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Y tú, ¿por qué no?
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Gonzalo Rebollo Ferrer, L.C.

P. Gonzalo Rebollo Ferrer, L.C.

¿Alguna vez les ha pasado que se les mete una idea en la cabeza y no se la pueden sacar de ninguna manera? A veces son ideas peregrinas de las que somos presa, otras veces son fruto de aferrarse a un recuerdo, experiencia, un hecho quizá, pero en otras ocasiones también pueden ser luces del Espíritu Santo que está llamando a nuestro corazón y que sólo espera que le abramos la puerta para que pueda entrar. En el caso de mi vocación, así sucedió. Fue una idea que Dios plantó en mi mente y en mi corazón y a la fecha es la certeza que me sostiene: Él me pensó desde la eternidad como su sacerdote. Él había preparado mi vocación a lo largo de mi vida, aunque yo no quería darme cuenta y no quería abrirle la puerta de mi alma de par en par.

Comenzó en una familia unida y sencilla

Mi familia es uno de los mejores regalos que recibí de parte de Dios. Una familia normal y sencilla pero muy unida, con sus alegrías y sus dificultades, con sus momentos de lucha y los de gozo, como cualquier otra familia. Somos cinco en total. Yo soy el mayor
P. Gonzalo Rebollo Ferrer, L.C.
P. Gonzalo Rebollo Ferrer, L.C.
de tres hijos, dos hombres y una mujer. Mi mamá, desde que yo nací, se dedicó a sus hijos y al hogar. Mi papá, en cambio, es ingeniero químico y ha trabajado toda su vida en ese ámbito; una persona muy dedicada y perseverante en su labor.

En este ambiente recibí mucho apoyo, cariño y un gran ejemplo de cómo ser generoso y entregarme a los demás sin esperar nada a cambio; un ambiente maravilloso donde recibí la fe, los sacramentos y también donde me enseñaron a ser coherente y maduro con lo que profesaba. Somos una familia religiosa, íbamos a misa los domingos; mi papá nos enseñó a rezar al inicio del día para poner nuestra jornada en las manos de Dios y a darle gracias por la noche por todo lo recibido. Fuera de eso, no es que hiciéramos grandes cosas, pero en definitiva Dios siempre estaba presente de alguna manera en nuestras vidas. Con mis hermanos disfrutaba mucho: así como jugábamos también nos peleábamos de vez en cuando, pero estábamos muy unidos y sabía que en cualquier momento podía contar con ellos, tanto en las buenas como en las malas.

Una niñez «viajera»

Quizá pueda llamar la atención el título de este apartado, pero en realidad así fue. A los pocos meses de haber nacido en México, D.F., nos mudamos a Guadalajara, donde pasé los dos primeros años de mi vida; obviamente no tengo ningún recuerdo, aunque me imagino que de ahí habrá surgido mi afición por el fútbol y por mi equipo preferido: las Chivas… Después de este período regresamos a vivir al Estado de México, donde pasé lo siguientes cuatro años de mi infancia. No tuve la oportunidad de estudiar en un colegio religioso, pero a pesar de ello el ambiente en casa me iba forjando en valores y virtudes cristianas. En el verano previo a cumplir los seis años recuerdo muy bien cuando mis papás me dijeron a mi hermano y a mí que nos mudaríamos al norte de Estados Unidos, a la ciudad de West Virginia, a causa del trabajo de mi papá. Me acuerdo todavía de lo mucho que me costó esto y el tener que despedirme del resto de mi familia.

Llegamos a Estados Unidos y no fue fácil al inicio, ciertamente. A marchas forzadas tuvimos que aprender una nueva lengua en menos de mes y medio para poder comenzar las clases en septiembre. Mis papás, para ayudarnos, nos propusieron hablar inglés en la casa. Así que no hubo momento de «descanso» con la única finalidad de meternos mejor y más rápido en el ambiente. En fin, así transcurrieron tres años en tierras norteamericanas. Ahí me preparé por medio de la catequesis parroquial para recibir por primera vez a Cristo Eucaristía. Allí Cristo se encargó de ir cultivando mi vocación sacerdotal sin que yo me diera cuenta. Tengo gratos recuerdos de cuando iba a misa los domingos y le recibía; después teníamos convivencia entre todos los del grupo de catecismo con nuestros familiares en un aula al lado de la parroquia.

Dios en sus misteriosos designios tenía todo planeado para que después de tres años regresáramos a México y, en lugar de continuar en la escuela y pasar a tercer año de primaria, tuviera que repetir segundo año. La razón: aprendí primero a escribir y leer en inglés que en español y eso era una limitante para poder estudiar. Para afianzar mejor mi español decidieron que empezara en segundo de primaria. No fue hasta años después, a finales de tercero de secundaria, cuando descubriría la razón…

Dado que mis papás querían que siguiéramos recibiendo una formación católica y en el colegio no había posibilidad, decidieron formar parte de una asociación llamada FEF (Familia educadora en la fe). Ahí teníamos catecismo, algún retiro espiritual de vez en cuando y nos prepararon para recibir el resto de los sacramentos. Sin irme dando cuenta, me volvía cada vez más sensible a las necesidades ajenas, me llamaban la atención los necesitados e iba creciendo en mí un anhelo de ayudar a los demás. En definitiva, viví una niñez alegre, tranquila, con amigos, mucha bicicleta y fútbol.

Una invitación a las misiones

Llegó la adolescencia y con ella, algunos cambios en mi vida. Descubrí la vida social, las niñas, las fiestas, pero gracias a Dios no presentaron un obstáculo fuerte para alejarme de Dios o de mi familia. El deporte seguía siendo un gran atractivo para mí: empecé a jugar tenis y le dedicaba gran parte de mi tiempo. Todo iba normal hasta que una vez juntaron en el auditorio de la escuela a toda la secundaria con motivo de una conferencia que nos iban a dar. Resultó ser una plática sobre la Cuaresma. Nos la dio un miembro consagrado del Regnum Christi. Yo en su momento no lo sabía, es más, aunque me lo hubieran dicho, no conocía nada de los legionarios de Cristo ni de su movimiento de apostolado. Sin embargo, me encantó la plática y me llamó la atención la forma de hablar en público, el entusiasmo y la fuerza con la que predicaba. Yo vi que tenía un anillo y me dije para mis adentros: «Cuando esté casado, aunque sea doctor, también quiero dar de vez en cuando conferencias y dedicar parte de mi tiempo a hablar de Dios». Cabe mencionar que ese fue el primer año en que un grupo de consagrados entraba en nuestro colegio para dar estas pláticas en secundaria. Razón por la que si no hubiera repetido el segundo año de primaria, no la hubiera escuchado ni hubiera conocido a este consagrado.

A los pocos días de la plática, este mismo consagrado pasó visitando cada salón para preguntar si alguien estaba interesado en vivir mejor su Cuaresma y Semana Santa. En cuanto yo tuve la oportunidad, no lo dudé y salí del salón para platicar con él. Platicamos muy bien y me invitó de misiones con un grupo de jóvenes, algunos mayores que yo y otros de diferentes colegios; accedí con el debido permiso de mis papás. Fuimos de misiones urbanas al Estado de México un fin de semana y fue realmente un parteaguas en mi vida. El llevar al pecho una cruz y hablar de Dios a las personas me llenó mucho. En esas misiones fue donde por primera vez estuve en una adoración nocturna y también fue algo que marcó mi vida.

Regresando de esas misiones me di cuenta de que Dios quería algo más de mí, así que decidí empezar a tener dirección espiritual para descubrir cuál era su voluntad. De hecho, mi director espiritual, el consagrado que me invitó a las misiones, me invitó a varias convivencias en el centro estudiantil en México. Acudí a ellas y, mientras más convivía con ellos, crecía más esta certeza de que Dios me estaba pidiendo algo más pero no sabía lo que era. Después de casi seis meses de tener dirección espiritual y de asistir a convivencias, me invitaron al curso de verano para poder discernir si Dios me llamaba a la vida consagrada en el movimiento Regnum Christi. Aunque mis papás me apoyaban, finalmente no acudí al curso con la excusa de que era muy joven y no había sido una decisión tomada con madurez, por lo que tenía que esperar más tiempo.

Empecé la preparatoria y durante los dos primeros años seguí teniendo mi dirección espiritual y estuve muy en contacto con los consagrados. Recibí de nuevo invitaciones para los veranos, pero no fue sino hasta después de terminar mi segundo año de preparatoria cuando decidí hacer la experiencia: accedí a ir al curso de verano. Definitivamente me di cuenta de que Dios quería algo de mí, pero por falta de generosidad, en su momento, no me quedé sino que me regresé a mi casa. Sin embargo, mi director espiritual fue muy claro conmigo y me dijo que no podía seguir «jugando con Dios». Para no enfrentar la situación, decidí dejarlo a un lado y dedicarme de lleno a mis estudios, amigos, novia…, pero eso sí, no dejé de tener dirección espiritual ni de asistir a las megamisiones de Semana Santa cada año.

Y tú, ¿por qué no?

Al terminar el bachillerato decidí ingresar en la Universidad Anáhuac de México para estudiar la carrera de médico-cirujano. A inicios de ella, me incorporé formalmente al movimiento Regnum Christi y cada día me comprometía más con el apostolado, mis compromisos con Cristo y los medios de perseverancia. Me di cuenta de que los necesitaba. Resultó además que mi mejor amigo era el responsable de mi equipo. No obstante, tenía un temor: todavía tenía pendiente lo que Dios quería de mí. Además, me preocupaba el hecho de que a medida en que me fuera metiendo más de lleno en mi carrera, no sería compatible con mi vida en el movimiento, dado que la carrera era muy «celosa». A pesar de ello, Dios me seguía concediendo la gracia de mantenerme activo en el movimiento y de acercarme más a Él.

Antes de terminar el primer año y medio de estudios, nos fuimos un grupo de amigos a una casa que tenía mi mejor amigo fuera de México, a pasar un fin de semana juntos y divertirnos unos días. A la mañana siguiente, él nos comentó que se iría de colaborador por un año. Esto implicaba que daría un año de su vida para apoyar a una comunidad de legionarios de Cristo sin saber dónde lo mandarían. A partir de ese momento también entró en mí la idea de irme de colaborador. La razón: sólo puedo decir que era consciente de que tenía un «pendiente» con Dios y que ese sería el momento adecuado para poderlo finalizar.

Después de obtener la autorización de mis padres, hablar con mi director espiritual y darme de baja en la universidad, empecé a prepararme mentalmente para ese año que se avecinaba. Todo iba muy bien hasta que un par de semanas antes de irnos al cursillo de colaboradores, mi mejor amigo me llamó por teléfono y me pidió si podíamos hablar. Nos juntamos en la casa del movimiento y ahí fue donde él me dijo: «Gonzalo: me voy de colaborador de por vida… Entro a la Legión de Cristo».  Una sensación de sentimientos encontrados empezó a reinar en mi corazón: por una parte estaba orgulloso de saber que mi mejor amigo había encontrado la voluntad de Dios para él, pero por otra parte un sentimiento de tristeza por el hecho de saber lo que implicaba el que un amigo entrara en el seminario. Después de un intercambio amigable de opiniones me despedí de él y me dirigí hacia la capilla para irme a desahogar con Cristo Eucaristía: después de hacer mi genuflexión, la primera idea que se me vino a la mente fue: «Y tú, ¿por qué no?». Me dije hacia mis adentros: «Es un mero sentimiento, una fijación, una idea peregrina…». Pero resultó que no era esto sino la confirmación de un llamado que Dios había comenzado hace ya varios años y que yo no había querido responder.

De médico de cuerpos a médico de almas

Así empezó mi año como colaborador, con esta idea clavada en mi mente. Todavía recuerdo que en una de las direcciones espirituales que tuve en el curso de formación para colaboradores, le dije a mi director espiritual que le daba ese año a Dios para que me hablara claro y me manifestara cuál era su voluntad para mí. Como siempre, Dios se salió con la suya… Fue más claro que el agua. Al terminar el curso de preparación de colaboradores, recibí mi destino: Chihuahua. Fue ahí donde en la convivencia diaria con un sacerdote y con un religioso en formación, Dios me fue manifestando claramente su voluntad y me confirmaba su llamado al sacerdocio. El ejemplo de vida y de entrega a los demás por parte de ambos fue lo que más me ayudó a terminar de confirmar ese llamado desde la eternidad que Dios tenía preparado para mí. Estuve ahí sólo cuatro meses porque en junio ya estaba en el curso de discernimiento vocacional en Monterrey, donde vi muy claro que Dios era quien me llamaba. Sentía un fuerte deseo de gastar mi vida ayudando a los demás a encontrar a Dios y ser felices como yo lo era. Allí comenzó la aventura de  mi vida en la Legión de Cristo, una aventura que me ha hecho profundamente feliz, aunque he pasado por sus momentos de dificultad. Han pasado más de once años desde que comenzó esta aventura de amor. Cada día me convenzo más de que Dios me pensó sacerdote desde la eternidad y que escogió la Legión de Cristo como camino específico para mi santificación y para la salvación de las almas que Él mismo me ha encomendado.


El P. Gonzalo Rebollo Ferrer, L.C., nació en la Ciudad de México el 18 de septiembre de 1981. Cursó un año y medio de médico-cirujano en la Universidad Anáhuac del Norte (México). En el 2001 se incorporó al movimiento de apostolado Regnum Christi. Colaboró durante medio año en la pastoral juvenil en la ciudad de Chihuahua. En septiembre del 2002 ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, México. Emitió la primera profesión en 2004 y la profesión perpetua en 2010. Estudió humanidades clásicas en Salamanca, España. Es bachiller en filosofía y teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue miembro del equipo de formadores del noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey y del Centro de Estudios Superiores en Roma. Colaboró como auxiliar de  la administración general de la congregación en Roma. Actualmente desarrolla su apostolado en la ciudad de Chihuahua (México).


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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