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Poco a poco, Cristo me fue conquistando
| APOSTOLADO | TESTIMONIOS
“Por primera vez en mi vida sentí a Cristo mucho más cercano: el Amigo que siempre me habían querido presentar, el que una vez más estaba entregando su vida por mí”

Lourdes Pérez- González
Cristo me conquistó, y desde ese día no volví a ser la misma.
Nací en una familia que se decía católica, pero en realidad no lo era. Mis papás se divorciaron cuando tenía 14 años, lo que resultó muy difícil para mí. En un principio me negaba a aceptarlo y empecé a tener muchos problemas. Mis calificaciones empezaron a bajar, la relación con mi mamá era cada día peor, mi grupo de amigas no era el mejor y poco a poco me convertía en la típica niña “problema”.

Desde pequeña estudié en el Colegio Oxford, dirigido por señoritas consagradas del Regnum Christi, quienes trataban de darnos la mejor formación tanto humana como espiritual y nos invitaban a diferentes actividades para que conociéramos mejor a Cristo y así, poco a poco, lo fuéramos convirtiendo en nuestro mejor Amigo. Sinceramente, esto nunca fue para mí una parte importante de mi educación y no me llamaban la atención esas actividades. Prefería “pasármela bien” y disfrutar al máximo cada segundo saliendo a fiestas y reuniones.

Al ver que empezaba a tener problemas, una señorita consagrada habló conmigo y cuando le comenté lo que estaba pasando en mi casa, se dio cuenta de que ése era el motivo de mi “rebeldía”. Desde ese momento propuso ayudarme en lo que fuera necesario para superar esta dificultad. A las pocas semanas, recibí una invitación para ir al club del ECYD. El día que quedamos , llegué tarde a la cita y ya no estaba la señorita que me invitó. Me acerqué a Cecilia, otra consagrada que también trabajaba en mi colegio, y ella me dio un folleto que tenía en la mano. Me dijo que lo leyera y que si quería ir, la buscara otro día en la escuela: era una invitación a misiones de Semana Santa.

Al principio me pareció absurda su proposición, pero después pensé que podría ayudarme para “ganarme” a las consagradas y tener menos problemas en la escuela. Le comenté la idea a una amiga y decidió acompañarme. Sin darnos cuenta, todo mi grupo de amigas y yo ya estábamos en un autobús rumbo a un pueblito de Oaxaca para convertirnos en misioneras por una semana. Al llegar, decidimos divertirnos tanto como fuera posible, aunque esto representara el escaparnos y no ir a misionar a las casas… y así lo hicimos. Después de varias llamadas de atención de las consagradas, tuvimos que olvidarnos de la “diversión” y empezar nuestra verdadera misión, sin imaginar que esto podía ser aún mejor que todo lo que habíamos planeado. Lamentablemente, no todas mis amigas pensaban igual.

Al día siguiente, la que ahora es mi mejor amiga y yo empezamos a darnos cuenta de lo que realmente era misionar. Di lo mejor de mí misma y así, bajo una temperatura de 38°, comiendo huevo y tortillas a diario, durmiendo rodeada de toda clase de insectos, caminando grandes distancias para llegar hasta donde estaba la gente y -lo peor- luchando contra mis amigas porque ya no las apoyaba en sus tonterías, fue cuando Cristo empezó a conquistarme. Recuerdo que el día de la adoración nocturna, mi turno fue a las 2:00 de la mañana. Me costó muchísimo levantarme y caminar hasta la iglesia del pueblo, pero ahora puedo decir que cada segundo que permanecí ahí adentro valió la pena, porque por primera vez en mi vida experimenté a Cristo mucho más cercano: el Amigo que siempre me habían querido presentar, el que una vez más estaba entregando su vida por mí. Entendí que Él era lo más importante en mi vida y que en cada casa que había tocado para llevar a Cristo lo había encontrado en la mirada de esa gente que, sin conocerme, compartió conmigo lo mejor que tenía: esa fe y esa confianza en Dios.

Al día siguiente le conté a Cecilia todo lo que había experimentado la noche anterior. Ella se encargó de recordármelo toda la semana, para que, poco a poco, Cristo me fuera conquistando. Desde ese día no volví a ser la misma. Al poco tiempo, Cecilia se fue a trabajar a Chile y para mí fue algo muy costoso, porque ella me había ayudado a superar y comprender que todo lo que pasaba en mi casa pasaba por algo. Pero aun sin Cecilia, Cristo me conquistó y así encontré la verdadera felicidad. Hace poco, una señorita consagrada me dijo: “Cuando un alma se deja conquistar por Cristo la vida cambia”. Ahora puedo decir que es cierto; mi vida ha cambiado por completo.

Llevo un año y medio incorporada al Movimiento, mi familia ahora está muy cerca de Dios y me encanta ir de misiones, ya que por este medio pude encontrar a Cristo. Si Dios quiere, terminando este año voy a dar dos años de mi vida como colaboradora para Cristo y el Movimiento.

Sé que primero Dios se valió de Cecilia para empezar a conquistarme, y aunque ahora está lejos, Cristo nunca me ha dejado sola, y puso a otras personas en mi camino que me han ayudado a conocerlo mejor y a amarlo más.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2002-10-22


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