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Cristo nos enseña hoy el amor hasta el extremo
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
Carta del P. Álvaro Corcuera, L.C. a los sacerdotes de la Legión de Cristo con ocasión del Jueves Santo 2013.

La última cena
"Cristo nos predica siempre el amor hasta el extremo, uno que baja a los aspectos más concretos, diciéndonos con esto, desde el inicio, que nuestra vocación es servir".

¡Venga tu Reino!

Jueves Santo, 28 de marzo de 2013

A los sacerdotes de la Legión de Cristo

Muy queridos en Cristo:

Quisiera enviarles un saludo muy cordial a todos ustedes, mis queridos hermanos en el sacerdocio. Y aunque estas líneas van dirigidas especialmente a ustedes, quisiera extender también un saludo a todos los religiosos, miembros del Movimiento y amigos, pues junto con ellos, quiero expresar mi gratitud a ustedes, que han dejado todo para dar su vida a Jesucristo, para entregarse a la Iglesia, para servirla en esta barca de la Legión, a la que Dios nos ha llamado: sacerdotes fieles y entregados, a los que tanto quisiéramos agradecer por traernos siempre a Jesucristo.

Les escribo durante este período, este regalo que Dios nuestro Señor nos regala siempre en su bondad. El poder ofrecer todo por ustedes llena de ánimo y esperanza. Y por ello, quisiera agradecerles de corazón sus oraciones, sus muestras de cercanía y de apoyo. No sabría jamás cómo agradecerles. La única forma es orando y ofreciendo lo poco que pueda –pero todo– por cada uno de ustedes, uniéndonos en
Papa Francisco
"No podemos sino renovar nuestra fidelidad gozosa y total y nuestro amor al Vicario de Jesucristo en la tierra, que nos ha dado un ejemplo desde el primer momento con sus palabras y con su testimonio".
la cruz de Jesucristo. Una cruz que cada uno lleva de la manera como Dios nuestro Señor le ha invitado a cargar, pero siempre con el amor y la certeza de que todo lo que Él permite es para crecer en el amor, en las virtudes teologales.

Lo primero que quisiera subrayar, antes que nada, es la elección de nuestro nuevo Papa. Aprovecho la ocasión para unirme con ustedes en oración por él. No cabe duda que el Espíritu Santo nos sorprende y por eso no podemos sino renovar nuestra fidelidad gozosa y total y nuestro amor al Vicario de Jesucristo en la tierra, que nos ha dado un ejemplo desde el primer momento con sus palabras y con su testimonio.

Sé que estas líneas no contienen nada nuevo, pero quisiera compartirlas como un hermano suyo más en el sacerdocio, don que tanto agradecemos y amamos y que nunca podremos valorar lo suficiente. En esta carta quisiera centrarme básicamente en el lavatorio de los pies y en tres momentos del discurso de la Última Cena que encontramos en el Evangelio de san Juan. Ahí, Cristo nos predica siempre el amor hasta el extremo, uno que baja a los aspectos más concretos, diciéndonos con esto, desde el inicio, que nuestra vocación es servir.

1. «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo»:

En un momento dado, mientras estaban cenando, Jesucristo se levantó. Siempre que escuchamos «se levantó», es porque no sólo es algo físico, sino que así nos levanta a todos para hacer el bien: «¡Ánimo –nos dice– no tengáis miedo!». ¡Qué testimonio de profunda humildad! Veamos cómo se inclina con cada uno de ellos, cómo lava los pies, con qué bondad ilimitada, con qué cariño. Y escuchemos cómo nos dice: «Así como Yo he hecho esto, os pido a vosotros hacerlo». Renovemos, pues, nuestro compromiso de ser servidores. A mayor responsabilidad, como hemos escuchado estos días del Papa Francisco, mayor servicio y mayor humildad.

Cuando se acerca a san Pedro y él quiere negarse a recibir ese lavado, Cristo nos regala otra lección: Él quiere hacer este gesto. Muchas veces no podemos entender situaciones como ésta, pues su amor nos sobrepasa; requiere humildad aceptar estos actos. Como sacerdotes, sabemos que casi siempre es más fácil dar todo lo que somos que recibir. Sin embargo, recibir es un gran acto de humildad y caridad. San Pedro fue entendiendo cada vez más esto y cada ocasión era una oportunidad para conocer más a Cristo y crecer en el amor a Él.

A veces somos incapaces de profundizar
Benedicto XVI en jueves santo.
"Veamos cómo se inclina con cada uno de ellos, cómo lava los pies, con qué bondad ilimitada, con qué cariño".
en el amor de Dios, pero el Evangelio nos lo dice muy claro: «nos amó hasta el extremo». El amor no tiene límites. Como cristianos, consagrados y sacerdotes, sabemos muy bien que el amor de Dios es así. Lo vemos también en Getsemaní, por ejemplo, cuando Cristo dice a sus apóstoles, en medio de ese sufrimiento tan terrible: «¡Levantaos, vamos!». Y no para alejarse de la cruz, sino para ir al encuentro del sufrimiento y del Calvario. «Murió y se entregó por mí».

En ese discurso de la Última Cena, Cristo nos habla del gozo con el que Él se da y con el que también nosotros hemos de servir y de darnos. Con razón decía san Pablo: «Estad alegres en el Señor. Os lo repito: ¡estad siempre alegres!». Cuando damos, hemos de dar con la experiencia de la alegría cristiana. El sacerdote es el que lleva el gozo cristiano al prójimo, en cualquier situación: acompañando, orientando, escuchando, acogiendo. Que el único descanso sea, realmente, estar con Cristo y amarlo y predicarlo.

Otro punto del texto de San Juan que quisiera tocar, es el amor de Cristo para con nosotros que emana de estas líneas: cuando nos llama «hijitos míos»; cuando dice que ya no somos siervos, sino amigos; cuando subraya que «ardientemente he deseado pasar esta Pascua con vosotros». ¡El fuego del amor! Jesucristo buscó tantos medios para hacernos ver cuánto nos ama; nos dejó una gran cantidad de signos. Pero en esta ocasión, nos dejó el más grande de todos: el sacramento de la Eucaristía. ¡Cuánto hay que pedirle a Dios de que nunca nos acostumbremos a la Eucaristía, a tenerlo a Él presente! Como sacerdotes, cada vez que pronunciamos las palabras de la consagración, que llevamos adelante la misión más grande que tenemos, escuchamos a Jesucristo que nos dice: «ardientemente he deseado estar en tus manos, ardientemente he querido darme, por medio de la comunión, a todos mis hermanos». ¡Él está tan feliz con cada Eucaristía! Y es por eso que leemos muchas veces en las sacristías aquello de «sacerdote, celebra como si fuera tu primera, tu última y tu única misa».

Nuestra vida como sacerdotes está centrada en la Eucaristía. Cada paso, cada palabra, cada gesto es de quien ha bajado a Jesucristo en sus manos, que lo ha dado y que permanece en su corazón. Somos portadores de la Eucaristía, que es lo único que tenemos y, a la vez, lo es todo para nosotros. Se me viene a la mente aquella imagen de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan entran al templo y se encuentran con el paralítico. San Pedro, no teniendo nada, le dice: «No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo único que tengo: en nombre de Cristo, ¡levántate!».

¡Qué don de Dios poder dar a Jesucristo a todas las personas! Y cuando no podemos celebrar o asistir a la misa, cuánto ayuda empaparnos de las comuniones espirituales. Nuestra vida debe tener su centro en las visitas eucarísticas. Jesucristo
Consagración eucarística
"Somos portadores de la Eucaristía, que es lo único que tenemos y, a la vez, lo es todo para nosotros".
constantemente nos dice: «Quiero entrar a tu corazón. Tú, hijo, ¿quieres?». Que podamos responder nosotros: «Señor, ¡qué más quisiera que Tú estuvieras conmigo! Ya no soy Yo, eres Tú el que vive en mí».

Como sacerdotes, cuando tenemos a Jesucristo, nos damos cuenta de que cualquier situación, en las buenas y en las malas, nos asemeja más a Él. Cuando recibimos tantas cosas buenas, le decimos: «Señor, ¡a ti la gloria! ¡Que te vean y te amen a ti!». Y cuando recibimos muestras de rechazo o algo parecido: «Señor, te ofrezco esto poco porque te amo y porque tú sufriste tanto, tanto por mí».

2. «Os llamo amigos»:

¡Palabras que nos conmueven tanto! Si nos diéramos cuenta de lo que significa que nos llame amigos, a vivir la intimidad máxima con Él. ¿Cuál es la característica de un amigo? Si pensáramos de modo inmediato, diríamos que un amigo es fiel en cualquier circunstancia y pase lo que pase. Y esto es a lo que Jesucristo nos llama, revelándonos todo su corazón. Me acuerdo que, antes de incorporarme al ECYD, teníamos una tarjeta en blanco y negro con una imagen de Jesucristo que decía: «El Amigo fiel». Al lado, había unas líneas en blanco y cada uno escribía aquello que quisiese. Fui con el sacerdote que me la había entregado y le dije: «Padre, ¿qué me aconseja?». Él me contestó: «¿Quieres que de veras te aconseje qué es lo que creo? Te lo digo porque te quiero: no escribas nada, deja esas líneas en blanco y todos los días dile: “Señor Jesús, Tú eres mi Amigo fiel. Yo soy tu amigo fiel. Ayúdame a ofrecerlo todo por Ti”».

Así es nuestra vida y debemos vivir lo que nos dice el mismo Cristo: «No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos». Como cristianos, todos son nuestros hermanos y nuestros amigos. Como sacerdotes, es nuestra única y grandísima alegría: poder dar a Jesucristo y poder dar su amor.

3. «No me habéis elegido vosotros a Mí; Yo os elegí a vosotros»:

Él fue el que nos llamó, nosotros no elegimos nuestra vocación al sacerdocio, a la vida religiosa o a otra de esas vocaciones maravillosas dentro de la Iglesia, como nuestra vocación al Regnum Christi. Y esto es lo mejor que nos puede pasar: saber que, por amor, nos eligió. Veamos sus ojos, que nos invitan a dejarlo todo. Dice el Evangelio que los apóstoles «dejándolo todo, inmediatamente lo siguieron». Mucho o poco, da lo mismo: todo se deja por esa perla que encontró el mercader y por la que vendió todo.

Jesucristo me eligió y no lo hizo para una vida más fácil, sino diciéndome: «Hijo, toma tu cruz cada día y sígueme». Él sabía lo que le iba a pasar a los apóstoles y los fue preparando para el camino de la cruz, como en el Tabor o en la Última Cena, diciéndoles que el amor es más fuerte. A nosotros también nos llama a un camino de respuesta total y nosotros debemos
Curas en oración.
"Él fue el que nos llamó, nosotros no elegimos nuestra vocación al sacerdocio, a la vida religiosa o a otra de esas vocaciones maravillosas dentro de la Iglesia".
responderle: «Señor, sea lo que sea, no importa el precio. Tú nos vas a sorprender». Y cuando experimentamos el tesoro de la cruz, no podemos sino agradecerle a Dios por su confianza y por su amor.

A veces se nos puede ir nublando esa respuesta o podemos pensar que nosotros elegimos este camino con algunas cláusulas; incluso lo podemos pensar en este período que hemos vivido en la Legión y el Movimiento, pensando que quizá no era la barca impecable que hubiéramos esperado. Pero nosotros le respondimos libremente diciéndole: «Señor, sin condiciones», y la Legión y el Movimiento, aunque tal vez sean una barca que tiene que ser remendada, es nuestra barca y es la barca que Jesucristo eligió para nosotros y en la que Él está. ¡Jesucristo ha sido tan bueno que no nos ha dejado simplemente permanecer al lado del lago en aguas tranquilas, sino que nos ha guiado hacia mar adentro, donde hay tormentas y tempestad, pero donde también la barca puede ir más lejos, si ponemos nuestra confianza en Él!

Jesucristo nos eligió para estar en esta barca, al servicio de nuestra Iglesia. Por ello, la mejor respuesta que podemos dar es amar esta barca, tener la vocación como ese don en el que vamos todos unidos, sin importarnos de dónde venimos o cómo somos. Esta es la razón por la que nos queremos tanto, pues cada uno viene a realizar el plan de Dios. Yo no vengo a realizarme, sino que es Dios quien realiza su plan en cada uno de nosotros. Y así es como yo me realizo. Y esto incluso si, como nos dice el salmo, pasamos por cañadas oscuras: Dios es nuestro Pastor, es Él quien nos conduce y así nada nos falta. A esto estamos llamados también nosotros: a ser pastores para que los demás descubran la confianza y la paz en Cristo, Buen Pastor, que con gran amor y bondad, se va a los lugares más lejanos con tal de ir a rescatar a la oveja perdida.

Cristo no nos eligió para tener paz y estar mejor. La paz que vino a traer Jesucristo, como Él nos dice, no es de este mundo: es una paz que siempre va unida con la cruz. La paz está en la conciencia del alma, en el sí que no le pone condiciones a Jesucristo. Yo no puedo decir: «No sé si tenga la profunda paz para mantenerme fiel». ¿Cuál es la paz de tu alma? La paz de tu alma es amar en el nivel más profundo. Hay un nivel emotivo, que siempre nos da más fatiga. Hay un nivel físico, que nos hace experimentar el dolor que Él permite. Pero está sobre todo la paz del alma y Él siempre quiere que tengamos esa paz. Y no viene sola. Dice la Escritura: «busca la paz, corre tras ella». Lo vemos en María, por ejemplo, que conoció la turbación y que, con su generosidad, respondió: «Yo soy la esclava del Señor, ¡hágase en mí según tu palabra!».

Hace poco me escribió una niña de Pincrest Academy de Atlanta y me decía: «Acuérdese, padre, que todo lo que Dios hace por usted es por una razón: porque le ama. Por eso le deseo el bien, que es que se haga la Voluntad de Dios». Así podemos definir nuestra paz: en cumplir la voluntad de Dios. Esta es la verdadera libertad del alma, la que responde libremente para estar al servicio de Él y de nuestros hermanos, como Cristo mismo nos enseña en cada una de las estaciones del Viacrucis, que si las meditásemos y las viviésemos cada día
Misa por los enfermos y difuntos.
"Y así es, queridos padres: los queremos como cada uno es, con sus luchas y triunfos, con sus caídas y limitaciones, con sus virtudes, pues en cada uno está el reflejo de Jesucristo Sacerdote".
con nuestro corazón no estaríamos sino buscando acompañarlo.

4. «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado»:

Y por último, nos deja su mandato. Y nos lo repite muchas veces: «Amaos los unos a los otros». ¿Qué fue lo que cambió el mundo, lo que cambió una cultura tan adversa, lo que hace que los mártires hayan hecho una opción libre y amorosa por dar su vida en situaciones tan terribles? Es este mandato de Jesucristo. ¡De qué serviría todo si no tuviésemos caridad! Cuánto nos ayuda meditar frecuentemente la primera carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 13. El día del juicio seremos juzgados por el amor.

Vemos que este amor debe reflejarse en las cosas más concretas y prácticas, en las pequeñas y en las grandes. Cuando uno observa a su hermano, no lo observa para juzgarlo o criticarlo, sino para conocerlo mejor, para poder servirlo y amarlo mejor. Es aceptar al otro como es y no como yo quisiera que fuese. Es servir a cada uno y amarlo desde el Corazón de Jesucristo: «Que no me vean a mí, Señor, que te vean a Ti». Y ¡qué hermoso cuando se nota que se quiere a los sacerdotes! Y así es, queridos padres: los queremos como cada uno es, con sus luchas y triunfos, con sus caídas y limitaciones, con sus virtudes, pues en cada uno está el reflejo de Jesucristo Sacerdote.

También he pensado mucho en nuestros sacerdotes enfermos: no están solos, ¡los acompañamos! He pensado en nuestros hermanos difuntos… ¡qué muertes tan ejemplares, como la reciente del P. Antonio Izquierdo! Alguien que se me ha venido mucho a la mente en estos días es el P. José de Jesús Rodríguez, que también falleció de cáncer en el cerebro, como el P. Antonio. Y me acuerdo cuando era recepcionista en la dirección general, siempre nos mostraba su sonrisa. Yo le llamaba «el portero de Cristo», pues cada persona que llegaba se sentía feliz con él. Ya enfermo, le fui a ver una vez que estuve en Monterrey; él estaba ya muy fatigado, pero nunca se le iba la sonrisa, fruto de la presencia de Dios. Me recibió con un «Padre, ¿qué se le ofrece?». «Pero si usted ya lo ha dado todo, padre», le respondí. Y charlamos un rato. En un momento me dijo: «Padre, cuando usted y mis hermanos lleguen al cielo, los voy a recibir muy bien». Y yo le dije: «Como siempre, padre, pero a ver quién recibe a quién primero». Él me contestó: «Padre, yo estoy preparado y yo quiero ser el portero de mis hermanos porque Jesucristo me hace feliz y quiero recibirles con alegría».

Queridos padres y hermanos, queridos consagrados y consagradas a los que tanto debemos, queridas familias y amigos, ¡gracias de corazón! Acaba de terminar el primer mes del tratamiento de radiaciones y quimioterapia. Ahora hay un tiempo de pausa y el 5 de abril harán unos exámenes y luego otro período de quimio. ¡Todo esto es una bendición de Dios y no es nada en comparación con lo que quisiera ofrecerles!

Agradezcamos mucho a María, esclava del Señor y Reina de la paz. Es nuestra Madre. Ella nos está preparando cuando el Señor nos llame a cada uno para el abrazo eterno con Él. Que Dios les bendiga. Elevo mis oraciones con todo mi cariño y envío un abrazo a cada uno con profunda gratitud. Cuenten siempre conmigo hasta el final.

Afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-03-27


 

 


 



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