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P. Álvaro Corcuera, L.C.: Mirando hacia la eternidad
MÉXICO | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
«Todo cambia cuando pensamos que allí está nuestra verdadera meta, lo que da sentido a nuestras vidas» (13 de enero de 2009).

Papa Benedicto XVI y P. Álvaro Corcuera, 2009
«Nos da mucha paz el estar cerca de él, que es el Vicario de Jesucristo en la tierra».

México, 16 de enero de 2009. Presentamos a continuación la carta del P. Álvaro Corcuera, L.C., a los miembros y amigos del Regnum Christi. En ella nos invita a reflexionar en la importancia de la oración, de la humildad, del amor y de la necesidad imperiosa en la vida cristiana de hacer el bien a los demás.

El archivo de la carta en pdf se puede descargar aquí o también puede escucharla en el siguiente enlace.

*******

¡Venga tu Reino!

Ciudad de México, 13 de enero de 2009

A los miembros y a los amigos
del Movimiento Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

En esta carta quisiera, sobre todo, felicitarlos por los días santos que hemos vivido, y desearles muy feliz año 2009, al tiempo que le agradecemos a Dios todas las bendiciones que nos ha concedido en este período. Ofrezcamos juntos en la Santa Misa este nuevo año que Él nos regala para crecer en su amor y extender su Reino. Me gustaría expresarles de la mejor manera posible mi gratitud por sus oraciones y por su testimonio de vida cristiana.

El día 7 de enero los legionarios y miembros del Regnum Christi presentes en Roma tuvimos la gracia de participar en la primera audiencia general del Santo Padre en este año. Allí pudimos escuchar las palabras del Papa Benedicto XVI, llenas de sabiduría, y como siempre, muy iluminadoras para nuestra vida. Nos da mucha paz el estar cerca de él, que es el Vicario de Jesucristo en la tierra. Fue motivo de especial alegría la presencia en la audiencia de los sacerdotes que fueron ordenados el pasado 20 de diciembre. A ellos nos unimos en oración para que sean sacerdotes según el Corazón de Cristo.

Dios nos concede comenzar un año nuevo y nos vuelve a invitar a «recordar
Tierra Santa
«Cristo nos invita a edificar nuestras vidas sobre roca (cf. Mt 7, 24), para que, si cae la lluvia, se desbordan los torrentes, soplan los vientos o surgen contratiempos, no caigamos».
con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro» (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 1). El año 2008 ha marcado el inicio de una nueva etapa en la vida de la Legión y el Movimiento y eso nos hace tener muy presentes las palabras de Cristo cuando nos pide «remar mar adentro» (cf. Lc 5, 4). Recordamos el primer aniversario del fallecimiento de Nuestro Padre y la mejor manera de vivirlo es en un ambiente de oración, pidiendo la gracia de cumplir el plan que Dios nos ha confiado y llevar a plenitud el carisma que ahora nos toca a nosotros transmitir con fidelidad. Nos acercamos a este aniversario con la clara conciencia y compromiso de ser depositarios de un don que compartimos en la Iglesia. Jesucristo nos invita a afrontar nuestra vida mirando hacia la eternidad para seguir recorriendo el camino que nos lleva a Él, que nos ha creado por amor y nos espera en el cielo. Todo cambia cuando pensamos que allí está nuestra verdadera meta, lo que da sentido a nuestras vidas: llegar al cielo, llegar a casa después de esta peregrinación en la tierra. Lo demás es parte del camino, pero el fin siempre es el cielo, y el cielo es estar con Dios, que es Amor. ¡Qué hermoso vivir este año teniendo como inspiración el rostro de Cristo y como propósito el ser imágenes de la bondad de Cristo y puentes para que nuestros hermanos lleguen a Él!

Y al concretar este propósito para el nuevo año debemos preguntarnos no tanto lo que nosotros queremos, sino lo que Dios quiere de nosotros, con la certeza de que lo único que busca Él es que seamos felices. Afrontemos el futuro con esperanza, con la confianza de saber que estamos en las manos del Padre. Cristo nos invita a edificar nuestras vidas sobre roca (cf. Mt 7, 24), para que, si cae la lluvia, se desbordan los torrentes, soplan los vientos o surgen contratiempos, no caigamos, porque mediante las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad estamos firmemente cimentados sobre la roca del amor de Cristo. Si estamos con Él la casa siempre se mantiene firme y todo nos llevará a crecer en el amor.

El día de Navidad tuve la gracia de estar en Belén, y ahí le preguntaba al Niño Jesús qué quería para nosotros. La presencia de Dios, con su infinita humildad y sencillez, nos invita a orientar nuestros propósitos a pensar, hablar, actuar y amar como Jesús. Esto es lo único que realmente importa en la vida. Viéndolo a Él, pensaba en estos puntos que ahora quisiera compartir con todos, en un ambiente de confianza, como a miembros de una sola familia en la que somos un sólo corazón y una sola alma en Jesucristo nuestro Señor.

1. María meditaba todo en su corazón

En estos días de Navidad hemos podido contemplar el ejemplo de María. Ella «conservaba cuidadosamente todas las cosas en
Virgo Filius Potens
«En estos días de Navidad hemos podido contemplar el ejemplo de María. Ella
su corazón
» (Lc 2, 52). El evangelio también nos presenta a san José en silencio, un silencio contemplativo, que no lo encierra en sí mismo, sino que lo lleva a vivir abierto a Dios, buscando su voluntad. En la vida del hombre el silencio puede ser expresión del simple deseo de no querer hablar, o incluso de desprecio hacia el prójimo, de enojo o de molestia. Sin embargo, el silencio que aprendemos en el Evangelio es una apertura: es un silencio que escucha para poder dar, y es un silencio que nos llena de paz y nos permite ser apóstoles de todas las cosas buenas. Se manifiesta en las palabras que decimos, en la forma de responder o de comunicarnos. El silencio tiene su expresión más plena en la oración. Dios nos creó por amor, y en la oración nos abrimos a su amor. Es hablar, pero sobre todo es escuchar para acoger y para dar lo mejor que Dios ha colocado en nuestros corazones. Escuchar a Dios es amarlo y hacer que toda nuestra vida sea compartir ese amor que hemos recibido.

Cristo se retiraba a orar, pasaba horas en oración, nos enseñaba que la oración es lo más importante. Pero la oración no es sólo retirarnos a orar porque, como nos dice san Pablo, debemos rezar siempre, sin intermisión (cf. 1Tes 5, 17). Orar es estar siempre en la presencia de quien nos creó por amor, del Amigo fiel. El que ora no pierde de vista las verdades fundamentales de su existencia: de dónde viene, a dónde va, cuál es el sentido de su vida. Nuestros sufrimientos y temores, nuestros agobios y desalientos, proceden con frecuencia de no tener presente nuestro fin y de perdernos en los medios. El que ora tiene vida y ve todo con la perspectiva de la eternidad. La oración nos abre al cielo, a nuestra patria. Con la oración vuelve la paz, y descubrimos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8, 28).

La oración nos hace vivir con alegría. En ella desaparecen las amarguras y las angustias, porque Dios derrama un bálsamo sobre nuestro corazón afligido y nos regala un colirio para que nuestros ojos puedan ver mejor el bien y no se opaquen por las contrariedades o dificultades de la vida (cf. Ap 3, 18). Sabemos que muchas de nuestras tristezas y problemas vienen cuando no rezamos o cuando confundimos la oración con la pura reflexión. Orar no es pensar, es amar. No nos entregamos a una persona "porque la entendemos", sino porque la amamos; y eso nos lo hace descubrir la oración. Cuando estamos abiertos a Dios y hablamos con el Amigo —que nos quiere como nadie nos puede amar— entonces nos vemos libres de los pensamientos que nos encierran en nosotros mismos. Nuestros proyectos personales no consisten en “lo que a mí me conviene”, sino en lo que más conviene para hacer el bien, para que Dios habite en el corazón de los hombres y los llene de gozo auténtico. Buscar a Dios siempre nos produce una inmensa alegría, sobre todo, porque sabemos que Él nos busca y toma la iniciativa, como Padre lleno de amor. Es lo que dice San Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero» (1Jn 4, 10).

Como decíamos, el Evangelio nos muestra a Jesús, que se retiraba con frecuencia al desierto o al monte a orar. No dice que se retiraba a «pensar», sino a «orar». Cuanto más oramos, como María, más fácilmente vemos la mano de Dios, que en todo interviene para el bien. En la oración humilde y silenciosa, en la oración sencilla y llena de amor, aprendemos a descubrir la mano de Dios en todo y vemos nuestro pasado y nuestro presente a la luz de su amor. Por eso, cuanto más vivimos en Dios, más vamos descubriendo que Él nos creó para amar y ser amados. Así, la vida recobra su sencillez, librándonos de la complejidad de todos aquellos estados internos que nos quieren robar la paz. Dios quiere nuestra paz, y en la oración nos la da siempre.

Nos ayudan mucho
Adoración en la DG
«¡Necesitamos orar! Dios nos creó para Él, y si no oramos es como si nos quedáramos sin el oxígeno para nuestra alma».
los diversos medios que se nos ofrecen para la oración. Están los momentos dedicados exclusivamente a Él: la meditación, la Santa Misa, las visitas a la Eucaristía, la lectura y reflexión de la Sagrada Escritura que tan vivamente ha recomendado el Santo Padre durante el pasado Sínodo de los Obispos, etc. Por ejemplo, cuando meditamos en el Padrenuestro, descubrimos que la oración que Jesús nos enseñó es mucho más que una fórmula, es un grito del corazón que llena las aspiraciones más profundas y reales de nuestras vidas. Cada palabra es un movimiento del amor de Dios hacia sus hijos.

¡Necesitamos orar! Dios nos creó para Él, y si no oramos es como si nos quedáramos sin el oxígeno para nuestra alma. Orar es nuestro mejor respiro y es el latir de nuestro corazón. Sabemos bien que no hemos de limitar nuestro contacto con Dios a esos actos, sino que hemos de prolongarlo durante toda la jornada. Podemos elevar nuestro corazón a Él en muchas circunstancias: cuando nos encontramos en las situaciones más ordinarias, en el quehacer de cada día, en el campo, en el tráfico de la ciudad, en una pausa en medio del trabajo o de las clases, al ver a una persona necesitada; se reza caminando, paseando, trabajando, descansando, siempre. En las penas y en las alegrías, la oración es lo que nos hace ver mucho más allá, es el faro que nos hace mirar siempre la luz. Orar es estar siempre con Él, es más, es estar en Él, aunque muchas veces no nos demos cuenta; como cuando la familia está reunida y, aun sin pensarlo, lo importante es que ahí estamos, juntos, con Él.

En este sentido nos puede ayudar la recomendación que encontramos en el Manual del miembro del Regnum Christi en el número 214: «Uno de los hábitos más fecundos y reconfortantes para el alma es el cultivo de la presencia de Dios a lo largo del día. Aunque la mente tenga que ocuparse en múltiples tareas, el corazón conserva como orientación fundamental el deseo de agradar a Dios en cada momento y de mantenerse en su presencia. Este mismo hábito permite descubrir con facilidad y prontitud la mano amorosa de Dios en toda circunstancia, y conservar una gran paz y serenidad en medio de cualquier dificultad o desolación. Asimismo, ayuda a ver a Cristo vivo y cercano tras el rostro de cada persona, y a amarle de manera concreta y real mediante una actitud o un gesto de caridad».

En el año que comienza busquemos vivir profundamente unidos a Dios. Es la gracia más grande que podemos esperar y pedir. ¿Qué mejor propósito podríamos formular que aprender a rezar, hacernos expertos en el arte de la oración, convertir nuestras familias y secciones en verdaderas escuelas de oración? Cuánto bien pueden hacer los padres a sus hijos si en el hogar se practica asiduamente la oración, que no es sólo la recitación de unas fórmulas, sino también el dirigirse a Dios con confianza y sencillez, como a un Padre que nos ama inmensamente; es el referirse a Él en las circunstancias alegres y tristes, ante una buena noticia o una contrariedad. Son ejemplos que los niños y los jóvenes jamás olvidan.

Pongamos a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestras aspiraciones y actividades: ése es el objetivo de nuestra oración. La oración no es para mirarnos a nosotros mismos, para sentirnos bien, sino para ver nuestra vida desde la mirada amorosa de Cristo, es agradecerle su amor, pedirle su gracia y ponernos a su disposición para que nos diga lo que quiere de nosotros. Por eso, la corona de la oración son nuestras obras. Una oración que no nos lleva a amar más no es auténtica. «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, vive en la mentira», dice la primera carta de San Juan (4, 20). De ahí que el fruto más hermoso de la oración sea la caridad, esto es, la decisión de vivir para cumplir la voluntad de Dios, de abrazar sobre todas las cosas lo que Él quiera, en lo grande y en lo pequeño, cada día. Aquí encontramos la diferencia entre la oración auténtica y algunas técnicas
Misiones médicas en Chuhuhub
«Por eso, la corona de la oración son nuestras obras. Una oración que no nos lleva a amar más no es auténtica».
que buscan, por así decirlo, el hacernos «sentir bien».

La oración, como vemos en el Evangelio, cuando Cristo está en Getsemaní, es un acto de entrega: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Por eso nos ayuda a afrontar las situaciones más difíciles, nos mueve a buscar que se cumpla el querer de Dios y a vivir lo que rezamos cada día en el Padrenuestro: «Hágase TU voluntad».

Señor, que seamos hombres y mujeres de oración. Nuestra vida no tiene sentido sin ti, y contigo todo tiene sentido. Te damos gracias por tanta bondad, por hacernos ver que somos tus hijos y porque nos amas tanto. Que nuestra oración te sea agradable; sabemos que lo que más deseas es que nosotros, como hijos tuyos, seamos auténticamente felices. La felicidad es estar contigo, vivir contigo. No permitas que nuestra oración sea una pura reflexión o una serie de pensamientos, de fórmulas sin corazón. Que a cada palabra de nuestra oración corresponda una respuesta de puro amor. Gracias, Señor, porque Tú eres el que toma la iniciativa, y porque si Tú no te inclinas hacia nosotros, como un Padre a su hijo, no podríamos orar. Señor, te queremos pedir lo mismo que los apóstoles: ¡enséñanos a orar! Nosotros solos no podemos, pero contigo todo es posible. Que nuestra oración auténtica sea hacer, por amor, tu Voluntad.

2. Jesús, manso y humilde de corazón

Otra columna fundamental en nuestra vida, que aprendemos contemplando el misterio de Belén es la humildad, condición y base de todas las demás virtudes. La humildad nos llena de paz porque nos hace vivir en la verdad. Un alma humilde siempre encontrará la solución a los problemas, porque esta virtud nos conduce a la paz y nos libra de las dificultades que surgen del temor.

La peor cruz es la que Dios no quiere que llevemos. Una de éstas es el orgullo, que crea y produce un sufrimiento que no procede del amor. El orgullo es como el cáncer de la vida espiritual, llena el alma de tristezas, envidias y sufrimientos. Sin embargo, el hombre humilde encontrará que las cargas llegan a ser suaves, porque cuando hay humildad hay amor. Y cuando hay amor, la carga del hermano y del amigo «no pesa» sino que se lleva amando, como nos dice Cristo en el Evangelio: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

¿Quién no se conmueve al ver que Dios nos ha amado tanto que se ha hecho hombre para salvarnos? Desde el portal de Belén, oculto y silencioso, cambia la historia, el mundo y también nuestra propia vida. De esta forma, Dios nos enseña cómo le gusta obrar. «Dios es tan grande que puede hacerse pequeño» dijo el Papa Benedicto XVI en su homilía de Nochebuena del año 2006. Nuestra grandeza consiste en hacernos pequeños, en servir sin buscar protagonismo y vivir nuestra vocación de apóstoles de cara a Dios y no a los hombres. «No eres más porque te alaben ni menos porque te vituperen. Lo que eres a los ojos de Dios, eso eres» (Imitación de Cristo I, 3). María y José nos enseñan a vivir para Dios, sirviendo siempre y sin buscar recompensas.

La humildad está íntimamente ligada a la oración. «El alma que saborea a Dios en la oración difícilmente caerá presa de la soberbia» (Manual del miembro del Regnum Christi, 180). Quien ora, crece en humildad y quien es humilde siempre busca la oración porque se sabe necesitado de la gracia y la compañía de Dios. El cristiano que ora y es humilde exclama con san Pablo «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?» (Rom 8, 35).

La humildad nos ayuda a vernos a nosotros mismos con objetividad y mucha paz. Reconocemos que todo lo bueno que puede haber en nosotros es don de Dios, que somos incapaces de producir por nosotros mismos frutos de vida eterna. Así san Pablo, cuando hablaba de todo lo que había hecho por Cristo, reconocía que el autor no era él: «No yo, sino la gracia de Dios que
Jóvenes construyendo casas.
«Nuestra grandeza consiste en hacernos pequeños, en servir sin buscar protagonismo y vivir nuestra vocación de apóstoles de cara a Dios y no a los hombres».
está conmigo» (1Co 15, 10). En las propias limitaciones y miserias, en los errores y debilidades, encontramos ocasiones de oro para acercarnos a Él y confiar plenamente en su gracia y su misericordia. Cristo mismo se lo dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, pues mi fuerza se manifiesta en tu debilidad» (2Co 12, 9).

Todos podemos aprender de los fracasos, propios y ajenos. ¿Quién no tiene detrás una larga historia de fracasos? El hombre humilde aprende en la oración a verlo todo con los sentimientos de Cristo Jesús (cf. Fil 2, 6). El alma humilde no está triste ni se inquieta; ni siquiera sus faltas y caídas le causan desánimo, aunque le duelen mucho, porque toda su confianza está en el amor, la fuerza y la misericordia de Dios. Sabe que Dios derrama su misericordia y es tan bueno, que incluso nos deja mejor que antes, haciéndonos objeto de mayor compasión, bondad y caridad. Quien es consciente de la grandeza de Dios y de su propia pequeñez, vive firme y seguro en la certeza inconmovible del amor de Dios.

El día de la Epifanía leíamos el evangelio en el que Herodes pregunta sobresaltado a los Reyes Magos por el Mesías que van a adorar. Cuando falta amor y humildad, en vez de adorar a Jesús, pensamos con envidia que su presencia es una amenaza. No queremos que otros triunfen ni pasar desapercibidos, nos aflige no ser tomados en cuenta y nos roba la paz pasar a un segundo plano. Cristo nos dice que hemos de buscar ser los últimos, y que Él no vino a ser servido sino a servir (cf. Mc 9, 35; 10, 45). Por eso, el ejemplo de los pastores que fueron a adorar a Jesús, es modelo de quien está libre de toda angustia interior, porque ellos simplemente querían estar con Cristo.

Jesús no dijo a sus seguidores que no sufrirían. Les dijo que debían tomar la cruz cada día, por amor, y seguirle (cf. Lc 9, 23). La cruz no es una desgracia ni es un mal, sino una bendición, porque fue el camino por el que Cristo nos expresó su amor hasta el extremo. Sólo la cruz sin amor y sin Cristo es una desgracia. Por eso, al inicio de este nuevo año, no debemos aspirar a un año sin cruz, sino a dar a nuestras cruces el sentido que les da Jesucristo. En la cruz estamos unidos de un modo muy particular: el dolor de uno es el dolor de todos, el gozo de uno es también el de todos.

3. Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado

De un corazón humilde y que ora brotan naturalmente los frutos del Espíritu que nos describe san Pablo en la carta a los Gálatas: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22). Todo esto lo aprendemos contemplando el misterio de Belén y la vida oculta de la Sagrada Familia en Nazaret. Vivir así es experimentar el cielo en la tierra, aunque sin dejar de sentir los propios límites y fragilidades. El amor es sin duda el rasgo más característico que Dios nos ha querido regalar. Cuánto tenemos que agradecer a Dios y pedirle que conserve y acreciente el espíritu de unión y caridad. ¡Un solo corazón y una sola alma! ¿De qué sirven las obras apostólicas, el trabajo y fatigas, los esfuerzos, si no hay caridad? Y, por el contrario, con caridad, hasta el más mínimo acto se convierte en una ventana del cielo, del amor de Dios. El que ama es fiel, hasta en las cosas pequeñas, no por deber o temor, sino por amor: «El que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho» (Mt 25, 23).

Sigamos esforzándonos para que reine la caridad de Cristo en nuestros hogares, familias, secciones; en el trabajo, en la parroquia, en el colegio y la universidad, dondequiera que vayamos. «La caridad es como un paraíso de bendición» (Sir 40, 17). Que por eso nos distingan, no tanto por nuestra elocuencia o por nuestro liderazgo humano o por nuestro fervor, sino por nuestra capacidad de amar desinteresadamente a cuantos nos rodean.

Recientemente leíamos en el breviario un sermón que describía
Misioneros en asilo
«Que por eso nos distingan, no tanto por nuestra elocuencia o por nuestro liderazgo humano o por nuestro fervor, sino por nuestra capacidad de amar desinteresadamente a cuantos nos rodean».
la relación tan edificante e impregnada de caridad entre san Basilio Magno y san Gregorio Nacianceno, dos obispos y doctores de la Iglesia del siglo IV: «Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; al revés, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia. Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos».

El Manual del miembro del Regnum Christi (n. 93) nos presenta este ideal atractivo y exigente a la vez. Todos somos conscientes de que a veces no es fácil vivirlo y que implica un esfuerzo consciente y generoso. «La práctica de la caridad comprende el pensamiento, el corazón, la palabra y la acción. Supone el ejercicio generoso y constante de una amplia gama de virtudes, como son la cordialidad, el respeto, la servicialidad, el apoyo y la estima sincera y fraterna. Exige, además, sobrellevar las cargas del prójimo, ponderar sus cualidades y virtudes, compartir sus éxitos y fracasos y, si es necesario, defenderlo con prudencia, nobleza y decisión. Y puesto que el corazón es la verdadera fuente de las intenciones y acciones, es preciso cultivar la bondad de corazón para poder pensar y hablar siempre bien de los demás».

La caridad es activa y es transformadora. No se conforma con devolver amor solamente, sino que saca amor donde no lo había, vence el mal con el bien. «Pon amor donde no hay amor, y sacarás amor» recomendaba san Juan de la Cruz. La Escritura, por su parte, nos enseña que «el amor cubre todas las faltas» (Prov 10, 12). Eso significa que quien ama ve lo bueno, piensa lo bueno, difunde lo bueno. Y lo bueno siempre es y será bueno. La caridad nos lleva a ser apóstoles de las cosas buenas, a hablar siempre bien, a dejar buen sabor siempre en todas nuestras conversaciones. Como veíamos con la oración, también una buena palabra es ese colirio para el alma, es una semilla de bien. Una mala palabra deja una huella que nunca sabemos el mal que va a ocasionar, porque es una semilla de tristeza. El bien es difusivo, pero también el mal puede ser contagioso. Difundamos el buen olor de Cristo y no caigamos nunca en actitudes que llenan de tristeza el alma, como la intriga, hablar mal, criticar, romper la fama de mi hermano. ¡Apóstoles de las buenas palabras, de la benedicencia!

Señor, te pedimos que detengas nuestra mano y nuestra lengua, antes de hacer un daño a nuestro hermano. ¡No dejes que mis palabras puedan dañarte o herirte en él! Te pedimos perdón por todo aquello que haya lastimado u ofendido, y te pedimos el valor y la fortaleza para nunca guardar un rencor o resentimiento. Te ofrecemos nuestras vidas, para que podamos hacer siempre el bien, como Tú nos enseñaste, y nuestras palabras sean las que Tú siembras en los corazones de tus hijos.

El perdón y la misericordia son la esencia del Evangelio, y así, todos los cristianos somos hombres necesitados de perdón, y todos hemos de perdonar. Si no, ¿qué sentido tendría la oración del Padrenuestro? Cristo nos dejó ese ejemplo en el Evangelio, llevando su misericordia hasta el extremo. Al hijo pródigo le salió al encuentro, corriendo hacia él y ni siquiera le dejó expresar sus pecados; y a la mujer adúltera, lleno de compasión, simplemente le dijo: «Mujer… Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8, 10-11). El sacramento de la confesión es un grandísimo don en el que nos encontramos personalmente con el amor de Cristo que nos transforma y nos hace capaces de dar también a nuestro prójimo el amor y el perdón recibidos de Dios.

Jesucristo en la Última Cena nos señala la medida de nuestro amor al prójimo cuando nos dice: «Como yo os he amado». ¿Y cómo nos ha amado Él? ¡Hasta el extremo! Él es el buen pastor que todo lo perdona, que sale a nuestro encuentro, que va delante para guiarnos y va también detrás para borrar cualquier rastro negativo que pudiéramos dejar a nuestro paso. Así es de bueno y misericordioso. Y así nos pide que seamos nosotros al vivir la comprensión y el perdón, que son las expresiones más auténticas de la caridad. Hace poco recibí una estampa del Sagrado Corazón con esta oración que es muy hermosa:

Confío el pasado a tu misericordia, el presente a tu amor y el futuro a tu providencia. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Señor, en el silencio de este día que comienza vengo a pedirte la paz, la prudencia, la fuerza, la sabiduría y la humildad. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Hoy quiero mirar el mundo con los ojos llenos de amor, ser paciente, comprensivo, dulce y prudente; ver por encima de las apariencias a tus hijos, como tú mismo los ves, y así no ver más que el bien en cada uno de ellos. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Guarda mi lengua de toda maldad, cierra mi corazón y mi imaginación a todo juicio y sospecha. Que sólo los pensamientos caritativos permanezcan en mi espíritu. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Que sea tan benévolo y alegre que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia. Revísteme de ti, Señor, y haz que a lo largo de este día yo te irradie. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

4. «Pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38)

El Evangelio nos narra que «los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» y «todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían» (Lc 2, 18.20). Así nos sucede a nosotros cuando contemplamos el misterio de la Encarnación del Verbo. Quien ha experimentado el amor de Cristo, no puede no sentir este aguijón que le impulse a darlo
Card. Rodé con familia de Chile
«
a los demás. Porque si el amor es querer lo mejor para el otro, yo no puedo sino desear que todos los hombres conozcan y amen a Jesucristo. El amor de Cristo nos apremia (cf. 2Co 5, 14), nos lanza a ser apóstoles que transmitan la buena noticia, el Evangelio: «Dios es amor» (1Jn 4, 16). Este es el mejor resumen de toda la Escritura, «Dios es amor». Aquí está dicho todo. Es la síntesis perfecta.

Por eso, al comenzar este año, sigamos luchando por dar a conocer el Amor al mayor número posible de personas. Que este año 2009 sea un año en el que todos nosotros «pasemos haciendo el bien», como Cristo. Que sea un año para hacer el bien. No para que nos conozcan y nos quieran a nosotros, sino para que Cristo sea conocido y amado y los hombres encuentren en Él el sentido de sus vidas y el vértice de todas sus aspiraciones. Hemos de pedir mucho para que los apostolados se sigan desarrollando y extendiendo más para enseñar a los hombres cuánto los ama Cristo. Es también un año en el que hemos de orar y trabajar mucho, de modo especial, por las vocaciones a la vida consagrada. ¡Cuánta necesidad tiene la Iglesia de las vocaciones! En la liturgia de los últimos días de Navidad hemos leído varios textos de san Juan Bautista, en los que muestra que lo que él más anhelaba era que sus almas llegasen a Jesucristo. Su vocación era llevar a todos hacia Él: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn 3, 30).

Cristo mismo experimentó esa ansia, cuando dijo: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12, 49). El fuego de su amor que transforma todo lo que toca, debe llegar a todos los corazones. La Iglesia espera de nosotros este servicio. El cardenal Franc Rodé nos lo ha dicho de nuevo durante sus visitas a Chile y Brasil en diciembre. Durante la conferencia que dio en Santiago, nos lo dejó como una consigna: «Las familias del Regnum Christi tienen la misión de hacer presente a Cristo en la sociedad, en la cultura, en sus ambientes, entre los jóvenes, entre los niños, entre los ancianos, entre los matrimonios. Buscad acercar a las personas a Cristo sabiendo que Él es el Redentor, el Salvador, el único Salvador. Queridos amigos, la Iglesia espera mucho de vosotros. Por ello, vivid vuestro carisma espiritual y vuestro carisma apostólico en plenitud, creced para llegar a más personas, y formaos muy bien. El mundo de hoy requiere apóstoles que puedan guiar a sus hermanos en el bien y en la verdad. No escatiméis esfuerzos en vuestra formación para poder ser mejores instrumentos de Dios. Éstas son las consignas que os quiero dejar hoy» (Conferencia, 10 de diciembre de 2008). Y en Brasilia, durante la homilía, nos dejó este mensaje: «Queridos miembros del Movimiento Regnum Christi, sed siempre hombres y mujeres alegres que transmitan a Cristo, alegría verdadera de cada ser humano […] Creced para que podáis anunciar y extender con mayor alcance el Reino de Cristo en este mundo» (Homilía, 14 de diciembre de 2008). Esta es la alegría que nace de Belén, que no busca el propio protagonismo, sino compartir el don descubierto y recibido.

Estamos en el año de san Pablo. Pronto, el 25 de enero, celebraremos la fiesta de su conversión. También a nosotros Cristo nos pide la totalidad de nuestro ser. Él sale a nuestro encuentro, cada día, en el camino de nuestra vida y nos invita a hacer la misma experiencia del Apóstol: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20).

Les agradezco mucho toda su cercanía, sus cartas y, sobre todo, sus oraciones y testimonio. Nos acogemos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, para que Ella nos siga guiando. Su ejemplo y su presencia amorosa, como buena madre, nos llevan siempre a Cristo.

Les encomiendo mucho y pido a Dios que bendiga a todas sus familias. Me despido de ustedes, afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2009-01-16


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