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P. Álvaro Corcuera, L.C.: Ser puertas abiertas que lleven a Cristo
ISRAEL | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
«El Papa se mostró muy cercano, bendijo la primera piedra, y tuvo la bondad de regalar un hermoso sagrario para este centro de la Santa Sede» (15 de mayo de 2009).

Benedicto XVI en Notre Dame
«Le dije que lo estábamos encomendando de modo muy particular en estos momentos de su viaje».

El P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, escribió la siguiente carta con motivo de la visita del Santo Padre, Benedicto XVI, al Instituto Pontificio Notre Dame de Jerusalén, el pasado 11 de mayo, dónde bendijo la primera piedra del Centro Magdala (ver el vídeo aquí).

La carta en formado pdf se puede descargar en el siguiente enlace.

*****

¡Venga tu Reino!

Jerusalén, 15 de mayo del 2009

A TODOS LOS MIEMBROS Y AMIGOS DEL REGNUM CHRISTI

Muy queridos hermanos en Cristo:

Desde hace tiempo quería escribirles estas líneas para agradecerles sus oraciones, cercanía, testimonio, y todo lo que ha supuesto la presencia de Dios en cada uno de ustedes. ¡Cuánto quisiera poder expresarles el deseo de que siempre estemos unidos en este mismo cuerpo y en esta familia! Pido a Dios que nadie se sienta solo y que nos permita ser lo que él tanto quiere: un solo corazón y una sola alma.

Me encuentro en Jerusalén, agradeciendo a Dios el regalo de estar en estos lugares santos que nos recuerdan de modo tan vivo a Jesucristo. Acompañamos aquí de manera particular, en oración, al Santo Padre que realiza con tanto amor y dedicación este viaje apostólico a Tierra Santa; un viaje que ha sido una donación suya sin límites a cada uno de los cristianos de estas tierras que tanto han sufrido. El Papa les ha animado constantemente a que se sientan fortalecidos por el apoyo y la cercanía de todos los cristianos del mundo. En sus discursos, y de modo particular, en el ejemplo de su vida, todos hemos descubierto la presencia viva de Cristo Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. El Santo Padre también se ha hecho muy presente a las personas de otras religiones, sabiendo que lo que más
Notre Dame
«Se reunió aquí, en el centro de Notre Dame de Jerusalén, con algunos líderes cristianos, judíos y musulmanes. Su mensaje fue de unidad y de humildad».
nos une es la certeza de que Dios es amor y que todos somos hermanos de una misma familia humana.

Al verlo muy de cerca en estos días, hemos podido constatar el desgaste que todos estos esfuerzos suyos comportan. Su celo pastoral brota de un corazón que, como el de Cristo, busca en todo hacer el bien. Y hacer el bien, como él mismo lo ha experimentado desde el inicio de su ministerio, es también una forma de asociarse íntimamente al misterio de la cruz, signo de contradicción. Su entrega brota del único anhelo de llevar a todos el mensaje del Evangelio, de hacerles experimentar a Cristo. Y, quien vive y transmite el Evangelio, siempre experimentará las palabras de Cristo que nos pide tomar la cruz cada día, morir a nosotros mismos, y seguirle. Por esto surge espontáneamente de nuestro corazón la súplica de los discípulos de Emaús: «¡Quédate con nosotros, porque atardece!» (Lc 24, 29). En Jesucristo encontramos la esperanza de la Resurrección.

El primer día de su peregrinación, con una entrega y dedicación ejemplares, se reunió aquí, en el centro de Notre Dame de Jerusalén, con algunos líderes cristianos, judíos y musulmanes. Su mensaje fue de unidad y de humildad. Sus palabras fortalecían los corazones de los hombres, haciendo ver que Dios no es un Dios de división, sino de unión. Dios es un Padre amoroso que ama a sus hijos con cariño.

En esta ocasión tuvimos la gracia de Dios de que bendijese la primera piedra del proyecto que se está realizando en Galilea, que tiene como finalidad colaborar en la misión de la Iglesia e intentar así ser puentes para que nuestros hermanos lleguen a una experiencia viva de Cristo. También será un medio para ayudar a los cristianos de estos lugares con una presencia que les haga sentir la cercanía de quienes les acompañamos desde otras partes del mundo, creando fuentes de trabajo y dando un mensaje de esperanza.

El Papa se mostró muy cercano, bendijo la primera piedra, y tuvo la bondad de regalar un hermoso sagrario para este centro de la Santa Sede. El P. Juan Solana le dirigió unas palabras en las que manifestaba el deseo profundo de amar a la Iglesia y predicar a Jesucristo. El sagrario tiene una imagen de Cristo, Buen Pastor. ¡Qué mejor signo para recordarnos que Cristo da la vida por cada uno de nosotros, y que así, como nos dice, cuando estemos cansados y fatigados, hemos de acudir a Él, que es manso y humilde de corazón! Con Él, la carga es suave y ligera (cf. Mt 11,29). Aquí pudimos ofrecerle personalmente nuestras oraciones, fidelidad y cercanía. Le dije que lo estábamos encomendando de modo muy particular en estos momentos de su viaje.

Al día siguiente, el martes, tuvimos la gracia de acompañarle durante la misa en Getsemaní, en el valle de Josafat, y escucharle una vez más, conscientes de que nos hablaba el Vicario de Cristo, que nos guía y nos lleva, como leemos en el salmo 23: «El Señor es mi
Primera piedra del Centro Magdala
«En esta ocasión tuvimos la gracia de Dios de que bendijese la primera piedra del proyecto que se está realizando en Galilea».
Pastor, nada me falta, en verdes praderas me apacienta». En la concelebración, teniéndolo muy cercano, veía la representación que habían preparado en el fondo del presbiterio. Nos recordaba al apóstol Tomás que mete su mano en el costado de Cristo y exclama: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Eran momentos para agradecer el don de la fe, y también para reconocer nuestra condición humana cuando hay momentos en los que nuestra naturaleza se pueda ver envuelta en dudas, turbaciones internas, tristezas y confusión. Sin embargo, Jesucristo nos dice que no tengamos miedo, que creamos en Él con todo nuestro ser, y así, surgen en nuestro interior las palabras vivas que curaron al mismo Santo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Renovamos así nuestra convicción de que para nosotros Cristo es todo. Que Él es la única razón de nuestra existencia, la única motivación de nuestras vidas, y que no hay dolor o dificultad que no tenga solución cuando creemos en Él y cuando le amamos. Es Él quien nos amó primero y anhela con todo su corazón estar cerca de sus hijos. Todos los días renovamos la vocación a ser santos y a aprovechar todas las oportunidades para crecer en el amor e identificarnos con Jesucristo.

En esa misa nos encontrábamos a un paso del Huerto de Getsemaní. Se veía la fachada de la Basílica que los franciscanos cuidan con tanto amor. Cristo habrá pasado en tantas ocasiones por ese valle. En aquella noche silenciosa y oscura, caminaba sin titubear, decidido, sabiendo que venían los momentos más duros y tremendos de su vida. En unos cuantos instantes diría que su alma estaba triste hasta la muerte, y con llantos, lágrimas y gritos exclamaba al Padre que si era posible apartase ese cáliz (cf. Mt 26,38-39). Y, así, Dios le escuchó, y fue al Calvario para morir y resucitar por nosotros. Todo era una respuesta y consecuencia de las palabras del Evangelio: «¡Nos amó hasta el extremo!» (Jn 13,1). ¡Cuánta gratitud debe haber en nuestras vidas! Cada paso de Cristo era un paso de amor para salvar a sus hijos, a cada uno de nosotros, sin importar el precio. Es más, ¡conociendo el precio que le costábamos! Pero su amor no tiene límites. En Getsemaní un ángel le acompañaba (cf. Lc 22,43). Pidamos a Dios que seamos también como ese ángel que le consolaba, estando siempre a su lado. Caminemos a
Regalo del Papa a Notre Dame
«Tuvo la bondad de regalar un hermoso sagrario para este centro de la Santa Sede. El P. Juan Solana le dirigió unas palabras en las que manifestaba el deseo profundo de amar a la Iglesia y predicar a Jesucristo».
su lado, sin detenernos, sabiendo que no nos dirigimos hacia una vida más fácil, sino que caminamos con Él hacia la cruz por amor, animados y alentados en el gozo de la Resurrección, viendo todo desde la luz del cielo.  Acompañar al prójimo es acompañar a Cristo, como este ángel que se acercó a Jesús. Acompañar es construir con las palabras y disposiciones. Lo otro, todo lo que divide y quita la paz del prójimo, no puede venir de Dios; no es un consuelo, sino una llaga más de dolor.

El jueves por la noche fuimos a Getsemaní para celebrar la misa y hacer la hora eucarística, ofreciéndolas por las intenciones de la Iglesia, de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, para que seamos lo que Dios quiere que seamos, y para agradecer el don de la vocación recibida. En la misa leímos el texto de la Escritura que dice que sus heridas nos curaron (cf. Is 53, 5). Cristo se quitó el manto para cubrirnos a nosotros. Cuando llegan momentos en que queremos decir que no podemos más, que si es posible retire el cáliz, Cristo nos responde con un abrazo, nos lleva a su corazón y nos dice que nos ama. ¿Qué problema puede ser insuperable cuando Él nos tiene en sus brazos? Es la vocación que tenemos de acoger a todos, sin distinciones, y de ser apóstoles de las cosas buenas, del abrazo de Cristo. Ser apóstoles de lo bueno, de todo lo que llena de paz el alma. ¡Cuánta razón tiene el apóstol Santiago cuando dice que el hombre que no peca de la lengua es varón perfecto! (cf. Sant 3,2). Y es que cuando estamos con Cristo no pueden sino salir cosas buenas de nuestro corazón y de nuestra boca, llevando a todos la paz auténtica de Cristo, sin envidias, rencores o palabras que roban el don tan maravilloso de la paz.

Cuando terminábamos la hora eucarística se acercó un matrimonio. Fue providencial. Un grupo de peregrinos había llegado y comenzaba su oración. Me dijeron que venían de México, que eran del Regnum Christi y que amaban cada vez más la vocación que Dios les había dado, porque les había ayudado a descubrir el amor de Cristo y a seguirle más de cerca. Lo que más me impresionó, es que eran los papás de una niña, llena de Dios, que tuvo un accidente y quedó sin
Visita del Papa a Notre Dame
«El Papa ha ido catequizando, con suavidad y claridad, con bondad y fortaleza, pidiéndonos que seamos lo que tenemos que ser y que no tengamos miedo de ser lo que somos, como cristianos».
poder caminar. En vez de resentimiento, no encontré sino amor, espíritu de fe, oración, celo por las almas, caridad, bondad y entrega. Me decían que su vocación era predicar a Cristo, y que amaban al Movimiento, porque habían descubierto lo único que los hombres necesitamos. ¡Cuánto hemos de agradecer tanto amor de Dios! Los médicos les habían dicho que su hija no iba a poder caminar, y sin embargo, ellos me decían que era Cristo el que daba la salud, la gracia, el amor. Y su hija está empezando a caminar, pero lo más importante es que está corriendo hacia la santidad.

En ese momento recordé cómo en el reciente Encuentro de Juventud y Familia de Barcelona se me acercó una familia francesa y me dijeron que todos ellos se habían bautizado, recibido la primera comunión, la confirmación y el matrimonio el mismo día. ¡Los encontré tan felices porque habían llegado a casa, a la Iglesia católica! Fue el encuentro con los padres y con las consagradas que cambió sus vidas. ¿Cómo no agradecer tantos milagros de Dios?

En Belén, Nazaret, en el Calvario, el Papa ha ido catequizando, con suavidad y claridad, con bondad y fortaleza, pidiéndonos que seamos lo que tenemos que ser y que no tengamos miedo de ser lo que somos, como cristianos. En estos días, en la capilla de Notre Dame, leía en el Breviario el texto de Diogneto, cuando describe de modo tan real y vivo al cristiano. Cuánto hemos de unirnos, orar y luchar por nuestros hermanos cristianos que viven en estos lugares y que sufren tanto. Cuando pensamos en ellos, en tantos lugares de persecución, estas palabras se hacen aún más reales:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, y, sin embargo, dan muestra de un tenor de vida admirable, y a juicio de todos, increíble. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se les condena sin conocerlos. Se les da la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan de todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos a cambio devuelven honor. Hacen el bien y son castigados, se alegran como si se les diera la vida… Los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción del alma».

A fin de cuentas son las palabras del Evangelio: «Lo que hicisteis a uno de ellos, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Tierra Santa es un lugar particular. Y, sin embargo, nuestra patria es el cielo. Todo nos hace ver que, después de esta vida, está el abrazo eterno del Padre. En Tierra Santa vivimos un recuerdo que nos lleva a Jesucristo. En el sagrario tenemos al mismo Cristo que nos invita a estar con Él y nos ofrece todo su amor, para que nuestro corazón se llene de lo único que necesita. Es cuando le decimos, como san Pedro: «¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Por eso queremos amar y sufrir por Él, dar nuestra vida por Él. Todo es poco en comparación con el amor
Libro de oro de Notre Dame.
«Durante su visita, el Papa habló también de los muros que crean división. Es más difícil construir un puente que un muro, y Dios nos llama a ser puentes».
de Cristo, y qué poco podemos sufrir por Él, comparado con tanto amor. Todo nos suaviza el corazón para que nunca se endurezca, para que lo formemos como el suyo, de Buen Pastor. No nos podemos imaginar a Cristo con dureza ni robándonos la paz del alma. ¡Al revés! Quien tiene a Cristo, se llena de paz y transmite la paz. Por eso, los pensamientos, palabras y obras, son de quien transmite la paz, que es vivir de cara a Dios, con pureza de intención y sabiendo que la cruz es una vocación recibida para acompañar a Cristo.

En estos momentos que vivimos en la Legión de Cristo y el Movimiento Regnum Christi hemos de crecer en la oración y ver todo desde Dios. Es cuando crece la dimensión sobrenatural y nuestro deseo de amar se vuelve más puro. Nos ayuda a ser más de Dios, más humildes, sencillos, bondadosos y sin buscar nada sino servir y darnos a todos. ¿Qué es lo que Dios quiere de nosotros en estos momentos? Quiere, sin lugar a dudas, más santidad y amor. Quiere sacar lo mejor de sus hijos, de tal modo que seamos espejos del amor de Cristo. Ayer el Papa recordaba las palabras de san Francisco: «Señor, hazme instrumento de tu paz. Señor, hazme instrumento de tu amor». ¡Instrumentos de su paz y de su amor! Sé que todos ofrecemos estos momentos que han sido de tanto dolor, en espíritu de oración y de unidad. Es la forma como Cristo nos lo ha enseñado y así su presencia se hace más viva en nuestras vidas. Son momentos en los que lo único que queremos es ser fieles y darnos a Cristo, acoger todo lo que el Papa, como Vicario de Cristo, nos diga y que él sea siempre nuestra seguridad: ni atrás, ni adelante, sino al paso de la Iglesia, del Papa.

Hoy viernes por la mañana hemos tenido la gracia de Dios de celebrar la Eucaristía con los cardenales, obispos y la comitiva del Papa, aquí en Notre Dame. Estaban presentes las señoritas consagradas, quienes con su fervor y cantos nos llenaron el corazón. El Evangelio que correspondió en la Misa, es el que marca este segundo capítulo de nuestra historia: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). ¡Ese es el centro de nuestra vida y lo que Dios nos pide! Es nuestra vocación y nos toca llevar adelante esta etapa, viviendo estas palabras de Cristo.

Durante su visita, el Papa habló también de los muros que crean división. Es más difícil construir un puente que un muro, y Dios nos llama a ser puentes. El puente es un símbolo de la humildad, y la gente pasa sobre él, lo pisa, para llegar al otro lado. Cuando vemos un puente, nos habla de unidad y del medio para llegar al otro lado, para encontrarnos con las personas, y de un modo más pleno, para llegar al cielo. Estamos llamados a ser puentes que construyen y unen. El muro divide, crea tristezas y separación. Son los muros del orgullo que se van creando como consecuencia del pecado. ¿Qué mejor vocación que ser puentes que unen, construyen y llevan la paz? Qué tristeza, en cambio, ser muros que crean división por medio de nuestras acciones o palabras, donde el orgullo cierra las puertas y, como una presa llena, pero cerrada, deja a los hombres sin el agua del mensaje de la caridad.

Todo esto nos lleva cada día, como cristianos llamados a la santidad, a hacer un examen de conciencia para ver si somos puentes que unen o muros que dividen y distancian. Cada uno de nosotros necesita reflexionar, sobre todo porque no siempre logramos detectar las expresiones de orgullo en nuestras vidas. Así, hemos de llenar nuestras vidas de la humildad y caridad de Dios; Así, que cuando otros nos vean, no nos encuentren a nosotros, sino a Cristo que vive en nosotros.

En la visita al Santo Sepulcro, el Papa se inclinó como los peregrinos, para entrar y orar ahí, en ese lugar tan sagrado donde resucitó Jesucristo, donde cambió la historia de la humanidad, como dijo en su discurso, abriendo las puertas de la eternidad.

Como vemos en el
Sagrario que regaló el Papa a Notre Dame
«Como vemos en el Sagrario que el Papa regaló con la imagen del Buen Pastor, hemos de sentir que estamos llamados a ser puertas abiertas para que las almas lleguen a Cristo».
Sagrario que el Papa regaló al centro de Notre Dame con la imagen del Buen Pastor, hemos de sentir que estamos llamados a ser puertas abiertas para que las almas lleguen a Cristo. Y, el mismo Cristo, es la Puerta que nos lleva al cielo, y para entrar nos hemos de inclinar, hacernos pequeños, humildes, sencillos y vivir las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los pacíficos, porque alcanzarán el Reino» (cf. Mt 5,3.4.9). Haciendo una visita en el Calvario, en medio de muchos peregrinos y en un ambiente de verdadera oración, veía bajar las escaleras a un grupo de peregrinos rusos. Ahí, en uno de los altares, iban apoyando sus rostros, como quien descansa en Cristo y deja en Él todos sus problemas. Dejar todo en el corazón de Cristo, confiar en El, dejarlo actuar. Abandonarnos a sus manos con pureza de intención, sin buscar nada a cambio, deseando simplemente amarlo.

La cercanía de la Santísima Virgen nos llena de paz y fortaleza. Humanamente somos conscientes de nuestras flaquezas, sin embargo, María nos hace ver que Dios realiza sus obras y sus maravillas, como las que experimentamos diariamente, en la humildad. ¡Cuánto agradecemos a Dios el carisma recibido, que hemos de profundizar cada día: conocer, vivir y transmitir el amor misericordioso de Dios! Todos hemos experimentado su fecundidad en nuestras vidas y por ello le estamos profundamente agradecidos. Que Él nos conceda la gracia de conservarlo y transmitirlo con fidelidad.

Son momentos para ahondar en lo único importante, para llenarnos de Jesucristo y vivir y ayudar a otros a vivir su mandato de amor: en esto nos reconocerán.

Gracias, muchas gracias, por todas las oraciones y por el testimonio de sus vidas. Cuando se ven tantos apostolados, tanto amor y entusiasmo por llevar a Cristo, no se puede sino decir a Dios que su amor se ve en cada una de las almas. Nos toca a nosotros llevar a plenitud el don recibido, como nos enseña san Juan Bautista: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn 3,30).

Con todas mis oraciones y suplicándoles las suyas,

Afectísimo hermano y servidor en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2009-05-15


 

 


 



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