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| P. Adrián Canal Vallejo L.C. | |
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Origen
Me ha pasado muchas veces que
me preguntan de dónde vengo. No ha sido siempre
fácil dar una respuesta satisfactoria, por lo cual simplemente les
contesto que soy de la Ciudad de México. Mi
padre dice que somos como judíos errantes, pues mi
familia no ha vivido por mucho tiempo en la misma
ciudad. Al entrar en la Legión, esta movilidad ha
continuado; no he vivido en la misma ciudad más de
tres años seguidos. Esto ha sido muy bello, pues
me ha dado la oportunidad de entablar muchas amistades,
de conocer diversos lugares; pero, al mismo tiempo, ha sido
costoso por haber perdido el contacto con muchos de
mis conocidos e incluso familiares.
Infancia
Mi familia proviene de
un pequeño pueblo cercano a Autlán, Jalisco, México, llamado
San Agustín. Tanto papá como mamá nacieron y se criaron
ahí. Dada la dura situación que se vivía en
el campo, mi padre estudió, se esforzó y logró graduarse
de la universidad de Guadalajara. Luego fungió como economista
en el departamento de Economía en el gobierno del
Distrito Federal. Debido a esto mis padres se trasladaron
a la capital.
Durante
mi niñez pude compadecer la enfermedad de mi abuela materna.
Ella sufrió de diabetes y le amputaron ambas piernas
a causa de gangrena. Me enseñó a ver el
sufrimiento como un talento que Dios nos da. En algunas
ocasiones tuve la oportunidad de cuidarla a pesar de
mi corta edad; yo tendría 7 años. Ella fue una
mujer sumamente religiosa. Cuando era joven recibía a los
seminaristas diocesanos en casa, los alimentaba y los alojaba
mientras misionaban. Como gesto de gratitud le ofrecían presentaciones
musicales de guitarra y acordeón. Algunos padres de la
diócesis de Autlán todavía recuerdan esos momentos, entre ellos el
P. Francisco Méndez, a quien tuve la oportunidad de
conocer en Roma. Él fungió como director espiritual del
colegio mexicano. Cuando mi abuela falleció tuve el primer
contacto fuerte con la muerte.
Aprender
una nueva cultura
Después del
terremoto de 1985 en la Ciudad de México, mi familia
optó por salir de ahí. Mi madre sufría a
causa de los nervios y, en atención a ella, la
familia se trasladó a Guadalajara. Allá se tenía la
ventaja de vivir más cerca de nuestros demás familiares.
Lamentablemente los negocios de papá no resultaron muy prósperos
y quiso aprovechar una oportunidad de trabajo en los
Estados Unidos. Este hecho, unido a su deseo de
que aprendiéramos inglés, le impulsó a emigrar con toda la
familia.
Nos mudamos a Anaheim, California. Ahí
mi padre trabajó en bienes y raíces con la
compañía “Century 21”. En la zona en que vivíamos, residían
pocas familias hispanas por lo cual transcurrimos un período
de “silencio y algo de soledad prolongada” mi mamá,
mi hermana y yo. Gracias a Dios tuve muy buenas
enseñantes, que poco a poco me fueron introduciendo a
nuevas amistades y a entender la cultura americana. Yo
tenía 9 años. La experiencia americana me sirvió para abrir
los horizontes. El espíritu de este pueblo emprendedor, entusiasta
y dedicado me marcó profundamente. Recuerdo cómo mis amigos
de la escuela tenían grandes sueños y se esforzaban
por realizarlos. Uno de ellos quería participar en las
olimpiadas.
Quien haya vivido en el sur de California
sabrá que la situación moral de los jóvenes no
es precisamente angélica. Recuerdo que varios de mis amigos hablaban
de temas de adultos con una facilidad que sorprendería
a quienes no conocieran el ambiente en que se
movían. Baste decir que en sexto de primaria se veía
la virginidad como un elemento de personas poco populares
y que, por el contrario, se admiraba a quienes
ya habían tenido relaciones y contaban sus “fascinantes experiencias”.
No fue raro, por tanto, que algunos chicos hayan problemas
con la policía a causa de su mal comportamiento.
Vista esta parte negativa de la sociedad, mi
padre resolvió que la familia tenía que regresar a
México. Para mí este paso resultó doloroso. Ya me había
construido mi propio sueño americano. Yo deseaba estudiar en
una prestigiosa universidad y convertirme en un hombre de
negocios o al menos llegar ser un beisbolista profesional.
En ese momento el alma se me vino a los
pies. Ya me había inscrito en la secundaria y
tenía un nutrido grupo de amigos.
Me parecía que
mi camino estaba muy claro. En tres años me había
superado enormemente. Había aprendido el inglés y en sexto
de primaria lo dominaba bastante bien. Poco a poco
había superado mis promedios que al inicio daban pena.
Había logrado que mis compañeros del salón me eligieran como
presidente del grupo, lo cual era un honor. Sabía
que con esfuerzo y dedicación podría lograr algo grande.
Además, mi padre mismo siempre me inculcó que uno debía
trabajar para realizar sus sueños. Sin embargo, él, siendo
un hombre de principios, consideraba que la educación era
una prioridad, incluso sobre mis sueños.
Quizás la
siguiente expresión de mi padre ayude a comprenderlo mejor. Un
día me dijo: “Mira Adrián, el día en que
te vea con un tatuaje, con el cabello largo o
con un arete, puedes ir eligiendo un árbol para
que yo te cuelgue de él.” Con esto en
mente jamás se me cruzó la idea de prestarme para
esas manifestaciones de ciertos ambientes juveniles. Sabía que con
papá no se bromeaba.
El regreso a México
Una vez concluida la escuela
elemental, sin esperar mucho tiempo, volvimos a México. Mi padre
dio claras instrucciones para que fuera directamente al rancho,
con el abuelo y con mis primos. Ahí ya
me tenía reservadas dos tareas. Una era la de trabajar
en los campos del abuelo y otra, ponerme al
día en matemáticas para ingresar en una buena secundaria.
El abuelo era muy generoso a la hora de pagar,
pero no se me olvida cómo se me llenaban
los pies de ampollas y cómo sufría cuando las plantas
de maíz me cortaban las mejillas. Sin embargo, hoy
agradezco a mi padre que me haya permitido conocer
este ambiente. No me avergüenzo de haber hecho la
experiencia, pues la mayor parte de los hombres viven en
situaciones muy exigentes y muchos no tienen un trabajo
digno.
Cuando uno regresa de Estados Unidos a
México, desde el avión se puede percibir la diferencia
que hay entre los dos países. En Norteamérica todo está
bien ordenado y cuidado. Al llegar a Guadalajara quedé
impresionado. Había zonas de la ciudad que eran bastante
pobres. La escuela americana en la que estudiaba tenía
todas las instalaciones que un chico podía desear: tres diamantes
para beisbol, ocho canchas de baloncesto, área para gimnasia,
campo de fútbol de pasto, salones grandes y bien
habilitados, maestras estupendas. En México, para estudiar en un
colegio así se debe pagar bastante, cosa que en ese
momento mis padres no podían.
Mi madre puso
un gran esfuerzo para que me admitieran en un colegio
de madres dominicas. Me aceptaron en el colegio “Domingo
de Alzola” de Guadalajara. La madre directora, María de
la Luz, me trató con una gran amabilidad. Tengo
entendido que sufrió una dolorosa enfermedad, tal vez haya fallecido
pero le estoy muy agradecido y la recuerdo en
mis oraciones.
La llamada
El curso de primero
de secundaria fue maravilloso. En el año 1994 el colegio
había iniciado esa etapa, la secundaria, y por tanto
el grupo de alumnos era reducido. En el salón
éramos 18 alumnos y nos conocimos bastante bien, creando un
ambiente de amistad. Como dato curioso, al inicio muchas
de mis compañeras me admiraban porque había vivido en
Estados Unidos y sabía hablar inglés. Incluso me “enamoré”
de una de ellas, si se puede decir que a
los once años uno se enamora. Era una chica
magnífica, diversa a las que había conocido en otras
partes. Recuerdo que nos escribíamos cartas y compartíamos experiencias, sueños
e ideales. Yo la apreciaba de verdad y deseaba
que después de terminar los estudios pudiera casarme con
ella. Me parece que la chica pensaba igual. Por
desgracia para mí en aquel momento y para bien
de mi vocación, hubo un momento en el que se
molestó mucho conmigo y me cortó tajantemente. Me escribió
una carta en la que me terminaba y me pedía
no buscarla más. Ese golpe me aturdió. Todavía recuerdo
la fecha: un 22 de febrero. Ahora me hace
reír, pero en aquel momento no me causó mucha gracia.
En este hecho chusco he logrado ver la mano
de Dios. Sin duda si hubiera seguido enamorado de
esta niña, quizá me hubiera rehusado a ir al curso
de verano en el seminario menor.
En el
colegio fue donde conocí a los Legionarios de Cristo.
Una mañana de noviembre se presentó a mi colegio
el P. Enrique Flores. El padre me pareció un fenómeno.
Jamás había visto un sacerdote maduro, que fuera tan
simpático con los chicos. Entró en el salón, nos
dijo varios chistes y nos contó la historia de un
seminario para adolescentes. Personalmente no había considerado nunca la
posibilidad de seguir una vocación al sacerdocio. En mi
familia se respetaba a los sacerdotes, se vivía una
devoción a la Sma. Virgen y se asistía a Misa
cuando era posible. Mi madre siempre hacía el esfuerzo,
pero al resto de la familia nos llamaban más
la atención otros asuntos como el fútbol, los amigos o
las fiestas. No éramos una familia que estuviese involucrada
en movimientos, en la parroquia o en actividades semejantes.
Lo que sí era continuo era el rezo del
rosario. Algunas veces ya eran altas horas de la noche
y, si no lo habíamos rezado, mamá me buscaba
y me obligaba a rezarlo. Muchas veces recé con
impaciencia, pero otras lo hice con mucho gusto.
No sé
porque al P. Enrique se le ocurrió invitarme al seminario.
Nos distribuyó una ficha preguntándonos si nos gustaría ser
sacerdotes. Yo claramente le contesté que no, sin embargo,
sabía que yo quería hacer algo por Dios. En
Estados Unidos muchos de mis amigos eran muy religiosos, había
de todo, budistas, mormones, testigos de Jehovah, hindúes, ortodoxos
y otros cuya religión era el rock o el
dinero. Algunas veces había debates en la escuela y
recuerdo que, aunque la moral estuviera mal, se tenía claro
que Dios sí jugaba un papel muy importante en
la vida de los adolescentes. Eso me había calado y
yo aceptaba que en mi vida tenía que hacer
algo por Dios. No quería ser sacerdote, la idea no
se me había ocurrido. Un día, al salir de
la misa dominical, mi madre me preguntó si me
gustaría ser padre. Le contesté que yo quería ser padre,
pero de familia. Ella se rió y ahí quedó
el asunto.
Visité el seminario menor, que los Legionarios llaman
la Apostólica, del 13 al 15 de diciembre de
1994. En ese momento la Legión acababa de celebrar el
50 aniversario de la ordenación sacerdotal del fundador. Recuerdo
haber visto las medallas que los seminaristas habían ganado
en el torneo de la amistad. El ambiente y
el régimen de vida que llevaban me atrajeron bastante. Los
chicos tenían disciplina, eran felices y vi que no
se quejaban por ir a misa o rezar el
rosario todos los días, por tanto amaban a Dios. Me
pareció una interesante combinación para la vida de un
adolescente, si bien, pensé que era un ideal demasiado alto
para mí en ese momento. Los seminaristas habían dejado
sus familias, sus amigos, sus intereses y se dedicaban
a prepararse para el sacerdocio. Recuerdo haberlos acompañado a
un paseo a una cascada y percibí que además eran
muy amables. Ese estilo de vida me fascinó. Cuando
me invitaron para acudir al curso de verano, la
semilla que ellos habían dejado caer en mi alma se
había convertido en una pequeña planta. En adelante sólo
le faltaría cuidado de mi parte y la gracia
de Dios para hacerla crecer.
En el colegio mis
amigos comenzaron a tomarme el pelo. Varios se me acercaban,
se arrodillaban ante mí, se golpeaban el pecho y
me decían: “Padrecito, confiésame”. Yo al inicio les daba
la absolución para seguirles el juego. Al final todos
terminábamos riendo.
Pasaron los meses y en mayo me llegó
una carta de los padres Legionarios. Me invitaban formalmente
a participar en el curso de verano en el seminario
menor. Yo sabía que mi padre me tendría preparado
otro verano intenso en los campos de Jalisco, pero,
sobre todo, me había llamado mucho la atención la vida
de los seminaristas, a quienes llamamos apostólicos. Por estos
motivos, y también para saber si Dios quería algo
más de mí, acepté la invitación. Era el verano de
1995.
Creo que no hubo un momento definitivo
en el que yo optara por seguir la vocación.
Más bien, fue una maduración que corría sobre dos principios:
Primero dar un año de mi vida a Dios,
“una oportunidad” en el seminario menor para descubrir si
este era mi camino. Segundo, el deseo de hacer con
mi vida algo por Dios. Iniciado este proceso interior,
llegué a la convicción de que Dios me llamaba a
formar parte de esta obra que es la Legión
de Cristo. En el primer año que pasé en la
apostólica percibí que yo y mis compañeros éramos felices.
Mis papás siempre me apoyaron en mi vocación. Sé
que les ha costado mucho. A lo largo de
los años ha habido muchas despedidas. Quizás a quien más
le dolió fue a mi hermana. Cuando yo me
fui ella se quedó sola en casa y a pesar
de que cada día teníamos pequeños desacuerdos y riñas
(yo me divertía mucho tomándole el pelo) siempre nos
apreciamos mucho. Mi padre me comentó un día: “Recuerda que
en casa siempre serás bienvenido, pero yo respeto y
apoyo la decisión que tú elijas.” Este apoyo me
animó bastante y ha sido un elemento clave en mi
perseverancia.
Los tres años en la Escuela Apostólica fueron
de los más felices de mi vida. En esta
etapa los adolescentes viven llenos de ideales e ilusiones.
Soñábamos con prepararnos en las mejores universidades para poder
ayudar a Cristo y al Papa a evangelizar el mundo.
Disfrutábamos mucho las fiestas, los torneos deportivos, las competencias.
En estos años pude comprender mejor lo que implicaba
el sacerdocio en la Legión. El tipo de sacerdocio
es misionero, por ello hay que dejar el propio país,
la familia, los amigos y salir a predicar el
evangelio. Yo sentí en mi interior que así tenía
que ser mi vida.
El año que había
dado como “oportunidad a Dios” se convirtió en 17
años de formación. Pasé tres años en León como seminarista
menor. Posteriormente me enviaron al noviciado y estudios humanísticos
en los Estados Unidos. Entonces, curiosamente se realizó mi
sueño de estudiar en una universidad americana, pues en
la Legión el noviciado es considerado como “la universidad
donde se estudia a Cristo”. Recuerdo con mucho cariño los
cuatro años que pasé en este país. Inviernos congelados,
veranos ardientes, otoños y primaveras coloridos. Así pasaron esos
días en compañía del Señor y de los libros.
Estudié la filosofía y la teología en Roma, sumando
un período de servicio pastoral de tres años en el
Instituto Cumbres de León, Guanajuato, México. En cuanto a
estos años de trabajo podría escribir un libro contando
las experiencias y peripecias que hubo en el colegio. Pude
divertirme con los alumnos y sobre todo disfruté poder
ofrecerles una guía en su vida espiritual. Además, pude
colaborar en la recaudación de fondos, organizada en Monterrey,
Nuevo León, para el sostenimiento de nuestros centros de
formación. En esta ciudad fui testimonio del aprecio que
muchos bienhechores tienen por la Legión. Son personas generosas
que se privan de sus bienes para que los
legionarios se puedan preparar al sacerdocio en Roma. En
estas personas he visto una actitud como la de la
viuda del evangelio que da a Dios incluso el
necesario para vivir. Agradezco a cada uno su testimonio
y todos los días elevo a Dios mis oraciones por
sus necesidades.
Los últimos años, previos al sacerdocio, han
requerido una mayor generosidad. La situación que ha atravesado
la Iglesia y la Legión no ha sido agradable. He
encontrado personas tristes después de tantos años de generosidad.
Algunos han dado vuelta atrás y se han marchado.
Estos hechos me han mostrado que la perseverancia es
un don de Dios. Él es un Padre amoroso que
nos guía de la mano, pero que espera nuestra
respuesta. Me ayudó mucho un verso del libro de los
Proverbios que dice: “Hijo si vas a servir al
Señor, prepárate a la prueba.” Sin duda la vida
es una lucha continua, pero no estamos solos. Nos sostiene
la gracia de Dios, su Madre la Virgen Santísima,
y una realidad que uno tiene que experimentar para
entender: “No importa lo que haya pasado, la misericordia
de Dios es más poderosa.” Dios siempre nos espera con
los brazos abiertos.
Espero ser un sacerdote
al estilo de Jesucristo que esté siempre dispuesto a servir
y a dar a conocer a los hombres la
misericordia de Dios.

EL P.
ADRIÁN CANAL VALLEJO nació el 27 de octubre de
1982 en México DF. Tiene una hermana menor. Vivió
en la Ciudad de México, en Guadalajara, en Anaheim California
(EEUU) y en San Agustín, Jalisco. Al terminar primero
de secundaria ingresó en el seminario menor de los
Legionarios de Cristo en León, Guanajuato, México, en 1995.
Emitió su profesión perpetua en el año 2009. Es licenciado
en filosofía y bachiller en teología. Interrumpió sus estudios
para ayudar como instructor de formación en el Instituto
Cumbres de León. Durante los veranos ha colaborado en
la gira de recaudación en Monterrey, Nuevo León. Está actualmente
trabajando en un doctorado en filosofía en Roma y
es miembro del equipo de formadores académicos del seminario
de la Legión de Cristo en Roma.