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Un plan desde la eternidad
CHILE | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS
La vida del hombre sólo tiene sentido a la luz del plan que Dios tiene para él.

P. José Enrique Oyarzún, L.C.
La vida del hombre sólo tiene sentido a la luz del plan que Dios tiene para él
Al paso del tiempo, soy más consciente de que la vida del hombre sólo tiene sentido a la luz del plan que Dios tiene para él. Por eso, al pensar en mi vida, lo hago siempre a la luz de la vocación sacerdotal. Desde esta perspectiva puedo ahora percibir cómo Él ha ido previendo todos los detalles hasta llegar al momento de la ordenación sacerdotal. Nací en el seno de una familia cristiana, sencilla, rebosante de valores. Recuerdo con gratitud el amor y el esfuerzo de mis padres por formar a sus hijos. Desde los primeros años pude ver la importancia del servicio a los demás, pues mis padres participaban en algunas instituciones cuyo único objetivo era servir al prójimo. El primer tentativo de Dios fue cuando yo tenía ocho años de edad. Por esa época nos visitaba con cierta frecuencia un sacerdote diocesano belga, amigo de mi padre. Era un hombre mayor. Decían que había sido empresario y que, después de enviudar, se había ordenado sacerdote. Era un auténtico hombre de Dios: entusiasta, amable -aunque exigente- entregado plenamente a su misión. En alguna de sus visitas, insinuó a mis padres la posibilidad de que yo tuviera vocación. Para comprobarlo, decidió preguntarme si quería ir a un seminario menor en Bélgica. Mi respuesta, después de reflexionar y con todas las razones que es capaz de dar un niño de ocho años, fue un contundente NO. En estos momentos no recuerdo cuál fue la reacción del sacerdote; pero Dios estaba preparando el camino. A los diez años, dejé la escuela pública para estudiar en un colegio de religiosas teresianas. El colegio era bueno: la formación académica, humana y espiritual estaban bien atendidas, bajo la dirección de una religiosa española exigente y santa: la M. María Bariaín. El cambio de colegio implicó
P. José Enrique Oyarzún, L.C.
El sacerdocio legionario era lo que Dios, desde toda la eternidad, me tenía preparado.
también un cambio de casa. Dado que éste estaba "en la ciudad", y mi familia vivía de modo permanente a ocho kilómetros de la misma, mis tíos insistieron a mis padres para que viviera con ellos durante la semana a fin de que no tuviera que "viajar" todos los días; se sumaba a esto el hecho de que mi abuela vivía con ellos. Mis padres aceptaron y desde entonces tengo dos familias: en la primera hay sólo un hermano, en la segunda tres. En este ambiente, mi vida de adolescente era normal, excepto por el hecho de que en el colegio estaba adelantado casi dos generaciones. Tenía buenos amigos y amigas, jugaba un poco de baloncesto -lo que me permitían los kilos-, veía mucha televisión, asistía a alguna fiesta, etc. Pasaba bastantes fines de semana en el rancho, donde podía hacer una de las cosas que más me gustaba: cabalgar. Recuerdo con cariño esos momentos de vida familiar y el contacto con la naturaleza que me ayudó a encontrar a Dios, especialmente cuando, como sucede a algunos adolescentes, empecé a tener dudas de fe y a rechazar todo lo que "sabía a religión". Y, ¿cómo no iba a tener dudas de fe si había reducido mi vida cristiana a la mínima expresión? Lo único que hacía era rezar un Ave María todas las noches; por lo demás, me confesaba rara vez e iba a misa sólo los primeros viernes de mes, y porque la teníamos obligatoria en el colegio durante alguna clase. En este contexto fueron pasando los años, hasta que a mis quince años debía decidirme por una carrera, pues ya estaba a punto de terminar la preparatoria y mis padres me decían que lo mejor que ellos me podían dejar era la educación. Además, sin ser un estudiante brillante ni dedicado, tenía una beca por buenas calificaciones. Sin embargo, nada me atraía y me disgustaba que me preguntaran: "¿Qué carrera piensas estudiar?" En alguna ocasión pensé que eso de estudiar no era necesario, pues cabía la posibilidad de dedicarme, entre otras cosas, a la cría de caballos de raza; de hecho mi padre había iniciado un pequeño criadero de caballos. Él no había obtenido buenos resultados, pero "yo sí los tendría". Dios esperó hasta que, en una reunión familiar, después de la comida comenzaron a preguntar "lo de siempre" a todos los primos. Cada uno contestaba lo que deseaba. Yo, sin saber qué decir, respondí que quería ser cura. A todos sorprendió esta respuesta que, por otra parte, alegró mucho a mi padre. Yo mismo me sorprendí y, sólo entonces, contemplé como posibilidad lo que dije para salir al paso. Pero, ¿cómo podría ser sacerdote si ni siquiera iba a misa los domingos y me molestaba que en mi familia me invitaran a un santuario mariano o a rezar el Rosario? Definitivamente, no podría ser. La búsqueda debía continuar. Y continuó hasta que conocí a un sacerdote legionario de Cristo, el P. Hugh Ryan. Un primo, que tenía inquietudes vocacionales, me puso en contacto con él. El padre me invitó a visitar el noviciado de la Legión que acababan de inaugurar en Santiago. Fui con un grupo de amigos y me impresionó sobremanera la alegría y el espíritu de caridad entre los seminaristas. Pensé que había posibilidades de que esa vida fuera para mí. Para discernirlo, asistí al candidatado y después de algunos "tira y afloja" ingresé al noviciado. Desde entonces Dios se ha ido encargando de manifestarme cada vez con mayor claridad que el sacerdocio legionario era lo que Él, desde toda la eternidad, me tenía preparado. En estos casi quince años, ha habido muchas alegrías, algunos momentos de tristeza -como la muerte de mi padre- pero sobre todos está la paz y realización, nacida de la certeza de que mi vida sólo tiene sentido dentro de este plan maravilloso de Dios. El P. José Enrique Oyarzún, L.C. nació en Illapel, Chile, el 9 de enero de 1970. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Santiago de Chile el 3 de enero de 1987. Es licenciado en filosofía. Ha sido profesor del Centro de Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Salamanca, España; y profesor de humanidades del International Centre of Educational Sciences, en Roma. Además haber sido encargado de estudios y profesor de una residencia para jóvenes universitarios en México, desde 1996 colabora en la secretaría general de la congregación. Actualmente está cursando la licenciatura en teología y una maestría en bioética en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 2001 en la Basílica de Santa María Mayor en Roma.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2002-05-17


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