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Intimidad con Cristo y pasión evangelizadora
ITALIA | REGNUM CHRISTI | NOTICIAS
Carta del P. Eduardo Robles Gil, LC a los legionarios de Cristo en el marco de la solemnidad del Sagrado Corazón.

Sagrado Corazón de Jesús.

¡Venga tu Reino!

18 de junio de 2014

A los legionarios de Cristo

Queridos padres y hermanos:

En mis meditaciones de estas semanas he tenido muy presente el capítulo 2 de las Constituciones que el Capítulo General presentó a la Santa Sede. Allí se nos habla sobre el espíritu de la Congregación: el cristocentrismo, el culto al Sagrado Corazón y los amores del Legionario. Estando por comenzar la novena de preparación para la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es también una jornada en la que la Iglesia invita a todos los fieles a pedir de manera especial por la santificación de sus sacerdotes, he pensado escribirles esta carta.

Nuestra espiritualidad se basa en dos miradas a Cristo: la primera se dirige a su Corazón, donde aprendemos lo que significa ser amados, abrazados, objeto de su misericordia y capacitados para aceptar ese amor transformante; la segunda mirada es a su Reino y nos enciende en el deseo de transmitir ese amor a todas las personas para que se encuentren personalmente con Cristo. La clave de nuestra santidad consiste en vivir en plenitud a la vez esa intimidad con Cristo y esa pasión evangelizadora.

Reflexionemos brevemente sobre estas dos miradas y las consecuencias que tiene para nosotros una vida en el Corazón de Jesús.

1. La misericordia que nos sana

En el nuevo número propuesto en las Constituciones para definir nuestro culto al Corazón de Jesús se nos recuerda que en ese Corazón encontramos el «amor misericordioso de Dios que nos lleva a abrazar la cruz en la propia vida [y] reparar por los pecados» (CLC 2014, n. 10). Efectivamente, quien acepta la primacía del amor de Dios experimenta una invitación a abandonarse a la misericordia divina y a corresponder entregándose a los demás como instrumentos en las manos de Cristo.

La primera mirada se dirige al Corazón de Cristo, que está herido, para contemplar cómo de su llaga brota la misericordia divina sobre cada persona. Esa llaga del Corazón de Jesús nos recuerda las heridas que cada uno de nosotros lleva en su propio corazón: unas nos las hemos causado nosotros mismos por el pecado, otras son sufrimientos por el mal cometido en el pasado o por el mal recibido de otros. Algunas heridas particularmente dolorosas forman parte de nuestra historia y las llevamos como miembros de esta familia religiosa. Todos avanzamos por la vida con estas heridas que, acogidas desde la fe, nos ayudan a darle un sentido sacerdotal a nuestra existencia.

Cristo no quiere que escondamos nuestras llagas con vergüenza, sino que las unamos a la que nos muestra en su Corazón. Él nos ofrece la medicina de su misericordia, capaz de tomar el dolor que nace del pecado y de transformarlo en una inmensa fecundidad, como nos dice san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Nuestro dolor se convierte en alegría al ver cómo Dios es tan poderoso y bueno que del mal sabe sacar un bien, así como del mayor mal del mundo —la muerte de su Hijo— hizo brotar nuestra redención.

En esta novena pidamos todos a Cristo la gracia de vivir de su misericordia, de perdonar de corazón y de acoger el perdón, alcanzando en Él la reconciliación, porque Él es nuestra paz (Ef 3, 14).

2. La misericordia que nos permite ser santos

Esa reconciliación interior en el Corazón de Jesús nos permite experimentar de nuevo su amor y su invitación personal a la santidad, a una plena identificación con su vida y sentimientos. Ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación (1Tes 4, 3), éste es el cumplimiento del sueño de Dios sobre nosotros.

Decía San Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte que preguntarle a un catecúmeno si quería recibir el bautismo equivalía a preguntarle si quería ser santo (cf. n. 31). Si esto vale para todos los bautizados, cuánto más para nosotros como religiosos y sacerdotes. Nuestra vocación es un regalo que nos traza un camino de especial identificación con la forma de vida que Cristo escogió para sí mismo, en la obediencia, la pobreza y la castidad perfecta. Es una invitación a dejarnos modelar por el amor de Cristo que dio su vida por nosotros (1Jn 3, 16).

El amor no se puede imponer a nadie, es lo más personal que cada uno puede dar ante un Dios que nos amó primero (cf. 1Jn 4, 10). Es una respuesta que comporta llevar nuestra cruz, como Cristo la llevó por nosotros, viviendo con fidelidad nuestra vida religiosa porque Él antes que nosotros fue fiel hasta el final.

Si tenemos la mirada fija en el Corazón de Cristo evitaremos la tentación de esos falsos atajos que nos llevan a buscar nuestros propios intereses y que el Papa Francisco describe como mundanidad (cf. Evangelii Gaudium nn. 93 y 95). La mundanidad nace del apartar la mirada de Cristo crucificado, de no creer en el valor de la cruz y, por tanto, buscar veredas más fáciles. Sabemos cómo toda mundanidad deja el alma triste y desencantada, y más expuesta a las insidias del enemigo de nuestras almas, que no nos quiere alegres con la alegría del amor, sino tristes y permanentemente insatisfechos.

Cristo, en cambio, nos quiere alegres. El primer paso para la alegría consiste en confiar en Él, en creer en el camino que nos enseña sin escandalizarnos de su Evangelio. El Corazón de Cristo nos recuerda que no debemos huir ante la cruz del desprendimiento de nosotros mismos, que es el precio del amor. No tengamos miedo de amar de verdad a quien tanto nos ha amado.

3. Heraldos de su misericordia

La segunda mirada, con la que contemplamos su Reino, nos recuerda que el Corazón de Cristo se conmovió y se compadeció de la multitud porque estaban cómo ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 36). Nuestra misión consiste en «formar apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia» (CLC 2014, n. 4), y debemos tener siempre presente que sólo quien ha conocido íntimamente la misericordia de Cristo puede ser testigo creíble de esta misericordia entre sus hermanos.

Es necesario que ponderemos nuevamente el significado de nuestra vocación al Regnum Christi, como María, conservando todas estas cosas, meditándolas en el corazón y maravillándonos de los planes de Dios sobre nosotros. A la luz de nuestra historia nos surgen algunas preguntas: ¿qué querrá Cristo de nosotros? ¿Qué nos ha revelado de su designio sobre esta obra suya? ¿No nos estará llamando a una experiencia más profunda de su misericordia?

La contemplación del Corazón de Jesús y de su deseo de reinar en este mundo es una invitación a hacer de nosotros apóstoles y hermanos que testimonien la comunión, que se acompañen en su seguimiento de Cristo, que se amen y apoyen sinceramente. El mundo necesita pastores según el Corazón de Dios (cf. Jer 3, 15), que sean testigos de reconciliación y perdón, que alivien tantas heridas con la certeza de que Él nos ha amado primero. ¿No estará invitándonos hoy el Señor a llevar a plenitud y expresar con fidelidad y entusiasmo contagioso el don que ha puesto en nuestras manos para servir a nuestra madre, la Iglesia?

Por mi parte, ruego al Sagrado Corazón de Jesús que nos conceda a todos sin excepción hacer una nueva experiencia de su misericordia, actualizada cada día en la Eucaristía, y que nos conceda ser religiosos que buscan la santidad, capaces de entregarse con plenitud, respondiendo con amor al Amor. Les pido una oración por mí.

Con un recuerdo en mis oraciones,

Eduardo Robles Gil, LC


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2014-06-19


 

 


 



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