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| "Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cuando llego a casa". | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
Vivimos en un
mundo demandante, con muchas exigencias; por lo general, nos pide
más de lo que consideramos que podemos dar: resultados, resultados
y más resultados. Y por si fuera poco, con esto
de la crisis económica, pendemos de un hilo, todo es
presión. Ante estas cargas emotivas, nuestros problemas laborales, sentimentales, y
a ellos agrégale todo lo que te angustia y preocupa,
quisiéramos varitas mágicas o métodos sicológicos que nos ayudaran a
romper con esos círculos; la verdad que ahí los tenemos
y los vamos llevando con nosotros a lo largo del
día, y si comenzaron desde el primer momento, así nos
fue en toda nuestra jornada.
Cuántas veces esos pesos que llevamos
encima, se los queremos imponer a aquellos con los que
convivimos, pobres víctimas de nuestro mal humor, cansancio y problemas;
ellos reciben nuestras caras largas, nuestros ojos desorbitados, nuestros gritos
y malos humores; y ahí están nuestros hijos, esposos, esposas
en silencio, aguantando y esperando que se le pase o
rezando para que se relaje.
Aquí les dejo este ejemplo que
nos puede ayudar a todos a reflexionar y, si es
necesario, a cambiar nuestras actitudes.
Con el deseo de renovar y
mejorar mi casa, tuve la necesidad de realizar múltiples trabajos.
En una ocasión tuve que contratar a un carpintero; necesitaba
de sus servicios para reparar una vieja granja, este trabajo
le llevaría varios días; la granja, con el tiempo, estaba
en muy mal estado, el viento y las lluvias habían
hecho de las suyas. Gran parte de la madera estaba
podrida y la granja amenazaba con desplomarse. El carpintero acababa
de finalizar su primer día de trabajo, duro y agotador.
Su cortadora eléctrica se dañó y le hizo perder tres
horas de trabajo, para mala suerte de este buen hombre,
su antiguo camión se negó a arrancar, y como si
fuera poco, al intentar ver el desperfecto, los dedos de
la mano se le machucaron con la cajuela al querer
cerrarla, un día como pocos…
Mientras lo llevaba a casa, se
sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a
conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta,
se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las
puntas de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió la
puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena
de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le
dio un beso a su esposa, ahí platicamos un momento.
Lo interesante fue que en ningún momento hizo alusión a
las situaciones que había pasado mientras trabajaba en la granja.
Posteriormente
me acompañó hasta el carro. Cuando pasamos cerca del árbol,
sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo
había visto hacer un rato antes.
“Oh, ese es mi árbol
de problemas”, -contestó. “Sé que yo no puedo evitar tener
problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los
problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa,
ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en
el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en
la mañana los recojo otra vez. Lo divertido es, -dijo
sonriendo-, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no
hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche
anterior”.
Una historia como tantas, una realidad como muchas que suceden
cada día, un momento para reflexionar y comenzar a trabajar,
saber dejar las cargas fuera de casa y entrar libres,
con una mirada apacible, una sonrisa en tus labios y
un ánimo de espíritu que cree armonía y paz entre
los tuyos. Que en pocas palabras, te esperen con los
brazos abiertos cuando llegues.