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Homilía del Cardenal Velasio De Paolis, C.S. con ocasión de las ordenaciones sacerdotales
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Roma, Basílica de San Juan de Letrán, 14 de diciembre de 2013

homilía ordenaciones 2012

Dentro de poco 31 diáconos de la congregación de los Legionarios de Cristo serán ordenados sacerdotes. Con el sacerdocio, ellos alcanzan una meta; culminan la respuesta a la vocación por la cual se han esforzado durante el largo camino de preparación. Es el logro de un ideal. Desde el punto de vista humano, ya es un motivo de alegría y satisfacción. Pero el sacerdocio es un ideal mucho más alto que cualquier ideal humano. No es una elección que nace en el hombre; es una respuesta a un llamado que viene de lejos: viene de Dios mismo. Hemos escuchado las palabras de Jesús a sus discípulos: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

La palabra de Dios que hemos escuchado en esta primera parte de la misa, llamada liturgia de la palabra, ilustra bien la grandeza y la responsabilidad de tal vocación. El primer sentimiento que brota del corazón humano ante tal llamado es casi de miedo e inseguridad; de debilidad y fragilidad. Darían ganas casi de retirarse ante una tarea tan sublime. Esa es la reacción del profeta Jeremías: se siente joven y no preparado. Por otra parte, ¿quién puede sentirse preparado para anunciar el mensaje que viene de Dios mismo? Pero es precisamente la consciencia de que se trata de un llamado que viene de lo alto para llevar un mensaje que no es propio, sino de Dios, lo que se convierte en la fuerza para tomar valor y dar una respuesta: aquel que llama y envía es también quien protege, da la fuerza y asegura la eficacia. "A donde quiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte" (Jer 1,7-8).

Quien es enviado no es dejado solo en el camino. Él, llamado a ser pastor del pueblo de Dios está bajo la guía del gran pastor que es el mismo Cristo. Siente el eco de las palabras del salmo y las canta en el propio corazón: "El Señor es mi pastor, nada me falta...conforta mi alma...Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré" (Sal 23, 1.3.4). Así, quien ha sido llamado contempla sereno el futuro y su misión. En la amistad con el Señor Jesús, que lo llama y envía, él encuentra el amigo fiel que lo confirma y lo sostiene. Es la palabra de Jesús la que hace su paso seguro y su corazón firme y decidido. La palabra se vuelve maravillosa cuando resuena en los mismos labios de Jesús. "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15, 9); "Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (Jn 15, 11); "Os he llamado amigos, porque todo lo que he oído os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15).Y por los amigos el Señor ha dado la muestra más grande, el don de la propia vida: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Y el Señor quiere que esta amistad entre Él y los que consagra sacerdotes crezca siempre más hasta la plena identificación: "Amicitia vel parem invenit vel  parem facit". La amistad se da entre personas iguales o hace a las personas iguales. Es lo que se realiza de modo maravilloso en el sacerdocio. A todos los niveles: en el plano del ser, de la misión y de la función. En toda la persona y en toda la vida.

Mediante el sacramento del orden sagrado estos jóvenes recibirán una especial configuración con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote para continuar en la Iglesia su obra de salvación. Una vez recibido el sello del orden sagrado, ellos podrán, con su autoridad y en su nombre, anunciar la palabra del Evangelio y santificar a los hombres mediante los sacramentos a través de los cuales Jesús lleva a cumplimiento su obra de salvación. El sacerdote se configura con Cristo al grado que él obra, como dice el lenguaje teológico, "in persona Christi"; las acciones son efectuadas por el sacerdote, pero son acciones de Cristo y por lo tanto tienen la eficacia de la acción divina y producen eficazmente lo que dicen: producen la gracia santificante en el bautismo, confieren la plenitud del Espíritu Santo en la confirmación, transforman en pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor, perdonan los pecados en la absolución sacramental, dan la fuerza para superar el paso de la enfermedad y sobretodo de la muerte.

De modo más profundo, las acciones de Cristo encuentran su plenitud en el misterio de su Pascua, de su pasión y muerte, y de su gloriosa resurrección. Es este el acto sacerdotal que da cumplimiento, sentido y plenitud a toda la vida de Jesús, que celebramos en la Eucaristía, que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo nuestra Pascua. Nos lo recuerda bien la carta a los Hebreos: "Pero Cristo...penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna" (Hb 9, 11.12). Jesús ha obrado la salvación del mundo y santificado a los hombres cuando "por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios" (Hb 9, 14). Es el acto supremo de su sacerdocio.

En el misterio de la Pascua y de la Eucaristía, que lo celebra y renueva, halla todo su sentido el sacerdocio cristiano. Para poderlo celebrar dignamente el sacerdote debe estar dispuesto a responder al amor de Cristo con el amor más grande, con la donación de la propia vida. He aquí el gran don que con el sacerdocio el Señor os hace y os pide: el don de la vida, una vida vivida en el amor generoso, total y gozoso.

Estoy seguro que en este momento todos vosotros sois conscientes de todo esto. Lo sois porque os habéis preparado y habéis sido bien formados. Lo sois también en modo particular porque los últimos años de preparación al sacerdocio han coincidido con los años en los cuales la Legión ha sido llamada a recorrer, bajo la guía de la Iglesia, un camino de purificación y de renovación, en vista del Capítulo Extraordinario, que deberá elegir a los nuevos superiores para el futuro y aprobar las nuevas constituciones que os daréis. El Capítulo, después de más de tres años de preparación, ha sido convocado e iniciará dentro de poco, el 8 de enero próximo. Será el mismo Capítulo quien se pronunciará sobre los eventos que ha vivido la congregación. En este momento nos limitaremos a hacer una reflexión muy general.

Vosotros habéis perseverado en vuestra congregación y hoy recibiréis en ella el sacerdocio, después de haber vivido las pruebas a las cuales la Legión ha sido sometida en este tiempo. Si vosotros hoy estáis aquí, significa que vosotros las habéis superado y habéis podido superarlas solo porque habéis conservado en vuestro corazón la certeza de un amor, el amor de Cristo.

En la Legión de Cristo hubo un momento en el cual el pecado, que había encontrado un lugar en ella y la oprimía, se hizo muy visible y abierto hasta tomar proporciones enormes y alcanzar una publicidad que llenó por largo tiempo periódicos y medios de comunicación mundiales. Se tuvo temor por su supervivencia. Sobre ella se posaron miradas sin piedad que pusieron al descubierto la pobreza y la vergüenza. Fue un momento verdaderamente muy difícil. Para los Legionarios fue ciertamente un momento feo y difícil. Puso a dura prueba su fidelidad a la vocación o por lo menos la pertenencia a la misma Legión. Algunos titubeaban para creer lo que se decía. Otros ante los hechos relatados se dejaron llenar de amargura, se sentían extraviados y sin fuerzas para confiar. De una situación así, se pensaba y se decía, no puede nacer nada nuevo. Algunos, pocos afortunadamente, se han ido. Decían que habían dejado la Legión porque habían sido traicionados por el Fundador y por los superiores que lo había encubierto o no habían revelado la verdad de manera adecuada.

Otros se quedaron, porque pensaron que su opción fue por Cristo, que no les había traicionado y no podía traicionarles. Se confiaron al Dios de la bondad y de la misericordia, capaz de renovar el corazón de los hombres y de sacar hijos de Abraham incluso de las piedras. se quedaron. Son los más. Son la gran mayoría. Entre estos estáis vosotros y los hermanos que hoy se reúnen alrededor de vosotros para este día de fiesta, junto con vuestros familiares y amigos.

Vosotros que os quedasteis no sois ciertamente responsables personalmente de los hechos dolorosos revividos en este camino de más de tres años. Con vuestro comportamiento y con vuestra fidelidad, con vuestro sufrimiento y el someteros al peso del oprobio por el pecado de los legionarios, habéis permitido el camino de la purificación y de la renovación de la misma congregación, y la habéis devuelto más bella al servicio del Regnum Christi y de la Iglesia. Habéis así confirmado con vuestro comportamiento la verdad de que el mundo se renueva no por quien se limita o se pierde en los escándalos, o en la desconfianza o se pone en la ventana a curiosear o a expresar la propia insatisfacción, sino de quien asume el pecado, llevando las consecuencias al ofrecimiento de su propia vida, y permaneciendo fiel a la propia vocación. Son estos los Legionarios de los cuales la Iglesia y la Legión tienen necesidad.

Han sido tres años de un camino penitencial y de purificación en vista de una renovación. Habéis sabido escuchar tantas acusaciones que de tantas partes os han llegado. Las habéis examinado. Las habéis verificado. Lo que había de reconocerse, lo habéis admitido y os habéis esforzado en corregirlo. Habéis sufrido y os habéis dado cuenta también del sufrimiento que la Legión ha causado a otros por el comportamiento de sus miembros, empezando por el Fundador. El sufrimiento de los demás os ha ayudado a entender y a llevar también el vuestro. Habéis hecho la experiencia de una paz obtenida precisamente a través del sufrimiento y de una reconciliación fruto del perdón, del cual todos necesitamos. Deseo que de ello nazca una nueva Legión reconciliada consigo misma y con los demás, capaz de perdonar y de pedir perdón. Las nuevas Constituciones no son el fruto de una técnica jurídica, sino el fruto de un largo examen de conciencia de toda la congregación.

Estos hechos han ciertamente marcado también vuestro sacerdocio, en modo positivo. El Sumo y Eternos Sacerdote, que es Cristo Jesús vino para revelarnos el rostro misericordioso del Padre, a perdonarnos y adoptarnos como hijos. Este sea también el rostro de vuestro sacerdocio. La salvación está colgada del perdón que pende del árbol de la cruz y de él ilumina el mundo y se vuelve esperanza de salvación. 




FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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