|
|  | |
| "La Navidad es quizás uno de los misterios que mejor dejan ver el contraste que siempre ha existido entre el Cristianismo y el mundo". | |
 |
Por Jesús David Muñoz, L.C.
Decía el escritor inglés
G.K. Chesterton que la Navidad es el misterio “donde los
extremos se tocan” (El hombre eterno, Cristiandad, Madrid 2011, p.
223). Y es que en este acontecimiento vemos cómo una
cueva recibe en su seno al mismo Cielo, unos pastores
encuentran en un establo su vocación de ovejas y reconocen
la voz de su Pastor, un orgulloso rey se ve
amenazado por el nacimiento de un recién nacido que no
tenía dónde caer muerto, un Niño que es Padre Sempiterno
(Is 9,5) y una Madre que es Virgen, etc., etc.
La
Navidad es quizás uno de los misterios que mejor dejan
ver el contraste que siempre ha existido entre el Cristianismo
y el mundo, y, al mismo tiempo, la semejanza que
hay entre la vida de Jesús y la de su
Iglesia.
Sin embargo, el contraste más singular viene dramatizado por aquel
primer concierto de la historia protagonizado por voces angélicas reales
(“y de pronto se juntó con el ángel una multitud
del ejército celestial”), y que iba dirigido a un auditorio
no menos sorpresivo: un grupo de pobres pastores ignorantes, seguramente
sucios y más de alguno desdentado. Sin embargo, no es
el público escogido para esta escena el elemento más desconcertante,
sino el mensaje que traían estos singulares emisarios: «Gloria a
Dios en las alturas y en la tierra paz a
los hombres en quienes Él se complace» (Lc 2,14).
Curiosamente
la primera Navidad estuvo lejos de traer paz a la
tierra, al menos no la paz según el mundo.
Cristo hace
“temblar” desde su cueva la fortaleza de Herodes el Grande,
quien sintió aquel terremoto bajo sus pies y se bamboleó
con su frágil palacio.
Y mientras el Mesías nació en
una cueva, el cristianismo nació en las catacumbas; y de
la misma manera, en su pequeñez e insignificancia, hizo temblar
la ostentosa residencia de los emperadores romanos y todo el
edificio sobre el que estaba construido el paganismo.
Tanto Jesús como
sus seguidores fueron aborrecidos desde el inicio porque de forma
pacífica y casi desapercibida declararon la guerra al Príncipe de
este mundo, encabezando una auténtica revolución contra la imposición de
su “moda” a lo largo de toda la historia: el
pecado.
Y es que el Cristianismo comprendió desde un inicio que
proclamar la paz implica ante todo no olvidar por qué
hubo una vez una guerra en el cielo: «Miguel y
sus Ángeles combatieron contra el Dragón y sus Ángeles, […]
y no hubo ya en el cielo lugar para ellos»
(Ap 12,7-8).
Los humildes pescadores, primeros seguidores del Nazareno, que
a más de un sumo sacerdote y de un emperador
romano provocaron serias jaquecas, comprendieron perfectamente cuál fue la paz
que emanó de aquel establo en Belén y lo expresaron
así desde la primera vez que el mundo quiso ahogar
su voz: «Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres» (Hch 5,29).
En pleno siglo XXI, el cristianismo sigue
siendo intolerable precisamente porque es intolerante, intolerante con la “moda”
del Tirano del mundo y al mismo tiempo, porque sigue
afirmando algo tan complejo para la gnóstica lógica de este
siglo: «la Navidad no es un cuento para niños, sino
la respuesta de Dios al drama de la humanidad en
búsqueda de la paz verdadera. “¡Él mismo será la paz!”»
(Benedicto XVI, Ángelus, 20.12.2009).
Hoy la Navidad corre el
peligro de desaparecer bajo el patético nombre de “fiestas de
invierno”, que no es otra cosa que un monumento al
consumismo y al absurdo de celebrar quién sabe qué y
felicitar por quién sabe qué, amparado en la mal entendida
laicidad y a-confesionalidad del estado.
Es curioso que se considere
una “ofensa” poner un Nacimiento en un lugar público. En
algunos países es chocante ver la obsesión de algunos gobiernos
contra los signos cristianos. Basta recordar la batalla que en
su momento muchos políticos emprendieron contra el crucifijo; o por
mencionar un hecho más reciente, las reacciones de la izquierda
española ante la felicitación navideña que el Congreso de los
Diputados publicó utilizando para ello un motivo religioso (cf. ABC 11.12.2012).
Con ello queda claro que es importante aclarar
a los progresistas que la Navidad es y será siempre
una fiesta religiosa, y que una Navidad y una felicitación
navideña sin religión es una contradicción.
Sin este misterio del Dios
hecho hombre en una cueva, el cristianismo fácilmente olvidaría sus
mismos orígenes: una cueva y unas catacumbas desde donde se
inició la mayor de las revoluciones que ha conocido la
historia humana: la revolución del Amor.
Fue en la Navidad donde
el cristianismo comenzó a defender la vida desde su concepción
hasta su final natural, pues Dios mismo quiso ser un
embrión antes de nacer. Desde aquella cavidad en la roca,
los seguidores del Dios acogido por un matrimonio, se hicieron
protectores acérrimos de la familia y del derecho de los
niños a tener un padre y una madre que los
eduquen, y no un “progenitor A” y un “progenitor B”.
Si el cristianismo fuera una simple fábula, sería ridículo que
el tetrarca Herodes, los emperadores romanos y cuanto progresista hay
en nuestro tiempo le den tanta importancia y se le
opongan tan beligerantemente. Y es que la Navidad está lejos
de ser un mito y el cristianismo lejos de ser
una invención. De esto se percatan sus mismos antagonistas.
Es por
eso que necesitamos más cristianos que estén a la altura
del misterio que confiesan, a la altura de aquellos pastores
que escucharon y fueron corriendo a Belén. De nada sirven
aquellos que han pasado de afirmar con determinación “yo creo”,
a musitar tímidamente un “yo pienso” y finalizar en un
“yo opino”. Precisamos de los que mantienen en sus corazones
viva la fe, viva la Navidad, vivo este misterio de
amor de un Niño Dios que lejos de ser un
cuento de hadas es, nada más y nada menos, que
el Verbo encarnado, el Hijo de Dios vivo.