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| Mons. Velasio De Paolis, S.C. | |
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Roma, 23 de julio de 2010. En la siguiente carta
escrita el pasado 10 de julio, a un día de
su nombramiento como Delegado Pontificio para la Legión de Cristo,
Mons. Velasio De Paolis, S.C. comunica sus primeros pensamientos a
los miembros de la Congregación.
El texto original en italiano se
puede descargar aquí.
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Roma, 10 de julio de
2010
Queridos hermanos en el Señor:
Con carta del 16 de junio
de 2010, el Santo Padre Benedicto XVI me ha nombrado
su “Delegado para la Congregación de los Legionarios de Cristo”
y me ha conferido el encargo de gobernar en su
nombre vuestro Instituto Religioso “durante el tiempo que sea necesario
para completar el camino de renovación y conducirlo a la
celebración de un Capítulo General Extraordinario, que tendrá como fin
principal llevar a término la revisión de las Constituciones”. El
Santo Padre, mientras pone de relieve “la necesidad y urgencia
de un camino de profunda revisión del carisma del Instituto”,
expresa “el deseo de seguir de cerca, sostener y orientar
tal camino”. Para el Papa, el Delegado Pontificio es su
Delegado personal. Éste, al cumplir su tarea, debe obrar “como
testigo tangible de mi (su) cercanía, para que actúe en
mi (su) nombre ante esa Familia Religiosa”. En esa familia,
o sea, vuestra congregación, el Papa reconoce la presencia “de
un gran número de miembros” que demuestran “celo sincero” y
una “fervorosa vida religiosa”. El Papa no baja a más
detalles sobre cómo el Delegado cumplirá su tarea, sino que
remite para las necesarias concreciones a un decreto posterior, que
tendrá que establecer “algunas modalidades adicionales para el cumplimiento de
tal Oficio”. En espera de tales modalidades, podemos ya comenzar
nuestro camino, sostenidos por la confianza y la oración, y
por la bendición del Santo Padre y de tantas almas
buenas que os estiman y aprecian vuestro trabajo en la
Iglesia.
En este momento me es grato subrayar que la Iglesia,
después de haber prestado la necesaria e indispensable atención a
los hechos, sucesos y personas —que habrían amenazado de raíz
la misma congregación si la misma Iglesia, con su amor
lleno de sabiduría, inspirada no en criterios de la carne
sino del Espíritu, hubiera omitido intervenir—, ahora la Iglesia, movida
por ese mismo amor, contempla la hermosa realidad que sois
vosotros, vuestra congregación. El Papa, a través de mí, quiere
ahora acompañaros en vuestro camino, para que, sin dejaros descorazonar
por los tristes sucesos que quedan a vuestra espalda, podáis
alegraros de vuestro presente, del don de la vocación religiosa,
sacerdotal y misionera que habéis recibido. Tal vocación viene del
Corazón de Jesús, de su amor. Quien ha comenzado su
obra en el corazón de cada uno de vosotros, quien
os ha preservado de los peligros que os han amenazado,
la quiere llevar a cumplimiento. Por tanto, se trata en
primer lugar de dar gracias al Señor por la obra
que Él ha realizado de tantas maneras. Ciertamente, ha sido
decisiva la intervención del Señor en vosotros a través del
ministerio de la Iglesia y que el mismo Señor quiere
continuar ahora por medio de su Iglesia. Os invito por
tanto a agradecer al Señor por su bondad, su misericordia
y su fidelidad.
Del agradecimiento pasamos a poner en marcha el
camino de renovación al que el Santo Padre nos invita.
Esto implica tomar claramente conciencia de la situación en que
nos encontramos e individuar con nitidez las causas que nos
han conducido al malestar y al sufrimiento interior de hoy.
El Papa nos indica también el camino: principalmente un retomar
en consideración el carisma del instituto, y más concretamente las
normas constitucionales que son su expresión y protección. La meta
que el Santo Padre nos indica es la celebración de
un Capítulo Extraordinario de la Congregación, en el que será
aprobado el nuevo texto de las Constituciones. Será un camino
individual y comunitario, sostenido por una postura de humildad, de
intenso compromiso espiritual y de fortalecimiento de la vocación. Deseamos
que el camino se concluya con un renovado compromiso de
fidelidad al Señor en la vida religiosa y sacerdotal, con
un pacto que renueve la alianza de amor entre vosotros
y el Señor, de modo que a la fidelidad eterna
del Señor corresponda en cada uno de vosotros la propia
fidelidad, con un nuevo compromiso con Él para siempre, para
toda la vida, al servicio de su reino. Quiero pensar
que os encontráis entre los que el Santo Padre llama
“el gran número de miembros” llenos de celo y fervor.
El
camino de renovación no es para poner en entredicho la
propia vocación, sino para volverla a considerar a fondo y
renovar con un nuevo espíritu y una más intensa participación
la propia adhesión a ella.
Se puede entender que algunos estén
pasando por momentos difíciles, que algunos hayan pensado ya en
otros caminos, y otros quizá los estén considerando. La vocación
es algo demasiado serio para que se pueda tomar una
decisión sobre ella en un momento de desorientación. Es preciso
reencontrar la serenidad del espíritu y del alma, porque la
decisión hay que tomarla delante de Dios, en la fidelidad
a Jesucristo, que vosotros habéis escogido como rey de vuestra
vida. Tengamos paciencia. Recorramos con humildad y fe el camino
de renovación; consideremos juntos de nuevo la consagración religiosa a
la luz del carisma de la congregación; releamos las constituciones
sobre las que habéis comprometido vuestra vida. Se trata, estoy
seguro, de liberarlas de elementos que puedan ofuscar vuestro carisma,
de modo que la vocación en la profesión de los
consejos evangélicos resplandezca plenamente en toda su belleza, para reforzar
en vuestra vida la realeza de Cristo, que se ha
manifestado en plenitud en el misterio de su Pascua. Siguiendo
a Jesús que, en su camino de amor, se ofrece
libremente al Padre y a los hermanos para crear en
su cuerpo de Resucitado la nueva criatura. Vuestra vocación, como
vuestra congregación, se encuentra en vuestras manos, se confía a
vuestra responsabilidad. La Iglesia os acompaña; el Señor es misericordioso
y generoso: ¡dona su Espíritu sin medida! Su gracia os
precede, os acompaña y os lleva a la meta.
En este
camino ayudémonos mutuamente en la oración, sobre todo ante el
altar del Señor, y animémonos unos a otros para sostenernos
en la fidelidad a Jesús, Rey de Reyes, Señor de
Señores: el Todo de nuestra vida.
Me complace confiaros a todos
vosotros al corazón de la Santísima Madre de Dios y
de la Iglesia, de cada uno de vosotros personalmente y
de toda la Congregación. Ella, que fue constituida por el
Señor custodia de su Hijo y de la Iglesia, os
proteja y custodie en su amor a todos vosotros y
a vuestra congregación. El Señor os bendiga y haga resplandecer
sobre vosotros su rostro de paz y amor.
+Velasio De
Paolis, c.s.
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