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¡Guíame, Señor!
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Testimonio vocacional del P. Josef Hare, L.C.

P. Josef Hare, L.C.
P. Josef Hare, L.C.

Todo comenzó con una pregunta que no podía ignorar. «¿Por qué soy católico?»  Recuerdo muy bien esa noche, sentado en silencio en el asiento trasero del coche, mirando la lluvia cambiar de color con las luces de los coches que pasaban. Llegamos a casa y una frase que había oído un par de veces me volvía, y con ella, paz y seguridad: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Yo tenía doce años y el año anterior había estado involucrado con una tropa de Boy Scouts que tenía sede en la iglesia local de los mormones. Había encontrado un maravilloso grupo de personas con buenos valores, y esto despertó en mí preguntas que nunca me había hecho antes.  Sabía que iba a tener que encontrar respuestas.

La respuesta que recibí en esa noche me lanzaría en una búsqueda que finalmente me llevaría a través de océanos y continentes, que me llevaría a Roma y al corazón de la Iglesia Católica y que me marcaría la trayectoria de una misión apasionante en compañía de y al servicio de Cristo.

El primer paso fue descubrir el tesoro de la fe que poseía, pero que aún tenía que descubrir en su totalidad. La fe siempre estuvo presente en mi familia, pero había llegado el momento para que se convirtiera en mía. A principios de los años noventa en Estados Unidos se produjo un gran resurgimiento de entusiasmo por la fe. Surgieron varios conversos a la Iglesia católica que presentaban una visión electrizante de lo que habían descubierto. En 1993, Juan Pablo II sacudió los Estados Unidos en Denver y desató la reacción en cadena de la generación JP II de las vocaciones. Comencé a devorar todo lo que podía leer sobre la apologética y la fe católica, sin embargo, la llamada al
P. Josef Hare, L.C.
sacerdocio quedaba aún por descubrir.

Todo eso cambió un 8 de septiembre.  Aparentemente de la nada me llegó un pensamiento sereno: «Yo puedo ser sacerdote». Sólo hizo falta un instante para dejar la semilla plantada. En ese momento se produjo una oleada de emoción. Un nuevo mundo de posibilidades que nunca había contemplado se abrió ante mis ojos. Me emocioné y me asusté al mismo tiempo. Por alguna razón, yo sabía que no sería un entusiasmo pasajero como tantas veces había ocurrido antes con otras cosas.

La prueba del tiempo y las situaciones difíciles estaba aún por llegar.  Tenía doce años y estaba en secundaria, la preparatoria estaba aún por delante. Estaba a punto de encontrarme cara a cara con algunas de las preguntas más difíciles de la vida. Después de dos embarazos fallidos mi madre dio a luz a mi hermana pequeña y la salud de mi abuelo empezó a declinar hacia sus últimas horas de vida. Casi inmediatamente después del nacimiento de mi hermana nos apresuramos hacia California, justo a tiempo para decir nuestro último adiós. Esta experiencia existencial de la vida y de la muerte dejó una profunda impresión en mí que se acentuó aún más cuando unas semanas mas tarde diagnosticaron a esa misma hermana con un caso de que le amenazaba la vida.

Durante este período, entré en contacto con un grupo de sacerdotes que ayudarían a darle forma a mi futura vocación con su ejemplo.  Mi párroco, el P. Ed Coleman, fue un gran ejemplo de cercanía y atención pastoral. En los momentos difíciles, se aparecía en su bicicleta y nos acompañaba un rato  para rezar y luego se quedaba para un partido de fútbol.

También tuve la gracia de conocer a un sacerdote maronita, el P. Jonathan Decker, cuya profunda vida de oración y conocimiento y amor a la Sagrada Escritura dejaron en mí una profunda impresión.  Su consejo y claridad en cuanto a la misión de un sacerdote siguen resonando en mi interior, y continúan guiándome hoy.

Fue en ese momento que conocí a un sacerdote legionario de Cristo por primera vez. Hubo una feria vocacional en una escuela católica local y de alguna manera se corrió la voz de que yo estaba pensando en el sacerdocio y me invitaron. Me quedé inmediatamente impresionado por el entusiasmo del sacerdote que conocí allí, el P. Dean Stasell, L.C. Él hablaba de Cristo como una persona real y como un amigo y su descripción de la misión del sacerdote era apasionante. Salí de ese encuentro con la clara convicción de que tenía que saber más, algo parecía hacer clic. Por una serie de coincidencias providenciales mi mejor amigo de la infancia se había encontrado con otro sacerdote legionario en California y le contó de mi interés por el sacerdocio. Pronto nos pusimos en contacto y su consejo fue una ayuda fundamental en la navegación de los cinco años que siguieron antes de que entrara al noviciado.

La escuela secundaria trajo consigo nuevas oportunidades y desafíos. Aunque fui educado en casa desde muy pequeño, tuve la oportunidad de participar en los deportes y otros programas de la escuela secundaria pública local. Pronto estaba involucrado en el fútbol de la escuela y los equipos de natación.  Los deportes siempre habían tenido un papel importante en mi vida. El espíritu de equipo, el compañerismo, y un sano sentido de competencia siempre ha sido muy atractivos para mí. Disfrutaba mucho de la emoción del éxito. En mi segundo año rompí un récord escolar en nado de dorso y lo volvería a romper cinco veces más en los dos años siguientes.

Al mismo tiempo empecé a buscar un contacto más profundo con Dios. Me atraía especialmente la adoración eucarística, y tuve la oportunidad de participar en forma regular. Algo había algo en el sólo estar en la presencia silenciosa de Cristo que me decía mucho.

Los últimos años de la secundaria fueron cruciales en la formación de mi respuesta a la llamada de Dios. El momento de tomar una decisión definitiva en cuanto a la dirección de mi vida se acercaba.  La experiencia interior de una llamada que exige dejar de lado lo que muchos consideran el curso normal de la vida se hacía más intensa. Por un lado estaba muy contento con la vida que estaba viviendo.  Tenía una gran familia y buenos amigos. Me iba muy bien en la escuela y en los deportes. Tenía novia, una persona maravillosa, católica practicante. Sin embargo, por otro lado sentía la suave voz de Dios que me atraía hacia algo más allá de mi zona de confort. Él me pedía que dejara mi vida en sus manos. Estaba esperando a que yo le pidiera dirección.

En el mes de diciembre de mi primer año de secundaria, tuve la oportunidad de hacer un retiro de tres días con el Movimiento Regnum Christi, predicado por el P. Thomas Maher, un sacerdote legionario que me había estado ayudando en mi discernimiento durante los años anteriores.  Durante esos días de oración se me dio la gracia de una experiencia de Cristo que llevo conmigo hasta el día de hoy.  No fue nada extraordinario en el sentido de voces o visiones. Es difícil de describir, una especie de profunda y consoladora convicción de que Dios y su amor son reales, y que en su misterioso designio él quiere que yo sea parte de su plan para dar a conocer ese amor.  Recuerdo haber salido de ese retiro con un abrumador deseo de ayudar a otros a experimentar lo que había experimentado.

En las siguientes semanas tomé la decisión de visitar el noviciado de la Legión de Cristo en Connecticut.  No tenía ni idea de qué esperar.  Durante la Pascua de 1998, crucé el país para poner a prueba mi llamada.  Los días que pasan allí fueron maravillosos y desafiantes al mismo tiempo. Lo que hace algunos años había sido una idea y un ideal que tal vez algún día me gustaría seguir era ya una realidad sorprendente ante mis ojos. El ejemplo de los novicios y sacerdotes era muy edificante, y su estilo de vida simple pero gozoso me resultaba muy atractivo.  Al mismo tiempo, me preguntaba si sería capaz de vivir eso y empezamos a enterarme de las renuncias reales que tendría que hacer. Mi zona de confort estaba asediada.

Regresé de mi tiempo allí con una visión más clara de lo que me encontraría si siguiera ese camino.  Tenía una convicción más profunda de que era el camino que Dios tenía en mente para mí. Aún así, la pregunta de cómo saber a ciencia cierta si esta era mi vocación se me removía en la cabeza a veces.  En los meses que siguieron, me acercaba espontáneamente a la presencia de Cristo en la Eucaristía para buscar luz.  Me gustaba pasar a menudo por la Iglesia parroquial durante un par de minutos y hacer una oración muy simple: «Guíame, Señor. Muéstrame lo que quieres de mí».
 
Comenzó mi último año de secundaria. Yo estaba cada vez más decidido a entrar en el noviciado el siguiente mes de junio, pero al mismo tiempo estaba posponiendo los pasos que tenía que tomar para que se hiciera realidad. Una tarde tuve una conversación con mi madre y de una manera que sólo ella podía hacerlo me hizo darme cuenta de que tenía que tomar una decisión. Sabía que en el fondo lo que yo más quería en el mundo era ser sacerdote sin importar las dificultades que implicara y que había llegado el momento de seguir adelante con ello.

Los meses que siguieron se llenaron de anticipación por lo que me esperaba en el seminario. Al mismo tiempo, el sentido de la dirección de Dios aumentaba en mí. Muchas de las inquietudes y preocupaciones comenzaron a desvanecerse a medida que aprendía a confiar más y más y seguir el ejemplo de Dios.  Los catorce años desde que entré en el noviciado en septiembre de 1999 han sido años de crecimiento y profundización en mi llamado.

Las cosas que más valen la pena en la vida suelen ser las que más nos desafían y nos empujan a dar lo mejor. Esta sin duda ha sido mi experiencia en los años de formación que condujeron a mi ordenación.  Al mismo tiempo, es increíble cómo Dios pone en nuestro camino personas que animan y apoyan y nos da la oportunidad de ayudar a los demás, lo cual a menudo es el mejor antídoto para nuestras pequeñas preocupaciones y dificultades. Tengo una enorme deuda de gratitud con todos los que me han acompañado en este camino y que siguen sosteniéndome con sus oraciones. Hay tantas personas que merecen ser mencionadas por nombre, pero aquí tengo que ser breve. De manera especial agradezco a mis padres y a mi familia por su apoyo incondicional. Mi gratitud a todos mis superiores y formadores en estos últimos años por su paciencia y orientación constante. Sin duda tengo una gran deuda de agradecimiento a todos los legionarios y miembros consagrados del Regnum Christi por su compañía, apoyo y aliento a lo largo del camino. No puedo olvidar a mi familia y amigos.

Mi oración en el momento de dar mis primeros pasos en esta increíble vocación es que Dios continúe guiándome con su gracia. En palabras de S. Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 3,14).



El P. Josef Hare, L.C. nació el 31 de octubre de 1981 en San Diego, California, Estados Unidos. Ingresó el 15 de septiembre de 1999 al noviciado de la Legión en Cheshire, Connecticut, Estados Unidos. Estudió Humanidades Clásicas en Cheshire, Estados Unidos. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontifício Regina Apostolorum. Fue miembro del equipo de formadores del noviciado de la Legión en Cheshire (Estados Unidos) y del Centro de Estudios Superiores de Roma (Italia). Actualmente es secretario territorial de la Legión en Venezuela.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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