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2014-09-08 (Artículo)

De pequeño soldado a sacerdote legionario de Cristo
ARGENTINA | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C.

P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C.
P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C.

«Tenga en cuenta que la vocación no es hereditaria, hermano», me decía el director del candidatado (el curso previo al noviciado). Esto lo decía porque efectivamente provengo de una familia donde ha habido al menos un sacerdote en cada generación por más de doscientos años… ¡Una familia levítica!

Y, sin embargo, la vocación es siempre una llamada personal que nada tiene que ver con el ADN. Ciertamente una familia donde la vida cristiana se vive con intensidad favorece que se dé la respuesta a la llamada, pero no lo determina. De hecho dentro de esta familia tan bendecida de vocaciones podía yo considerarme la oveja negra entre todos mis primos y hermanos, el menos adecuado para seguir el camino sacerdotal.

A los trece años quise ingresar a un colegio militar para hacer allí los últimos cinco años de estudios antes de la universidad. Una elección algo radical dado que tenía un régimen de internado durante la semana con disciplina militar y académica muy exigente, y con un porcentaje de graduación muy bajo. Allí fue donde la Providencia me quiso ir preparando como su soldado, me fue entrenando en el espíritu de milicia para luego mostrarme las filas en las que le tendría que servir.

Fue justamente en ese instituto donde mi fe dio un paso fundamental. La exigencia intelectual, física y moral a los cortos trece años me llevó a buscar refugio y ayuda con urgencia. Los interminables «cuerpo a tierra» y las corridas por los campos, los ejercicios físicos de madrugada y el cargar con los cañones, las humillaciones públicas y los exámenes constantes… ¡Yo solo no podía! Comencé a buscar amparo en María rezando a diario el rosario, empecé a confesarme cada lunes al volver al colegio, a ir a misa entre semana y a visitar varias veces al día a
P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C.
P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C.
Jesús para pedirle ayuda con los estudios, con la presión de los superiores y con las dificultades diarias. Y entonces Él se dio a conocer como un compañero muy fiel.

Después de los primeros dos años, cuando ya por la experiencia adquirida las dificultades eran mucho menores, me planteé si realmente necesitaba seguir rezando tanto, haciendo sacrificios y confesándome, si a fin de cuentas ya podía gestionar mi vida diaria por mi cuenta, sin su ayuda. Ya tenía superiores «amigos» que me sacaban de problemas y estaba entre los mejores estudiantes de mi curso. Era todo lo que necesitaba. Entonces comprendí de una manera muy fuerte que Él era un amigo y no una máquina solucionadora de problemas, que lo podría incluso abandonar, pero eso no me hacía a mí un compañero fiel. Ahora que ya «no lo necesitaba» no lo podía dejar. Y eso me hizo entender qué era ser cristiano. Simplemente ser su amigo, estar con Él…, porque es mi amigo.

A partir de entonces fue mucho más natural mi trato con Él. Comencé a tener buenos momentos de oración diarios en los que, poco a poco, se fue dando la llamada. No recuerdo un momento particular de la llamada, pero sí lo recuerdo  como una idea que fue creciendo de modo muy constante en mi alma durante los últimos tres años de estudios. Pasé de considerar los sacerdotes que conocía como «personas buenas» a personas muy necesarias en la vida de los demás. Otros alumnos de ese colegio en años anteriores, incluso con grandes currículos, habían ido al seminario, algunos hasta eran obispos. Empecé incluso a admirar a los que habían recibido el llamado, a ver con estupor que eso podía ser también para mí, y finalmente a sentir que Dios realmente lo quería también para mí… y a tener miedo.

Sí recuerdo vivamente el momento en que consideré el sacerdocio como una «posibilidad» por primera vez. Creo que Dios se reiría bastante en esa ocasión. Estando en un campamento que mi tío sacerdote había organizado, una noche después del testimonio de un seminarista, fui con mi tío y le pregunté cuánto le faltaba aquel seminarista para ser padre. «Uh, le faltan todavía cinco años, apenas empieza y el seminario al menos dura siete…». Ante esa cantidad de años respondí: «Ah no, mejor ingeniería que son cinco». La respuesta de mi tío la recuerdo clarísima: «Qué comparación idiota».

Ahí me di cuenta de que había algo más en esa «carrera» que no era simplemente estudiar… Decía que Dios se habrá reído mucho por mis cálculos de los años por estudiar porque ahora, en el momento de la ordenación, cumplo catorce años de seminario… ¡Me habrían salido baratos esos siete años!

No por ese diálogo sino más bien por sentirme la oveja negra de la familia no me atreví por muchos años a hablar con nadie sobre aquello de la vocación. Pensé que se reirían si yo decía que Dios me estaba llamando a ser sacerdote. Todos mis primos podrían serlo, eran muy buenos y «santos», pero yo, ¡qué ridículo! De hecho hace pocos meses, durante el matrimonio de mi hermano, mi tío sacerdote confesó que él siempre pensó que mi hermano habría sido el sacerdote de la familia.

Hasta que un día logré vencer el temor y comencé a conversarlo con mi tío. Yo pensé que él me invitaría a su seminario pues él era formador allí y había sido uno de los fundadores, o que quizá me enviaría con los jesuitas donde tenía otro tío. Pero no. Para mi sorpresa, un día me invitó a que visitara a unos padres que habían llegado poco tiempo atrás a mi ciudad, los Legionarios de Cristo.

Así, un viernes al salir del colegio militar, fui directamente a encontrar a estos padres. Uno de los que conocí en esa ocasión me contó cómo él había sido soldado en la guerra del Golfo y que se había convertido y bautizado allí mismo. Otro padre me habló de cómo la Legión era un ejército en orden de batalla, de su carisma militante, de la disciplina, de la formación de la voluntad, del legionario como un hombre de la misión, etc. Todo ello sonaba no sólo atrayente a los oídos de un «pequeño militar» sino que encajaba con el camino que había estado recorriendo.

A ese primer encuentro sucedieron muchos otros en los que fui conociendo más a los padres y en ellos a la Legión. Sin embargo, no estaba aún madura la decisión. De repente sentía grandes deseos de entrega al Señor y otras veces huía de la idea con miedo y me refugiaba en la seguridad del plan que me había trazado para los estudios de ingeniería. Ya desde los trece o catorce años tenía claro el esquema de carrera que quería seguir y me animaba mucho el proyectarme en ese campo y conversar con adultos sobre ello. ¿Para qué lanzarse a una aventura tan extraña, con tan pocas certezas, que además puede que fuera tan sólo el fruto de mi imaginación, cuando lo otro era tan claro, firme y «normal»? Tengo el camino trazado en uno, en el otro nada…

Tenía en el horizonte un viaje que me daría un poco más de tiempo para madurar la idea y, en el fondo, para olvidarme de esas «ideas raras» que parecían perseguirme. Al final del bachillerato iría un semestre a Estados Unidos por un programa de intercambio y sería la ocasión perfecta para abandonar definitivamente ese camino. Recuerdo que fue al partir para ese viaje que puse a mis padres la primera dificultad respecto a mi vocación. Se me ocurrió decirles por primera vez que estaba pensando en la vocación en el momento que tomaba mis maletas para embarcar. Les anuncié que al regresar del viaje entraría en el seminario, les besé y me fui sin dejarles siquiera hablar…

Durante esos meses en Estados Unidos la experiencia no fue como lo había pensado. Me encontré con un ambiente muy distinto del mío, indiferente por lo religioso y hostil a mi fe. Recuerdo, por ejemplo, que a los dos días de llegar estaba en una fiesta con mis futuros compañeros, en donde cada uno se traía, además de sus cervezas, su bolsa con marihuana… «No te preocupes que no es adictiva, es sólo como tomar alcohol… ¡Pero no se te ocurra probar cocaína, esa sí es mala!». Ante muchas experiencias del estilo mi reacción no fue la de zambullirme en el ambiente, como lo había pensado hacer. Me iba dando cuenta de que aquello que Dios me ofrecía y que yo erróneamente consideraba como un peso,  me haría realmente pleno y feliz. Esos meses fueron un tiempo en que el Señor se encargó de confirmarme en el llamado y de darme mucha fortaleza para hacer una decisión definitiva de entrega y generosidad. Pocos meses luego de regresar de este viaje ingresé en el candidatado en Brasil.

Desde entonces han pasado catorce años. No voy a decir que pasaron veloces, pero sí llenos de Dios. Él ha sido el gran Pedagogo, el gran Maestro que ha guiado mi vida y a cada momento ha sabido dar el toque justo. Cada intervención en el camino ha sido distinta pero ha estado a mi lado para ensañarme cómo vivirla. Muchas veces le he fallado y, sin embargo, Él está empeñado en quererme su sacerdote. Por ello agradezco su presencia constante en mi vida y le ruego que me haga ministro e instrumento de esa misma presencia en la vida de los demás.


El P. Ricardo Sáenz Van Cawlaert, L.C nació el 15 de enero de 1981 en Córdoba, Argentina. Ingresó el 18 de marzo de 2000 al noviciado de la Legión en São Paulo, Brasil. Emitió la primera profesión religiosa en 2002 y la profesión perpetua en 2008. Estudió humanidades clásicas en Cheshire, Connecticut, Estados Unidos. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró con la pastoral juvenil en Buenos Aires, Argentina. Actualmente colabora con la pastoral juvenil en Sevilla, España.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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