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Al “rebaño sagrado” del Señor
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Juan Carlos Gómez, L.C.

P. Juan Carlos Gómez, L.C.
P. Juan Carlos Gómez, L.C.

Mis primeras palabras quiero que sean de agradecimiento, en primer lugar a Dios Nuestro Señor por tantas gracias que me ha regalado a lo largo de mi vida. Realmente me siento amado por Dios, siento que soy para Él su hijo. Sus principales muestras de amor son el don de la vida, el don de la fe, el don de la vocación, el don de mi familia, el don de la Legión, el don de su Santísima Madre, que siempre ha estado conmigo.

Bellas e inolvidables huellas de Dios en mi infancia

Orgullosamente tapatío, de una familia católica, trabajadora, alegre y de buen humor. Nací el 27 de mayo de 1982. Mi padre José Andrés, mi madre Josefina y mis seis hermanos: José Andrés, Ernesto, Alejandra, Claudia, Cristina y María Guadalupe. Mi papá conocido como don Pepe o don Andrés, me dio siempre un ejemplo de trabajo, de responsabilidad, de buen humor. Ciertamente cuando lo hacíamos enojar lo mejor era escapar o aguantar el «cinturonazo». Realmente disfrutaba y disfruto mucho estar con él, lo acompañaba a repartir pedidos –pues es comerciante– nos íbamos en la camioneta o en la bicicleta. Un hombre honrado y bueno de corazón. Me llena de alegría ver
P. Juan Carlos Gómez, L.C.
que él cada vez se acerca más a Dios. Una anécdota simpática que me contó mi mamá es que cuando yo estaba en el seminario, rezaban juntos el rosario y mi mamá decía: «Te pedimos por las vocaciones y por Juan Carlos…». A lo que mi papá contestaba: «… para que se regrese». Mi mamá, la señora Coty, una mujer ejemplar, ama de casa entregada totalmente a sus hijos y a su esposo, mujer de servicio, amiga de Dios. Ella nos enseñó a hablar y a conocer a Dios. Nos consentía mucho, pero también nos exigía y nos ponía a trabajar; así como nos sabía dar caricias, también sabía poner en acción su chancla en caso de necesidad. Recuerdo de ella tener en nuestra mesa a gente de la calle y servirla con gran caridad.

De mis hermanos, qué decir, los primeros cuatro (José, Ernes, Jany y Clau) eran mis segundos padres, los que me enseñaron muchas cosas. Mis hermanos me enseñaron a jugar fútbol, a trabajar en la tienda de mi papá, los que me enseñaban a defenderme, especialmente cuando ellos mismos me hacían enojar; mis hermanas, a ser más ordenado, detallista y observador. Mis hermanas chicas (Cris y Lupe) eran mis amigas, con ellas y mis primos andábamos juntos para todos lados en la bicicleta, en la avalancha Apache, en  las escondidas, en los «limonazos» a los coches, en el catecismo... Recuerdo que yo les decía que jugáramos a los cochecitos y ellas me decían que primero a las muñecas. Yo les decía que sí, pero que después ellas también iban a jugar cochecitos conmigo. Claro, jugábamos a las muñecas y luego ya no querían jugar cochecitos. Una anécdota que recuerdo con mi hermana la doctora Cristina, fue cuando yo tenía como tres años y ella como cinco. Me preguntó que si yo creía que el vidrio del buró del cuarto de mis papás, se fuera a romper si le pegaba con un bat de béisbol. Yo como niño le respondí que no lo sabía. Ella le pegó un garrotazo y nos quitamos de dudas, se rompió en varios trozos. Ella, muy lista, me dejó con el bat en mis manos y, cuando llegó mi mamá, me vio con el bat y me puso mi buena reprimenda. Mi hermana, escondida, veía todo desde el otro cuarto y hasta el día de hoy se sigue burlando de aquel hecho. También recuerdo haberme aventado por la escalera con mi carriola y quedar con un ojo morado. O mejor aún, mi presentación como superhéroe que se cuelga de la cortina, quiebra un vidrio, sale colgado por la cortina y regresa ileso. ¡Pobres de mis papás y de mi ángel de la guardia!

No puedo olvidar a mis abuelos de quienes tengo recuerdos tan hermosos, sé que ellos me acompañan desde el cielo. Tampoco olvido a mis tíos y a mis primos, que son un gran tesoro. Para mí, el tener las fiestas de Navidad con ellos era una experiencia verdaderamente enorme, un recuerdo que nunca podré olvidar.  ¡Qué momentos tan felices viví con ellos! No puedo menos de agradecer a Dios infinitamente por el regalo de la familia. Dios sabe  lo que cada uno de ellos significa para mí.

La primera llamada

Siempre fui un niño travieso, inquieto, juguetón, tremendo, pero Dios fue tocando con discreción mi alma. Seguramente si alguien en mi casa no tenía aparentemente la vocación era yo. Pero un día el Señor quiso aparecerse en mi alma de niño. Mi mamá acostumbraba a llevarnos a la misa de niños en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en Chapalita. Ahí conocí a un diácono, el padre Joel. Me preguntó cómo me llamaba. En su homilía dijo que le había llegado una carta del cielo y era para Juan Carlos Gómez. Yo me sentí profundamente emocionado, pues para mí como niño de ocho años era lo máximo recibir una carta del cielo. En ese momento fui la envidia de todos los niños de la misa. Invité después al padre Joel a comer a mi casa; él nos platicó que en su familia él era el más tremendo y que su mamá quería tener un hijo sacerdote, pero ella nunca pensó en él, por lo mismo que era tan travieso. Esa fue la primera llamada, me sentí identificado con el padre Joel y aquel día pensé que yo también podía ser sacerdote.

Seminarista en familia

Después de la primera llamada me enteré de que iba a haber un preseminario con los diocesanos de Guadalajara. Yo les dije a mis papás que quería ir. Ellos se sorprendieron, pensaban que era una broma más de las mías. Pero yo insistí y les dije que tenía la información y que ya me tenía que ir. En ese momento estaba terminando mi primaria. Al final de cuentas, con todo y la sorpresa, mis papás me apoyaron para ir al preseminario. Era la primera vez que yo saldría tanto tiempo de mi casa. Todos pensaron que no iba a durar ni dos días. Terminé la semana y yo estaba muy contento y quería entrar al seminario, pero como apenas iba a comenzar mi secundaria sólo podía hacer lo que se conoce como sem-fam (seminarista en familia). Consistía en ir una vez a la semana a formación a un centro del seminario en el que teníamos clases de liturgia, espiritualidad y una vez al mes una convivencia en la que teníamos la celebración eucarística, juego, comida y algunas clases. Debo confesar que a medida que pasaba el tiempo, el miedo de dejar a mi familia se apoderaba de mí. Simplemente el hecho de pensar que en un año debería entrar de interno al seminario y dejar a mi familia, me daba pavor. Yo le reclamaba a Dios que yo era muy pequeño y que me podía llamar más tarde, le preguntaba que por qué me llamaba ahora y por qué me llamaba a mí. Eso me hacía sufrir mucho interiormente. Al fin, cuando estaba en tercero de secundaria, decidí abandonar el sem-fam. Los padres formadores me preguntaban por qué me iba; yo, la verdad, estaba muy confundido: estaba en plena adolescencia, me iba mal en los estudios, murió mi abuelita Jose, todo esto hacía que mi mente se embotara. Yo estimaba mucho a mis formadores: a los padres Alonso, Mora, Fausto, Duy, a quienes les agradezco mucho toda su ayuda y paciencia; también agradezco mucho el apoyo de mi párroco, Mons. Juan Fajardo, un hombre serio pero celoso de las almas encomendadas, cercano conmigo incluso después en mi camino como legionario. Dios lo tenga en su gloria.

Di no a la vocación y mejor abre una página nueva

Yo quise comenzar una nueva etapa en mi vida. No quería saber nada de vocación, y de Dios quería saber lo mínimo indispensable. La verdad para mí fueron años muy divertidos. Traté de convivir más con mi familia, especialmente con mi abuelo Andrés, pues era el único de mis abuelos que me quedaba. La verdad, en la preparatoria la pasé muy bien con mis compañeros, especialmente el último año de preparatoria. Tenía más compañeras que compañeros, quizá por eso me gustó más mi último año.

Cuando estaba en segundo de preparatoria, mi tía Chuy, hermana de mi mamá, me recomendó que fuera a la misa de un padre español, que eran muy buenas, que estaban llenas de jóvenes. A mí no me llamaba la atención ir en absoluto hasta que me dijo que ese padre era el capellán de mi equipo de fútbol: las Chivas Rayadas del Guadalajara. Entonces cambié de opinión. Tendría que ir a conocer al padre Juan Pedro Oriol –con quien estoy profundamente agradecido– para que me invitara a las misas que celebraba al equipo de fútbol.  A partir de entonces yo tenía mi plan: ir hasta lograr conocer y acompañar a los jugadores. Pero Dios también tenía su plan, no le había dicho yo de chico que me llamara más tarde; pues ahí estaba escondido Él. Detrás de mis supuestos planes, ahí estaba Él con su planes, que terminarían siendo mis planes.

Segunda llamada y las interferencias para quien es llamado

Después de haber conocido a los jugadores, de haberme tomado las fotos con ellos, de pedirles sus autógrafos, yo me sentía feliz, pues desde chico yo era aficionado chiva, iba al estadio con mis hermanos pero también solo. Cada quince días estaba en el estadio. Pero yo no me imaginaba lo que estaba por venir. El padre Juan Pedro me invitó a Monterrey al noviciado, de convivencia. Cuando llegué al noviciado, me bajé del autobús y vi a los novicios, por dentro hubo una revolución interior: toda mi experiencia vocacional regresó como la erupción de un volcán. Todo fue tan rápido, y en el mes de julio del año 2000 yo estaba ya en el candidatado para descubrir mi llamado a la Legión de Cristo. Lógicamente antes tuve mi problema de faldas. Habían varias compañeras de la preparatoria que me gustaban, pero me empecé a aficionar a una de ellas. Le llamaba, salíamos juntos algunas veces, la acompañaba a tomar su autobús. Debo reconocer que estuve a punto de declarármele mientras esperábamos el autobús, pero en mi interior yo sabía que debía ir primero al candidatado y ver lo de mi llamado con Dios. Cuando vi que se subió al autobús, me dolió mucho. Después, mi director espiritual me felicitó por haber sido generoso.

Para mí era providencial el llamado. ¿Cómo era posible que hubiera estado con los diocesanos y no fuese diocesano?. ¿Cómo era posible que hubiera estudiado con los agustinos toda mi secundaria, hubiera jugado ellos, que acompañara a los padres a visitar a sus familias; que algunos de ellos fueran padrinos de mis hermanas…, y yo no fuera agustino?. Ahí estaba Dios con sus planes. La Legión de Cristo era en realidad desconocida para mí, aunque después supe que mi papá tenía dos primos segundos, sacerdotes: los padres Héctor y Alejandro Gómez Preciado. Muchos me decían y me dicen que sería mejor que fuera diocesano, porque está más cerca de mi casa, pero eso es no entender los planes de Dios. Es Dios quien llama, es Dios el que decide y sabe en dónde es mejor para cada uno de nosotros. Yo creo que es Dios quien me ha hecho la invitación a ser sacerdote legionario de Cristo. No tengo nada en contra de ninguna congregación, incluso tengo un gran aprecio por ellas,  pero a mí Dios me llamó a la Legión de Cristo.

Después de una lucha interior, de un estira y afloja con el Señor, tomé mi sotana el 15 de septiembre del año 2000. Me fui a Salamanca, España, a hacer mis dos años de noviciado y un año de estudios humanísticos. Recuerdo con especial aprecio al padre Antonio León y al padre Francisco Cruz, que me ayudaron mucho en mis primeros años en la Legión. Tuvieron mucha paciencia conmigo, pues era muy inmaduro y sentimental. Me hicieron ver la voluntad de Dios como lo más importante. Me ayudó también el ambiente tan familiar y cercano, tan lleno de caridad que había con todos mis hermanos. Poco a poco, Cristo fue metiéndose en mi alma. Él me dio tanta fortaleza para poder dejar aquello que más quería: mi familia, mi tierra, mis amigos, mi ambiente. Él empezó a cambiar toda mi manera de pensar. Él empezó hacer que mi vida fuera entrega y amor. La prueba dura de este periodo fue la muerte de mi tío Miguel Gómez y una semana después la muerte de mi abuelo Andrés; fue un momento fuerte de shock. Me dolía mucho el no haber podido estar cerca de ellos. Pero Dios no me dejó solo. Él me dio fortaleza, en medio de esa aparente soledad y tristeza. Creo que ellos me encomiendan delante del Señor.

El camino de la misericordia

Quizá si tuviera que resumir en una palabra todo mi camino, sería misericordia. Sí, es por la misericordia de Dios que yo estoy con vida, que Dios me ha llamado a pesar de ser un pecador miserable, pero en esta debilidad es cuando soy fuerte, pues Dios es mi fuerza. Su misericordia sobrepasa mis muchos defectos y pecados. Siempre por su misericordia hice mi profesión de votos temporales y después en el 2003 tuve la gracia de ir a Roma. Tuve dos años de ensueño, en los que pude convivir con hermanos de todo el mundo, con un mismo sentir. El poder estar cerca del Papa Juan Pablo II y poder estar en los primeros pasos de Benedicto XVI fue una de las gracias que pude vivir. En el año 2005 me trasladaron a Colombia: estuve un periodo de tres años como prefecto de disciplina en el centro vocacional de Santa María de Altamira en Rionegro. Fue una experiencia del todo nueva. En un inicio fue algo muy duro, pues no estaba acostumbrado a trabajar con niños y menos a poner disciplina siendo yo más bien fiestero. Pero con el tiempo y con la ayuda especialmente de los padres Fernando Limón y Felipe Cid, fui mejorando. En este periodo pasé una prueba física dura, casi un año sin poder caminar; correr o ir de paseo a la montaña, era impensable. Fuertes dolores, que Dios permitió quizá para purificar mi amor. Agradezco mucho a todos los colombianos, de quienes tengo un gratísimo recuerdo. Algunos de aquellos niños ahora los puedo ver ya como religiosos, y eso es una satisfacción que no tiene precio.

Después regresé a Roma para hacer mi licencia en filosofía: fue una de mis mayores cruces, dado que estoy peleado con los estudios y más si se trata de temas filosóficos. Agradezco al padre Donal Clancy su cercanía y ayuda en este periodo.  Es necesario que la semilla sea enterrada para que dé abundante fruto. Después de este periodo de cruz de dos años, tuve la oportunidad de ir al Centro Vocacional de La Joya, México, en donde aparte de realizar mi apostolado como prefecto de disciplina, tuve que estudiar tres años de teología. Fueron años muy felices, que pude vivir con mayor apertura y mayor convicción. Agradezco en estos años la ayuda de los padres del centro vocacional, de manera especial la de los padres Luis Alfonso Avilés, Samuel Sanabria, Edmundo Ponce, José Sánchez, Luis de la Cruz, y la de todos los prefectos y padres que conocí en este periodo.

El 8 de junio de 2013, día del Inmaculado Corazón de María, tuve la gracia de recibir el sacramento del orden diaconal en el templo Expiatorio de Guadalajara, por la imposición de manos del cardenal José Francisco Robles, arzobispo de esta arquidiócesis, con quien estoy muy agradecido.

Quiero agradecer a todas las personas: familia, amigos, profesores, padres, amigos, que siempre han estado muy cerca de mí, que me han apoyado a lo largo de mi camino. También a aquellas personas que han orado por mí aun sin conocerme. Gracias de verdad, gracias por sus oraciones. Ojalá siempre pidan al Señor para que sea aquello que Él quiere que yo sea, que en cada acto que haga, lo haga por amor. Me falta mucho para ser santo, pero con sus oraciones, esto se hace más cercano.


El P. Juan Carlos Gómez, L.C., nació el 27 de mayo de 1982 en Guadalajara, Jalisco, México. Ingresó el 14 de septiembre de 2000 al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, México, para trasladarse después al noviciado en Salamanca, España. Hizo la primera profesión religiosa en 2002 y la profesión perpetua en 2008. Estudio humanidades clásicas en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue miembro del equipo de formadores de los Centros Vocacionales de Altamira (Colombia) y La Joya (México). Actualmente estudia la licencia en teología dogmática.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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