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Sentido de Dios
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Testimonio vocacional del P. Kevin McKenzie, L.C.

P. Kevin McKenzie, L.C.
P. Kevin McKenzie, L.C.

Mi historia comienza en la banca trasera de mi parroquia de Saint Louis, Missouri. Tenía cinco años y los «Legos» con los que estaba jugando durante la misa parecían mucho más interesantes que todo lo que estaba pasando en la parte de delante de la Iglesia.

Recuerdo haber pensado mientras jugaba: «¿Qué voy a ser cuando sea grande?» Se me ocurría lo de siempre: «Voy a ser policía o bombero. O voy a ser un piloto de avión de combate. Tal vez un astronauta. O podría ser presidente de los Estados Unidos…»

Entonces, dejé a un lado los juguetes y miré al santuario. Detrás del altar estaba el Padre Burns. Estábamos en el ofertorio y él estaba invitando a la gente a unir su sacrificio con el suyo. En ese momento, otro pensamiento me pasó por la cabeza: «Él sólo se para detrás del altar y habla con la gente. ¡Yo también podría hacer lo que él hace!».

Eso es todo lo que recuerdo, pero fue el comienzo de una historia mucho más larga. Es la historia de mi llamada, una llamada que inició antes de mi creación, y que no fue tan fácil de entender.

Dios nunca se me plantó enfrente y me dijo: «Quiero que te hagas sacerdote». No creo que lo haya hecho con nadie. Por alguna razón, parece que quiere que averigüemos  su voluntad sobre nosotros entre misterio y a tanteos.

Misterio. Sí. Esa es mi historia. Todo esto simplemente no tiene sentido. Sentido humano, es decir. Supongo que sólo tiene “sentido de Dios”.

Me acuerdo de mi primera comunión. Mis amigos y primos me habían contado de la cantidad de dinero que todo el mundo me iba a regalar.  Yo estaba encantado de recibir al Señor, pero también estaba muy emocionado de recibir todo el dinero.

Cuando el día de mi primera
P. Kevin McKenzie, L.C.
P. Kevin McKenzie, L.C.
comunión llegó, salió todo bien, hasta que llegó el momento de los regalos. Mi primer regalo fue un gran crucifijo de oro. Resulta que también fue el único regalo.

Sólo veinte años después las cosas empezaron a tener sentido. Dios me había estado preparando. Yo quería oro terrenal, pero Él estaba pensando en oro de otro tipo.

Cuando tenía diez años, mis padres me inscribieron a mí y mis hermanos y hermanas (¡Somos nueve!) en una escuela católica recién fundada llamada Academia Gateway. Esta escuela era especial. Por un lado, a diferencia de la escuela pública, no había «bullys».  Aún más importante, entré en contacto con todo tipo de personas que amaban su fe católica y estaban entusiasmados con ella.

Recuerdo que podía acolitar la misa los viernes y el gran privilegio que esto significaba. Sólo estar arrodillado en adoración delante de Nuestro Señor en la consagración era una de mis partes favoritas de la semana. También recuerdo haber hecho las Estaciones de la Cruz, un viernes durante la Cuaresma con todo el salón.  La maestra nos hizo hacer todo completo de rodillas (cosa que a todos nos daba mucha risa). Hacia el final, ya nadie se reía cuando empezamos a entender un poco de lo que Jesús sufrió para salvarnos.
 
Recuerdo haber ido a confesarme con uno de los sacerdotes presentes y el consejo que me dio, lleno de alegría y buen humor. Dejé el confesionario volando por las nubes. ¡Qué diferente era es de conocer a gente como él, que estaban tan llenos del Espíritu!

Me acuerdo de un seminarista que visitó nuestra aula y nos contó la historia de un niño mexicano que dio su vida por su fe durante la guerra por la libertad religiosa.  Al salir después, sentía un fuego en mi interior. ¡Yo quería hacer algo grande con mi vida también!

¿Pero qué?

Fue entonces cuando me enteré del Centro Vocacional de la Inmaculada Concepción en Center Harbor, New Hampshire. Es una escuela para niños que quieren ser sacerdotes. Cada mes de agosto tienen un mes de «programa de verano» para niños que estén interesados en la escuela. New Hampshire sonaba bastante incivilizado, y la idea de una escuela como esta me intrigó. «Sólo me quedaré una semana», recuerdo haberle dicho a mis padres.

¡Wow! El Centro Vocacional era –hay que verlo para creerlo - como entrar en otro universo, un universo en que todo el mundo ama su fe y está muy entusiasmado con ella, donde todo el mundo se compromete a vivir la virtud y acercarse a Dios, donde no se escuchan maldiciones y donde todo el mundo tiene un objetivo sublime (y no es ciertamente el poder o el dinero…)

Jugamos fútbol, baloncesto y béisbol, fuimos de paseo por la montaña, nadamos y montamos en canoas y, básicamente, me divertí más y más sanamente de lo que había creído posible. Los apostólicos admitían a sus propias faltas en los juegos de fútbol y me enseñaron cosas como la forma de bolear mis zapatos y dónde encontrar las mejores arándanos en las laderas de las montañas.

Me impresionaron particularmente los sacerdotes que eran nuestros capellanes. No sólo les encantaba ser sacerdotes, sino que también podían contar grandes historias de osos, subir montañas y bajar ríos y hacían deporte con nosotros. Comencé a darme cuenta de lo lleno que podía ser a la vida de un sacerdote.

Comenzamos cada día con una corta meditación dirigida seguida de la misa. También rezamos el rosario en la noche y terminamos el día con oraciones de la noche y la Bendición con el Santísimo Sacramento .

Al final de cada semana mis padres iban a llamar  para preguntar cómo iban las cosas. «Bueno, creo que me voy a quedar una semana más».  Siempre les respondía lo mismo.

Cuando el mes finalmente llegó a su fin, tenía el corazón dividido. Pasar un mes fuera de casa era una cosa, pero pasar todo un año - o toda una vida - era totalmente diferente. ¿Acaso Dios me llamaba a hacer esto?

Lo que pasa es que al Centro Vocacional no te mandan. O eliges ir libremente o no vas.  Oré y pensé y me debatí para allá y para acá, de ida y de vuelta. Dios no me había enviado ninguna señal, o al menos ninguna señal que yo pudiera ver.

Recuerdo estos pensamientos mientras estaba sentado en el comedor una noche de septiembre haciendo mi tarea (ya había empezado la escuela en una secundaria católica para chicos).  Todo era tan misterioso.  No podía entender todo, pero me di cuenta de una cosa: «Yo no sé si Dios me está llamando»- pensé - «pero no me hará daño darle una oportunidad».

Sólo más tarde sabría lo difícil que había sido para mi mamá y mi papá el que yo me fuera cuando tomé la decisión. Nunca antes habían dejado que uno de sus hijos se marchara de esta manera. Pero mis padres eran los que habían alimentado mi vocación desde los 12 años. Estaban llenos de fe. Amaban a la Iglesia. El que finalmente los convenció de que me dejaran ir fue el Santo Padre. Él no vino en persona, pero en una de sus cartas en que animaba a las familias a estar abiertos a la posibilidad de que sus hijos tuvieran vocación, aún muy jóvenes. Si el Santo Padre estaba de acuerdo, entonces mis padres estaban de acuerdo y me dieron todo su apoyo para que yo decidiría que hacer. Les estoy eternamente agradecido por haber tenido el coraje y la fe de dejarme ir.

Entré al Centro Vocacional en septiembre de 1994. Lo que comenzó como misterio ha seguido igual. Dios todavía no se me ha aparecido, ni me ha dicho su voluntad. Lo que sí hace, sin embargo, es que trabaja en lo profundo de mi corazón. Allí me da un poco de luz a la vez, lo suficiente para dar un paso más y vivir un día más en su servicio.  Supongo que así es como a Él le gusta. De lo contrario, si supiéramos exactamente todo lo que quiere de nosotros, podríamos jactarnos y complacernos. Pero de esta manera nos mantiene alertas.

A mi mamá y a mi papá les encanta contar la historia de cuando yo tenía dos o tres años. Era la misa del domingo. La leyenda cuenta que me puse de pie durante el ofertorio y grité con toda la fuerza de mis pulmones: «¡No canten! ¡No recen!» La asamblea se echó a reír.

Lo verdaderamente curioso es que Dios ha tomado eso y ha hecho un giro de 360 grados. «¡Canten! ¡Oren!» son ahora los gritos que surgen de mi corazón. ¡Canten la gloria de Dios, canten sus alabanzas todos los días! ¡Récenle a él, dejen que sus vidas se convierten oración!

Mi corazón está lleno de gratitud a Dios por el gran don de su sacerdocio. No es algo que yo elegí y no es algo que me merezco. Esto no me hace mejor que nadie.

Pero por alguna razón, Dios aún así me lo da.  ¡Que Él sea alabado! Que haga su voluntad de ser su ministro, ser sus manos y sus pies en este mundo que lo necesita desesperadamente. Que todos los que vienen a mí buscándolo, lo encuentren sólo a Él.

Por favor, recen por mí, como yo rezo por todos ustedes que leen esta historia. Dios ha hecho grandes cosas en sus vidas, tal como lo ha hecho en la mía. ¡Magnificat! Unamos nuestra oración a Su Santísima Madre y empecemos en este mundo nuestro himno de alabanza a nuestro único y verdadero Sumo Sacerdote.


El P. Kevin McKenzie nació el 24 de enero de 1982 en St. Louis, Missouri, Estados Unidos. Ingresó el 15 de septiembre de 1999 al noviciado de la Legión en Cristo en Cheshire, Connecticut. Emitió la primera profesión religiosa en 2001 y la profesión perpetua en 2007. Estudió Humanidades Clásicas en Cheshire. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró con la pastoral juvenil en Ohio, Lexington e Indianápolis (Estados Unidos). Actualmente colabora en la pastoral juvenil en Ohio.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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