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Hacer memoria de Dios.
2014-08-15 (Artículo)
«Por encima de todo, tu voluntad, Señor» (Artículo)
«El camino para ser creativos es a través de la oración» (Artículo)

Mi vida es Cristo
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Nicola Tovagliari, L.C. (Italia)

P. Nicola Tovagliari , L.C.
P. Nicola Tovagliari , L.C.

Nací en el seno de una hermosa y normal familia italiana, en la que somos muchos primos que jugábamos y nos divertíamos y aprendíamos el arte de vivir con la ayuda de nuestros tíos. Mi mamá, Mena, oriunda de Cerdeña, nos ha enseñado a mi hermano mayor Davide y a mí a amar la vida, a estar abiertos a los demás, a disfrutar el contacto con la naturaleza, a rezar las oraciones de niños, y –como buena profesora– a hacer las tareas y a aplicarnos en el estudio. Mi papá, Enrico, ex entrenador de baloncesto y ciclista, luego director ejecutivo de la Seguridad Social en Varese, nos ha estimulado a la cultura, a amar la música clásica y el canto, a practicar los deportes, a acolitar la misa, a retar a los adultos al ajedrez y a empeñarnos para conquistar nuestras metas en la vida. No sé si he aprendido bien todas las lecciones que ellos han querido ofrecerme; pero sé que a través de ellos he recibido el don de la vida, de mis cualidades; de ellos he aprendido los valores más importantes del hombre y de la sociedad, y con ellos me he asomado al mundo y a mi porvenir con confianza y optimismo.

¡Un niño tremendo!

Entre todos los niños y los amiguitos de la zona, ¡era seguramente uno de los más traviesos! Desde muy pequeño encontraba siempre la manera de escabullirme de las atenciones de los grandes y lo hacía todo a mi manera. Me decían que era “un simpático sinvergüenza”, a menudo ocupado en deshacer y reajustar los aparatos de casa, los bancos de la escuela, los cochecitos de los amigos y las muñecas de las amigas. Hacía mil travesuras y otras mil ya rondaban por mi mente. Por la tarde salía disparado en bicicleta para hacer un poco de cross en el parque cerca de casa, o alegremente silbaba bajo la lluvia haciendo girar el paraguas y saltando entre los charcos mientras me dirigía a la parroquia para estar con mis compañeros. Cuando me decían algo, tenía siempre preparadas la respuesta y la broma. Estaba a gusto con todo el mundo, gracias a mi carácter extrovertido y a mi habilidad natural de relacionarme con los demás. Soñaba con ser futbolista, astronauta y superhéroe.

Like a Prayer

Desde pequeño he aprendido a conocer a Dios y a tratar con Él como con un amigo. Los domingos (¡también durante las vacaciones!) íbamos a misa en familia y participábamos en las fiestas tradicionales y procesiones del pueblo. Cuando no sabía rezar todas las oraciones de memoria, observaba a mi hermano y decía: “lo mismo que él”. En la iglesia me daba la vuelta para ver a mi papá que estaba arriba, en la Schola Cantorum. Desde muy pequeño me convertí en un acólito activo tanto junto al altar como por las calles, cuando el sacerdote bendecía las casas en Navidad, (aunque solamente repartía los recordatorios a quienes se acordaban de dar los chocolates y la propina también a nosotros,
P. Nicola Tovagliari , L.C.
El P. Nicola toca la guitarra con la estudiantina de los legionarios de Cristo en Roma.
los monaguillos). Un día fuimos a la catequesis de confirmación. Mientras el sacerdote nos hablaba desde el púlpito yo me dedicaba por completo a charlar y bromear con una amiga en las últimas bancas. De repente logré escuchar, como de rebote, unas pocas palabras de la explicación: “... e incluso alguien podría ser llamado a ser sacerdote…” Inmediatamente, de un salto me puse en pie para replicar: “¡A mí me gustaría ser sacerdote!”, con una gran sonrisa en los labios y la burlona aprobación de los demás niños. Sólo era una de mis acostumbradas y simpáticas salidas.

I Wanna Be a Rockstar

No había cumplido todavía diez años cuando vi en la televisión un concierto. La estrella del momento improvisó dos notas en el escenario con la guitarra en el hombro y el micrófono en las manos. Mi vida no seguiría siendo igual. Dije a mi mamá y a mi papá: “Quiero ser como éste, quiero tocar la guitarra”. Para mi cumpleaños recibí una guitarra y la inscripción a un año de lecciones de música clásica: solfeo, partituras, metrónomo y demasiados ejercicios para hacer. Resultado: después de dos semanas, ¡ya quería colgar la guitarra! Fue mi papá quien me convenció para seguir adelante (“por las buenas…”), a aguantar e insistir: “Has querido una bicicleta, ¡a pedalear entonces!” Me gustaba, pero requería un poco de fuerza de voluntad y sacar esos sufridos callos en los dedos. Cuánto bien le hicieron a ese niño despistado y algo perezoso que le apretaran, por lo menos en las cosas importantes y positivas de la vida. Resultado: después de 12 meses de clases de guitarra ya sabía mantener en pista a chicos y adultos con arpegios, giros de acordes y unas cuantas canciones. Con el tiempo, descubriría que no era tan malo.

Todo pasa y todo queda

Una noche tuve una pesadilla. Nunca me había gustado sufrir y, en ciertos momentos, incluso ya en edad temprana, me preguntaba por qué existía la tristeza, por qué los niños pobres no tenían qué comer y nadie les ayudaba, por qué sufrían incluso los animales tiernos y afectuosos, qué sentido tenía mi vida y la de los demás, de las personas a quienes conocía y también de aquellos a los que no conocía. Mi papá, la tarde siguiente, no regresó del trabajo. “Se habrá quedado a almorzar con los colegas, por lo menos podía avisar…” pensó mi mamá. No volvería a ver de nuevo a mi papá. Un accidente de tráfico le había segado la vida a sus 44 años, llenos de perfecta salud y entusiasmo. ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Por qué se pierde? ¿Lo que nos acontece es solamente parte de un disparatado rompecabezas del destino? ¿Para qué vale la pena vivir? La meditación sobre el tiempo nos susurra: como las hojas de otoño, todo pasa; pero lo que tú has hecho, lo que tú has vivido, lo que tú has dado y lo que tú has recibido, todo esto queda para ti y para quienes están a tu alrededor. Agradezco a mi papá las profundas lecciones de vida, de valores, de generosidad que me ha dado, por habernos querido dar al máximo en toda ocasión, y porque siempre nos ha amado. Agradezco a mi madre que con valor ha criado a estos dos chiquillos y los ha encaminado hacia la plena madurez. Pienso que las realizaciones y los logros de sus hijos son también un premio y un mérito suyo.

 Happy Days, o sea, Vive la vida loca

¡La adolescencia! Son los años de la gran pasión por el Rock y el Heavy Metal. Son los años de los primeros conciertos como solista o con los grupos musicales Gli Esseri Strani (inspirado en una parodia de los Blues Brothers de los adolescentes italianos), Wizard, KryM., y otras bandas con las que me reunía para cantar y tocar en las fiestas y en los pubs. Son los años de las primeras desveladas cuando salíamos con los amigos sin pedir permiso. Son los años de las primeras novias, de las primeras peleas, de los primeros cigarros a escondidas, de las primeras experiencias como delegado de los alumnos en el colegio, de los primeros jeans rotos y del corte de pelo de moda. Son los años en los que piensas que tu hermano es demasiado serio y lejano, pero sólo porque es mayor y más responsable (Davide: en esos años no hablábamos mucho entre nosotros, ¿dónde habían acabado esos dos hermanitos que antes alegremente jugaban siempre juntos?). Son los años de los intereses personales, de los pasatiempos y de los deportes. Son los años de los primeros fracasos en el colegio y de las dos asignaturas para septiembre (y lo peor fue perder las vacaciones de verano: ¡ya aprendí la lección!). Son los años en los que te alejas de la fe fresca y espontánea que antes tenías y te enfrías sin saber ni siquiera el porqué. Son los años en los que, sin darte cuenta, te encuentras molesto, melancólico, enfadado, vacío. Son los años en los que te buscas a ti mismo. Y, dentro, algo te falta. ¿Nunca te ha pasado a ti?

Is There Anybody Out There?

Hay algunas cosas en mi vida que nunca han faltado, que han estado siempre encendidas dentro de mí, quizás a fuego lento o a fases alternas: el entusiasmo y el temperamento emprendedor; los grandes sueños de un futuro cargado de realizaciones y de felicidad, incluso si esto requería esfuerzo y compromiso; los muchos y sinceros amigos; el mantenerme siempre ocupado y activo; el deseo de recorrer el mundo, de saber cosas nuevas, de enriquecerme siempre con experiencias que me permitiesen alcanzar grandes metas en la vida; la vena artística; el respeto por la Iglesia, por los sacerdotes (también aquellos que no conocía o que incluso había visto una sola vez, pero que me habían causado una buena impresión), por la oración y los sacramentos. A veces basta poco para retomar el control sobre la carretera; en mi camino, los principios profundos que siempre he valorado y cultivado me han permitido adherirme mejor al terreno, porque los percibía como importantes y fundamentales para mi persona. Y luego “algún pequeño empujón desde fuera”: una gran familia detrás, unos buenos amigos que saben darte el consejo correcto en el momento oportuno, el encuentro con personas de confianza y con ambientes más sanos (recuerdo con cariño y admiración a mis amigos Focolares y de Gen Rosso, recuerdo con gratitud las sugerencias llenas de amor de mi tía Savina, consagrada de las Piccole Apostole della Carità), la luz para comprender qué elecciones valían realmente la pena. ¿Son todas cosas solamente fortuitas? Pues a mí, estas “cosas solamente fortuitas” me han servido para superar las dificultades, entenderme a mí mismo y lograr una personalidad más profunda y unas opciones de vida más sólidas y seguras. Más allá de las dificultades, siempre hay esperanza.

Holy Smoke!

Acababa de cumplir 18 años, estaba a punto de sacar la licencia de conducir, el diploma preuniversitario y la matrícula para la facultad de ingeniería; tenía mil compromisos musicales y teatrales, una novia a quien quizás desatendí un poco. El estudio: no demasiado pero funcionaba. No faltaba el deporte, las actividades en la parroquia y una guitarra Steve Vay Blue Flowers recién estrenada con la que podía lucirme en los conciertos. Una juventud llena de actividades y brillante en cualidades, ¡y también algún defecto y una buena dosis de vanidad!… Pero dentro de mí me faltaba algo. ¿Qué más tenía que hacer con mi vida? ¿Qué más tenía que emprender para ser realmente y plenamente feliz? “Quiero hacer algo grande”, ésa era mi única convicción. Un compañero de clase, que llevaba el pelo largo y tenía alma de artista y de poeta, me invitó un día a conocer a los Legionarios de Cristo: “son unos misioneros muy modernos”. Yo estaba siempre metido en mil cosas y me gustaba conocer y saber cada vez más de todo. ¿Por qué no ir? ¡No sabía en qué lío me estaba metiendo! Estar con ellos, su trato, su simpatía, su estilo joven y conquistador, y también su vida espiritual, su fe en el hombre y en la providencia, las mil actividades de apostolado que nos proponían y con las cuales me emocionaba, eran la chispa que faltaba para revolucionar a mil por hora mis motores. Aprendí a ser un misionero en el corazón de la sociedad que me rodeaba, a rezar con los amigos con los que iba a bailar y a divertirme, a vivir en profundidad mi compromiso como joven catequista y animador, a ir a misa y a confesarme más a menudo, a ver al sacerdote como guía y como punto de referencia, además de tratarle con el mismo respeto y admiración con que lo hacía antes. Veía a los legionarios siempre activos, siempre felices, siempre ocupados, siempre realizados, siempre listos para decirte una palabra y darte una sonrisa. Siempre he querido ser feliz, y un día pensé: “¿Yo también podría ser como ellos?” Y enseguida me mordí la lengua y riéndome me respondí: “¡Imagínate, desde luego no soy yo la persona adecuada para ser cura!” Pero al día siguiente me vino otra vez a la mente esta idea: “¿Por qué éstos que lo han dejado todo son felices, y yo, que lo tengo todo, no logro sentirme completamente lleno?” Y luego más aún: “¿Pero será verdad que me gustaría hacer lo que ellos hacen?” Éstas y otras preguntas semejantes rondaban mi cabeza, ¡hasta tres veces al día! Miraba a mi alrededor y veía a muchos de mis amigos más cualificados que yo. “Este sí que lo haría bien como sacerdote; este otro se la pasa en la iglesia; aquel es de una buena familia y además tiene un primo misionero, y también a aquel otro de allá le queda bien…, pero, ¿¿¿yo???” Y me reía de mí mismo; sin embargo, la inquietud allí estaba, ¡y cómo la sentía!

For Whom the Bell Tolls?

Un día de vacaciones fui a misa por la mañana, ya que me gustaba a veces ir también entre semana; durante la consagración miré al celebrante que elevaba entre las manos la Eucaristía; eran las 7:30 y escuché los toques del campanario. En ese momento preciso experimenté dentro de mí el llamado: “Quiero que tú seas mi sacerdote”, y me puse pálido. Obviamente salí de la capilla convencido de que era solamente autosugestión, que no había escuchado nada, que en realidad no había necesidad de molestar a los arcángeles para traerme a mí un nuevo anuncio, y que por lo tanto no tenía que preocuparme de nada, así que sin problema alguno me puse el walkman y seguí caminando. Al final de la mañana quería ver a los amigos, por lo que caminé hacia la plaza, nuestro acostumbrado lugar de reencuentro. En ese momento, el campanario tañía el primero de los 12 largos toques del mediodía. Instintivamente levanté los ojos pero sin ver, oí pero sin escuchar: me caló profundamente de nuevo en el corazón el mismo sentimiento que había tenido durante la misa: “Quiero que tú seas mi sacerdote”, y me volví a poner pálido. ¡Imposible! ¡Olvídate! ¡No ha pasado nada! Saca un cigarro, ríete y bromea como siempre haces, como siempre hace todo el mundo: seguramente te has equivocado, ni lo pienses… Siguió una tarde lenta y aburrida, y cualquier cosa era buena con tal de salir a dar una vuelta: mi mamá necesitaba algo, entonces me puse la chamarra y salí volando, pasé a saludar a mi tía y regresé rápido con un gran bulto debajo del brazo. Ni cuenta me di del recorrido que hice, pero pasé a la sombra del campanario precisamente cuando resonaban las campanas de las 19:30, y me dio un vuelo al corazón: percibí una vez más, de forma clara y decidida, la misma sensación que había tenido esa mañana, en misa, durante la consagración: “Quiero que tú seas mi sacerdote”, y era de verdad. Tomé el teléfono y dije: “Padre, tengo que hablar seriamente con usted”. Y colgué pensando: “¿Yo también podría ser como ellos?”

It Must Be Love

Dios habla en la brisa de la mañana con voz suave, ¡aunque quizá, en mi caso, se ha visto forzado a romper la barrera del sonido para traspasar los audífonos y el heavy metal! Pienso que Dios no revela sus caminos de una forma que sobrepasa a la naturaleza humana, sino de una manera conforme a ella. Estoy convencido de que no hay necesidad de asombrosos milagros y de magníficas apariciones para comprender la vocación a la que uno es llamado, sino que son suficientes la oración, la meditación serena y atenta, el diálogo con las personas adecuadas, los consejos de los familiares y amigos (¡también cuando ellos no lo ven muy claro y se admiran!), el conocer sin prejuicios nuestras posibilidades y los horizontes que éstas nos muestran. Hace falta un poco de compromiso personal, de paciencia, e incluso un arranque de generosidad para vencer las reticencias naturales frente a una elección desconcertante e inesperada. En mi caso tenía una certeza en el corazón: una gran ilusión que me empujaba por lo menos a intentarlo, “ahora o nunca”. “Quiero descubrir si es sólo una idea mía, ¡o si de veras es Alguien más que me está gastando esta broma!” Y en Roma, cuando me encontraba en adoración frente a la Eucaristía durante el período de discernimiento vocacional, me convencí de que si era Dios quien me llamaba, si realmente me quería dar una misión inesperada pero enardecedora y cargada de bien, tenía que ser solamente por Amor, de ése con la “A” mayúscula: por Amor a mí, por Amor a las demás personas que iba a conocer a lo largo de mi camino. ¿Por qué no lanzarme? ¿Por qué no darle una posibilidad a Dios? Quería hacer algo grande, quería ser plenamente feliz: entonces, sería feliz haciendo felices a los demás. Quería ser, de verdad, un Legionario de Cristo.

Se hace camino al andar

Estuve hojeando con mis primos y algunos amigos el álbum de las fotos de “Nicola misionero por el mundo”: cuántos recuerdos, cuántas emociones, cuántas aventuras y cuántos sentimientos me traen estas imágenes, los lugares que he visitado, las personas a quienes he conocido. De vez en cuando alguno murmulla: “Tú eras el más inquieto!”, o también: “De cualquier otro quizá sí, pero ¿de ti? De verdad que no: ¡nunca me lo hubiera esperado!”, e incluso “¡Quién lo hubiera dicho!” Sus caminos no son nuestros caminos, sus planes no son nuestros planes. ¡Pero Dios siempre gana! Y nunca se deja vencer en generosidad. Los pasos en la formación religiosa, en el crecimiento humano, en la vida espiritual, en el esfuerzo pastoral y en el apostolado, los pasos que hoy me llevan a los pies del altar, son pasos de amor, “de un amor inimaginablemente recibido y de un amor fecundísimamente regalado”. Vuelvo la vista atrás y veo una vida colmada de realizaciones personales. Miro hacia delante y veo un futuro abierto y lleno de entusiasmo. “¿Eres feliz?” qué tengo que decir sino que: “No; ¡soy super-feliz!” Para mí la vida es Cristo.

El P. Nicola Tovagliari nació el 26 de mayo de 1975 en Gorla Minore, cerca de Milán, e ingresó en la congregación de los Legionarios de Cristo en 1993. Después del período de noviciado en el norte de Italia, terminó sus estudios con el Diploma de Liceo Científico, desarrollando además el cargo de administrador en la fundación de una nueva comunidad de Legionarios en Gozzano (Novara). Estudió humanidades y ciencias clásicas en Salamanca (España), y obtuvo la licencia en filosofía, el bachillerato en teología y el diploma del máster “Diálogo entre Ciencia y Fe” en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Ha desarrollado su apostolado en el campo de la educación como profesor de moral y de formación católica, en la promoción vocacional, en la animación de grupos juveniles en muchos lugares de Italia, España, Francia, Estados Unidos y México. Se encuentra actualmente en Roma cursando la licencia en teología dogmática y el máster “Iglesia, Ecumenismo y Religiones Comparadas”. Participa en las actividades espirituales, educativas y de promoción social y moral desarrolladas por los jóvenes del Regnum Christi en Florencia.

Traducción del testimonio vocacional publicado en el libro "Vivir para Cristo"


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2008-12-20


 

 


 



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