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«Cada día en el Camino es una aventura y un confiarse a la Providencia»
ESPAÑA | REGNUM CHRISTI | NOTICIAS
Entrevista al P. Enrique Tapia, LC, Instructor de novicios en Salamanca (España) sobre la peregrinación a Santiago de Compostela.



Del 23 al 30 de junio, aprovechando una semana de vacaciones mayores, los novicios legionarios de Cristo de Salamanca (España) peregrinaron por el Camino del Santiago. Presentamos a continuación una entrevista al instructor, P. Enrique Tapia, LC, sobre esta experiencia.

Padre Enrique, ¿cómo surgió la idea de recorrer el Camino de Santiago con los novicios legionarios de Cristo?

En España mucha gente hace el Camino. Desde hacía uno o dos años la idea estaba en el aire, pero fue el P. Miguel Segura, LC, quien más me motivó a hacerlo con los novicios. También nos acompañaron algunos jóvenes que están pensando en la vocación sacerdotal.

¿Y cuántos eran en el grupo?

El grupo de peregrinos fue heterogéneo, y esto fue parte de la riqueza de la experiencia. Éramos 16 novicios, el H. Seth Sabata, LC, que es el asistente, el H. José Manuel Barrera, LC, profesor, y yo. Además venían dos jóvenes, uno de Barcelona y otro de Sevilla y un señor de Salamanca que quería hacer el Camino con nosotros. Una etapa adelante de nosotros iba un grupo de chicas de México, acompañado por algunas consagradas del Regnum Christi y dos sacerdotes legionarios más.

¿Cómo compaginaban la vida de noviciado con la experiencia del Camino? ¿Qué hacían en un día ordinario?

Cada día en el Camino es una aventura y un confiarse a la Providencia. Nos levantábamos temprano y acometíamos la etapa que nos habíamos propuesto para la jornada. El desayuno en el albergue o al inicio del camino. Rezábamos en alguna sala del albergue, o bien al aire libre o caminando. Durante la caminata, que oscilaba entre 4 y 8 horas según la etapa y la velocidad de cada peregrino, rezábamos el rosario, comíamos, conversábamos y teníamos ratos para contemplar el camino en silencio. Cada uno iba a su ritmo por los senderos y también en sus momentos de unión con Dios que van más allá de los actos de piedad.

Los novicios aprovecharon también para transmitir su fe con los demás peregrinos. Aunque no era la época de más caminantes, había muchísimas personas haciendo el Camino, a pie y en bicicleta. Nos encontramos con gente de todo el mundo: España, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, México, Canadá, Brasil, Argentina, Chile, Sudáfrica, China, India, Japón… Y de todas las edades: desde personas de más de 70 años, hasta un niño de 8 años y medio (Jorge, que iba con su padre e hizo las mismas etapas que nosotros), e incluso un recién nacido que sus padres llevaban encima en una especie de “mochila” para bebés… Cuando nos encontrábamos con alguien, lo que salía espontáneamente era saludarle deseándole un «Buen Camino», y a veces se entablaba una conversación. La gente se abría humana y espiritualmente de una manera sorprendente, y mucho más al saber que éramos un grupo de seminaristas. Un irlandés me pidió confesión un día, y casi todos los hermanos pudieron hablar horas y horas con la gente sobre Dios, la Iglesia, el Papa, el Movimiento, de su vocación a la Legión, y de muchas cosas más. No todos los caminantes eran cristianos, ni mucho menos. Pero con todos podíamos dialogar y compartir.

Llegábamos al albergue habitualmente entre las 3 y 4 de la tarde. Nos duchábamos y lavábamos la ropa para usarla al día siguiente. En la mochila solamente llevábamos una muda. Después, íbamos a la parroquia del pueblo a rezar y a tener la Santa Misa, a la que invitábamos a gente durante el Camino. Vinieron muchos cada día. Especialmente cercano fue un grupo de unos 16 italianos, de una parroquia de Verona, jóvenes y adultos, hombres y mujeres. El segundo día vinieron a misa con nosotros y cantaron unos cantos preciosos. Desde entonces, cada día nos los encontrábamos por el Camino, hablábamos con ellos, venían a nuestra misa, y así hasta llegar a Santiago de Compostela. Como suelen ser los italianos, eran muy alegres, espontáneos, y un días después de la misa, en Palas de Rei, ellos y los novicios se pusieron a cantar en plena calle, a hacer porras. La gente venía a ver qué pasaba, se hacían fotos, en fin… Por cierto, me admiró mucho el párroco de ese pueblo: nos prestó la iglesia con gran caridad, nos dejó la custodia para exponer el Santísimo y estuvo toda la hora eucarística rezando con nosotros. Al final, conversando con él, me dijo que llevaba en esa parroquia… ¡62 años! Empezó con 24, cuando no había ni iglesia —él se encargó de construirla—, y ahí seguía, fiel a su misión, con 86 años… ¡Eso es perseverancia!

Antes o después de la misa, teníamos una mesa redonda en la que cada uno contaba sus experiencias del día… Esto fue un momento en que nos sentíamos más hermanos. Todos aprendimos mucho de los demás. En particular valoré mucho lo que dijo Nacho, el señor de Salamanca que venía con nosotros. El tiene 54 años, está casado y tiene dos hijos. Ha sido director de cárceles en España varios años. Y no hace muchos años que lleva una vida cristiana en serio. El nos dijo el primer día que teníamos un don muy grande —hablaba de la fe, de la vocación, y de lo que es el Regnum Christi y la Legión—, y que tal vez no nos dábamos cuenta… Que mucha gente llega a la fe hacia el final de su vida, pero que nosotros teníamos ese don, esa alegría, esa gracia, desde la juventud, y que los transmitíamos de una manera especial. A mí me hizo dar muchas gracias a Dios por esto. A los novicios también les impactó mucho que un señor de 54 años les dijera esto. De hecho, hicieron mucha amistad con él y el domingo pasado nos invitó a todos a comer en su casa. No estoy seguro de que supiera el peligro que implica invitar a 16 novicios a su casa a comer… Pasamos una estupenda velada.

Volvamos al Camino…

Tras la cena, oraciones de la noche en una sala, o al aire libre, en algún lugar más recogido y a dormir. Dormíamos en literas, a veces todos juntos en un dormitorio, a veces en salas de 4, 6 u 8 personas. Casi todos los días pudimos contar con dormitorios solamente para nosotros, pero un día en nuestro dormitorio sobraban dos camas, y metieron allí a dormir a un señor italiano y también un joven chino.

Decía hace un momento que había algunas experiencias. ¿Cuáles fueron las que más le han impresionado?

Encontramos varias personas que hacían el Camino con limitaciones físicas. Me impresionó una mujer argentina, ya mayor, que caminaba un poco doblada y muy despacio. La vimos varios días. Los novicios hablaron con ella y les dijo que hacía el Camino por cuarta vez, para dar gracias a Dios… Al decirle un hermano si le podía ayudar con la mochila, que era pesada para ella, dijo que no, que ella quería llevarla… Otra mujer mayor, esta vez de Estados Unidos, tenía una seria lesión en la pierna o el pie y apenas podía caminar; el H. Seth se la encontró y estuvo con ella varias horas, acompañándola, y la señora encontró en él y en los demás hermanos conforto, consuelo, alguien a quien contar su vida, sus penas, y el porqué de hacer el Camino…

Hay mucha gente creyente que hace el Camino para dar gracias a Dios, o para tener unos días de silencio, oración, paz, antes de tomar una decisión importante en su vida. Pienso en una pareja de novios, de Cádiz, que nos encontramos varias veces. Al final del Camino, en plena misa del peregrino en Santiago, el chico me pidió que le encomendara pues iba a pedir la mano a su novia… se la pidió y le dijo que sí. También encontramos un grupo de chicos y chicas de un colegio de Madrid de los Sagrados Corazones, iban a hacer la confirmación próximamente. Me gustó que los novicios dieron un buen testimonio de lo que es un seminarista legionario.

Un día yo me encontré con una joven japonesa que estaba estudiando español en Santiago y había decidido hacer el Camino. Muy alegre y simpática. Iba sola. Le pregunté si era cristiana y me dijo que no, que era budista, y que en Japón tenían otro camino, el sintoísmo. Nos la encontramos varias etapas y también en la misa del peregrino en Santiago. Reflexioné que hay millones de personas en el mundo que aún no conocen a Cristo… y está en nuestras manos el dárselo a conocer, con el testimonio de nuestra vida, con la caridad y, si fuera el caso, con nuestras palabras, como dijo el Papa Francisco citando al santo de Asís.

Otro encuentro que me ayudó fue con una señora de Huelva que vivía en Sevilla: Miriam. También iba sola. Era muy devota de la Virgen del Rocío (¡cómo no!) y le gustaba peregrinar al Rocío. Este año había decidido hacer el Camino pues se había quedado en el paro y tenía tiempo para ello; y lo hacía para darle gracias a Dios y para prepararse para el futuro. Hablamos de muchas cosas: de Dios, la Iglesia, la fe. Tenía muchas preguntas. Me dijo que no iba mucho a misa y le hice ver que es de lo más importante en nuestra fe, así que al final me preguntó que si podía venir a nuestra misa y así lo hizo al menos los dos días siguiente. “Creo que tengo que ir más a misa”, me dijo. Esta señora me ayudó a ver que las devociones populares son buenas en cuanto que ayudan a la gente a mantenerse cerca de Dios. Quizás hay gente que no va a misa, pero esa devoción es el hilo por el que se mantienen unidos a Dios, rezan, le piden perdón, etc., y a partir de allí se puede construir una fe más sólida y profunda.

¿Y los novicios? ¿Ud. Cree que el Camino ha sido una buena experiencia para su formación?

Sin duda. La vivencia interior de cada hermano ha sido lo más valioso del Camino. Creo que les ha hecho madurar mucho en todos los campos: la oración, el conocimiento de su fe al tener que exponerla a otros, el recto uso de su libertad —cada uno iba a su ritmo—, el encuentro con tantas personas y realidades diferentes, el hablar de Cristo a los demás, el esfuerzo físico por llegar al final de la etapa, la pobreza y austeridad de esos días, la confianza en Dios. Piense que todo era nuevo para nosotros y sólo sabíamos que debíamos seguir las flechas amarillas y llegar a tal pueblo y encontrar el albergue… Compartir la fe con otras personas y entre nosotros en conversaciones y en las mesas redondas… En fin, todo ha sido muy positivo y formativo.

¿Tuvieron alguna experiencia negativa a lo largo del camino?

Bueno, claro, no todo fue perfecto, pero todo aprovecha para el bien, como dice San Pablo. Por ejemplo, el último día nos tocó caminar con una fuerte lluvia más de dos horas, y a mí no me hizo ninguna gracia (a algún novicio sí le agradó, hay gustos para todo). No faltaron las ampollas, las heridas en los pies, la lesión en la rodilla de un hermano… pero todo esto es parte de la experiencia del Camino.

Muchos peregrinos hacen el Camino con alguna intención especial. ¿Ustedes tuvieron alguna? ¿Qué le pidieron a Dios en el Camino?

Antes del Camino, muchos legionarios y otras personas nos enviaron intenciones para rezar por ellas. Hicimos un folleto con las oraciones necesarias para esos días, la descripción de las etapas, e incluimos las intenciones que nos habían llegado. Siempre las tuvimos muy presentes. Después, cada uno llevaba intenciones personales. Yo le pedí a Dios que fuera una experiencia positiva para los novicios, en su vocación y en su formación, y Dios me lo ha concedido con creces. Puse en sus manos algo personal, y también se realizó.

¿Repetirán esta experiencia en el futuro como parte del programa formativo del noviciado de Salamanca?

Seguramente sí, pues los frutos han sido muy positivos y todos nos hemos enriquecido espiritual y humanamente. Hubo jóvenes con inquietudes vocacionales que compartieron estos días con nosotros y quedaron muy felices; uno está ahora en el candidatado. Ciertamente hay que organizarlo mejor.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2014-07-28


 

 


 



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