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MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Chrystopher Aguilar Castro, L.C.

P. Chrystopher Aguilar Castro, L.C.
P. Chrystopher Aguilar Castro, L.C.

Mi familia

Nací el 27 de diciembre de 1981 en Celaya, Guanajuato, México. Aunque yo siempre viví en Celaya, mis papás son de un pueblito a menos de 15 minutos de Celaya que se llama Cortázar. Mi papá es Eduardo Aguilar Solano y mi mamá Ma. de Lourdes Castro Fierros. Cuando se casaron se fueron a vivir a Celaya, pues mi papá trabajaba allá en una empresa que se dedica a hacer proyectos e instalaciones de equipos para gas L.P. en las fábricas de la zona.

Mi papá trabajó en esta empresa (EGSA) por muchos años, luego puso un negocio particular, volvió a trabajar en otra empresa y desde hace ya más de 15 años que regresó a EGSA.

Mi mamá es ama y señora de la casa, aunque nunca le ha faltado en que ocupar su tiempo: vendiendo cositas, estudiando idiomas, ayudando en la parroquia y dedicando tiempo a las muchas personas que la visitan para pedirle un consejo o simplemente para ser escuchadas.

Nada más tengo una hermana 4 años menor: María Mayela. Ella es ingeniero agrónomo y actualmente está estudiando la licenciatura en música.

Si bien Dios siempre nos ha socorrido con lo necesario, nuestra vida familiar ha sido muy sencilla y
P. Chrystopher Aguilar Castro, L.C.
modesta.

Deportes, pasatiempos y gustos

De niño frecuentaba la escuela de natación y practicaba el Lima Lama (arte marcial). Como adolescente jugaba básquet en el equipo de la escuela y con los amigos jugaba soccer. Con mi papá eran comunes las salidas en bicicleta y a correr.

Desde 1992 hasta 1999 formé parte del Grupo Scout 4 de Celaya, pues me gustaba mucho el campismo, el escultismo y el voluntariado que ahí practicábamos.

Pasaba tiempo escuchando música pop, rock de los 60’s y 70’s y música clásica. Me divertía mucho dedicando tiempos a dibujar, experimentar con la computadora y armar y desarmar aparatos. Aunque no tenía en ese momento la posibilidad de practicarla mucho, me llamaba ya mucho la atención la fotografía.

¡Cuando tienes 17 años te quieres comer el mundo!

Cuando tenía 17 años los sueños y los proyectos que me planteaba no los veía como algo lejano, sino algo que estaba al alcance. Pensaba en organizar mi vida de manera de poder realizarme ejercitando una profesión que me gustara, hacerme de un buen patrimonio y llevar adelante una futura familia.

No sé exactamente cuándo y cómo, pero espontáneamente tomé el hábito de pedirle a Dios dos cosas: que me pusiera en el camino aquella chica junto a quien podría realizar mi proyecto de vida y que me ayudara a decidir la carrera profesional que más me convenía. Cuando pienso en ello yo mismo me asombro, pero lo que más me sorprende es cómo Dios respondió.

Recuerdo particularmente el último día del año 1998. Fui a visitar la iglesia parroquial de mis abuelos (Parroquía de san José en Cortazar, Gto.) para dar gracias por el año que terminaba. Sentía que estaba por iniciar un año muy importante en mi vida y le pedía a Dios su gracia para responder a lo que Él me pidiera.

A los pocos días, tuve la oportunidad de participar como voluntario (una actividad organizada por los Scouts de México, A.C.) en la 4ª visita del Papa Juan Pablo II a México (Enero de 1999). Un evento que tuvo un fuerte impacto en mi vida. Fueron jornadas cargadas de emociones. El frío del ambiente se templaba por la calurosa acogida que millares de personas ofrecían al Papa. El sueño de 3 días sin descanso se compensaba con la viveza de la fe que transmitían las personas y grupos con los que me encontraba.

No puedo olvidar una madrugada en la que nos pidieron acudir a nuestros lugares en las vallas de seguridad antes de que se presentaran los peregrinos (sobre la calzada de los misterios). Llegamos a las 4 de la mañana, el Papa estaría pasando hacia las 11 a.m. A esa hora, no había grandes grupos de jóvenes; sólo familias que acompañaban a un enfermo o una persona mayor. Finalmente, pocos minutos después de las 11 hrs. pasó el Papa saludando y bendiciendo a las personas. Lo vimos quizá 5 segundos mientras recorría la avenida a 20 km/h en el papamóvil. La alegría de ver al Papa en primera fila, aunque sólo unos cuantos segundos, valía el cansancio de esos días. Pero, ¿qué pensar de aquellas familias que esperaron tantas horas en el frío? La pregunta me sacudió en el interior. No la pude ignorar y la respuesta que en ese entonces encontré fue: «No vinieron a ver un hombre vestido de blanco, sino que vinieron a encontrarse con Cristo por medio de un hombre que es su instrumento. Sí, es el Papa polaco, pero es primeramente un sacerdote».

Si bien la experiencia de ver al Papa tocó mi corazón, las semanas pasaban y el final de mi bachillerato se acercaba. Además de la premura del tiempo, me topaba con nuevas opciones de carreras y algunas posibilidades de conseguir becas: ingeniería industrial, mecánica, informática, diseño gráfico, aeronáutica, fuerza aérea, etc. Visitas a las universidades, invitaciones por escrito y otros eventos académicos hacía que retardara más una decisión, pues quería que fuera clara y firme. En esta situación, sin saber cómo y cuándo, casi como para hacer más difícil mi determinación me asaltó un pensamiento: «¿Por qué no ser sacerdote?».

Llegaron las vacaciones de Pascua. Ahora ya sentía mucho la presión de optar por una o un par de universidades y descartar las demás. Terminando las clases organizaron una fiesta de excompañeros de secundaria. Sinceramente no tenía ningún deseo de asistir. Al final, no me lo explico, salí de casa para la fiesta. Pasé frente al lugar y me seguí de largo. No sé porque, pero seguía resistiéndome a entrar. Apenas doblé en la esquina para volver a casa escuché que me llamaban. Eran unas amigas que me decían que me había pasado ya el lugar. Así que terminé uniéndome a la fiesta. Me senté junto a la barra, delante de la mesa donde estaban mis mejores amigas. A mi lado estaba un viejo amigo, Harold José Arellano Reséndiz, y sin más nos pusimos a charlar. En un momento me cuenta que su hermano (Helder) se había ido de seminarista a Salamanca, España. Esta noticia me cogió por sorpresa, pues aunque era un año más grande que nosotros, éramos del mismo grupo de amigos y de travesuras, pero nunca había dado señales de querer ser sacerdote. Y además, ¿por qué tan lejos? ¿En España?

La conversación siguió girando en torno al amigo seminarista. Fue así como escuché hablar por primera vez de los Legionarios de Cristo. Siguió la charla y después de 2 ó 3 tequilas, para acompañar, me acordé que un primo me estaba invitando a un retiro en la Ciudad de México el siguiente fin de semana. Ya que mi amigo vivía con entusiasmo su fe, le pregunté si quería acompañarnos. Él se disculpó diciendo que ya se había comprometido a ir a un retiro a Monterrey con los padres legionarios. Y así, sin pensarlo, le digo: «Cuando sepas de otro retiro me invitas».

El siguiente fin de semana me encontraba en la Plaza de toros México en un retiro organizado por los Misioneros Servidores de la Palabra: “50 mil jóvenes al encuentro de Cristo resucitado”. Lo que más recuerdo de ese evento fue el testimonio del Card. François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận que nos narró su historia de 13 años de prisión y cómo se las arregló para vivir como sacerdote predicando a sus celadores el amor de Dios. Otro momento importante de aquel retiro fueron los tiempos de oración. En un instante, durante el rezo del Via Crucis (concretamente cuando cantaban: “Nadie te ama como Yo”), sentí un fuerte impulso a poner fin a esa inquietud que me guardaba por callar aquella voz que se hacía cada vez más fuerte: «¿Por qué no eres sacerdote?».

Providencialmente, unos meses antes había iniciado a prestarle un poco de ayuda informática al P. José Luis Márquez en la notaría de mi parroquia (Nuestra Señora de la Salud en la colonia Latinoamericana). Aprovechando la confianza que tenía con el padre, fui a conversar con él y contarle cómo me sentía. Me escuchó con paciencia y me dio varios consejos. Al final del coloquio me dice: «Chrystopher, no dejes de pedirle a Dios en tus oraciones que te ilumine para descubrir qué es lo que quiere de ti». Luego añadió: «Después de un mes vuelves y me cuentas qué tal va todo».

La ilusión me duró poco tiempo. Los primeros días, después de la charla con el padre, tenía muy presentes los consejos y, casi jugando, abría la Biblia al azar para ver si así descubría lo que Dios quería de mí. Todo seguía igual. Al final opté por presentar una única solicitud de admisión a la universidad (Instituto Tecnológico de Celaya para la carrera de ingeniería industrial) y concentrarme en ganarme el lugar.

Contemporáneamente me propuse buscar un empleo que me diera alguna entrada económica y que me permitiera seguir con los estudios. Por fortuna, la empresa donde trabajaba mi papá se ofreció a pagarme a mí y a un amigo (Jaime Humberto Torres Téllez) por preparar los paquetes de envío (armábamos las bases y las cajas de madera para meter la maquinaria y equipo para las instalaciones de gas). Feliz por iniciar a trabajar, a horas de presentarme el primer día, nada más llegar a casa recibo una llamada telefónica. Era mi amigo, el de la fiesta, que me decía que ese mismo día, el único en el próximo mes, pasaría por la ciudad uno de los padres legionarios y que quería hablar conmigo. «¿Para qué? ¿Por qué hoy?». Mi amigo no supo responderme, pero la idea de que un sacerdote me estaría esperando me pesaba y yo no lo podía dejar plantado, con mucha pena para mi primer día de trabajo…

Esa tarde, en lugar de estar en un pequeño taller, me encontraba en la pequeña capilla de la sección de jóvenes del Regnum Christi de Celaya junto a varios jóvenes. Al final de la Hora Eucarística, el P. Juan Pedro Oriol se me acercó y sin más me invitó a conocer el noviciado en Monterrey el siguiente fin de semana. En ese momento lo único que pensé fue que era una estupenda oportunidad para conocer el norte del país y que me pasaría muy bien el fin de semana, y acepté.

La visita al noviciado no se pareció en nada a lo que yo me había imaginado, pero me gustó. Sí pude conocer un poco la misión y la vida de los Legionarios. Me sorprendió mucho el espíritu de familia y de caridad con el que vivían los novicios, pero no puedo decir que vocacionalmente sentí algo más. Volví a casa a seguir estudiando y a trabajar.

Un buen día, por la tarde, recibí una llamada telefónica. Era el P. Juan Pedro que me preguntaba si ya estaba listo para ir al candidatado (etapa previa al ingreso del noviciado). Mi respuesta fue que no lo había considerado en absoluto. Sin más me dijo: «Piénsalo unos días y luego te llamo», y colgó el teléfono.

Me quedé un poco desconcertado. No sabía qué hacer y pensar. Dejé el teléfono y fue la primera vez que traté el tema con mis papás. A mi mamá, que estaba trabajando en casa, le brillaron los ojos dándome su apoyo sin tener que decir nada. Mi papá me dijo que lo pensara con calma. Quizá después de un año de carrera o al terminar la universidad podría tomar mejor una decisión así.

Unos días después se cumplía el mes de que había hablado con el P. José Luis. Sorprendido por la directa invitación del P. Oriol para ir al candidatado no había advertido todo lo que había sucedido en ese periodo de oración: la tensión por elegir la carrera había desaparecido; Cristo, sirviéndose de mi amigo, me presentó a la Legión y con una premura llena de amor me estaba llamado a seguirle.

Reconozco que asistí al candidatado con muchas dudas, pero abierto a escuchar el llamado de Dios. Un buen día, hablando por teléfono con mi mamá me dice: «Te quedan 3 días para confirmar tu inscripción en la universidad, ¿qué hacemos?» Recuerdo que giré la vista y vi una imagen de la Santísima Virgen en el jardín del noviciado. Sin duda fue una gracia especial, pues en ese momento sentí como si me dijera: «Confía, tu vocación yo la tengo en mis manos». Respondí a mi mamá: «Yo me quedó aquí».


El P. Chrystopher Aguilar Castro, L.C.,  nació el 27 de diciembre de 1981 en Celaya, Guanajuato, México. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, México, en 1999, para proseguir después en el noviciado de Dublín, Irlanda. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue miembro del equipo de formadores del Centro Vocacional de la Legión de Cristo en Monterrey. Actualmente colabora como auxiliar de la Secretaría General y está cursando los estudios de la licenciatura en teología dogmática.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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