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Homilía del Cardenal Velasio De Paolis, C.S. con ocasión de la ordenación sacerdotal de 44 legionarios de Cristo
ITALIA | REGNUM CHRISTI | NOTICIAS
Roma, Basílica de San Juan de Letrán, 15 de diciembre de 2012

homilía ordenaciones 2012
¡Estamos de fiesta! Hoy es un día importante para todos nosotros. El Señor hace un gran don a la Iglesia a través de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Hoy es la ordenación sacerdotal de un buen grupo de jóvenes. Tenemos necesidad de los sacerdotes porque tenemos necesidad de Cristo, el sumo y eterno sacerdote que Dios nos ha dado para nuestra redención y nuestra salvación.

Cristo, sumo y eterno sacerdote

Es precisamente de este sacerdocio del que la humanidad tenía necesidad según el plan salvífico de Dios. No es sólo un sacerdocio ritual, fruto de la invención humana, que nos recuerde simplemente nuestra necesidad de Dios. Tampoco el simple sacerdocio de Aarón, que, según el Antiguo Testamento, ofrecía sacrificios de animales para recordarnos nuestra condición de pecadores y nuestra necesidad de salvación, pero que era incapaz de renovarnos y de ayudarnos a encontrar a Dios, en quien está el sentido de nuestra vida.

El sacerdocio que Dios nos ha regalado es el de su Hijo Jesucristo, que ha hecho una vez y para siempre la ofrenda de sí mismo en el amor perfecto a Dios y a los hombres. Él ha vencido la muerte y destruido el pecado. Él ha dado origen a una nueva creación y a una nueva humanidad que ha convertido en familia de Dios, recapitulando en sí mismo toda la historia de la salvación. Él ha sido constituido sumo, eterno y único sacerdote para siempre y para todos los hombres. Él es el único mediador y el único salvador. Él es el único Nombre en el cual Dios ha puesto la salvación de toda la humanidad y la de cada uno de nosotros. Él es el verdadero hombre a quien todo hombre debe mirar para ser iluminado y recibir la vida en plenitud; para ser transformado y divinizado y dar así cumplimiento al designio de Dios sobre la historia de la humanidad.

La necesidad que el hombre tiene de Cristo, sumo y eterno sacerdote

Jesucristo es el hombre que todo ser humano de cualquier tiempo y lugar debe encontrar para llegar a la verdad sobre Dios y sobre sí mismo, a la meta de la felicidad y del sentido de la propia vida. Lo ha dicho Jesús mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la luz del mundo”. “Quien me sigue, no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida”. Todo hombre debe renacer mediante el agua y el Espíritu Santo en el bautismo. En Cristo todo hombre debe ser confirmado por la fuerza del Espíritu Santo para que pueda vivir como hijo de Dios bajo su guía. Todo hombre debe alimentarse de Cristo, pan de vida eterna, para que pueda ser transformado por Él al comerlo a Él, y así vivir en Dios y para Dios. Todo hombre tiene necesidad del pan de la vida eterna que es Cristo mismo que ofrece su propia vida a cada uno de nosotros porque nos llama a cada uno de nosotros a vivir de Él, con Él y para Él. Todo hombre debe encontrarse con Cristo para ser perdonado, renovado y recreado por Él, para vivir según su dignidad de hijo de Dios, dispuesto a manifestar en plenitud lo que es en realidad: hijo de Dios. Cada hombre debe encontrarse con Cristo para escuchar y vivir de su palabra, que es palabra de vida eterna. ¡Todo hombre tiene necesidad de Cristo, sumo y eterno sacerdote, para tener la vida eterna!

El sacerdote católico, ministro de Cristo y del hombre

El sacerdocio es el don de Cristo para hacerse presente en la historia de cada hombre y mujer. Mediante la ordenación, el hombre es configurado con Cristo para que, a través de él, Cristo pueda acompañar a cada ser humano por el camino de la salvación. El sacerdote, dice la doctrina de la Iglesia, actúa en la persona de Cristo (in persona Christi).

A través de la persona del sacerdote, Jesús resucitado está presente en la Iglesia y en la historia de la humanidad, hacer resonar su palabra, ofrece su propia vida, renueva a cada hombre, le comunica su Espíritu Santo y lo lleva a la plenitud de la vida eterna. El sacerdote es un servidor, un ministro, en primer lugar de Cristo. Por ello, debe ponerse a la escucha de su palabra, vivir en comunión con Él, dejarse transformar en Él, para que incluso en su estilo de vida se revele el misterio interior del que el sacerdote es portador. Es también ministro de la comunidad, de los hermanos, a quienes está obligado a llevar el misterio de Cristo, el servicio de su palabra, de su santificación: el misterio mismo de Jesucristo.

El sacerdote se puede comprender sólo en el misterio de Cristo mismo: en el misterio de su amor y de su gracia. Las palabras del santo Evangelio que acabamos de escuchar tienen un sentido pleno precisamente en la vida del sacerdote: ha sido amado por Jesús; es llamado cada día a permanecer en su amor, como el sarmiento y la vid, siendo fiel a su voluntad; a encontrar en Jesús su alegría; a ser testigo del amor de Dios con el don de la propia vida, precisamente según el ejemplo de Jesús; a vivir como amigos de Jesús, en la escucha atenta de todo lo que Él quiere decirle y comunicarle… Así, el sacerdote dará mucho fruto.

Se trata de una vocación sobrehumana. Y, efectivamente, lo es. Precisamente porque se trata de una realidad divina, supera al hombre. Pero es precisamente la gracia del sacramento la que transforma al hombre y lo hace capaz de realizar actos divinos. ¡Nada es imposible para Dios! El sacerdote, como el profeta Jeremías, y quizás más que él,  experimenta su propia debilidad y su fragilidad. Esta experiencia es positiva, si lo lleva al Único que puede darle la gracia de la fidelidad, del amor y de la donación plena. También en esto el sacerdote es un testigo de Dios: él debe ser testigo del poder de la gracia divina que quiere llevar al hombre más allá de una dimensión puramente humana y terrena. El sacerdote es testigo de la gracia divina que envuelve la vida del hombre y la transforma. Sin la gracia el hombre camina en las tinieblas, no tiene una meta, no tiene esperanza. El hombre moderno, que parece estar a gusto en una mentalidad secularizada y en una dimensión puramente terrena y efímera de la vida, tiene necesidad de este testimonio. La visión cristiana de la vida es mucho más alta y el sacerdote está llamado a anunciarla y reavivarla en donde haga falta.

El momento que vive la Legión

Ustedes, queridos jóvenes, son miembros de la Legión de Cristo, una congregación religiosa que ha tenido que enfrentar un momento muy difícil de su propia historia. Esta historia ha sido marcada por el pecado, el desaliento, incluso por el desánimo y la humillación. Como dice san Pablo, han sido atribulados por todas partes. Pero han caminado y seguido adelante. No han perdido el ánimo. Han perseverado en su vocación. Han creído en Aquél que los ha llamado. Han creído en la gracia. Para la gracia, todo es posible. Su vida, su consagración sacerdotal hoy se convierten en un testimonio de la gracia que perdona, renueva, crea un corazón nuevo, conforta, da esperanza y los llena de la seguridad que da la certeza del amor divino.

Que el sumo y eterno sacerdote los acompañe en su camino y que puedan representarlo dignamente delante de los hombres y en todas las circunstancias de la vida.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-14


 

 


 



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