¡Estamos de fiesta! Hoy es un día importante para
todos nosotros. El Señor hace un gran don a
la Iglesia a través de la Congregación de los Legionarios
de Cristo. Hoy es la ordenación sacerdotal de un
buen grupo de jóvenes. Tenemos necesidad de los sacerdotes
porque tenemos necesidad de Cristo, el sumo y eterno sacerdote
que Dios nos ha dado para nuestra redención y
nuestra salvación.
Cristo, sumo y eterno sacerdote
Es precisamente de este
sacerdocio del que la humanidad tenía necesidad según el
plan salvífico de Dios. No es sólo un sacerdocio ritual,
fruto de la invención humana, que nos recuerde simplemente
nuestra necesidad de Dios. Tampoco el simple sacerdocio de
Aarón, que, según el Antiguo Testamento, ofrecía sacrificios de
animales para recordarnos nuestra condición de pecadores y nuestra
necesidad de salvación, pero que era incapaz de renovarnos y
de ayudarnos a encontrar a Dios, en quien está
el sentido de nuestra vida.
El sacerdocio que Dios
nos ha regalado es el de su Hijo Jesucristo, que
ha hecho una vez y para siempre la ofrenda
de sí mismo en el amor perfecto a Dios y
a los hombres. Él ha vencido la muerte y
destruido el pecado. Él ha dado origen a una
nueva creación y a una nueva humanidad que ha convertido
en familia de Dios, recapitulando en sí mismo toda
la historia de la salvación. Él ha sido constituido
sumo, eterno y único sacerdote para siempre y para todos
los hombres. Él es el único mediador y el
único salvador. Él es el único Nombre en el
cual Dios ha puesto la salvación de toda la humanidad
y la de cada uno de nosotros. Él es
el verdadero hombre a quien todo hombre debe mirar para
ser iluminado y recibir la vida en plenitud; para
ser transformado y divinizado y dar así cumplimiento al
designio de Dios sobre la historia de la humanidad.
La necesidad
que el hombre tiene de Cristo, sumo y eterno
sacerdote
Jesucristo es el hombre que todo ser humano de
cualquier tiempo y lugar debe encontrar para llegar a
la verdad sobre Dios y sobre sí mismo, a la
meta de la felicidad y del sentido de la
propia vida. Lo ha dicho Jesús mismo: “Yo soy el
camino, la verdad y la vida”. “Yo soy la
luz del mundo”. “Quien me sigue, no camina en
tinieblas, sino que tiene la luz de la vida”. Todo
hombre debe renacer mediante el agua y el Espíritu
Santo en el bautismo. En Cristo todo hombre debe ser
confirmado por la fuerza del Espíritu Santo para que
pueda vivir como hijo de Dios bajo su guía.
Todo hombre debe alimentarse de Cristo, pan de vida eterna,
para que pueda ser transformado por Él al comerlo
a Él, y así vivir en Dios y para
Dios. Todo hombre tiene necesidad del pan de la vida
eterna que es Cristo mismo que ofrece su propia
vida a cada uno de nosotros porque nos llama a
cada uno de nosotros a vivir de Él, con
Él y para Él. Todo hombre debe encontrarse con
Cristo para ser perdonado, renovado y recreado por Él, para
vivir según su dignidad de hijo de Dios, dispuesto
a manifestar en plenitud lo que es en realidad:
hijo de Dios. Cada hombre debe encontrarse con Cristo para
escuchar y vivir de su palabra, que es palabra
de vida eterna. ¡Todo hombre tiene necesidad de Cristo,
sumo y eterno sacerdote, para tener la vida eterna!
El sacerdote
católico, ministro de Cristo y del hombre
El sacerdocio
es el don de Cristo para hacerse presente en la
historia de cada hombre y mujer. Mediante la ordenación,
el hombre es configurado con Cristo para que, a
través de él, Cristo pueda acompañar a cada ser humano
por el camino de la salvación. El sacerdote, dice
la doctrina de la Iglesia, actúa en la persona
de Cristo (in persona Christi).
A través de la persona
del sacerdote, Jesús resucitado está presente en la Iglesia y
en la historia de la humanidad, hacer resonar su
palabra, ofrece su propia vida, renueva a cada hombre,
le comunica su Espíritu Santo y lo lleva a la
plenitud de la vida eterna. El sacerdote es un
servidor, un ministro, en primer lugar de Cristo. Por
ello, debe ponerse a la escucha de su palabra, vivir
en comunión con Él, dejarse transformar en Él, para
que incluso en su estilo de vida se revele
el misterio interior del que el sacerdote es portador. Es
también ministro de la comunidad, de los hermanos, a
quienes está obligado a llevar el misterio de Cristo,
el servicio de su palabra, de su santificación: el misterio
mismo de Jesucristo.
El sacerdote se puede comprender sólo
en el misterio de Cristo mismo: en el misterio
de su amor y de su gracia. Las palabras del
santo Evangelio que acabamos de escuchar tienen un sentido
pleno precisamente en la vida del sacerdote: ha sido
amado por Jesús; es llamado cada día a permanecer en
su amor, como el sarmiento y la vid, siendo
fiel a su voluntad; a encontrar en Jesús su
alegría; a ser testigo del amor de Dios con el
don de la propia vida, precisamente según el ejemplo
de Jesús; a vivir como amigos de Jesús, en la
escucha atenta de todo lo que Él quiere decirle
y comunicarle… Así, el sacerdote dará mucho fruto.
Se trata
de una vocación sobrehumana. Y, efectivamente, lo es. Precisamente
porque se trata de una realidad divina, supera al
hombre. Pero es precisamente la gracia del sacramento la
que transforma al hombre y lo hace capaz de realizar
actos divinos. ¡Nada es imposible para Dios! El sacerdote,
como el profeta Jeremías, y quizás más que él,
experimenta su propia debilidad y su fragilidad. Esta experiencia
es positiva, si lo lleva al Único que puede
darle la gracia de la fidelidad, del amor y de
la donación plena. También en esto el sacerdote es
un testigo de Dios: él debe ser testigo del
poder de la gracia divina que quiere llevar al hombre
más allá de una dimensión puramente humana y terrena.
El sacerdote es testigo de la gracia divina que
envuelve la vida del hombre y la transforma. Sin la
gracia el hombre camina en las tinieblas, no tiene
una meta, no tiene esperanza. El hombre moderno, que
parece estar a gusto en una mentalidad secularizada y en
una dimensión puramente terrena y efímera de la vida,
tiene necesidad de este testimonio. La visión cristiana de
la vida es mucho más alta y el sacerdote
está llamado a anunciarla y reavivarla en donde haga falta.
El
momento que vive la Legión
Ustedes, queridos jóvenes, son miembros
de la Legión de Cristo, una congregación religiosa que
ha tenido que enfrentar un momento muy difícil de su
propia historia. Esta historia ha sido marcada por el
pecado, el desaliento, incluso por el desánimo y la
humillación. Como dice san Pablo, han sido atribulados por
todas partes. Pero han caminado y seguido adelante. No han
perdido el ánimo. Han perseverado en su vocación. Han
creído en Aquél que los ha llamado. Han creído
en la gracia. Para la gracia, todo es posible. Su
vida, su consagración sacerdotal hoy se convierten en un
testimonio de la gracia que perdona, renueva, crea un
corazón nuevo, conforta, da esperanza y los llena de la
seguridad que da la certeza del amor divino.
Que
el sumo y eterno sacerdote los acompañe en su
camino y que puedan representarlo dignamente delante de los
hombres y en todas las circunstancias de la vida.