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| "La fuerza de la Iglesia católica viene de lo alto y nos permite navegar seguros, hacia la Jerusalén celestial". | |
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Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de
Análisis y Actualidad
La historia de la Iglesia es apasionante. Desde
su nacimiento, tras la Muerte y Resurrección de Cristo. Desde
sus primeros años, con esperanzas y con persecuciones. Desde su
larga historia, escrita con páginas de santidad y de amor,
con debilidades, pecados y misericordia.
En la nave sopla el viento
del Espíritu. La estrella polar, María, indica el camino hacia
Cristo. Dios Padre convoca, desde Oriente hasta Occidente, a quienes
más ama, a los hijos de los hombres.
En esa nave
están Pedro y sus sucesores, los Papas. Cada uno, con
su carácter diferente y con su amor a Cristo y
a su redil, ha predicado para conservar viva la fe,
ha trabajado para sostener la esperanza, ha sufrido y luchado
para encender el amor.
La barca sigue su travesía. Las tormentas
no dejan de arremeter contra la nave. Algunos sucumben. Otros
se levantan tras la caída y vuelven a formar parte
del pequeño rebaño.
“No temas”, dijo Jesús a Pedro. “No temas”,
susurra el Maestro a cada generación de bautizados. “No temas”,
repetían Juan Pablo II y Benedicto XVI. “No temas”, escucho
dentro de mi alma.
No seguimos en la nave apoyados en
seguridades humanas: lo que es frágil no garantiza certezas ni
robustece las rodillas vacilantes. La fuerza de la Iglesia católica
viene de lo alto y nos permite navegar seguros, hacia
la Jerusalén celestial.
Desde la fe, la esperanza y la caridad
seguimos nuestro viaje. Permanecemos unidos, confirmados en la sana doctrina,
gracias al Papa.
No importa su nombre ni su origen. Se
llamará Juan o Pablo o Juan Pablo, se llamará Pío
o Benedicto, vendrá de Italia, de Polonia, de Alemania o
de algún otro lugar de la amplia geografía católica. Nos
basta con saber que Jesús lo eligió y le dice,
como al primer Papa: “Apacienta mis ovejas... Sígueme” (cf. Jn
21,15-19).
Sopla el viento del Espíritu. Las velas sienten el empuje.
El timón se mantiene firme, desde la fe de una
Iglesia milenaria y siempre joven.
En el horizonte, un banquete: el
Cordero ha dado su Sangre para que entremos con Él,
vencedores, en la gran fiesta de los cielos.
(Comentarios al
autor: fpa@arcol.org)