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¡Resucítame en los demás!
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. José Valencia Gallegos, L.C.

P. José Valencia Gallegos, L.C.
P. José Valencia Gallegos, L.C.

¿En manos de quién?

Era el 3 de enero de 2002 cuando por vez primera me arrodillé como legionario ante aquel que ya muchos años antes me había conquistado. El día anterior había tomado el autobús desde la Ciudad de México y así dejaba atrás una hermosa etapa de mi vida con mi familia, los amigos, la carrera y el Regnum Christi. Tenía 22 años.

El cambio de planes comenzó cuando en la misa del LX aniversario de la fundación de la Legión de Cristo en 2001, comencé a sentir que ésta era una gran obra de Dios, una obra que estaba en manos humanas y que necesitaba de hombres que dieran su vida a Jesucristo. Me dio miedo, mucho miedo dejarlo todo. En un primer momento traté de «negociar» con Dios y ofrecerle otras alternativas, pero esa tarde, cuando estaba solo en la capilla de Roma, me llegó una luz interior que clavó en mi alma la idea de ser legionario de Cristo.

Dos meses después, ya en México y con más calma, en unos ejercicios espirituales pude ponerme en las manos de María y confiar en Dios para iniciar el camino hacia el sacerdocio. María siempre acompaña con su mirada
P. José Valencia Gallegos, L.C.
de paz y de ternura, ¡nos recuerda la dicha del que cree! Me faltaban unos cuantos meses para terminar la carrera de ingeniería en la Universidad Anáhuac y mi director espiritual me recomendó esperar. Así, en ese enero del 2002 inicié mi candidatado en Monterrey.

En movimiento…

Soy el segundo hijo de tres hombres. Mi hermano Ricardo es ingeniero químico y ha sido bendecido con dos grandes mujeres, su esposa Claudia y su hija Sofía. Alejandro, mi hermano menor, es un excelente piloto aviador y tiene la dicha inmensa de estar casado con Daniela. Además de mis dos hermanos, tengo muchos tíos y primos por lo que en casa siempre hubo mucha «acción». De pequeño era muy inquieto y sociable. Me metí en más de algún problema en la escuela… Nunca pensé en ser sacerdote sino un gran apóstol de Cristo. Eso aprendí en el ECYD: a rezar, a ser alegre y a hacer grandes cosas por el mundo y los demás. Por ejemplo, cuentan que en la primaria ponía un pequeño crucifijo en mi mesabanco durante los exámenes para pedir ayuda al Espíritu Santo. Iba también a campamentos, retiros, reuniones y juegos que fueron llenando mi vida de acción por la Iglesia. Esto hizo que más de alguno sospechara mi futura vocación. Más de alguno, pero yo, no.

En la preparatoria Kipling comencé a promover credenciales de membresía a Gente Nueva, un apostolado del Regnum Christi en donde los jóvenes promueven una corriente positiva de valores por medio de congresos, brigadas de acción social y otras actividades. Además, en esas fechas me pidieron ser responsable de un equipo del Movimiento Regnum Christi. ¡Una experiencia fabulosa! El ser guía de mis mismos amigos me obligó, desde el inicio, a ser coherente con lo que les trataba de enseñar: ser un cristiano auténtico, un apóstol de Jesucristo. Lo que más me maravillaba era aprender tanto de mis amigos cuando conversábamos en una especie de diálogo formativo que les daba frecuentemente como responsable. ¡Se podía palpar enormemente la acción de Dios en sus vidas! Juntos realizamos conciertos, congresos internacionales, brigadas de acción social, actividades en orfanatorios, campañas por la vida, conferencias en las escuelas y otras actividades para sembrar en la juventud los valores que nos dan verdadero sentido para vivir: servicio, respeto a la vida, amor verdadero, trascendencia, felicidad… No puedo olvidar las megamisiones que desde mi adolescencia me enseñaron el gozo de compartir y de aprender la fe de los más pobres, de los más sencillos, de los que tienen a Dios. ¡La riqueza de los pobres!

Sin mí no podéis hacer nada…

A mis quince años tuve la gracia de tener mis primeros ejercicios espirituales de tres días. Aún recuerdo con frescura una visita a la estatua de un Cristo que está en el jardín del centro de retiros «El Dorado». Desde lo profundo de mi corazón brotaron estas palabras: «Quiero bajarte de esa cruz, quiero bajarte de esa cruz…». Y escuché en mi interior su respuesta: «¡Resucítame, resucítame en los demás!». Esto se quedaría para siempre en mi vida como apóstol.

Un año después me incorporaría al primer grado del Movimiento y junto con mis amigos impulsábamos diversos proyectos de valores y de acción social con Gente Nueva. A través de este apostolado, que después me tocó dirigir, muchos jóvenes descubrían la fuerza del amor y algunos se incorporarían al Regnum Christi, en donde fuimos creciendo en número y amor a Cristo. De un equipo nos convertimos en un grupo de equipos y cada vez se hacían más cosas por los demás. Realmente estábamos dispuestos a todo con tal de ayudar a la juventud, pero nos dábamos cuenta de que sin una vida de oración sería imposible hacer mucho. Así, crecíamos como apóstoles «profesionales», pero también como cristianos de oración y bien formados. El Regnum Christi siempre me impulsaba a ser mejor, a formarme bien, a ser un líder en mi ambiente y sobre todo a mantenerme unido a la vid. Son muchos los sacerdotes, religiosos, consagradas, consagrados y colaboradores que durante años sembraron en mi vida. A todos ellos, gracias.

Fue difícil…

En el 2001 me invitaron a la peregrinación del LX aniversario de la fundación de la Legión de Cristo en Roma y fui, pues organicé una extensión del viaje «de mochila» por Europa... Como ya dije, en Roma Dios me dejó ver con claridad que me llamaba a seguirle. No puedo negar que fue difícil cambiar los planes. Ese año me ofrecieron dos trabajos que me ilusionaban y una posible beca en el extranjero. Había que dejar los proyectos empresariales y otras cosas, pero lo más difícil sería dejar a la familia y a los amigos. Sin embargo, el llamado de Cristo era fuerte y claro. Era un llamado a una aventura de amor y Dios no me podía tender «una trampa».

Un 19 de diciembre les dije a mis papás que quería hablar con ellos. Lleno de nerviosismo les comuniqué que no me iría de colaborador sino que ingresaría a la Legión de Cristo. ¡Fue un cambio de rumbo inesperado para todos! La sorpresa nos sacudió. Hoy les agradezco a mis papás y hermanos su comprensión y apoyo en esos primeros pasos tan novedosos. Mi papá Ricardo es un ejemplo de honestidad, dedicación y desprendimiento; además es un gran ingeniero civil. Mi mamá Lucero, siempre entusiasta y entregada a los demás. No sabría cómo expresar todo lo bueno y la fe que he recibido de ellos. En esos mismos días lo fui comunicando solamente a algunos de mis amigos, pues no quería levantar un gran revuelo. Me da gusto poder reencontrarlos después de estos años, gracias por todo lo que me enseñan. También es motivo de alegría poder ahora compartir con varios de ellos la vocación legionaria y al Regnum Christi.

Un misterio que nos sobrepasa…

Y así, en 2002, ingresé al noviciado. Una etapa hermosa en Monterrey para grabar en mi corazón el rostro de Cristo. Fueron años de gran crecimiento espiritual y de profundas amistades. Después vino mi periodo en Salamanca que fue más complicado, ¡un ingeniero estudiando latín y griego!... Fue un momento de purificación, de humildad y de saber esperar los tiempos de Dios. María no dejó de hacerse presente, siempre me ha alcanzado gracias muy especiales.

Los años en la ciudad eterna de Roma fueron maravillosos. La filosofía y la teología tenían sus retos. Dios siempre me ha bendecido en los estudios y al poder estar en una de las mejores universidades pontificias, me motivaba a poner lo mejor de mi parte. Era un sacrificio no poder dedicar todo el tiempo que quisiera al apostolado, pero sabía que Dios, tarde o temprano, pondría todos los estudios al servicio de los demás. Agradezco a tantos formadores y profesores que de manera oculta y constante preparan a los futuros sacerdotes.

Mi periodo de prácticas apostólicas fue intenso. Impulsábamos clubes del ECYD en diversas escuelas del sur de la Ciudad de México. Los adolescentes tienen un gran potencial como apóstoles y al mismo tiempo están necesitados de buenos guías. Pude conocer a mucha gente buena y seguir formando un corazón sacerdotal que se diera con plenitud a los demás. Cristo me permitió profundizar en el amor de Dios que es primero al mío, que da confianza, que todo lo espera, que todo lo tolera, que ha venido no a juzgar sino a salvar y a perdonar. Tuve la dicha de acompañar en su discernimiento a algunos jóvenes que recibieron el llamado de Dios.  Es estar siempre delante de un misterio que nos sobrepasa.

Ahora es un gusto poder hacer apostolado nuevamente con jóvenes y seguir palpando la acción de Dios que se desborda en sus corazones. Les pido una oración por ellos, que son una esperanza viva.

Termino agradeciendo a mi Cristo. Él es quien me dio la existencia, quien me llamó a seguirle y quien hoy me transforma en su ministro. Que Él me ayude a serle fiel pero sobre todo a amarle en cada persona que quiera inundarse de su misericordia. Que Él siga bendiciendo a la Iglesia, al Regnum Christi, a la Legión y a ustedes a través de mi pobre sacerdocio.


El P. José Valencia Gallegos, L.C nació el 6 de octubre de 1979 en la Ciudad de México. Se graduó con honores como ingeniero en tecnologías de la información y telecomunicaciones por la Universidad Anáhuac México Norte. En marzo de 2002 ingresó al noviciado de Monterrey de la Legión de Cristo. Emitió la primera profesión religiosa en 2004 y la profesión perpetua en 2007. Realizó sus estudios de humanidades clásicas en Salamanca, España. Es bachiller en filosofía y teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue promotor vocacional durante tres años en el sur de la Ciudad de México. Colaboró como auxiliar de la secretaría general de la congregación. Colaboró en la pastoral juvenil del Regnum Christi en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Roma por dos años. Actualmente es director de la sección de jóvenes del Movimiento Regnum Christi en el norte de la Ciudad de México.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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