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¿Tres años en Arabia o un año para Dios?
ALEMANIA | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Johanna narra cómo encontró la alegría «que el mundo no puede dar»: Cristo Jesús

Johanna von Siemens

Johanna von Siemens nació el 16 de julio de 1976 en Munich, Alemania. Es licenciada en Administración de Empresas Industriales. Cursó estudios de Educación y Desarrollo y la carrera de Ciencias Religiosas en el centro de formación de las Educadoras Internacionales en Madrid, España, y en Monterrey, México. Trabaja, también, en la prefectura de disciplina de un centro educativo en la ciudad de Guadalajara, México. Presentamos su testimonio vocacional.

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Desde los 14 años tenía un sueño que quería realizar a toda costa: emprender una aventura y viajar durante un año por el mundo entero. Creía que tenía derecho a disfrutarlo, puesto que iba más adelantada en el colegio que los demás compañeros. «¿Qué voy a hacer en la universidad con 18 años, cuando en Alemania todos los demás tienen mínimo dos o tres años más que yo?» -me preguntaba. Mis planes oscilaban entre un tour en bicicleta por toda Europa, desde Italia a Noruega, o tomar la ruta Transiberiana en tren, cruzando Rusia, hasta llegar a las últimas fronteras de China, para luego volver por la India, Arabia, Turquía y Grecia hasta Alemania.

Entonces me encontré con algo totalmente nuevo para mí. Una amiga me invitó a una convivencia en Suiza. Y allí, en medio de los Alpes, lejos de la civilización, conocí a un grupo de 120 chicas alegres, simpáticas, entusiastas, normalísimas, que habían entregado su vida a Cristo, ¡y tenían casi la misma edad que yo! No podía creer lo que mis ojos estaban viendo, porque hasta entonces no había visto nada de este estilo y la Iglesia había sido para mí una institución anticuada, empolvada y sin atractivo alguno.

Lo que más me llamó la atención de las señoritas consagradas del Regnum Christi fue la espontaneidad y cercanía con la que hablaban de Cristo; parecía que conversaban con Él como si fuese su mejor amigo. En la convivencia de Suiza, había también una chica, Ana, que no era consagrada como las demás, sino que estaba dando un año de su vida a Dios al servicio de la Iglesia. ¡Eso era lo que yo buscaba! Cuando terminé mi bachillerato, me fui un año a trabajar para la Iglesia a través del Movimiento en Chile. El mejor año de mi vida, no sólo por conocer una nueva cultura, sino por conocer un mundo completamente desconocido para mí: Dios y la vida vista desde la perspectiva de la fe.

Siempre me había creído muy católica, porque de mi generación del colegio era la única, junto con otro chico, que iba a misa, aunque no todos los domingos. Pero me di cuenta de que mi fe era más protestante que católica, pues mi madre había sido protestante en su juventud y mi padre lo sigue siendo hasta hoy. Después de ese año en Chile, empecé a creer que Cristo estaba realmente presente en la Eucaristía y a entender que el Papa no era el "malo" de la Iglesia, como trataban de pintarlo los medios de comunicación en Alemania. Regresé a mi casa; comencé a estudiar una carrera técnica llamada "Comerciante para empresas industriales", y seguí mi vida como siempre: estudio, trabajo y el fin de semana de fiesta, con una diferencia: ya no podía tener una conversación en la cual no llegase de una forma u otra a algún tema relacionado con Dios.

En uno de los períodos de prácticas de mi carrera, tuve la oportunidad de trabajar para mi empresa durante casi dos meses en los Emiratos Árabes Unidos. Me fascinaba sobremanera esta cultura tan distinta a la occidental: los turbantes, las mezquitas, la gente. Al final de mi carrera me encontraba ante un dilema: "¿Qué voy a hacer con mi vida?" Me gustaba mi trabajo, pero no podía imaginarme sentada en un despacho el resto de mis días. Necesitaba retos, algo que me cogiera, sin horarios de oficina. La experiencia vivida en Chile me había dejado una gran sed de entregarme a una misión en cuerpo y alma.

Tenía dos opciones: irme por tres años a Arabia para fundar allí nuestra empresa, que contaba en Oriente Medio sólo con una oficina de dos personas, ¿o...? La otra posibilidad fue como un susurro en mi corazón: «¿Por qué no me das otra oportunidad? ¿Por qué no me das otro año de tu vida?». El primer año sólo había recibido una gracia tras otra de parte de Dios, y yo no le había podido dar nada porque ni sabía mucho de mi fe, ni hablaba español, ni conocía bien a Jesucristo. Me atraía tanto Arabia como poner otro año a su disposición.

No sé muy bien qué me llevó finalmente a inclinarme hacia esto último, pero el hecho es que un buen día me encontré de vuelta en el centro del Regnum Christi en Roma, donde fui destinada para mi segundo año. Me sentía como un "conejo viejo", como decimos en Alemania para designar a una persona con mucha experiencia en su campo y que ya se sabe todos los trucos de su oficio. Y así quería empezar mi nuevo año de colaboradora, a mi manera y con calma. Cuando entré en la capilla, el segundo día después de haber llegado, sentí cómo Cristo desde el sagrario me decía claramente: "Johanna, ¿para quién vas a dar este año? ¿Para ti misma o para mí?". Fue como una ducha de agua fría, pues Él tenía toda la razón. "Pues..., para ti lo quería dar" le dije medio convencida, porque en mi interior había hecho ya mil planes sin consultarle. "Entonces, ¿desde ahora me das todo lo que te pida?". Esta pregunta comprometía mucho, pero respondí: «Lo intentaré».

Cada día que entraba en la capilla, Jesucristo me proponía dar algún paso más. Esto fue lo que me conquistó de Cristo. Quien bien te ama te exige, porque si no lo hace sería indiferencia, lo contrario del amor. Un día le dije: «Jesús, ¿qué quieres de mí? ¿Por qué me amas tanto? ¡Dímelo ya! Dime cuál es la vocación que has pensado para mí. Tú sabes que ya no puedo negarte nada, pero dímelo ya...» Me lo quiso decir a través de santa Teresita del Niño Jesús, que desde entonces ha sido la patrona de mi vocación.

El día de Navidad le conté a mi mejor amiga lo que me pasaba y ella me dijo: «Tengo una novena maravillosa a santa Teresita. La vamos a rezar las dos a partir del primero de enero, tú desde Roma y yo aquí, en Alemania, para que veas claro cuál es el camino para ti». Y justo ese día otra persona me regaló una estampa de la santa. Yo lo vi como una señal suya. ¡No podía ser tanta coincidencia! El último día de la novena, que fue también el primer día de mis ejercicios espirituales, al entrar en la capilla y mirar al Sagrario sentí la certeza de que Dios me llamaba a seguirle consagrándole toda mi vida en el Regnum Christi.

No dudé un segundo en decirle sí, porque estaba segura de que si Dios había creado mi corazón, Él sabía mejor que nadie qué y quién podía llenarlo y hacerlo plenamente feliz. He podido comprobar esto cada día más y más. Nunca me imaginé que mi corazón pudiese estar tan lleno, tan feliz y con una paz tan grande «que el mundo no puede dar».

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Para saber más sobre la vida consagrada femenina en el Regnum Christi o para contactar a una de las señoritas consagrados puede escribir a movrc@inteducators.org.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2004-03-19


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