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| La vida del hombre sólo tiene sentido a la luz del plan que Dios tiene para él | |
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Al paso del tiempo, soy más consciente de que la
vida del hombre sólo tiene sentido a la luz del
plan que Dios tiene para él. Por eso, al pensar
en mi vida, lo hago siempre a la luz de
la vocación sacerdotal. Desde esta perspectiva puedo ahora percibir cómo
Él ha ido previendo todos los detalles hasta llegar al
momento de la ordenación sacerdotal. Nací en el seno de
una familia cristiana, sencilla, rebosante de valores. Recuerdo con gratitud
el amor y el esfuerzo de mis padres por formar
a sus hijos. Desde los primeros años pude ver la
importancia del servicio a los demás, pues mis padres participaban
en algunas instituciones cuyo único objetivo era servir al prójimo.
El primer tentativo de Dios fue cuando yo tenía ocho
años de edad. Por esa época nos visitaba con cierta
frecuencia un sacerdote diocesano belga, amigo de mi padre. Era
un hombre mayor. Decían que había sido empresario y que,
después de enviudar, se había ordenado sacerdote. Era un auténtico
hombre de Dios: entusiasta, amable -aunque exigente- entregado plenamente a
su misión. En alguna de sus visitas, insinuó a mis
padres la posibilidad de que yo tuviera vocación. Para comprobarlo,
decidió preguntarme si quería ir a un seminario menor en
Bélgica. Mi respuesta, después de reflexionar y con todas las
razones que es capaz de dar un niño de ocho
años, fue un contundente NO. En estos momentos no recuerdo
cuál fue la reacción del sacerdote; pero Dios estaba preparando
el camino. A los diez años, dejé la escuela pública
para estudiar en un colegio de religiosas teresianas. El colegio
era bueno: la formación académica, humana y espiritual estaban bien
atendidas, bajo la dirección de una religiosa española exigente y
santa: la M. María Bariaín. El cambio de colegio implicó
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| El sacerdocio legionario era lo que Dios, desde toda la eternidad, me tenía preparado. | |
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también un cambio de casa. Dado que éste estaba "en
la ciudad", y mi familia vivía de modo permanente a
ocho kilómetros de la misma, mis tíos insistieron a mis
padres para que viviera con ellos durante la semana a
fin de que no tuviera que "viajar" todos los días;
se sumaba a esto el hecho de que mi abuela
vivía con ellos. Mis padres aceptaron y desde entonces tengo
dos familias: en la primera hay sólo un hermano, en
la segunda tres. En este ambiente, mi vida de adolescente
era normal, excepto por el hecho de que en el
colegio estaba adelantado casi dos generaciones. Tenía buenos amigos y
amigas, jugaba un poco de baloncesto -lo que me permitían
los kilos-, veía mucha televisión, asistía a alguna fiesta, etc.
Pasaba bastantes fines de semana en el rancho, donde podía
hacer una de las cosas que más me gustaba: cabalgar.
Recuerdo con cariño esos momentos de vida familiar y el
contacto con la naturaleza que me ayudó a encontrar a
Dios, especialmente cuando, como sucede a algunos adolescentes, empecé a
tener dudas de fe y a rechazar todo lo que
"sabía a religión". Y, ¿cómo no iba a tener dudas
de fe si había reducido mi vida cristiana a la
mínima expresión? Lo único que hacía era rezar un Ave
María todas las noches; por lo demás, me confesaba rara
vez e iba a misa sólo los primeros viernes de
mes, y porque la teníamos obligatoria en el colegio durante
alguna clase. En este contexto fueron pasando los años, hasta
que a mis quince años debía decidirme por una carrera,
pues ya estaba a punto de terminar la preparatoria y
mis padres me decían que lo mejor que ellos me
podían dejar era la educación. Además, sin ser un estudiante
brillante ni dedicado, tenía una beca por buenas calificaciones. Sin
embargo, nada me atraía y me disgustaba que me preguntaran:
"¿Qué carrera piensas estudiar?" En alguna ocasión pensé que eso
de estudiar no era necesario, pues cabía la posibilidad de
dedicarme, entre otras cosas, a la cría de caballos de
raza; de hecho mi padre había iniciado un pequeño criadero
de caballos. Él no había obtenido buenos resultados, pero "yo
sí los tendría". Dios esperó hasta que, en una reunión
familiar, después de la comida comenzaron a preguntar "lo de
siempre" a todos los primos. Cada uno contestaba lo que
deseaba. Yo, sin saber qué decir, respondí que quería ser
cura. A todos sorprendió esta respuesta que, por otra parte,
alegró mucho a mi padre. Yo mismo me sorprendí y,
sólo entonces, contemplé como posibilidad lo que dije para salir
al paso. Pero, ¿cómo podría ser sacerdote si ni siquiera
iba a misa los domingos y me molestaba que en
mi familia me invitaran a un santuario mariano o a
rezar el Rosario? Definitivamente, no podría ser. La búsqueda debía
continuar. Y continuó hasta que conocí a un sacerdote legionario
de Cristo, el P. Hugh Ryan. Un primo, que tenía
inquietudes vocacionales, me puso en contacto con él. El padre
me invitó a visitar el noviciado de la Legión que
acababan de inaugurar en Santiago. Fui con un grupo de
amigos y me impresionó sobremanera la alegría y el espíritu
de caridad entre los seminaristas. Pensé que había posibilidades de
que esa vida fuera para mí. Para discernirlo, asistí al
candidatado y después de algunos "tira y afloja" ingresé al
noviciado. Desde entonces Dios se ha ido encargando de manifestarme
cada vez con mayor claridad que el sacerdocio legionario era
lo que Él, desde toda la eternidad, me tenía preparado.
En estos casi quince años, ha habido muchas alegrías, algunos
momentos de tristeza -como la muerte de mi padre- pero
sobre todos está la paz y realización, nacida de la
certeza de que mi vida sólo tiene sentido dentro de
este plan maravilloso de Dios. El P. José Enrique Oyarzún,
L.C. nació en Illapel, Chile, el 9 de enero de
1970. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en
Santiago de Chile el 3 de enero de 1987. Es
licenciado en filosofía. Ha sido profesor del Centro de Humanidades
y Ciencias de la Legión de Cristo en Salamanca, España;
y profesor de humanidades del International Centre of Educational Sciences,
en Roma. Además haber sido encargado de estudios y profesor
de una residencia para jóvenes universitarios en México, desde 1996
colabora en la secretaría general de la congregación. Actualmente está
cursando la licenciatura en teología y una maestría en bioética
en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue ordenado sacerdote el
22 de diciembre de 2001 en la Basílica de Santa
María Mayor en Roma.