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Una aventura y una historia que comienza
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Alfonso Blanca Lardizábal, L.C.

P. Alfonso Blanca Lardizábal, L.C.
P. Alfonso Blanca Lardizábal, L.C.

20 de diciembre de 1999. Salí de la capilla. Todas las luces estaban apagadas. Sólo las lucecitas del árbol de navidad iluminaban tímidamente el hall. Me vinieron a la mente dos palabras, 6 letras y nada más…

A la gracia de Dios debo lo que soy.

Nací el 22 de septiembre de 1981 en Puebla, México. Soy el quinto de seis hermanos, una familia numerosa. Se podrán imaginar que la casa siempre estaba llena de vida, de alegría, de juegos entre mis hermanos y yo. Mi papá se dedicaba a trabajar y mucho, pues tenía que pagar, entre otras cosas, seis colegiaturas. Mis papás siempre se preocuparon por llevarnos a un colegio católico. Mi mamá se ocupaba de todo el trabajo en la casa (preparar la comida, cuidar los uniformes limpios para el colegio, ayudarnos con la tarea…). Crecí en un ambiente de ciudad y campo, porque vivíamos en Puebla, una ciudad grande (Allí vivían mis abuelos maternos e íbamos al colegio y pasábamos la mayor parte del tiempo),  y porque íbamos los fines de semana a Cholula (donde creció y se crió mi papá) a visitar a mis abuelos. Allí veíamos los caballos, las vacas, los borregos y todos los campos
P. Alfonso Blanca Lardizábal, L.C.
sembrados y jugaba con mis primos.

Mis papás se preocuparon por enseñarnos a vivir la fe desde el corazón y a tener a Dios presente en nuestra vida: misa dominical en familia y rezábamos el rosario en familia. Recuerdo que cuando era niño, en el mes de octubre, algunos días de la semana el párroco organizaba el rezo del rosario por las calles cercanas a la parroquia, y mis papás nos llevaban. ¡Era a las 5:30 de la mañana (y después, al colegio)!. Cuando el 31 de mayo de 2013 fui con otros legionarios a rezar el rosario en la plaza de san Pedro,  junto con el Papa y miles de personas más, durante el rezo de los misterios fue anocheciendo y una estatua de la Virgen María iba en procesión por la plaza, me acordé de esos días en que iba de madrugada a rezar el rosario con mis hermanos y mis papás.

En el colegio tenía buenos amigos, los de mi salón y los amigos de mi hermano Juan que es dos años mayor que yo.

Salió el Sembrador a sembrar…

Cuando tenía seis años de edad, falleció mi abuelito Poncho, mi abuelo materno; como se acostumbra asistíamos a las misas que se celebraban por su eterno descanso. Oficiaba un sacerdote que había sido amigo de mi abuelo. Le llamaban el P. Chispita. Lo veíamos todos los días. Poco a poco nos hicimos amigos. Él me regalaba recortes de las hostias después de la misa. Era alegre. Así fue como en mi alma cayó la semilla y de mi corazón brotó el deseo de ser sacerdote.

Pasó el tiempo. Estudié la primaria en el colegio Insurgentes. Después pasé al Colegio Benavente, dirigido por los hermanos lasallistas. En el colegio teníamos muchas actividades como paseos, excursiones, visitas de museos y retiros. También podíamos ir a comulgar en la capilla al inicio del recreo y después salíamos a jugar y a comer el lunch. Esto me permitió comulgar en los recreos desde la primaria, durante la secundaria y hasta terminar la preparatoria.

En sexto de primaria visitaron el colegio dos padres legionarios de Cristo. Nos dieron una plática. No recuerdo nada de lo que dijeron, pero sí me acuerdo que nos hacían reír mucho. Algunas semanas después los padres me invitaron a conocer el Centro Vocacional del Ajusco. Se trataba de ir un fin de semana con otros compañeros del colegio y con niños de otras escuelas, pero no pude ir. Luego me invitaron otras ocasiones pero se cruzaban actividades del colegio o compromisos familiares. Al final del año escolar me invitaron a un curso de verano en el Centro Vocacional. No asistí, porque mi papá me había aconsejado que, si yo quería ser sacerdote me esperara a terminar la preparatoria para poder, entonces, tomar una decisión más madura. Después de esto perdí todo contacto con los padres legionarios, no me llamaron otra vez y ya no los volví a ver.

Un camino para ti.

En secundaria fui a conocer el centro de formación de los hermanos lasallistas, en  México D.F. Allí convivimos un fin de semana con los jóvenes que estudiaban preparatoria y, a la vez, se formaban para ser hermanos lasallistas. Me llamó muchísimo la atención la alegría con la que vivían, el ambiente y el trato que había entre ellos: jovial, alegre, respetuoso. En esos días conocí al H. Fulgencio, que fue un gran ejemplo para mí, un ejemplo de lo que significa el camino de Dios para cada uno de nosotros. Este hermano estaba en España en 1934, recibió la indicación de trasladarse a Francia y así lo hizo; dos semanas después de que había salido de España, los hermanos que permanecieron allí fueron martirizados por su fe (Juan Pablo II los beatificó en 1990 y los canonizó en 1999). El H. Fulgencio nos dijo que él podría haber estado allí y ser mártir también, pero no fue así porque la obediencia a sus superiores lo llevó a otro lugar. «Dios tiene un camino de santidad para cada uno y tiene un camino para ti» me dijo. Fueron días para conocer, para rezar y ver qué quería Dios de mí. Si me llamaba a ser hermano lasallista, a lo mejor me lo diría ahí.

Por otra parte, me gustaba muchísimo ir al cine. El fin de semana consistía en ir al club con mis amigos, jugar baloncesto, ir al gimnasio, al cine y a cenar unas buenas pizzas. A veces me iba a trabajar con mi papá al rancho o nos íbamos a montar a caballo; el domingo, a misa con la familia y por la tarde al cine con mis amigos.

Cuando estaba en preparatoria, esa semilla seguía presente en mi alma, una voz me hablaba en mi interior: «Que no se te olvide…». Un día, vino al colegio un sacerdote de la congregación de los Cruzados de Cristo Rey y nos dio una conferencia y, como se podrán imaginar, unos días después me llamó por teléfono para invitarme a visitar su seminario por un fin de semana. Como ya estaba en preparatoria, la cosa se ponía seria. Mis tres hermanas mayores ya estaban en la universidad y mi hermano Juan estaba a punto de terminar la preparatoria. Yo los veía estudiando, pensando en su carrera, en terminar la universidad, casarse y formar una familia. Y yo… seguía en mi interior escuchando: «Que no se te olvide que querías ser sacerdote». Así que decidí ir a conocer el seminario el fin de semana. Se trataba de un retiro vocacional. Al llegar, encontré un ambiente de mucha oración y tranquilidad, pero también de mucha alegría. Conocí a otros jóvenes que también iban al retiro y que tenían en su interior las mismas preguntas que yo.

El colegio era muy exigente. Teníamos que estudiar mucho (y no estoy exagerando). Por eso nos ayudábamos para estudiar antes de los exámenes semestrales. Yo explicaba a algunos compañeros y compañeras algunas materias como ciencias políticas, química, física, álgebra. Otros amigos me explicaban cálculo integral y diferencial y, después, yo lo explicaba a otros. También teníamos retiros cada año. Me tocó ser de la escolta, tomaba clases de guitarra y era el delegado académico del salón. Algunas veces iba a platicar con uno de los hermanos lasallistas para preguntarle qué podía hacer. Otras veces hablaba con uno de los padres Cruzados de Cristo, porque ellos iban a confesarnos al colegio. Los dos me ayudaron mucho, pues quedaba claro que no se trataba de entrar en uno o en otro lugar, sino que teníamos que encontrar la voluntad de Dios para mí, el camino que Dios tenía para mí. Como un chico de preparatoria, yo seguía saliendo con mis amigos y amigas del colegio al cine o a cenar o a jugar al club. Sentía en mi interior que Dios me llamaba, pero no sabía bien y con claridad en dónde, si en el seminario o en una congregación, como sacerdote o como hermano.

¡Estás loco!

Al empezar 3° de preparatoria, regresaba un día del colegio a la casa y me dijo mi mamá: «Poncho, te llamó el P. Claudio García, legionario de Cristo, dijo que te llamará más tarde. ¿Quién es?». «No sé, mamá» le respondí. Finalmente, después de varios intentos, conocí al P. Claudio. Hablé con él y me ofreció su ayuda para aconsejarme en el discernimiento del llamado de Dios. En diciembre me invitó a visitar el noviciado de los legionarios en Monterrey. Fui con un grupo de jóvenes. También iba con la esperanza de poder conocer dos universidades que me llamaban la atención. Conocí a los novicios y encontré en ellos la misma alegría y jovialidad había visto en los otros seminarios y me trataron con la caridad que me habían tratado en los otros seminarios. Una noche de esos días de visita, 20 de diciembre de 1999, salí de la capilla, todas las luces estaban apagadas, sólo las lucecitas del árbol de navidad iluminaban tímidamente el hall; me vinieron a la mente dos palabras, 6 letras y nada más: «Aquí es. Aquí es. No busques más». Dios lo dijo claramente. ¿Por qué aquí? Sólo Dios lo sabe.

Después de las vacaciones de navidad regresamos a clases. Le conté a mis compañeros del colegio un poco de lo que había vivido y hubo reacciones y opiniones de varios tipos: quien decía «¡Qué bueno!» y otro decía «¡Estás loco!» y otro más decía «¡Cómo se te ocurre desperdiciar tu vida!..». Me sorprendí que ellos no entendieran algo que para mí estaba claro y era parte de mi vida. Mis mejores amigos me apoyaron, cada uno a su manera. La verdad es que éramos muy diferentes (yo creo que por eso nos llevábamos tan bien): uno estudió sistemas computacionales, otro ingeniería mecatrónica, otro estudió actuaría, otro más, ingeniería industrial y yo…

Pasaron los exámenes semestrales y comenzó el último semestre de preparatoria. Todos empezamos a buscar una universidad, y digo “empezamos” porque yo también lo hice (por si acaso…). Además, seguía teniendo mis entrevistas con el P. Claudio, con un hermano lasallista y con los padres Cruzados de Cristo. Llegó también el momento de hablar con mi novia y de explicarle que lo del seminario iba en serio, que sería mejor que ya no siguiéramos como novios.

En el retiro de Semana Santa me quedó claro que Dios me llamaba al sacerdocio en la Legión de Cristo y me decidí a ir al curso de verano que se llama candidatado y a entrar en el noviciado. Siempre me ha movido mucho el deseo de llevar a Cristo a los demás, a los necesitados, a los abandonados, a quienes no han tenido la oportunidad de acercarse a Dios por las diversas circunstancias de su vida, alguien tiene que anunciarles que Cristo les ama y ha muerto por ellos. «Si en algo puedo ayudar: Señor, cuenta conmigo».

Se terminó el año escolar, llegó el día de la graduación. Para mí fue un momento muy importante; en el colegio existe la tradición de que el Arzobispo de Puebla entrega los diplomas a quienes se gradúan de preparatoria. Por eso, pude recibir mi diploma de bachillerato de manos de Mons. Rosendo Huesca y Pacheco (hoy día, arzobispo emérito de Puebla).

Comienza LA AVENTURA

Partimos para el candidatado, uno de los veranos más felices de toda mi vida, en el que conocí al Mejor Amigo, y también a otros muy buenos amigos. Pasamos el verano viviendo la vida de un seminario, aprendiendo a rezar y a cantar, conociendo la vida en la Legión de Cristo, teníamos paseos y excursiones a las montañas, siempre en un ambiente de alegría.

Al terminar el candidatado ingresé al noviciado. Puedo decir que para mí comenzó una aventura a la que Cristo me había invitado y en la que Él me acompaña en cada paso. De Monterrey partí para Alemania, donde estuve un año y medio. De ese periodo, recuerdo los ratos de adoración eucarística, sobre todo cuando era a media noche: poder estar sólo con Cristo, en la capilla un rato en la madrugada, solo para acompañarle, para reparar, para aprender a amar como Él lo hace.

Después fui a Salamanca, España a estudiar Humanidades Clásicas. De ahí pasé a Roma, donde empecé mis estudios de filosofía. En el año 2005 regresé al Distrito Federal, en México, donde estuve ayudando como secretario en las oficinas de la Dirección Territorial. En el año 2007 me encargaron ser Instructor de formación espiritual de los alumnos de la primaria del Instituto Cumbres en la ciudad de México. Puedo decir que en este año la aventura con Cristo fue mayor y muy divertida.Pude aprender mucho de todos los alumnos y pude ver y tocar cómo Dios va sembrando la semilla de su Palabra y de su amor en el alma de esos niños y de sus familias. En el año 2008 regresé a Roma y terminé mis estudios de filosofía y teología. Pude recibir la ordenación diaconal de manos de Mons. Renato Boccardo el 29 de junio de 2013. Ahora me confiaron la misión de ser capellán del Colegio Highlands en Santiago de Chile. Aquí estoy, de la mano de Cristo, que me invita a seguir junto a él en esta aventura, si es necesario, yendo hasta el fin del mundo.

Se supone que aquí debería terminar mi historia, pero creo que es todo lo contrario, ahora empieza la Historia, que ya no puede ser mía sino de Cristo. Ahora comienza esta aventura en que Cristo sale al mundo a predicar y yo me ofrezco como su instrumento, como su sacerdote, consciente de una cosa: a la gracia de Dios debo lo que soy.


El P. Alfonso Blanca Lardizábal, nació en Puebla (México), el 22 de septiembre de 1981. El 15 de septiembre del 2000 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, donde estuvo 6 meses para trasladarse porteriormente al noviciado de Bad Münstereifel, Alemania. Estudió las Humanidades clásicas en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante dos años fue auxiliar de la Secretaría Territorial de México y estuvo un año como instructor de formación de primaria en el Instituto Cumbres Lomas, Ciudad de México. Actualmente es instructor de formación y capellán del Colegio Highlands de Santiago de Chile.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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