, el legado espiritual continúa, pues, como explicaré más adelante, toda la espiritualidad de entonces y de ahora quedó marcada por el Sagrado Corazón.

Pero es también muy claro que esa inspiración de Dios no quedó centrada sólo en el Sagrado Corazón, sino que seguiría el desarrollo natural de esta espiritualidad que confluye en Cristo Rey. Con el tiempo a partir de la Legión de Cristo se fundaron los grupos de seglares y toda nuestro apostolado actual gira alrededor del Reino de Cristo. El movimiento recibió el nombre “Regnum Christi”. Creo que bien podemos decir que nuestra espiritualidad se mueve entre los dos polos del Corazón de Cristo y de Cristo Rey.

3. Espiritualidad del Corazón de Cristo

n este apartado quiero profundizar en el contenido de la espiritualidad del Corazón de Cristo evidenciando la relación con lo que desde el inicio ha sido patrimonio de la espiritualidad de la Legión de Cristo y del Regnum Christi.

La espiritualidad de la Legión de Cristo y del Regnum Christi es esencialmente cristocéntrica. Es decir, tiene a Jesucristo como fuente y modelo de la propia vida. Sin embargo, me parece que al centrarnos específicamente en el Corazón de Cristo descubrimos esos aspectos de la vida y persona de Jesucristo que revelan nuestra identidad y nos son más característicos. No se trata por tanto de sustituir el cristocentrismo con el Sagrado Corazón, sino de especificarlo y  así descubrir el camino que nos es más propio.

A. Aspectos esenciales de esta espiritualidad

i. El amor y la misericordia

a. Amor de oblación y el concepto de militancia

La tradición cristiana siempre ha visto en el costado traspasado el fundamento para la teología y la espiritualidad del corazón de Cristo. San Juan nos invita  a penetrar en la intimidad espiritual de Jesús (Jn 19,37: «Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron» lo que en palabras de San Ambrosio es la habitación secreta). Según los exegetas, San Juan, al usar en este texto el verbo “mirar”, quiere hablar de un “mirar” de la fe, que penetra en el sentido de la realidad de los signos.

Por la fe descubrimos la oblación filial de Jesucristo al Padre y su amor de salvación por nosotros simbolizados en su sangre derramada. A través del símbolo del agua comprendemos que se nos entrega el Espíritu de Jesús para vivir de Él. “Mirar al que traspasaron” es participar en la vida profunda del cordero pascual que se entrega por la salvación del mundo.

El aspecto determinante del corazón de Cristo es que arde de amor por los hombres. Es un corazón que tiene sed (los exegetas ven en el texto de san Juan (cf. Jn 19,25-29) la expresión de sed de almas del Corazón de Cristo) y es en ese momento final de la vida de Cristo, cuando ha cumplido y ofrecido todo que nos da el Espíritu y nos hace la donación de María como Madre. De este modo se instituye el camino y la vida de la Iglesia. Al irse, nos deja el tesoro de su madre y el Espíritu que completará la obra del Padre.

Su amor de oblación y ofrecimiento nos debe llevar a que siguiendo el ejemplo de Cristo estemos dispuestos a todo, demos la vida por los demás y nos entreguemos por amor al padre. El amor de Cristo nos da la audacia y magnanimidad (un concepto que ha usado el Papa Francisco recientemente) para acometer grandes obras apostólicas e ir a las fronteras de la evangelización; nos lleva a dar ese poco más de amor en la entrega a los demás y buscar las obras más eficaces para hacerlo reinar en el corazón de los hombres, de la cultura y de la sociedad como la Iglesia ha hecho desde el inicio de su historia; nos ayuda a hacernos todo a todos y a recorrer la última milla sin perdonar fatiga para encontrar un alma y para que como Cristo hizo, todas las personas llamadas a ello se vuelvan apóstoles y líderes, enviados (apóstoles) para influir en los demás (líderes).

Nosotros nos movemos en esa corriente de amor y ardemos de deseos de que Cristo sea más conocido y más amado. Queremos que cada persona, cada familia, cada nación, la cultura y la sociedad acepten y se dejen conquistar por el dulce imperio de Jesucristo. Nadie puede ser excluido del amor y por eso repetimos: ¡Venga tu Reino!

Es en el deseo de ser más y más como Cristo por nuestro amor a Él que se coloca ese espíritu militante nuestro: es la militancia del amor que nos impele a ir más allá y a hacer todo con perfección y con particular ardor.

b. La misericordia y la caridad

Su amor es tal que lo llevó a la muerte, a dar la vida por las ovejas sin pedir nada a cambio y sin proferir palabra. Por su amor estuvo dispuesto a derramar su misericordia sobre Judas, sobre el buen ladrón… El buen ladrón no perdió la oportunidad, pues bastaba dar un paso, mínimo, para que Cristo derramara su misericordia y salvación.

Ya hemos mencionado la íntima unión del Corazón de Cristo con la expresión de la misericordia de Dios según las apariciones a Sta. Faustina. En su diario ella escribió estas frases que venían de Jesús mismo:
«Toda alma que cree y tiene confianza en mi misericordia, la obtendrá. La última tabla de salvación es recurrir a mi misericordia. Yo soy el amor mismo y la misma misericordia. Las almas que veneran mi misericordia resplandecerán con un resplandor especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del infierno. Defenderé de modo especial a cada una en la hora de la muerte».

Cristo es el amor mismo y la misma misericordia. Su amor es un amor de perdón que eleva al hombre y lo saca de su miseria. Es allí donde se juntan el abismo de la miseria del hombre con el infinito abismo de la misericordia de Dios. El amor ofrecido y hecho oblación de Cristo rescata al hombre perdido.

Experimentar esta misericordia en la propia vida es el único modo para poder nosotros a nuestra vez ofrecer misericordia y perdón. Todos los miembros del movimiento tenemos en gran estima la práctica frecuente del sacramento de la penitencia y buscamos ardientemente hacer entender su belleza y bondad a muchas personas. Los legionarios se distinguen por su celo y su corazón sacerdotal cuando en persona de Cristo escuchan confesiones y sirven de trámite a la misericordia de Dios.

No cabe duda que Dios ha querido enseñarnos a ver todo con ojos de misericordia y de perdón y a no erigirnos en jueces de nuestros hermanos. Nuestra historia reciente es verdaderamente maestra para nosotros de la necesidad de tener un corazón como el de Cristo, manso y humilde, comprensivo y lleno de bondad. De aquí surge esa caridad exquisita y delicada, que siempre ha sido nuestro distintivo y que es reflejo del Corazón de Cristo.

Hay otro aspecto del amor de misericordia de Cristo que debemos resaltar y que dice relación con lo que ha sido nuestra vida y nuestra espiritualidad. Cristo vino a anunciar el Reino a los pobres y es en ellos en quienes principalmente derrama su misericordia. Hay en el mundo la enfermedad de la pobreza y la injusticia que deja a muchos seres humanos y a pueblos enteros sumidos en la miseria. Siempre hemos tenido en nuestras Constituciones y Estatutos como apostolado propio la promoción humana y social de las personas. Es verdad que a pesar de que se han hecho obras extraordinarias concebidas y llevadas por miembros seglares del movimiento y se ha podido lanzar la red de colegios Mano Amiga, etc., siempre será poco lo que podamos hacer. Por eso, cada uno en lo personal e institucionalmente debemos cuestionarnos primero si vivimos con austeridad y damos testimonio de pobreza y si somos desprendidos de todo, pero también si estamos haciendo todo lo que podemos en la promoción humana y el anuncio del Evangelio a los pobres. Esta será sin duda una señal del amor misericordioso de Dios que actúa a través nuestro para llevar su luz y su consuelo a todos los hombres.

Pero también el mundo está enfermo de la pobreza de la soledad, del abandono, de la tristeza, de la falta de fe, de la arrogancia y de la autosuficiencia. Hay infinidad de ricos que son pobres porque viven en el pecado, sin conocer ni amar a Jesucristo. Muchos de ellos están a nuestro lado en el así llamado mundo post-cristiano donde parece haber muerto la esperanza a pesar de poseer y disponer de todo. Pensar que hay países enteros donde la práctica religiosa no supera al diez por ciento no puede dejarnos indiferentes. San Francisco Xavier en una carta a San Ignacio le decía que ardía en deseos de ir a predicar a las universidades de Europa para que los estudiantes satisfechos con sus estudios pudieran ir a bautizar y predicar el evangelio a los países de misión y en concreto a la India pues parecían tener más ciencia que caridad. Nosotros debemos tener caridad y ciencia y ser instrumentos del Espíritu Santo para atraer al amor del Corazón de Jesucristo a tantos cristianos que ya no se reconocen a sí mismos y ayudarlos en su conversión.

La mejor manera de enfrentar y resolver la pobreza tanto espiritual como material en la que está sumido el mundo es por medio de nuestro carisma que es la instauración del Reino por la formación del líder-apóstol. Serán esos líderes-apóstoles, junto con nosotros, quienes irán por todo el mundo a predicar el Evangelio y crear una civilización de justicia y caridad.

c. La reparación

La devoción al Corazón de Cristo busca, entre otras cosas, reparar las ofensas a su amor. La reparación es la satisfacción ofrecida a Dios para devolverle el honor y los derechos conculcados por los pecadores. En este sentido, la reparación es una expresión del amor, tal y como ha quedado establecido en la Encíclica Miserentissimus Redemptor, de Pio XI:
«Si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación»[4].

Si escrutamos nuestra historia, podemos fácilmente descubrir que Dios nos está llamando a que volvamos a dar el valor que tiene en nuestra espiritualidad el expiar y reparar por los pecados nuestros y de nuestros hermanos. Ciertamente no lo podemos hacer a partir de una postura de auto-justificación, sino como quienes reconocen con humildad los propios pecados y saben que sólo la misericordia de Dios nos consigue el perdón.

d. La Eucaristía

Es evidente que en este contexto se entiende el modo como vivimos nuestra devoción a la Eucaristía, el sacramento del amor, y la importancia radical que le damos, no sólo en la teoría, sino en una práctica Eucarística muy inmediata y vivencial. Para nosotros la Eucaristía es realmente nuestra vida, donde volvemos a la verdad de nosotros mismos, es el lugar del encuentro con Cristo nuestro Rey y Señor y el lugar de nuestro descanso. La Eucaristía además de ser el sacramento del amor es la misma misericordia de Dios por la que recibimos los dones de la redención. La Eucaristía es, en fin, el único tesoro que podemos llevar a las almas. No olvidemos que nosotros somos portadores de su sangre preciosa para que ella, como medicina, cure las heridas de esta humanidad doliente y enferma.

B. La humanidad de Cristo

a. Acceso a Cristo por su humanidad

En el directorio de la Congregación del Culto Divino que ya he citado se dice (n. 166):
«Entendida a la luz de la sagrada Escritura, la expresión “Corazón de Cristo” designa el misterio mismo de Cristo, la totalidad de su ser, su persona considerada en el núcleo más íntimo y esencial: Hijo de Dios, sabiduría increada, caridad infinita, principio de salvación y de santificación para toda la humanidad. El “Corazón de Cristo” es Cristo, Verbo encarnado y salvador, intrínsecamente ofrecido, en el Espíritu, con amor infinito divino-humano hacia el Padre y hacia los hombres sus hermanos».

Nosotros siempre hemos tenido como modo de acceder a Cristo la vía de su humanidad. Nuestra espiritualidad es una espiritualidad encarnada. Lo dice así el P. Arnoldo, S.I en el libro: “De la imitación del Sagrado Corazón de Jesús”.
 «No hagas caso pues, hijo mío, de los que te aseguran que es mejor y más alto camino para las almas perfectas, no el camino de mi Corazón, sino el de la mera divinidad, es decir, aquel que descuidando o haciendo caso omiso de mi Humanidad, por sólo la Divinidad te conduzca entre sublimidades al fin de todos deseado. Quienquiera que tal te asegurare, sea hombre, sea ángel, no te fíes de su dicho. Porque si Yo vine por la humanidad al hombre, por la misma humanidad debe el hombre venir a Mí».

Específicamente nos relacionamos con Cristo que se ha encarnado en el seno de la Virgen, que nace en Belén, que se presenta al mundo, que predica el Evangelio y hace milagros. Nos relacionamos con el Cristo de Getsemaní, del juicio y del Calvario y con el Cristo triunfante que vence al mundo. Sobre todo, nos relacionamos con Cristo que forma y lanza a sus apóstoles a ir primero a los pueblos y aldeas de Galilea, pero luego a todo el mundo a anunciar el Evangelio.

b. Consecuencias del camino de la humanidad de Cristo

La consecuencia primordial que se deriva de tomar este camino como acceso a Dios es que en nuestra espiritualidad damos la importancia debida a la naturaleza humana. De hecho, tenemos la máxima de que “primero el hombre y luego el santo”. No concebimos una vida cristiana puramente espiritualizada o cuyo objetivo sea llenarse de gestos litúrgicos. Más bien la concebimos de forma concreta, muy llena de las abolladuras de quien se enfrenta al peso de su miseria. Sabemos que la gracia no destruye la naturaleza, sino la presupone y la eleva y le permite llegar a Dios.

Aquí hay todo un programa de vida y una comprensión más profunda del misterio de la vida cristiana. Y hay también un camino ascético importante para lograr que por la gracia la naturaleza se identifique con Cristo y obtenga las virtudes necesarias para imitar y seguir a Jesucristo. Está claro que tenemos el peligro de dejar que la gracia pase a un segundo plano y caer en una visión algo voluntarista. Esta forma de ver la espiritualidad seca a las personas y las frustra. Sin embargo, somos conscientes de la necesidad de colaborar libremente con la gracia. Todo esto debe estar encuadrado en la humildad sustancial que a ejemplo de Jesucristo nos hace reconocer lo que somos y nos ayuda a entender vivencialmente la necesidad de la gracia y la misericordia de Dios.

Pero también, otra consecuencia, es la “humanidad” y sencillez con las que debemos tratar a las personas en nuestro apostolado. Nuestra relación con ellas debe estar llena de la cordialidad y la inmediatez con la que Cristo trataba a todas las personas con las que se encontraba. Nosotros queremos poner la persona al centro y ayudarla en todos las esferas de su vida para que todo quede bajo el reinado de Jesucristo.

Y por último, sabemos que por la encarnación y la humanidad de Cristo, todas las realidades humanas han sido “tocadas” y elevadas. Por eso gozamos de los bienes que Dios nos da y valoramos tanto la belleza de la naturaleza como las creaciones del espíritu del hombre, el arte, la música, etc.

C. El Reino

a. El Sagrado Corazón y el Reino

Pío XI dijo que el objetivo de la fiesta de Cristo Rey fue completar, llevar a perfección y confirmar la consagración del mundo al Corazón de Jesús hecha por León XIII. La fiesta de Cristo Rey es por tanto el perfeccionamiento de la consagración al Corazón de Cristo.

De hecho, ya en la Encíclica Annum Sacrum dice León XIII: «Nosotros, consagrándonos a Él, no solamente reconocemos y aceptamos su imperio abierta y gustosamente, sino que con la obra testimoniamos que, si eso mismo que ofrecemos como don en realidad fuese nuestro, con suma voluntad se lo daríamos»[5].

Por la consagración del mundo, el Papa León XIII en nombre de la humanidad declaraba y aceptaba de palabra la realeza del Corazón de Jesús y en la fiesta de Cristo Rey Pío XI sella lo que entonces se hizo con una fórmula oral. Para ambos Sumos Pontífices, el reino de Cristo y el reino del Corazón de Jesús son una misma cosa, o sea, que Cristo quiere reinar por su Corazón y su amor.

En la Miserentissimus Redemptor, Pío XI dice:
«Y al hacer esto - al instituir dicha solemnidad - no solamente pusimos en plena luz el supremo imperio de Cristo sobre todas las cosas: sobre la sociedad civil y doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también ya entonces saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso en que todo el orbe, de voluntad y con gusto, se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey. Por lo cual ordenamos juntamente que todos los años, al celebrarse la fiesta que establecíamos, se renovase la misma consagración, a fin de lograr más cierta y copiosamente su fruto, y en caridad cristiana y conciliación de paz aunar todos los pueblos en el Corazón del Rey de reyes y Señor de los señores»[6].

Sta. Margarita refiere el objeto de la redención amorosa de Cristo según la primera revelación que tuvo: «Substraer a los hombres del imperio de Satanás, el cual (el imperio) pretendía Él arruinar, a fin de colocarlos bajo la dulce libertad del imperio de su amor».

b. Significado del Reino

Siempre hemos hablado del Reino y usamos el concepto en toda ocasión. ¿Qué es exactamente el Reino? Yo no pretendo llegar a una definición ni a una explicación teológica. Más bien propongo estas ideas como reflexiones personales que tal vez puedan ilustrar el contenido de este concepto.

Ante todo, el Reino no es una realidad unívoca. Es una realidad múltiple que se aplica en diversos contextos. Es realmente la expresión del Señorío de Cristo sobre la creación entera y sobre cada una de nuestras vidas.

  • El Reino es la Iglesia toda y no sólo la Iglesia en la tierra: Instaurar el Reino es hacer que esa presencia de Cristo se realice con más plenitud, más definidamente en toda la creación. Nuestro trabajo por el Reino está unido a los hombres de todos los tiempos en ese camino que todos seguimos hacia Cristo. No podemos olvidar esta característica cósmica y eterna del Reino.
    Esta pasión por realizar el Reino en el mundo es una pasión de amor por la Iglesia, por el Santo Padre, Vicario de Jesucristo y cabeza de la Iglesia, por los obispos y pastores y por todos los fieles. Esta Iglesia es nuestra casa y nuestra familia.
  • El Reino en la comunidad y la familia: No estamos solos en la lucha, pues estamos sostenidos por la oración e intercesión de los santos en el cielo, por tantas almas buenas en la tierra y unidos también con todos aquellos que purifican su vida para poder acceder a la gloria eterna. Igualmente, cada acción buena, cada acción de acuerdo con el plan de Dios eleva a la humanidad y la hace más conforme a Cristo. Esas personas que Dios ligó por designio de su voluntad a nuestra vida (pienso principalmente en la propia familia y comunidad) es donde el Reino se hace real, porque se vuelven más y más reflejo de la Trinidad y cumplen de manera más perfecta y completa el plan de Dios. Hay un flujo directo de gracias, de ofrecimiento que va de uno al otro para enriquecernos mutuamente hasta que Cristo sea todo en todos.
  • El Reino en nuestra propia vida: Pero más directa e inmediatamente, este reino se hace realidad en nuestra propia vida. Instaurar el Reino es lograr que nosotros en lo personal nos identifiquemos más con Cristo, nos hagamos sus seguidores íntimos y nuestra vida se vuelva reflejo de la vida de Cristo, cumpliendo así la Voluntad de Dios sobre nosotros. El Reino de Cristo no es sólo una realidad externa, que toca el mundo exterior de las personas. Es más bien un Reino que primero es interior. Por la gracia, la persona cambia su voluntad para identificarla con la de Cristo. En sus pensamientos no caben más que pensamientos del Reino y del amor. Sus sentimientos se imbuyen de los sentimientos de Cristo. Todo su ser se hace más y más como Cristo. Imita su vida, sigue su doctrina y ama lo que Él ama. No hay nada en el hombre que quede fuera de la influencia del Reino. En verdad nos cristificamos.
    Es preciso clarificar el significado de la expresión “imbuirse de los sentimientos de Cristo”. No es un trabajo de la propia voluntad o de la ascesis, aunque ésta sea necesaria como camino de purificación y preparación. En realidad, el Reino es un reino de gracia, no es un reino de este mundo. No se realiza con el esfuerzo humano, sino por la misericordia y bondad de Dios. Es nuestro deber implorar la gracia apelando a la misericordia de Dios que quiere que el hombre se salve, sin embargo, requiere el concurso humano y la ascesis como componente de purificación que nos acompañará todos los días de nuestra vida.
  • El Reino en la sociedad y en la cultura: Pero también se hace realidad en la sociedad y la cultura. Esas estructuras necesarias para la vida humana se van identificando con el plan de Dios sobre el mundo y permiten de mejor manera la expresión de la vida cristiana. Se hacen más conformes con Cristo y con lo que Él ha querido para el hombre.

A fin de cuentas, lo que buscamos es la gloria de Dios por el Reino de Cristo. Sabemos que el Reino de Cristo sufre violencia y sólo los violentos lo arrebatan. Por eso somos contemplativos y conquistadores, pues el mal debe ser conquistado por el bien, el odio por el amor, la soberbia por la humildad.

B. Lo que se deriva de esta espiritualidad

i. La obediencia

Cuando accedemos a Cristo por vía de su humanidad, no podemos menos que descubrir que la obediencia al Padre es un aspecto esencial de la conciencia de Jesús. Toda su vida fue un acto de entrega a la Voluntad del Padre por amor. Cristo está en el seno del Padre y allí está el fundamento de la obediencia. Era necesario cumplir con las Escrituras, cumplir el plan de Dios porque Cristo y el Padre son uno. Pero a la vez, por la naturaleza humana de Cristo hay una obediencia que requiere la intermediación humana y que de hecho llevó a Cristo a la cruz. Cristo aprendió sufriendo a obedecer. Aquí está la verdadera oblación redentora del corazón de Cristo que por amor y en obediencia al Padre se entrega a todos los hombres.

Nuestra obediencia está basada en la fe y adquiere un valor particular, pues es el camino seguro de identificación y seguimiento de Cristo. Pero, no sólo es un camino extrínseco de seguimiento de Cristo. Entrar en el misterio de su obediencia es entrar en el misterio de su corazón. Con ella hacemos también nosotros de nuestra vida una oblación por la que se instaura el Reino. Por eso para nosotros la obediencia es tan importante y a la vez tan exigente y liberadora.

Por la obediencia queremos cumplir la Voluntad de Dios y hacer la verdad en nuestra vida y para ello vamos a necesitar una humildad como la de Cristo que se dejó a sí mismo para hacerse hombre por amor.

ii. Papel de María en la redención

Ya mencioné arriba que cuando el Corazón de Cristo expresa que tiene sed en el momento final de su vida, entrega el Espíritu y nos entrega a María como madre. A ella una espada de dolor le traspasa el corazón y se realiza el intercambio entre el Hijo y los hijos. En este momento empieza de manera mística esa historia del amor de María por todos nosotros. Y también desde ese momento podemos mirar a María como Madre de consuelo y de esperanza, compañera del camino, intercesora, dulce pastora, guía de nuestra vida, modelo de virtudes y aliada en nuestro esfuerzo por llevar el amor y la misericordia de Dios a todos los hombres.

San Juan Eudes fue el primero que propuso la alianza del Corazón de Cristo y el Corazón de María. La espada de dolor une para siempre esos dos corazones y el acceder al de María nos introduce en el Corazón de Cristo. Juan Pablo II usó esta misma idea:
«Al pie de la Cruz se encuentra la Madre. La Madre Dolorosa. La recordamos al día siguiente de la Exaltación de la Cruz. Cuando el costado de Cristo fue traspasado por la lanza del centurión se cumplió en Ella la profecía de Simeón: "Y a ti una espalda te traspasará el alma" (Lc 2,25).
Las palabras del profeta son un anuncio de la definitiva alianza de los Corazones: del Hijo y de la Madre, de la Madre y del Hijo. "Corazón de Jesús, en el que habita toda la plenitud de la divinidad". Corazón de María ―Corazón de la Virgen Dolorosa― Corazón de la Madre de Dios.
¡Que nuestra oración a la hora del "Angelus Domini" se una hoy a esa admirable alianza de los Corazones!»
[7].

Por esto, Nuestra Señora de los Dolores es nuestra patrona, pues María bajo esta advocación nos enseña a estar al pie de la cruz y mirar al que traspasaron, comprender el infinito amor de Cristo a la humanidad y comprender que nosotros somos instrumentos de ese amor. Con ella aprendemos que la vida cristiana está señalada por el dolor, la cruz y la obediencia, aspectos propios del seguimiento de Jesucristo. María está con nosotros para hacernos esta vida más llevadera, formar nuestro corazón y ayudarnos a mirar siempre al cielo con esperanza.

iii. El Espíritu Santo

Al final de su vida, así como Cristo nos entrega a su Madre, también entrega el Espíritu. Empieza el tiempo de la Iglesia bajo el signo de la esperanza. Todos somos conscientes de que el Espíritu Santo es el artífice de nuestra santidad, el que hace toda obra buena, el que inspira los proyectos apostólicos y cambia los corazones. Nuestra devoción y visión del Espíritu Santo como dulce huésped del alma mira a descubrirnos cómo es el Espíritu el que instaura el Reino y lo hace real en la vida de las personas, de las familias, de la sociedad y de la cultura.

4. Conclusión

Quiero concluir con una explicación de nuestro emblema. Como bien sabemos, no es un emblema propio nuestro, sino que se comparte por muchos grupos en la Iglesia. En él están señalados los rasgos más propios de
Escudo ART
nuestra espiritualidad.

En el corazón se evidencia la humanidad de Cristo, su Encarnación. Nos relacionamos con la persona de Cristo, el Cristo vivo que nació, predicó, formó apóstoles, murió y resucitó por nosotros.

Este corazón está inflamado de amor. Es un amor al Padre que se expresa en el amor a los hombres, hasta dar la última gota de sangre, sin esperar recibir nada a cambio. Es un amor total, que consume radicalmente al corazón. De ese amor obtenemos la urgencia de la misión, pues la caridad de Cristo nos apremia (Cfr. 2Cor 5,14).

Es un corazón coronado de espinas. Nosotros de hecho hacemos de la aceptación del sufrimiento ofrecido por medio de la gracia un camino de realización espiritual y un modo privilegiado de conseguir gracias para otros hombres.

Pero además, es un corazón que está en el centro de la cruz, el instrumento por excelencia de la misericordia de Dios. Cuando nos identificamos con la cruz de Cristo hacemos nuestra la misión de ofrecer la misericordia de Cristo a todos los hombres.

Y por último las letras “ART” (Adveniat Regnum Tuum) en los extremos de la cruz señalan que el deseo del Corazón de Cristo es reinar en el corazón de los hombres, la familia, la sociedad y la cultura.

Todo el emblema está colocado en dos campos divididos verticalmente con colores rojo y blanco (los colores de la bandera de la Legión). El rojo habla de sangre y de sufrimiento ofrecido, el blanco de la pureza del amor.

Con esta explicación puedo de verdad concluir estas páginas. Si efectivamente aquí está el centro y origen de nuestra espiritualidad, sería de desear que pudiéramos honrar y referirnos al Corazón de Cristo y a su amor infinito por los hombres nuestros hermanos:

  • En nuestra formación (para vivir un amor lleno de mansedumbre y de misericordia, un amor de reparación, siendo militantes y teniendo pasión por las almas y por la implantación del Reino para la gloria de Dios y siendo capaces de aceptar el sufrimiento y el desprendimiento de nosotros mismos por la obediencia y la oblación de nuestra vida).
  • En nuestra liturgia (para comprender la centralidad y relación de las solemnidades del Sagrado Corazón, de Cristo Rey y de la que celebramos con rango de solemnidad, la de la Virgen de los Dolores y ver al Espíritu como don del Corazón de Cristo a Su Iglesia y como la fuerza en nuestro apostolado en la solemnidad de Pentecostés).
  • En nuestra oración y devociones (para que la contemplación de estos misterios se haga nuestro alimento espiritual y para que recuperemos el sentido de algunas prácticas de vida espiritual que tenemos).
  • En nuestra comunicación (para que la síntesis de nuestra espiritualidad y la explicación de nuestro carisma apostólico surja del Corazón de Cristo).


[1] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, año 2002, nn. 169- 170.
[2] PIO XI, Carta Encíclica Quas Primas, 11 de diciembre de 1925, n. 26.
[3] JUAN PABLO II, homilía de canonización, domingo 30 de abril de 2000.
[4] PIO XI, Carta Encíclica Miserentissimus Redemptor, 8 de mayo de 1928, n. 5.
[5] LEÓN XIII, Carta Encíclica Annum Sacrum, 25 de mayo de 1899, n. 7.
[6] PIO XI, Carta Encíclica Miserentissimus Redemptor, 8 de mayo de 1928, n. 4.
[7] JUAN PABLO II, Ángelus del 15 de septiembre de 1985.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-08-22


 

 


 



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