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Mi experiencia como acólito del Papa
ITALIA | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS
El H. Riccardo Garzari, L.C., participó en la misa de la Vigila Pascual con el Santo Padre.

Riccardo Garzari, LC porta la croce processionale 2011
«Me toca llevar la cruz procesional. Esto quiere decir que le tocará a otros estar cerca del Papa, sosteniendo el Misal, el micrófono, llevando el incienso, lavándole las manos».

Por Riccardo Garzari, L.C.

Todo comenzó la tarde del Jueves Santo. Regresaba yo de la Basílica romana de Santa María Mayor, donde había participado en la liturgia como acólito durante la santa misa de la Cena del Señor.

La comunidad estaba concluyendo la oración de completas ante el altar de la Reposición. A medianoche nos reuniríamos nuevamente, ante Cristo Eucaristía, para adorarlo y posteriormente continuar, en turnos, a la adoración por toda la noche hasta la tarde del día siguiente, a las 17:00 p.m., donde tendríamos la acción litúrgica de la Pasión del Señor.

El silencio que envolvía la casa favorecía el clima de la oración interior. Cada uno sabía que en aquella noche, en la hora de la prueba en el huerto de los olivos, Jesús experimentó la necesidad de estar acompañado y sostenido. Me coloqué en un ángulo apartado del refectorio para comer algo, porque había salido rápidamente después de la comida a los ensayos en la Basílica.

Entonces se me acerca un hermano y me dice que la tarde del sábado seré acólito en la santa misa de la Vigilia Pascual, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Ayudar en la misa del Papa: de esto le hablaría a Cristo Eucaristía en mi turno de adoración nocturna, mientras lo acompaño en su agonía. “Jesús, me has elegido para ayudar a tu Vicario en la liturgia divina, en la Misa más importante de todo el año, donde Tú resucitas, donde te muestras como luz del mundo”.

El sábado por la mañana entramos en la Basílica de San Pedro junto con muchos turistas, y nos movíamos a través de las vallas que marcan el recorrido y el sentido único. Éramos 14. Pasamos delante de la estatua de la Piedad, de Miguel Ángel, donde está la sacristía del Papa: desde ahí tendría inicio la procesión esa misma tarde. Pasamos después ante el altar ya predispuesto para recibir los restos del futuro beato, Papa Juan Pablo II: ésta es ya la zona de la sacristía para los cardenales, que son los asistentes más cercanos al Papa. el recorrido pasa delante de la cruz de Cristo, que es adorada en este Sábado Santo en lugar de la Eucaristía, que desaparece de los tabernáculos, como Cristo desaparece de nuestros ojos en el sepulcro. Posteriormente pasamos delante del altar con los restos del Beato Juan XXIII, el Papa bueno, y llegamos al altar principal, el de la Confesión, coronado con el inmenso baldaquino de bronce, de Bernini.

Este es el lugar de la cita para los ensayos. Hay un flujo constante de gente: trabajadores que preparan la fuente bautismal, que montan los diversos palcos y los ambones, ceremonieros que se consultan, todos con un folleto de indicaciones prácticas que sirven para un buen funcionamiento de la liturgia, turistas que toman fotos, que miran con admiración
S. Messa con il Papa, 2011 Riccardo Garzari, LC
«Estamos aquí para ayudar a la gente a que hagan una experiencia de Jesús resucitado».
la belleza del arte, pero que, observando su mirada, quizá no consiguen penetrar en profundidad el significado espiritual del lugar en el que se encuentran: Roma es el centro de la cristiandad.

Y nosotros ahí, un poco perdidos, un poco emocionados, esperamos alguna indicación. Se aproxima uno de los maestros de ceremonia y nos hace una seña para seguirlo. Comenzamos. Nos colocamos en fila por estaturas. Yo ya sé cómo funciona esto, los más altos son asignados casi siempre para llevar la cruz y las velas en la procesión de entrada y de salida, y así resultó ser esta vez. A mí me toca la cruz procesional. Esto quiere decir que a los demás les tocará estar cerca del Papa, sosteniendo el Misal y el micrófono, llevando el incienso, lavándole las manos. ¡Paciencia! Lo importante es que estoy ahí y que estoy ayudando al Vicario de Cristo.

Entre los pequeños servicios, me piden que lleve las vestiduras blancas de parte del Papa a los recién bautizados. Ellos también están ahí, los catecúmenos, son seis, son adultos, ellos también están emocionados. Me doy cuenta porque, cuando me aproximo haciendo la finta de que llevo la vestidura, una de ellas se pone roja en su rostro, se voltea para llamar a quien tiene cerca. Ser bautizado, ser hijo de Dios, lo damos, a veces, por descontado. Y en cambio es la gracia más grande que Cristo nos podía regalar. Ninguno podía salvarse después del pecado original. Cristo, muriendo, destruyó la muerte y nos ha hecho hijos del Dios viviente, nos ha abierto las puertas del paraíso. Y ellos, los catecúmenos, lo saben, lo sienten quizá más que yo.

Los ensayos continúan, cada grupito de acólitos sigue las indicaciones del ceremoniero al que fueron confiados. Ya casi es mediodía. Nos reunimos para que nos dieran la cita para la tarde y viene para hablarnos el maestro de ceremonias pontificias, Mons. Guido Marini. Este hombre alto, delgado, serio, que en la televisión, por sus vestimentas con encajes como se usaban antes, tiene el aspecto de un honestísimo portador de la tradición litúrgica eclesial, se descubre ante nosotros un vivo maestro de oración. Con una sonrisa tranquila y una mirada profunda, nos habla de lo que sucederá en la misma tarde. Nos habla del misterio de la resurrección de Cristo: haremos tantos gestos litúrgicos, tantos movimientos, estaremos al lado del Papa, estaremos emocionados, nos tomarán fotografías, estará la televisión, nos sentiremos protagonistas. Pero esto sólo es el aspecto externo. Nosotros vamos a celebrar a Cristo, Él es y será siempre el único protagonista. Su voz suave se torna fuerte cuando habla de la centralidad de Cristo: “Estamos aquí para ayudar a la gente a hacer la experiencia de Jesús resucitado”, como parafraseando al Papa Benedicto XVI que en su libro, Jesús de Nazaret, hace algunos años, hablando a los sacerdotes y a quienes se preparan para serlo, escribía: «Es así, nuestra razón de ser es para mostrar a Dios a los hombres».

Así llega la tarde. Nos estacionamos delante del Aula Pablo VI, llamada también la Sala Nervi, por su constructor, y esperamos la entrada a la Basílica. Varias llamadas telefónicas y mensajes de saludos y de felicitaciones, de “buena suerte” que llegan al teléfono, y decidimos apagarlos. Son gestos hermosos de afecto, pero nos debemos concentrar y, sobre todo, recogernos interiormente. Entramos. El coro está ensayando las diferentes voces, los cantos que llenan la Basílica. Todo está ya predispuesto, la tarde se prestó para terminar de colocar los objetos litúrgicos que, dentro de poco, servirán al Papa para celebrar las maravillas de Dios. Repetimos los mismos gestos de la mañana, fijamos en la memoria los pasajes, ahora es más fácil, no hay que imaginar nada, todo lo tenemos a la vista. Entramos a la sacristía. La estatua de la Piedad, que con frecuencia la admiran a través de un cristal, ahora está a dos pasos de nosotros, casi le podemos dar la vuelta.

Algunos de nosotros empezamos a rezar el Rosario y, con grata sorpresa, se une a nuestro grupito el maestro de ceremonias, Mons. Guido Marini, como siempre, silencioso, recogido, maestro de oración para todos nosotros. Faltan 10 minutos. Por atrás las cortinas que dividen la sacristía papal de la nave central de la Basílica, se escuchan zumbidos, un vocerío emocionado, se entrevén los flashes. Aumenta la emoción, las distracciones –y no hablo de las confusiones mentales–. Esperamos que todo salga bien.

“¡A sus lugares!”: no es un coronel el que nos llama, es un ceremoniero. Ya llegó el Papa. Nos disponemos en fila india. Cada uno de nosotros tiene en la mano uno de los objetos para revestir al Santo Padre durante la ceremonia. A mí me toca la estola. Entraremos en la pequeña sala de dos en dos, el hermano a mi lado lleva la cruz pectoral del Pontífice. En un momento en el que parece que ninguno ve, se inclina con presteza para besarla. Me doy cuenta de ello con el rabillo del ojo. Bueno, a fin de cuentas, yo también lo hubiera hecho.

Nos dirigimos al salón. Impera un silencio dentro de esta salita, casi abrumador. Entramos. Un acólito tiene el libro abierto con las oraciones que pronuncia mentalmente Benedicto XVI al revestirse de cada uno de los ornamentos. El maestro de ceremonias se asegura que todo funcione bien desde el principio. Está frente a mí, ligeramente al lado está él, el Santo Padre. Sus gestos son mesurados, nada de rumores, nada de distracciones. Mons. Marini toma de mi hermano la cruz pectoral y, sorpresa, se va sin esperarme. Aprovecho para dar un paso a la izquierda y observar al Papa de lado, casi de frente. Es un instante. Entrego la estola y debo salir también. Para mí ya comenzó todo. Me dispongo para la procesión de entrada y salimos.

Se abre la cortina, la gente ovaciona, tengo que bajar un poco los ojos, los flashes son demasiados. A mi derecha, cerca de la valla, reconozco a dos personas que me saludan, respondo con una mirada de comprensión y nada más. Salimos del portón y damos inicio a la celebración desde el atrio, donde está encendido el brasero. De aquel fuego, que dentro de poco será bendecido por el Papa, se encenderá el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado, luz verdadera del mundo. Ha iniciado la ceremonia: “En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Del atrio pasamos a la Basílica, todo está oscuro, la única luz que resplandece es la llama del cirio pascual, del cual se van encendiendo las velas de la asamblea. Cristo dona su luz a todas las gentes de la tierra. El diácono proclama la venida de la luz de Cristo y, de un golpe, se encienden todas las luces de la Basílica. Irrumpe un aplauso. Cada uno de nosotros toma su puesto. El Papa se sienta, comienzan las lecturas que reproducen la historia de la salvación, la historia de cómo, desde la traición de Adán y Eva, Dios ha comenzado a buscar el modo de aproximar al hombre hacia sí. Y es en la lectura de la creación que el Santo Padre toma pie para su homilía.

Posteriormente, el bautismo. Detrás del altar, mi posición habitual, paso al frente, para llevar las vestiduras blancas a los recién bautizados. El Papa bautiza uno por uno, con la infusión del agua sobre cada uno. Una sonrisa surge en el rostro de los nuevos hijos de Dios. Se ruborizan, quisieran hacer algo pero tienen que permanecer quietos, firmes. ¡Me dan ganas de abrazarlos! Pero yo también me contengo, posteriormente las velas a los padrinos, y regreso atrás del altar.

Prosiguió después el ofertorio, la liturgia eucarística, la comunión. Benedicto XVI se prepara para dar la bendición solemne, nosotros nos preparamos para la conclusión de la Misa. Este vez me corresponde iniciar la procesión, llevo la cruz procesional. Delante de mí está la asamblea, la gente se inclina sobre las vallas para ver mejor, saca fotografías, todos hacen la señal de la cruz cuando pasa la cruz, y ovacionan el paso del Santo Padre.

Entramos en la sacristía, me pongo frente a la puerta santa, que está tapiada y se abrirá hasta el próximo jubileo. Me volteo, a mi lado están los acólitos con las velas procesionales. Entran los cardenales y se van hacia la parte de la sacristía destinada para ellos. Entran los recién bautizados, se abrazan de alegría. Es un griterío de emoción lo que hay detrás de la cortina cuando entra el Papa, que saluda de inmediato a los nuevos cristianos, después se voltea hacia la cruz –que sigo sosteniendo–, y hace una reverencia, abre los brazos, como de costumbre, y nos da las felicitaciones de Pascua. Hace que se va, pero cambia de dirección y se aproxima a saludar a los acólitos que le sostuvieron el Misal en el transcurso de la ceremonia, después saluda a los otros acólitos. Yo estoy ahí, con la cruz, firme, ni modo que la tire. Uno de los ceremonieros se da cuenta, me toma la cruz y me dice que vaya corriendo a saludarlo. Pero el secretario del Papa, Mons. Georg, mira su reloj y se da cuenta que ya es tarde, el Santo Padre es generoso, pero necesita descansar, a la mañana siguiente tendrá que estar en otra celebración semejante, y necesita descansar.

¡Es verdad…, pero… ni modo! Los guardias se mueven haciendo un túnel para que pase por ahí Benedicto XVI, hacia la puerta de la sacristía papal, y él desaparece por detrás de la puerta. Se acabó… Uno de los ceremonieros, aquel que se dio cuenta que permanecí firme empuñando la cruz, me miró a los ojos y comprendió. Entró en la sacristía papal, y regresa con un rosario y me lo da. Un rosario bendito por el Papa. ¡Bueno, ahora sí se acabó! Nos intercambiamos felicitaciones de Pascua. Sale el maestro de ceremonias con una sonrisa y nos felicita, todo estuvo bien.

Entramos nuevamente a la Basílica, ya está vacía. Las sillas están todas movidas por la multitud que salía de la Misa. Aquí y allá están los libritos de la celebración, no sirven más. Yo, en cambio, tengo uno para el recuerdo. Los guardias nos dicen que la puerta hacia el estacionamiento todavía está abierta, pero debemos apresurarnos. Salimos, el aire está fresco, los músculos se distienden, no sabemos qué decirnos. Las primeras palabras son pocas: estuvo bien, qué emoción. Después subimos al auto. Partimos, y por el camino compartimos las cosas que nos impresionaron más, cada uno desde su lugar, había visto la celebración de perspectivas diferentes, y esto ha sido un enriquecimiento recíproco.

Llegamos a casa, es hora de dormir, mañana será otro día. Pero todos tenemos hambre, y nos dirigimos a la cocina para comer algo. Ya estamos en silencio, la comunidad se fue a descansar, aquí la Misa concluyó antes. Y en este silencio cada uno de nosotros puede pensar nuevamente la gran gracia recibida. Ninguno habla, pero la mirada, incluso mirando hacia el plato, hace ver que el corazón está hablando, está agradeciendo a Jesús. Todo calla, pero el alma de cada uno bendice al Señor por las maravillas que día a día cumple en le vida de cada uno.


¡Feliz Pascua!


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2011-06-03


 

 


 



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