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Hacer memoria de Dios.
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«Por encima de todo, tu voluntad, Señor» (Artículo)
«El camino para ser creativos es a través de la oración» (Artículo)

Dios, en quien ustedes han confiado, les ha guiado a cada paso y en cada decisión
INTERNACIONAL | TEXTOS
Carta del P. Álvaro Corcuera, L.C. a los novicios y profesos de la Legión de Cristo (12 de septiembre de 2013).

El pasado 12 de septiembre, el P. Álvaro Corcuera, L.C. envió la siguiente carta a los neo-novicios y neo-profesos de la Congregación de la Legión de Cristo, en el marco de la fiesta litúrgica de la Virgen de los Dolores, reflexionando sobre el rezo de la oración mariana del Ángelus y su aplicación a la vida que ellos inician ahora. Ppor su contenido, compartimos también esta carta con Uds.

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¡Venga tu Reino!

12 de septiembre de 2013

A los novicios y neoprofesos de la Legión de Cristo

Muy queridos hermanos en Cristo:

Con mucha alegría quisiera felicitarles a ustedes que por amor a Jesucristo y sintiendo su llamado a compartir su vida y su misión dentro de la Legión de Cristo, han iniciado en estas semanas pasadas su vida religiosa o han entrado en el noviciado. Me uno igualmente a los hermanos novicios que siguen su segundo año de noviciado. Dios, en quien ustedes han confiado, les ha guiado a cada paso y en cada decisión. Él nunca les dejará solos en el camino. Por medio de ustedes, nuestros hermanos que inician un camino de seguimiento total a Cristo y a su Iglesia en la Legión de Cristo, también quisiera unirme a todos nuestros demás hermanos que forman esta familia en la Legión y en el Regnum Christi.

Quisiera también agradecer de nuevo la cercanía que me han mostrado en estos meses de enfermedad a través de sus oraciones y cartas. Su ejemplo de entrega a Cristo en la Legión me llenan de ánimo, fortaleza y confianza en la acción infinitamente bondadosa de Dios para que todo nos lleve a amar más a Cristo y a ofrecerlo por toda esta familia a la que Dios nos llamó con amor de Padre. La acción providente de Dios nos va guiando con su mano misericordiosa en este camino que nos lleva a ser más de Él y mejores servidores de todos en el camino hacia la santidad. Yo también les he tenido muy presentes en mi corazón y en mis oraciones en estas semanas en que han profesado o tomado el uniforme legionario en diversos países del mundo.

Con el deseo de acompañarles al inicio de este nuevo año aprovecho para compartir con ustedes unas reflexiones sobre la fiesta de la Virgen de los Dolores, nuestra patrona en la Legión de Cristo. Es una fiesta que nos une en el amor a la Santísima Virgen María y renueva nuestra devoción a Ella. María, nuestra Madre, siempre fiel, nos irá guiando en cada paso. Ella nos llevará a Jesucristo, centro de nuestras vidas, y nos irá descubriendo cada vez más las riquezas del Sagrado Corazón.

María, la Virgen de Dolores, sufrió unida a su Hijo por la salvación de todos los hombres: «Una espada atravesará tu corazón». Estas palabras que el anciano Simeón dirigió a María al presentar su hijo en el templo nos hacen recordar y agradecerle a Ella, que por nosotros dijo sí a un camino de cruz y de amor llevado hasta el final. ¡Cuánto quisiéramos consolar a María al recibir esa profecía de Simeón! Sin embargo, es Ella quien una y otra vez se apresura hacia sus hijos para consolarnos y asegurarse de que estemos bien. Esa espada que traspasa su corazón llega a ser espada que nos defiende a nosotros, sus hijos. El dolor de su corazón asegura que nuestros corazones no se endurezcan encerrados en el egoísmo. Ella nos enseña a buscar a Dios sobre todas las cosas, a acoger su voluntad como respuesta de amor y a perseverar con constancia, en cada una de las diversas situaciones de nuestra vida, tomando la cruz cada día por amor.

El Angelus resume de modo admirable el camino de fidelidad de María. Iniciar el día, interrumpir los trabajos cotidianos a mediodía y al finalizar la jornada para el rezo del Angelus ha sido desde hace siglos en la vida de la Iglesia una tradición hermosa y una profunda expresión de fe. El pintor francés Jean-François Millet captó ésa tradición tan sencilla como mística en la pintura titulada L´Angelus. En el cuadro se ve una pareja de campesinos que al final de un largo día de trabajo en la cosecha hacen un alto para elevar su oración a María y traer al corazón los misterios que en esta oración recordamos.

El rezo del Angelus no es solamente un elevar el alma en medio de las actividades cotidianas para vivir en el nivel sobrenatural. Es además un examen de conciencia hecho a la luz de la fidelidad de Jesucristo y la Santísima Virgen. La auténtica devoción a María siempre lleva a la imitación de sus virtudes. Así, esta oración nos presenta una oportunidad de contemplar a la Santísima Virgen en el momento que definiría toda su vida.

«De entre tantos títulos atribuidos a la Virgen, a lo largo de los siglos, por el amor filial de los cristianos, hay uno de profundísimo significado: Virgo fidelis, Virgen fiel» (Beato Juan Pablo II, homilía de la misa celebrada el 26 de enero de 1979 en la catedral de la Ciudad de México).

María, Virgen fiel: «El ángel del Señor anunció a María»

El texto de san Lucas muestra cómo el ángel, un mensajero de Dios, aparece a María: «Entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”». ¿Qué es lo que había en María para que Dios se fijara en Ella? María ardía ya desde sus primeros años con aquel deseo que se expresa en el Antiguo Testamento como buscar el rostro del Señor. Ella vivía en un profundo ambiente de silencio e interioridad donde pudo nacer una apertura total a Dios y a sus designios de amor sobre Ella. Siempre estaba buscando: «¿cuál es el querer de mi Dios? ¿cuál es el querer de mi Señor?».

El silencio del alma que buscamos formar en el noviciado y que hay que seguir cultivando a lo largo de toda nuestra vida nos permite elevar el corazón a Dios para decirle: «Señor, ¿qué es lo que tú quieres de mí? ¿Qué quieres de mí en este momento?». Así, por medio del silencio y de la apertura de alma, por medio de esa escucha y búsqueda de Dios y de su Voluntad, la Santísima Virgen estaba ya preparada para responder con amor a su Señor. No vivía superficialmente, no vivía en las cosas o circunstancias, con frecuencia muy humanas, que nos encierran tantas veces en lo pasajero del mundo cegándonos a la presencia y acción de Dios en todo lo que nos rodea. María buscaba en todo el rostro de su Señor.

La fidelidad de María no fue sólo una búsqueda. Habiendo escuchado a Dios por medio del ángel, Ella responde, acoge. El silencio de María era una apertura amorosa al querer de Dios. Escuchar nunca basta para el que ama. El amor impulsa la aceptación, la acogida de todo lo que escuchamos de Dios. El entrar al noviciado es ya un sí activo a Dios para seguir buscando y profundizando en el silencio y con apertura de alma su plan para nosotros. La profesión religiosa es un sí a Dios más comprometido, un sí libre y maduro que nos acompañará durante toda nuestra vida con sus altibajos, sus dificultades y sus alegrías. El Angelus nos invita a hacer un alto en nuestro día para decir: «Acepto, Señor, lo que tú quieres de mí. Lo que sea, Señor, sea lo que sea. Tus mandatos son mi alegría, nadie quiere tanto bien para mí como Tú. Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad. Tu voluntad es mi delicia». En el sí de María nos vemos reflejados los hijos que también queremos decirle a Dios un sí.

«Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad» (Beato Juan Pablo II, homilía de la misa celebrada el 26 de enero de 1979 en la catedral de la Ciudad de México).

El Beato Juan Pablo II en esta homilía tan hermosa subraya que María fue coherente con su a Dios. Esa coherencia fue base para una vida entera de fidelidad. Muchas veces podemos decir sí en un primer momento a tantas inspiraciones, a tantas llamadas de Dios nuestro Señor a hacer el bien y evitar el mal, a seguirle más de cerca y aspirar a un mayor grado de santidad. Cada sí, para llevar fruto sobrenatural no puede quedar nada más en los labios o en el corazón, se tiene que hacer vida. La fidelidad no es las intenciones ni las palabras. La fidelidad es la coherencia con aquello que contiene mi sí.

La fidelidad es un don de Dios. Cada uno con humildad tiene que pedirle y suplicarle a Dios: «Señor ayúdame a decir un sí y a ser coherente con este sí». El Angelus nos permite contemplar la coherencia de vida de la Santísima Virgen. Ella vivió su sí no sólo en el encuentro con el ángel, sino que fue un sí coherente que le llevó a la fidelidad iuxta crucem.

La coherencia no quiere decir que seremos siempre perfectos. Tendremos fallos. Aun así, nuestro sí a Dios no nos permite caer en el desánimo, ya que es un sí que nos mantiene firmes en la esperanza. Antes de comprometernos con Dios, Él se ha comprometido con nosotros. Él es el sostén y el garante de nuestro sí, de nuestra coherencia y fidelidad. La confianza nos permite ver mucho más allá de nuestra pequeñez o de las dificultades inmediatas. La confianza nos permite ver y vivir anclados en el horizonte de la eternidad, en el amor que nunca falla. Nos lleva a mirar todo con la alegría de ir viendo ya la meta del camino, la del hogar paterno.

La confianza a su vez engendra la constancia. Es fácil decir sí en la luz, pero es costoso y trabajoso decir sí en los momentos de dificultad y de oscuridad. La constancia es la prueba máxima del amor y, como fruto de la confianza, es también un don. El Angelus es una oración que invita al examen. ¿Respondo con coherencia y constancia al don de Dios que es su Voluntad para mí? ¿Mi amor es constante, o es más bien de momentos, dependiente de mis sentimientos, estados emotivos, momentos de luz u oscuridad? ¿Mi amor es coherente con mis compromisos libremente asumidos delante de Dios o es influido por mis propios deseos y voluntad?

La confianza inspira la constancia porque nos enseña a vivir el momento presente con coherencia y a confiar en el futuro. La confianza nos da paz de alma ya que nos permite poner todo en manos de Dios. Dios no quiere que vivamos en el pasado de nuestra debilidad o de nuestros fallos, en los momentos en que no hemos sido fieles, en los momentos de pecado. Quiere que vivamos en el presente, donde siempre podemos renovar nuestro sí, sin importar si hemos sido débiles.

El Beato Juan Pablo II recuerda en su homilía: «Es entonces fácil y frecuente el peligro del miedo, del cansancio, de la inseguridad. No os dejéis vencer por estas tentaciones». Dios quiere que veamos el presente y que vivamos el presente. El futuro lo desconocemos, pero su amor y su fidelidad nos fortalecen. ¿Quién sabe lo que va a pasar mañana? El vivir un sí coherente y constante hoy es la mejor preparación para el último día en nuestras vidas. Además, en el Angelus nos encomendamos a María: «ruega por nosotros ahora y a la hora de nuestra muerte». ¿Podemos estar en manos mejores que las de María tanto ahora como en la hora de nuestra muerte?

María, Virgen humilde: «He aquí la esclava del Señor»

El Angelus es una oración aleccionadora de fidelidad y de humildad. María delante del ángel, mensajero de Dios, era ante todo una criatura frente a su Creador. La humildad en su raíz más profunda empieza siempre por la contemplación de la propia condición de creatura. La mayoría de ustedes acaba de terminar sus ejercicios espirituales y esa meditación de nuestro ser creatura forma parte del Principio y Fundamento de la vida espiritual. Es el reconocimiento de ser creaturas delante de un Dios de amor lo que nos abre a la humildad y a las demás virtudes. La autosuficiencia, el orgullo, el amor propio y la vanidad cierran el alma en sí misma y la cortan de las aguas de la gracia de Dios.

María, por gracia de Dios, dio un paso más allá en la humildad. No sólo se reconocía como creatura, sino como sierva y esclava del Señor. Ella en su descripción propia optó por un término más profundo, más difícil, más costoso: esclava. ¡María se describía como esclava cuando en realidad era la mujer más libre de todas! María, por medio de la humildad, vivía la verdadera libertad interior de modo que nada le impedía seguir en su corazón el querer de Dios. ¡La mujer más libre, más en paz! Y por eso pudo decir: «He aquí la esclava del Señor. No tengo nada. Soy completamente suya. Toma mi libertad, mi entendimiento, mi inteligencia, mi voluntad, todo mi ser. No te preocupes Señor si me va bien o mal, quiero estar contigo».

El noviciado, y aún más la vida religiosa, es un entrar en la libertad de Dios y para llegar pasamos necesariamente por el desprendimiento de nosotros mismos. ¡María fue la mujer más libre en su sí, con todas las consecuencias! Era sólo para Dios. Dios se alegró con su sí incondicional, Ella se adentró en la aventura de todo lo que implica un sí. Sólo el alma humilde permite que Dios obre la purificación que nuestras almas necesitan en cada etapa de la vida para llegar a pertenecer totalmente a Él. Nosotros podemos hacer un examen de conciencia y preguntarnos qué es lo que no nos permite ser completamente libres. Frecuentemente es lo que más tememos perder. ¿Estoy apegado tanto a algo, a mí mismo, a mi forma de ser, que siempre estoy condicionado a lo que pueden pensar los demás?, ¿a la preocupación por el futuro, por la salud o enfermedad? María, la Virgen humilde, en este momento del Angelus nos afirma que ser esclavos del Señor es la mejor libertad.

El Papa Francisco desde su elección ha aportado a la Iglesia su carisma personal de humildad. A tantos impresionan sus palabras cuando invita a la humildad, pero lo que más impacta es su testimonio. El Papa Benedicto también nos mostró su grandísima humildad al escuchar las mociones del Espíritu y su libertad de alma al reconocer las limitaciones de sus propias fuerzas, considerando que era el momento de vivir las palabras de San Juan Bautista: «conviene que Él crezca y yo disminuya».

El Papa Francisco refiriéndose a la humildad también habla de la bondad, de la mansedumbre, de la ternura del amor de Dios que no sería posible sin la humildad. A veces pensar en vivir la humildad nos da miedo como si fuera una virtud negativa, como si tuviéramos que enterrar algo necesario de nosotros mismos. Siempre da miedo perdernos. Sin embargo, como toda paradoja evangélica, morir a nosotros mismos nos permite vivir más libres y en paz. Por eso estamos llamados a una profunda alegría, a vivir siempre alegres en el Señor. No es una alegría como muchas veces la entendemos, sino el verdadero gozo del alma.

La humildad, a la vez que nos permite vernos a nosotros mismos como somos, nos permite experimentar en primera persona la grandeza del amor de Dios. ¡Si sólo pudiéramos ser conscientes del amor de Dios! ¡Cuánta preocupación inútil nos mantiene como esclavos cuando el amor nos puede dar la verdadera libertad! El amor da la seguridad existencial que todos buscamos. Como dice la Imitación de Cristo, frente al amor de Dios sabemos que no vamos a ser más porque nos alaben o nos quieran, ni menos porque nos critiquen o vituperen. El Beato Juan Pablo II apuntó en la misma homilía: «Pertenecer a la Iglesia, vivir en la Iglesia, ser Iglesia es hoy algo muy exigente. Tal vez no cueste la persecución clara y directa, pero podrá costar el desprecio, la indiferencia, la marginación». El dar nuestro sí a Dios siempre nos envuelve en el misterio de la cruz. Necesitamos encontrar confianza en la vivencia de la humildad. Lo que somos a los ojos de Dios eso somos y ¡somos muy amados por Él!

El amor, la confianza y la humildad son la plataforma para volar lejos, para ir más allá de los apegos a nosotros mismos que frecuentemente nos esclavizan en nuestra relación con Dios y en nuestra entrega a los demás. De estas virtudes brotan los grandes apóstoles de Cristo, porque saben que comparten el tesoro que llevan en vasijas de barro. Y cuando nos sentimos más débiles, como frecuentemente pasa al inicio del noviciado y de la vida religiosa, es cuando más puede reflejarse la acción maravillosa de la gracia de Dios.

No debemos temer desaparecer para que Dios aparezca más. María supo ocupar los puestos más ocultos. Ella se quedó a un lado para ver cómo Cristo predicaba, hacía milagros, llevaba su Reino a las almas. María, con su corazón de madre, escuchaba también las críticas, cómo lo insultaban y perseguían cuando él sólo pasó haciendo el bien.

La espada atravesó su corazón. Meditemos. ¿Qué pasaría en Getsemaní cuando María estando a lo lejos veía la agonía de su hijo? ¿Cuándo vio el arresto y escuchaba los flagelos de los soldados? ¿Cuándo escuchaba a su hijo caer con una fuerza tremenda bajo el peso de la cruz y cuando escuchaba la burla del gentío que su hijo buscaba salvar? María sufrió todo el largo camino del Via Crucis viendo cómo lo desgarraron, lo despojaron de aquella túnica que Ella habría cosido de una sola pieza… pero Ella fue fiel hasta el final: stabat iuxta crucem. Firme al pie de la cruz, sin vacilar, para el día de la Asunción recibir el premio eterno. ¡Qué hermosa vida tenemos! Toda una vida para vivir por amor día a día el sí que dimos a Dios cuando entramos al noviciado o el día de nuestra profesión, y así escuchar las palabras de Cristo: «¡Venid benditos de mi Padre! ¡Entrad en el Reino preparado desde toda la eternidad!».

De nuevo, queridos hermanos novicios y neoprofesos, les felicito y les agradezco muchísimo. También quisiera aprovechar para ofrecerles mis oraciones y los pequeños sufrimientos que Dios, en su misericordia, me permite ofrecer para que tomen a María como modelo de su vida de noviciado y de su vida religiosa. Ella confió en la providencia amorosa de Dios Padre. Él siempre saca un bien de toda situación de la vida. Me uno a ustedes, mis hermanos en la Legión para que vivamos como los primeros cristianos con un solo corazón y una sola alma, al servicio de nuestra Iglesia, Cuerpo de Jesucristo.

Dios nos ha llamado a una misión específica dentro de su Iglesia, para servir a tantas almas y llevarles al conocimiento del amor de Dios. Ustedes están iniciando su camino, mientras yo más bien veo el final de la carrera acercarse. Como San Pablo, siento la urgencia de pertenecer más entera y coherentemente, con mayor constancia y humildad a Cristo. El tiempo que Dios nos da para amarle y servirle es bien poco en comparación con la eternidad que nos espera. Vale la pena aprender a morir de verdad a nosotros mismos, vale la pena negarnos a nosotros mismos hasta el final para dar y para tener esta vida eterna que Cristo ofrece con abundancia. Un camino de profundo sentido apostólico, pidiendo por la Iglesia, por las vocaciones, por quienes más sufren, y para que todos lleguemos al abrazo eterno con Jesucristo. Pido mucho para que sean, y todos seamos, santos legionarios de Cristo. La Iglesia necesita hombres santos y apóstoles. Veamos la bendición tan grande que es el Regnum Christi y estemos bien dispuestos a dar nuestras vidas por extender el Reino de Cristo a todas las almas.

María, gracias por enseñarnos este camino de fidelidad y de humildad. Tu cercanía y apoyo maternal nos fortalece siempre. Tú estás siempre presente, diciéndonos «Hijo, aquí estoy contigo. No hay nada que temer. Yo te llevaré de la mano hacia la patria eterna, hacia la casa a la que perteneces, hacia Dios, que es puro Amor».

Me despido de nuevo con una profunda gratitud, con toda mi estima y oraciones de hermano que tanto les aprecia. Con  un abrazo para cada uno de ustedes, su hermano en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-09-13


 

 


 



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