A la edad de 16 años tenía gran dificultad para
dormir por las noches, ya que me pasaban muchas ideas
por la cabeza. Tardaba hasta dos o incluso tres horas
en conciliar el sueño. Una de esas noches se me
ocurrió: "¿Y por qué no rezas? ...al menos el padrenuestro,
¡vamos!". En Pascua de 1987, una tía mía me invitó
a acompañarla a misa. Con mucho gusto fui, aunque no
me consideraba muy "piadoso". A la hora de comulgar, me
preguntó por qué no iba yo también. Sin embargo, yo
sabía que no estaba muy preparado. No sé exactamente por
qué, pero éste fue el detonador con el que comenzó
todo. Y como no me puedo caracterizar precisamente como persona
de actitudes moderadas, decidí cambiar mi vida totalmente. A partir
de ese momento comencé a ir a misa todos los
días, me levantaba una hora antes para estar en misa
a las siete de la mañana. Compré un Nuevo Testamento
y era lo primero que cogía al llegar a casa.
Incrementaba la vida sacramental. Sin embargo, había decidido diferir la
recepción de la comunión hasta la pascua del 1988 con
el fin de prepararme durante todo un año. Con este
auge de fervor religioso, que no fue motivado por ninguna
persona, sino que salía espontáneamente de mí mismo, también reflexioné
sobre cómo combinar la fe católica y mi futura profesión.
Un día encontré en mi iglesia un póster de los
franciscanos que decía: "¿Te gusta la amistad, la fraternidad, la
sencillez?". Y como a mí me gustaba, llamé y fui
a visitar una pequeña comunidad franciscana en Baviera, a unas
dos horas de Munich. Sencillamente, me encantaba y me hice
amigo de la idea de la vida religiosa. Sin embargo,
me quedaba todavía por delante un año y medio para
terminar el colegio. Ese tiempo se distinguió por muchas pruebas,
tanto internas como externas, pues muchas de las personas que
me rodeaban se disgustaron con mi decisión de acercarme más
a Dios. Como primera consecuencia, perdí a casi todos mis
amigos, o mejor, conocidos, y tardé bastante tiempo en crear
un círculo de nuevos amigos que compartieran mi fe. Me
costaba mucho. En general, en muchas personas encontré indiferencia, en
otras, abierta hostilidad, y no siempre fue fácil aceptar con
humildad cristiana las humillaciones que eso implicaba. A veces se
me escapaba alguna lagrimilla cuando la resistencia del ambiente se
hacía muy dura. También conocí a una chica que me
gustaba. Los dos pensábamos igual. Pero al mismo tiempo me
sentía llamado a la vida religiosa. Todos estos elementos: resistencias,
chica, sacerdocio, etc., se convirtieron en una confusión mental difícilmente
digerible. En esta situación me encontré con un sacerdote legionario.
Le expliqué cómo me sentía. Luego me invitó a visitar
el centro de formación de los legionarios en Roma para
reflexionar un poco. Nada más para explicar: esto fue en
julio de 1989. Ya había terminado el bachillerato -un mes
antes- y todavía no sabía qué iba a hacer, seguía
sumergido en una gran confusión mental. Me puse de acuerdo
con Susanne -así se llamaba mi novia: yo iba a
Roma para reflexionar sobre qué quería Dios de mí, y,
mientras tanto, ella iba a hacer lo mismo. Las dos
semanas que pasé en Roma, francamente, me costaron mucho a
causa de las divisiones internas. Para facilitarme el trabajo, escribía
una especie de diario, condensando ahí mis reacciones y motivaciones.
El último día lo vi con claridad: ¿qué cuenta más:
la vida eterna o la vida en esta tierra? Pues,
la vida eterna. Entonces, si quieres ayudar a los hombres
a que sean felices, les debes ayudar a que lo
sean en la vida eterna. ¿Y cuál es el medio
más eficaz? El sacerdocio. De pronto todo se volvió claro
y sencillo. Al menos para mí, no así para Susanne.
Al regresar mi casa, lo primero que hice fue visitarla.
Ella, sin embargo, había llegado a la conclusión opuesta: me
amaba seriamente. Tuve que afrontar el: ¿y cómo se lo
voy a explicar...? Sin decir mucho, le entregué las veinte
hojas que había escrito estando en Roma. Ella leía y
yo esperaba. Al final me dijo: "Es la primera vez
que puedo ofrecer a Dios un sacrificio de manera consciente".
Una respuesta tan noble, sin alterar mi decisión, hizo crecer
mi admiración y respeto por ella. Así, nos separamos y
cada uno siguió su propio camino. Ah, una última cosa:
¿por qué me decidí a entrar en la Legión de
Cristo? Bueno, ya sabía que Dios me llamaba al sacerdocio.
No es fácil de explicar, pero sólo sentí un "click"
en mi corazón cuando llegué a conocer a los legionarios.
Un elemento que me impresionó mucho, ciertamente fue, la exquisita
caridad con que se trataban los religiosos legionarios entre sí.
Hoy, después de más de doce años de formación, estoy
muy agradecido con Dios que supo llevarme por circunstancias no
fáciles para la fe ni mucho menos para la vocación
religiosa sacerdotal. Pero mi convicción de fondo no ha cambiado:
entregar mi vida para que otros lleguen a gozar de
Dios en la vida eterna. En esto me han ayudado
dos preguntas: ¿Qué más puedo hacer por Dios? ¿Qué es
lo más importante en la vida? A estas preguntas respondía
con la más sincera honestidad, delante de Dios, delante del
prójimo y delante de mí mismo. Por cierto, en cuanto
a Susanne, el Año Jubilar, después de varios años de
trabajar como enfermera, ella también decidió consagrarse a Dios en
la vida religiosa. Dios tiene sus caminos. El P. Dirk
Kurt Kranz, L.C. es originario de Bensheim, Alemania, donde nació
el 3 de noviembre de 1969. Obtuvo el bachillerato en
el Altes Kurfürstliches Gymnasium en Bensheim, con especialización en letras
clásicas, en junio de 1989. Entró a la Legión de
Cristo ese mismo año. En 1998 se graduó licenciado en
filosofía en la universidad Regina Apostolorum en Roma. Fungió durante
varios años como profesor de lenguas clásicas en centros de
formación de la Legión en Alemania, Estados Unidos e Italia.
Actualmente cursa estudios de licenciatura en Patrología en el Instituto
Augustinianum de Roma.