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P. Álvaro Corcuera, L.C.: «Amar a la Iglesia»
(Carta para el día de Cristo Rey 2007)
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
«Amor que vela, amor que lucha, amor que disculpa, amor que exalta, que capta los latidos de su Madre, que la medita en la fe, la acoge en la obediencia, la dilata en el apostolado, la santifica en la vida».

Papa Benedicto XVI saluda al P. Álvaro
En esta carta, el P. Álvaro Corcuera, L.C., nos invita a reavivar nuestra fe y amor a la Iglesia, al Papa, a los obispos y sacerdotes, a promover las vocaciones y a mantener la unidad.

Presentamos a continuación la carta que el P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de la Legión de Cristo y del Movimiento de apostolado Regnum Christi dirige a todos los miembros y amigos del Movimiento con motivo del "Día del Regnum Christi", en el marco de la solemnidad litúrgica de Cristo Rey.

Para descargar la carta en formato pdf, siga este enlace.

*****

¡Venga tu Reino!

Roma, 14 de noviembre de 2007

A los miembros y amigos del Regnum Christi
con ocasión de la solemnidad de Cristo Rey

Muy estimados en Jesucristo:

Ante la proximidad de la fiesta de Cristo Rey deseo saludarles y hacerme presente, como es tradición, con esta carta cuya finalidad es la de exhortarnos a una vivencia más perfecta de nuestra vocación cristiana. Recientemente celebramos en la Plaza de San Pedro, en Roma, la beatificación de 498 mártires españoles que, como en tantos otros lugares a lo largo de toda la historia, han muerto al grito de "¡viva Cristo Rey!", porque no dudaron en dar su vida por el amor más grande, Jesucristo. El amor y la fidelidad heroica a la Iglesia es quizá uno de los rasgos más sobresalientes de los mártires y de los santos. En las líneas que siguen quisiera ofrecerles algunas pautas que nos ayuden a reafirmar en cada uno de nosotros este aspecto irrenunciable de nuestra vida espiritual como cristianos y como hombres y mujeres del Reino: el amor apasionado a la Iglesia.

1) Fundamentos de nuestra fe y amor a la Iglesia

Creemos y amamos a la Iglesia porque tenemos la certeza de que no es nuestra sino DE Cristo; este es el motivo principal de nuestra fidelidad a ella. En Él la
La Pasión de Cristo
«No puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre» (Foto: La Pasión de Cristo).
Iglesia encuentra el origen, el sostén y la razón de ser de su existencia; en la medida en que es de Cristo conserva su belleza y su verdadera identidad, y sólo en Él y a partir de Él puede realizar su misión en el mundo. La Iglesia, fundada por Jesucristo, que subsiste en la iglesia católica gobernada por el Papa, sucesor de Pedro, y por los demás obispos en comunión con él, es sacramento universal de salvación, es decir, el instrumento por el cual los frutos de la redención llegan a todos los hombres mediante la acción del Espíritu Santo y los sacramentos. La Iglesia es, pues, el medio por el cual Dios continúa su historia de amor con cada uno de nosotros, es el camino donde se hace el encontradizo para salvarnos, es el lugar donde nos manifiesta su voluntad en el hoy de nuestra vida.

¡Qué consuelo y qué seguridad tan grandes nos proporciona saber que nuestra fe católica se fundamenta sobre la roca firme de la palabra de Cristo, que la Iglesia no es principalmente obra de los hombres y "las puertas de la muerte no prevalecerán contra ella" (cf. Mt 16, 18). La historia de estos dos mil años –llena de persecuciones, de cismas y divisiones, de herejías, de santidad y de pecado– es una prueba irrefutable de ello. Y aunque a veces podamos sentir la sacudida de las olas y la violencia del viento, nada tememos porque sabemos en quien tenemos puesta nuestra fe y estamos convencidos de su poder (cf. 2Tim 1, 12), y de que Él, el Señor de la historia que rige los destinos humanos, es quien guía la barca de Pedro, quien hace callar las tempestades y camina sobre las aguas. "No temas, pequeño rebaño" (cf. Lc 12, 32). La promesa de Cristo nos da la certeza de que en el seno de la Iglesia siempre viviremos en paz, caminaremos seguros aun en medio de tentaciones y dificultades; con ella y en ella no nos equivocaremos, como tampoco se han equivocado los santos que supieron fiarse plenamente de Dios.

Hay un pensamiento en san Pablo muy iluminador, que nos revela un segundo motivo por el cual debemos amar a la Iglesia. Hablando a los cristianos de Éfeso sobre cuál ha de ser la relación entre marido y mujer, pone como modelo de comportamiento a Jesús en su relación con la Iglesia: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella" (3, 5). No la constituyó con un acto formal, jurídico, sino que la engendró con sus obras y su palabra, con sus lágrimas y sufrimientos, derramando por ella literalmente hasta la última gota de su preciosa Sangre. La Iglesia vale la cruz de Cristo. Así lo han interpretado muchos Padres de la Iglesia que han visto en esa agua y sangre que brotaron del costado de Jesús el nacimiento de la Iglesia (cf. Catecismo 766). ¡Tal es el precio que Dios ha pagado por ella! La Iglesia, mis queridos amigos y miembros del Movimiento, merece todo nuestro amor y veneración porque es obra del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Y hemos de hacer por ella lo mismo que hizo Cristo: engendrarla en nuestro corazón con la santidad de nuestra vida diaria y vivir dentro de ella donando todo nuestro ser con generosidad para hacerla más bella y santa, más amada por los hombres.

Jesucristo no sólo fundó su
Basílica de San Pedro
«La Iglesia es, pues, el medio por el cual Dios continúa su historia de amor con cada uno de nosotros».
Iglesia ni la amó hasta el extremo de morir por ella, sino que está presente en ella, vive en ella, como ha querido también identificarse con nuestros hermanos los hombres. Y este es un tercer motivo de nuestra fe y amor a la Iglesia. Ella es el "lugar donde florece el Espíritu Santo" (cf. Catecismo 749), precisamente porque es el Espíritu de Cristo quien la vivifica, la anima y la sostiene. La promesa de Cristo, "Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos" (cf. Mt 28, 20), se realiza de manera concreta y visible en la Iglesia, que es eterna. Sabemos que, como católicos, no podemos decir: "Cristo sí, Iglesia no". Y que nuestra fe va unida a la práctica. Es un creer, que no significa adherirse a una idea o a una teoría, sino a la persona de Cristo, con las propias obras y en la práctica religiosa. Es como decirle a una persona que "la queremos", pero no la amamos con nuestras obras. Si realmente queremos a alguien, y queremos a nuestra familia que es la Iglesia, vivimos todos juntos aquello que nos pide. La Iglesia no es la suma de individuos, sino que es un Cuerpo, donde todos vamos juntos, en momentos de salud y de enfermedad, donde nadie va solo ni debe sentirse solo y la salvación de mi hermano, quien sea, es para sus hijos, motivo de entrega y oración. Es vivir más para Dios y para el prójimo, que para nosotros mismos. Ya nos decía el apóstol Santiago: "Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe" (cf. St 2, 18). Mi fe y mi amor a Dios no pueden separarse jamás de la fe y del amor a la Iglesia. "Creer que la Iglesia es ´Santa´ y ´Católica´, y que es ´Una´ y ´Apostólica´ es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo" (cf. Catecismo 750). Como afirma san Cipriano: "No puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre".

2) Algunas manifestaciones de nuestro amor filial a la Iglesia

Quisiera ofrecerles algunas aplicaciones, esperando que puedan ser de utilidad para concretar estas ideas y para crecer en nuestro amor filial a la Iglesia. Son maneras de amar y de entregarnos por la Iglesia, a ejemplo de Cristo.

Amor y adhesión al Papa

El Movimiento siempre nos ha inculcado desde el primer día de nuestra incorporación a adherirnos con amor ardiente y personal al Papa y a sus enseñanzas, por ser el vicario de Jesucristo en la tierra, el
Benedicto XVI
«¡El Papa nos necesita y cree en el poder de la oración de cada uno de nosotros!».
Sucesor de Pedro, cabeza visible y signo de unidad de fe y de comunión en la Iglesia. Esta actitud no se basa en la simpatía ni en las cualidades humanas que podamos descubrir en él, como tampoco en la opinión de la gente o en la imagen que puedan difundir los medios, sino en la fe y en el amor a nuestro Señor.

La primera y más elemental manifestación de amor al Papa es rezar por él. Jesús rezó por Pedro para que su fe no desfalleciera (cf. Lc 22, 31-32), sobre todo en la hora de la adversidad y de la prueba. Una de las cosas que más suele pedir Benedicto XVI en los encuentros privados que he tenido con él son nuestras oraciones, y lo repite con frecuencia en las audiencias y encuentros con la gente. ¡El Papa nos necesita y cree en el poder de la oración de cada uno de nosotros! Son nuestras oraciones las que sostienen al Papa en su difícil misión, como aquellos hombres sostuvieron durante todo el día los brazos de Moisés en oración para obtener el favor de Dios (cf. Ex 17, 8ss). Rezar por otro es un excelente acto de caridad. Ojalá que siempre mantengamos la hermosa tradición de rezar todos los días esa oración por el Papa, tan rica de contenido, en la que Nuestro Padre nos ha invitado a rezar por él, y de manera particular, cuando hemos recibido a Cristo en la Eucaristía.

"Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen" (cf. Jn 10, 27). Hay dos modos de seguir al Pastor: el primero, más interior, consiste en escuchar la voz de Cristo a través del Papa, que implica mantenerse al día de sus actividades, de sus escritos y discursos, dando a todas sus enseñanzas el homenaje de fe de nuestra adhesión y asentimiento interior. Pero es necesario también ese seguimiento exterior que consiste en difundir su magisterio y el amor al Santo Padre entre nuestros amigos, familiares y conocidos, y en defender su persona con valentía sabiendo que es el Vicario de Cristo. En este sentido, todos los equipos y secciones del Regnum Christi, nuestras instituciones educativas y obras de apostolado pueden convertirse en promotores entusiastas del amor al Papa y a la Iglesia.

Apoyo a los Obispos y sacerdotes

La misma actitud de fe hemos de tener
Capilla Sixtina: David y Goliath
«El amor y la fidelidad heroica a la Iglesia es quizá uno de los rasgos más sobresalientes de los mártires y de los santos».
también con los Obispos, sucesores de los Apóstoles, que enseñan en comunión con el Papa, y con nuestros sacerdotes y párrocos. Ellos merecen toda nuestra veneración y afecto al haber sido revestidos de la dignidad más grande que Dios puede conceder a un hombre: la de ser "otros cristos" en la tierra, puentes de la gracia entre Dios y los hombres, copartícipes de los poderes y de la misión santificadora de Cristo. Ellos son, como sabemos, la porción de la Iglesia más amada por el Corazón de Jesús; pero, también, en no pocos casos, la más necesitada. Yo les invito, estimados amigos y miembros del Regnum Christi, a vivir muy cerca de sus obispos y de sus párrocos; a brindarles la cercanía de sus oraciones, su estima y apoyo, de palabra y de obra; a secundar generosamente sus consignas dentro de sus posibilidades; a interesarse sinceramente por ellos y rodearles incluso de esos pequeños gestos de deferencia y de caridad, que tanto bien nos hacen y que contribuyen a crear ese ambiente de familia característico de toda comunidad cristiana.

Los miembros del Regnum Christi han de caracterizarse por su sentido eclesial, por su amor real y ardiente a la Iglesia; han de ser propulsores activos de la vida litúrgica y pastoral en comunión con sus Pastores y párrocos, poniendo a rendir de este modo la formación espiritual y apostólica que reciben a través nuestro carisma específico, unidos a los demás grupos y realidades eclesiales que tanto bien hacen dentro de la Iglesia. Gracias a Dios y al celo de los miembros del Movimiento, es cada vez mayor el número de lugares donde podemos colaborar con los Obispos y los párrocos, en una pastoral en la que todos vamos unidos, ofreciendo nuestros programas de formación y apostolado destinados, por ejemplo, a la niñez y adolescencia; a los jóvenes y a las familias; a la promoción humana y cristiana de los más necesitados; a la formación permanente del clero y de las religiosas, etc. El carisma espiritual y apostólico que hemos recibido gratuitamente, debemos, en conciencia, ponerlo al servicio de nuestros Obispos y párrocos, sabiendo que es un don que hemos de agradecer. Y, como sabemos también, la mejor forma de agradecer es comprometernos con responsabilidad para compartirlo entre nuestros hermanos, siguiendo la vocación a la que Dios nos llamó de hacer siempre el bien. Como se suele decir: "hacer siempre el bien, sin mirar a quién". A todos, en cada uno vemos el rostro de Cristo.

Rezar, promover y sostener las vocaciones

El tema de las vocaciones debe ser una inquietud y una ocupación prioritaria de todo buen hijo de la Iglesia, no sólo de los
Capilla Sixtina: Juicio final
«Aunque a veces podamos sentir la sacudida de las olas y la violencia del viento, nada tememos porque sabemos en quien tenemos puesta nuestra fe y estamos convencidos de su poder».
sacerdotes. Es la fe la que nos debe mover a rezar y a promover las vocaciones. Al contemplar la mies inmensa del mundo que se apaga y muere por falta de Cristo, hemos de compadecernos y sentir la misma urgencia de Cristo de hacer algo, poco o mucho, pero algo. Dios sigue llamando, es el primer interesado en regalar a su Iglesia abundantes y buenas vocaciones, pero no nos las va a mandar a costa de nuestra indiferencia y pasividad. Quiere que le ayudemos y nos ha dicho cómo hacerlo: "Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (cf. Mt 9, 38). Tomarse en serio esta responsabilidad, sintiendo como cosa propia esta preocupación de Cristo, nos ha de impulsar a pedir con fervor, todos los días, por las vocaciones y por la santidad y fidelidad de los sacerdotes y religiosos. Parafraseando las palabras de san Pablo podemos exclamar: "¡ay de mí si no evangelizare". Que, en cierta manera, es la responsabilidad que todos tenemos de buscar y trabajar para que haya más vocaciones dentro de la Iglesia. Hay miembros o equipos del Movimiento que se han propuesto promover la adoración por las vocaciones en sus respectivas parroquias o secciones, o que colaboran directamente en programas de pastoral vocacional. Otros, por ejemplo, han asumido el compromiso de "apadrinar", por así decir, a un seminarista o a un consagrado o consagrada, sosteniendo el costo parcial o total de su formación. Si cada cristiano vibrase, de verdad, con esta consigna de Cristo podemos estar seguros que en cuestión de pocos años veríamos de nuevo los seminarios llenos, veríamos multiplicarse con mayor rapidez la cantidad de mujeres y hombres consagrados, y crecería la santidad y el celo sacerdotales.

Custodiar y promover el gran tesoro de la unión y caridad

La Eucaristía y la caridad son dos grandes tesoros que Dios ha regalado a su Iglesia, ambos íntima e inseparablemente unidos. Sabemos muy bien que la fuerza de la Iglesia y su poder transformador en el mundo depende principalmente de la unión y caridad. La cultura hostil y pagana de los primeros siglos de nuestra era, se vio desarmada, vencida, por la fuerza silenciosa del amor: "¡Mirad cómo se aman!" (cf. Tertuliano, Apología del cristianismo, cap. 39). La historia está llamada a repetirse también hoy. El mundo creerá en la medida en que nuestras familias y comunidades vivan, como los primeros cristianos, "con un solo corazón y una sola alma" (cf. Hch 4, 32), porque sólo el amor es creíble. Allí donde hay dos o más cristianos reunidos, ahí debe reinar la unión de ideales, la caridad, el respeto y la estima sincera, el apoyo mutuo. Debemos rechazar como un mal muy grande la calumnia, el chisme y la maledicencia, que tanto ofenden a Dios y destruyen como el cáncer enteras comunidades. Por el contrario, hemos de aprender a descubrir y alabar lo bueno, a disculpar lo malo y sobrellevar las cargas de los demás, a rechazar la envidia, a perdonar y olvidar las ofensas. Esta
La Pasión de Cristo
"Todo aquel, cristiano o no, que formule a Jesús aquella pregunta del confuso Pilato: “¿Tú eres rey?”, recibirá la misma respuesta de un Cristo que gobierna en el servicio y en la cruz: 'Tú lo has dicho, yo soy Rey'".
exigencia intrínseca a toda vocación cristiana, nosotros, miembros del Regnum Christi, la hemos asumido como una misión específica, como un apostolado, sobre todo la benedicencia tan propia de un corazón manso y humilde como el de Cristo. El día del juicio, Dios nuestro Señor nos juzgará sobre el amor. En la vida hay aciertos y errores, tenemos equivocaciones y faltas, pero de lo que estamos seguros que no nos vamos a equivocar, es de haber amado y dado nuestra vida.

Desde los primeros años, escuchamos estas palabras de nuestro Padre Fundador, que sintetizan lo que he querido transmitirles en estas pobres líneas: "Amor a la Iglesia: amor que vela, amor que lucha, amor que disculpa, amor que exalta, que capta los latidos de su Madre, que la medita en la fe, la acoge en la obediencia, la dilata en el apostolado, la santifica en la vida".

Que esta fiesta de Cristo Rey, nos prepare para vivirlas desde nuestro corazón, esforzándonos por imitar a Cristo, manso y humilde de corazón. Cristo no reinó por medio del poder o de la fuerza. Nos enseñó que su Reino no es de este mundo. Es el Reino de la caridad, la bondad, la mansedumbre y la sencillez. En su pasión, humillado, escuchamos las palabras de Pilato: "Ecce homo". Ahí tenéis al hombre, que es el mismo Dios, y que se entrega, hasta la muerte, por amor a cada uno de nosotros. Vemos ahí a Cristo que, con su propia vida nos está diciendo que el amor es más fuerte, es lo único que cambia los corazones de los hombres.

Me despido, queridos amigos y miembros del Regnum Christi, pidiendo a Dios por intercesión de María que les alcance la gracia de ser verdaderos hijos de la Iglesia, y que les conceda su protección y abundantes bendiciones. Suyo afectísimo en Jesucristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2007-11-18


 

 


 



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