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| Ioannes PP. XXIII | |
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Sin duda un encuentro inolvidable con el Papa Bueno fue
el del 20 de noviembre de 1962, en pleno período
conciliar, cuando Juan XXIII concedió no sólo a los legionarios
sino a toda Latinoamérica un regalo especial. Escribía el diario
español ABC al día siguiente:
«Roma 20. Su Santidad Juan XXIII
ha asistido al solemne acto de la coronación del cuadro
de la Virgen de Guadalupe que preside el altar mayor
de la iglesia de la congregación religiosa mexicana “Legionarios de
Cristo”. A la ceremonia, que tuvo lugar a primera hora
de la tarde, han asistido invitados los obispos españoles presentes
en Roma. El acto fue presidido por el cardenal Garibi
y Rivera, arzobispo de Guadalajara (México), con asistencia del episcopado
mexicano en pleno y representantes de otras conferencias episcopales».
Una vez
que el cardenal Garibi hubo coronado el cuadro, permanecieron todos
esperando al Papa. Cuando llegó el Santo Padre y el
Fundador se adelantó a saludarle, cruzaron unas breves pero significativas
palabras:
—Legionarios, legionarios, pero…, ¿por qué legionarios? –Preguntó el Papa.
—Para luchar con las armas de la caridad y del
amor, Santo Padre. –Le respondieron.
—¡Ah, muy bien, muy
bien; adelante, adelante…! -Dijo el Santo Padre.
Al entrar el Papa
en la iglesia, se entonó el Credo. Unos instantes de
oración ante la imagen de María –reproducción exacta de la
tilma del Tepeyac–, y el Papa se sentó para hablar
a los presentes de la Santísima Virgen. Fueron unas palabras
llenas de unción, de devoción filial, en aquel tono entrañable,
confidencial y paternal tan característico del Papa Roncalli. Juan XXIII
concluyó recitando una bella oración a María que había aprendido
en su adolescencia.