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Este día quiero que sea diferente
EL SALVADOR | ACTUALIDAD | ARTÍCULOS DE OPINIÓN
«He comido con Dios, ¿y sabes qué?, ¡tiene la sonrisa más bella que he visto!».

Niño y abuelita
"La diferencia la marcamos cada uno, la vida la vivimos cada uno, como estemos dispuestos a recibirla y aprovecharla".

Por el P. Dennis Doren, L.C.

No te dejes llevar por el ruido, por ese ir y venir sin sentido, por todas esas oportunidades maravillosas que tienes para cambiar y ser diferente. Comienza de nuevo, no dejes de admirar las cosas bellas, pero sobre todo, no dejes de mirar al cielo y elevar tu plegaria. Ahí está Dios atento a tu oración, buscando tu mirada, llenándote de motivos para creer en Él. “Confía al Señor tu destino; confía en Él y con certeza Él actuará” (Salmo 37).

Este día ante ti, te quiero pedir Señor:

La inocencia para que como un niño contemple el amanecer, los pájaros y las mariposas.

La energía para combatir la pereza y levantarme feliz.

Las ganas de contemplarte a ti, compartiendo con mis compañeros tus enseñanzas como así algún día lo hiciste y sigues haciéndolo en quien deja guiarse por ti.

El tiempo para agradecerte por los alimentos que me das y pedirte que bendigas las manos que los realizaron.

La fuerza y la certeza para cumplir con dedicación mi trabajo y la misión que me has encomendado.

Sentido del humor para ver la vida con alegría y optimismo, que no hay problema sin solución, ni mal que por bien no venga.

Que tenga la gracia de poder convivir armoniosamente, respetando y admirando las virtudes de las personas con las que mi punto de vista no siempre coincide.

Y que a lo largo del día, y cuando la noche despierta y nos cuide nuestros sueños, tenga siempre la emoción de demostrar mi amor, alentando con palabras y fielmente con hechos a las personas que más quiero: mi familia, amigos, y sobre todo, a TI SEÑOR.

Que no falte nunca a lo largo y al fin del día el agradecerte por haberme abierto los ojos y así contemplarte en las personas con las que conviví. El haberme abierto los oídos para escuchar claramente tus mensajes y consejos a pesar del ruido externo que hay en la ciudad, y sobre todo, el haber abierto mi corazón a ti y darle la mano a los hermanos que me necesitaron.

Gracias por haber actuado con paciencia, prudencia y sabiduría en las situaciones que se me presentaron.

Y si no te contemplé en alguna persona o situación hoy en día, te pido la gracia de que el día de mañana pueda estar libre de vendas en los ojos, oídos y corazón para poder admirarte.

Cuántas veces Dios habla a través de hechos y personas, y lo más importante: Él se hace presente a través de ellas. Lamentablemente, muchas veces nuestros ojos están con el gran velo de las imágenes que a diario vemos en la televisión o en el internet, y nuestros oídos tapados por el ruido estruendoso del ipod que llevamos pegados todo el día, o el ruido ensordecedor de los carros en la gran vía de nuestra ciudad. Todo esto crea un ambiente propicio, precisamente, para no escuchar ni ver a Dios…  ¿Qué hacer?, ¿por dónde comenzar para ir rompiendo estas rutinas impuestas por nuestra sociedad? Es muy sencillo, solo basta leer la siguiente historia…

Había una vez un niño que quería conocer a Dios. Pensaba que sería un largo viaje para llegar a donde Él vivía. Empacó su pequeña maleta con pan dulce y unos cuantos jugos de naranja que le encantaban y emprendió la partida.

Apenas había recorrido tres cuadras, cuando vio a una viejecita sentada en el parque observando las palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su maletita. Estaba a punto de tomar su jugo, cuando le pareció que la viejecita tenía hambre, así que le ofreció un panecillo. Ella, agradecida, lo aceptó y sonrió. Su sonrisa era tan hermosa que el niño quiso verla nuevamente. Entonces, le ofreció un jugo y la viejita volvió a sonreír.

¡El niño estaba feliz! Ambos se quedaron sentados toda la tarde, comiendo y sonriendo, pero no intercambiaron una sola palabra. Al oscurecer, el niño estaba cansado y se levantó para irse. Se dio la vuelta y le dio un abrazo a la viejecita. Ella le devolvió una hermosa sonrisa como nunca antes había sonreído.

El niño regresó a su casa, y cuando abrió la puerta su madre, sorprendida por la cara de felicidad que tenía su hijo, le preguntó: "¿Qué hiciste en el día de hoy que te ha hecho tan feliz?". "He comido con Dios, ¿y sabes qué?, ¡tiene la sonrisa más bella que he visto!".

Mientras tanto, la viejecita, también con mucha felicidad y radiante, regresó a su casa. Su hijo quedó anonadado por la paz que se pintaba en el rostro de su madre y preguntó: "Mamá, ¿qué hiciste el día de hoy, que te hizo tan feliz?".

Ella contestó: "Comí panecillos en el parque con Dios, ¿y sabes qué? Es más joven de lo que yo esperaba".

La diferencia la marcamos cada uno, la vida la vivimos cada uno, como estemos dispuestos a recibirla y aprovecharla. Deja un momento ese mundo tan tecnológico, en ocasiones tan artificial y aburrido, y disfruta de la vida en las cosas sencillas; y sin duda, ahí verás a Dios… Entonces podrás decir: he comido con Dios.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-11-05


 

 


 



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