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Hacer memoria de Dios.
2014-08-15 (Artículo)
«El camino para ser creativos es a través de la oración» (Artículo)

Ojalá Dios me llame a ser sacerdote
CHILE | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Luciano Núñez Contreras, L.C.

P. Luciano Núñez Contreras, L.C.
P. Luciano Núñez Contreras, L.C.

Todo comenzó a pocas cuadras de mi casa

Nací cuando era aún muy pequeño… Literalmente; no es broma. Tras tan sólo 7 meses de gestación vi este mundo. El doctor le había dicho a mi mamá que podían haber serias complicaciones y que incluso podía estar comprometido el embarazo. Por esto, el hecho de que todo hubiese salido bien fue para ella un gran signo de la protección de Dios y una sospecha de una misión que sólo más adelante sería desvelada.

Simpáticamente, la Providencia divina quiso que a pocas cuadras de mi casa estuviera el Noviciado de los Padres Salesianos. Como esa era mi Parroquia, empecé a asistir ahí a Misa dominical desde muy temprana edad. Entorno a los 8 años me estrené como monaguillo y no muchos meses después, durante la consagración de una Misa dominical, me golpeó esta simple y grandiosa realidad: «¡Ese es Dios!». Y el siguiente pensamiento no se hizo esperar: «Quien hizo el cielo, la tierra y todo lo que existe, está ahí, en las manos de un hombre… ¡Qué importante debe ser ese hombre!».

Ya en casa, recuerdo que le pregunté a mi mamá: «¿ser sacerdote es importante, verdad?». Ella asintió, no sin algo de extrañeza.
P. Luciano Núñez Contreras, L.C.
Yo continué: «Y si todo el mundo quiere ser importante, ¿por qué no todos los jóvenes quieren ser sacerdotes?». Pensándolo un poco mejor, respondió: «Yo creo que porque no es tan fácil ser sacerdote, pero sobre todo porque no es algo que cada uno escoja, si no que Dios te tiene que llamar…». Y yo pensé por primera vez: «¡Ojalá Dios me llame a ser sacerdote!». Tal vez ese fue el inicio de mi camino vocacional. No así de mi vocación como tal, pues hoy sé que ésta comenzó desde toda la eternidad, en el corazón misericordioso de Dios.

Avances y retrocesos

Por aquel entonces estudiaba en un buen colegio católico, y la siguiente vez que me preguntaron sobre lo que quería ser de grande, comencé respondiendo como siempre: «astronauta, veterinario…» y con naturalidad añadí mi nuevo descubrimiento: «…o sacerdote».

Sin duda, me ayudó mucho el excelente testimonio de los padres y novicios Salesianos de mi parroquia. Cada domingo, ahí estaban los novicios en el coro, organizando todo, moviendo los micrófonos, etc. Como la idea iba tomando mayor fuerza en mi interior, comencé a hablar con los padres, a preguntar mucho, a asustarme un poco, pero también a ilusionarme con la perspectiva de ser sacerdote.

A mis 12 años me cambié a un colegio que se supone que es uno de los mejores del país, pero resulta que era laico por definición e incluso algo contrario a la religión, y eso definitivamente se notaba en el ambiente. Pronto comencé a sentir el peso de la moda, de lo que hay que hacer para ser «cool», de lo que hay que decir «porque lo dicen todos» y de lo que hay que callar porque decirlo se escucharía demasiado «looser».

Pasaba por mis 13, 14 años y en vez de esforzarme por nadar contra esa corriente que me alejaba de Dios, me dejé arrastrar por ella, de modo que la ilusión de ser sacerdote se fue diluyendo a marchas forzadas. En realidad no se trataba de que hubiese dejado de sentir el llamado, sino que estaba sintiendo con mayor fuerza la resistencia a entregar mi libertad. Me comenzó a parecer una locura encerrarme en un seminario y renunciar a tener una novia, ir a fiestas y gozar de mi liberad justo ahora que estaba descubriendo “con cierto éxito” todo ese mundo. Pero resulta que Dios es Dios, y como tal, sabe cuál es el camino por el que podemos realizarnos al máximo y ser felices. Por esto, nadie que rechace el llamado de Dios se puede quedar en paz consigo mismo; eso me pasó a mí. En ese proceso me fui alejando un poco de Él, como un extraño intento de protegerme de ese Dios que parecía estar pidiéndome demasiado. Y cuando por fin le concedía algo de espacio al pensamiento de ser sacerdote y me daba cuenta de lo tonto que era mi temor al llamado de Dios, me tranquilizaba diciéndome: «Ya deja de preocuparte, aún te quedan al menos cuatro años…», pues al seminario de los padres Salesianos no se podía ingresar sino tras concluir todos los cursos escolares. Esa situación estaba a punto de cambiar…

La Legión de Cristo entra en mi vida

A estas alturas aún no había platicado estos vaivenes con mis padres, no tanto porque quisiera ocultárselos, sino más bien porque es difícil para un adolescente hablar de cosas personales que ni él mismo entiende. Pero resulta que el sexto sentido materno no falla y por lo visto mi mamá ya estaba algo preocupada por mi parcial alejamiento de Dios y de sus cosas. Fue tal vez esa la razón por la que atendió con tanta solicitud la invitación que me dejó un antiguo amigo de la familia para llamar a un cierto padre Francisco que estaba formando un grupo de adolescentes católicos… o algo así. Fue ella quien recibió la llamada y me pasó el recado insistiendo convenientemente en que llamara, pues «no tenía nada que perder». Yo llamé sin más motivación que la de no comprometer un par de permisos que me interesaban particularmente, pero Dios me tenía reservada una sorpresa.

No es fácil explicarlo. Así como hay personas que nos pueden caer mal sólo de verlas, este misterioso padre Francisco me cayó excelentemente bien tan sólo escucharlo. Habrá sido el entusiasmo que descubrí en su tono, la genuina atención con que me atendió, la juventud que revelaba su timbre, todo mezclado o tal vez sólo la acción de Dios en mi alma… la cuestión es que sin yo haberlo querido previamente, quedé comprometido a formar parte de algo llamado club del ECyD y a participar de una actividad especial que iban a tener en dos días, el siguiente sábado.

El día marcado, el padre pasó a recogerme en una camioneta llena de muchachos de mi edad. Ya yendo de camino descubrí que la «actividad especial» era nada menos que una convivencia para conocer el seminario menor de los Legionarios de Cristo en Chile. No sé qué cara habré puesto que el padre Francisco se vio en la necesidad de tranquilizarme diciendo que serían sólo unas cuantas horas y que si después de un rato yo quería, mis papás podían ir por mí.

Aún recuerdo cada detalle. Se abrieron las dos puertas de ingreso, pasamos por un camino escoltado de palmeras y llegamos a un patio donde nos esperaba un grupo de chicos que llamaban la atención por un colorido uniforme y por una enorme sonrisa en los labios. No hicimos nada demasiado especial; jugamos fútbol, tuvimos una plática y algunos testimonios, comimos y rezamos un misterio del rosario, pero regresé a mi casa inmensamente feliz.

Cuando pensaba en ingresar con mis amigos Salesianos, habían algunos detalles que no me gustaban tanto, pero me decía a mí mismo que «no todo puede ser perfecto». Ese primer día en la apostólica me di cuenta que sí todo puede ser perfecto, es decir, perfecto para mí…

Luchas y pruebas

¿Exageración? ¿Qué dificultades reales podría haber tenido un chico de 15 años como yo a nivel vocacional? Consejo a los adultos: no subestimen las luchas de un adolecente. Tal vez por fuera se ve poco o nada, pero el mundo interior de un chico de esa edad es tan rico que bien se podría estar ahí peleando la tercera guerra mundial sin que los demás se enteren.

Tras esa visita muchas cosas se me vinieron abajo. En primer lugar, la excusa de que el sacerdocio seguramente no era para mí, que en todo caso me quedaban cuatro años, que en realidad era más feliz fuera, etc., etc. Esa visita me probó justo lo contrario: que esos jóvenes eran mucho más felices de lo que yo pretendía ser buscando ser «cool» allá afuera, que ese estilo sacerdotal me llenaba de entusiasmo y que podía ingresar en unos 6 meses…

¡Vaya seis meses! Continué yendo de visita al Centro Vocacional, lo cual fue suficiente para regresarme al camino de cercanía con Dios e ir dándome cuenta de la superficialidad de las alegrías que lograba por los caminos del mundo. Pero ¿y las chicas, las fiestas, el cine, las promesas, el mundo?

Por ahí iban las luchas. Las pruebas eran otras. Por una parte, me sentía como un traidor con mis amigos Salesianos; ¿no había yo mismo dicho que de ser sacerdote sería Salesiano? Y por otra, cuando lo comencé a comentar en casa, mi mamá no contenía las lágrimas y mi papá manifestó su oposición llenándome de cuestionamientos, y organizando luego un tentador viaje a Estados Unidos en coincidencia con las fechas del «cursillo introductorio», un curso al que debe asistir en verano cualquier chico que pretende ingresar al Centro Vocacional.

Final feliz, final de Dios

Jamás olvidaré el hermoso ejemplo de amor a la Iglesia del P. Vicente, quien a nombre de los padres Salesianos me dijo: «Adelante Luciano, no te preocupes, los legionarios son bastante exigentes pero muy buenos muchachos. Además, sé que te irá muy bien con ellos». Luego, mi mamá me explicó que sus lágrimas caían solas al pensar en dejar ir a su único hijo, pero que aún así yo podía contar con todo su apoyo incondicional. Finalmente, mi papá permitió que yo no fuera a Estados Unidos y, aunque se demoró más en alegrarse con la idea, nunca me lo impidió y su apoyo fue creciendo en la medida en que Dios fue haciendo su obra.

Todo eso resuelto, no me quedó más que dar un salto en la fe confiando en que Dios nunca falla y que tenía el poder para hacerme feliz en esta vida y llevarme al Cielo en la siguiente. Han pasado más de 16 años desde entonces. ¡Maravillosos y emocionantes 16 años! No cambiaría ni un solo día por todo lo que pude haber dejado en el mundo… ¡Y pensar que aún falta lo mejor! Llego a la meta del sacerdocio, que es a la vez un punto de partida de la aventura más increíble que se pueda pensar.

No puedo terminar sino agradeciendo el apoyo de toda mi familia, la dedicación y abnegada entrega de todos los superiores que he tenido, el apoyo indispensable de todos mis hermanos legionarios, y por supuesto el amparo maternal de la Sma. Virgen María que me ha traído de la mano hasta aquí por las sendas del seguimiento de su Hijo en la Legión.


El P. Luciano Núñez Contreras, L.C., nació el 8 de octubre de1981 en Santiago de Chile. El 13 de marzo de 2000 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en São Paulo, Brasil. Emitió la primera profesión religiosa en 2002 y la profesión perpetua en 2008. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Trabajó en la pastoral vocacional en el norte de México. Actualmente es miembro del equipo de formadores del Centro Vocacional de la Legión de Cristo en León, Guanajuato, México.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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