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Siervos, diáconos, según la horma de Jesús
ESPAÑA | ACTUALIDAD | TEXTOS
Homilía de Mons. Ricardo Blázquez durante las ordenaciones diaconales en Salamanca, España (19 de junio de 2010).

(El audio de la homilía se puede escuchar aquí).

Querido padre director territorial, queridos hermanos presbíteros concelebrantes, queridos hermanos que vais a recibir el orden del diaconado. Saludo a vuestras familias, a los seminaristas. Hermanos y hermanas todos:

Yo agradezco, cordialmente, las palabras que el director territorial al empezar la celebración  dirigió. Yo respondería también con una acción de gracias por diversos motivos.

En primer lugar, por la confianza que el Papa depositó en mí, para ayudarle, colaborar con él, y para ayudar también a la Legión de Cristo en este momento, en esta situación nada sencilla, no buscada, pero que nos encontramos en determinadas situaciones con una cruz, a veces muy pesada. Agradezco también la acogida que en todas las casas fui experimentando, y también la comunicación y la transparencia. Dios os lo pague. Con frecuencia os decía que yo podría ayudaros en la medida en que vosotros me ayudarais a mí. Ciertamente, me habéis ayudado.

Os saludo esta mañana con afecto y con un particular afecto, teniendo en cuenta las múltiples reuniones en este territorio de España y en el de Francia y en el de Alemania, según la distribución del calendario que el director territorial y un servidor pudimos hacer. Después de estas múltiples visitas, el afecto entre nosotros, ciertamente ha ido creciendo. En la iglesia, nunca estamos solos. Ya la fe es recibir la compañía de Dios. Es una gracia inmensa el que nuestra soledad más profunda pueda ser quebrada por la comunicación con Dios. La comunicación que Él nos hace y la respuesta que nosotros podemos también, en forma de comunicación confiada, devolverle. Pero no sólo la fe rompe la soledad del hombre, en relación con Dios, también entre nosotros. Al creer, atravesamos el umbral de la casa de Dios, de la familia de los hijos de Dios, y recibimos tantos hermanos y hermanas. Por eso, siempre, y cuando las situaciones puedan ser más complicadas, tenemos que estar unos junto a los otros. Yo tengo la persuasión de que a través de la purificación personal de cada uno, de todos, a través del retorno más intenso a Dios, de la búsqueda de su voluntad, de la renovación en el espíritu y eclesialmente, pronto el Señor ayude también al Papa en las decisiones que debe tomar; que pronto entraremos todos en una situación nueva e inmensamente esperanzadora. Que el Señor os mantenga, queridos hermanos, en el entusiasmo por la fe, por la misión que hemos recibido de nuestro Señor Jesucristo.

Estamos celebrando la ordenación de seis hermanos nuestros como diáconos de la santa Iglesia. El trozo del Evangelio que hemos escuchado, está tomado de lo que con justicia se llama la oración sacerdotal de Jesús cuando estaba a punto de comenzar su pasión, cuando estaba a punto de entregar su vida en manos del Padre por la salvación del mundo, como rescate de todos nosotros. Y en esta oración, igual que en muchos otros pasajes del Evangelio, podemos recoger lo siguiente: el ministerio sacramental, tanto el episcopado, como el presbiterado, como el diaconado; en esta trilogía ministerial, el ministerio sagrado viene siendo ejercido desde el principio de la Iglesia. Pues bien, el origen del ministerio lo podremos verificar una vez más en la oración de ordenación; el ministerio sagrado tiene su origen en Dios Padre, pasa por nuestro Señor Jesucristo, y Él lo ha transmitido y lo hemos recibido, a través de los apóstoles, en la santa Iglesia: «Como el Padre me amó, yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi amor», «Como el Padre me ha enviado, yo os envío a vosotros», «Como yo me consagro al Padre por vosotros, también vosotros seréis consagrados». Hay una especie como de cascada, de llamada, de amor, de misión, de encomienda, de encargo, también de acompañamiento, que viene de Dios Padre, por su Hijo Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo y llega hasta nosotros. También vosotros, queridos hermanos candidatos al diaconado, que estáis a punto de recibir esta ordenación sagrada. También vosotros entráis en ese dinamismo del amor, de la elección, de la consagración y del envío. Es una sorpresa para todos nosotros, cuando el Señor nos dice: «Sois mis amigos. Ya no os llamo siervos. Sois mis amigos». Entráis en el ámbito de la confidencialidad. Yo os pido esta mañana, queridos hermanos, recibid esta cascada de amor, de misericordia, de envío que viene de Dios, nuestro Padre, a través de su Hijo Jesucristo.

Jesús, en este trozo que hemos escuchado, se hace ya intercesor. Y eternamente es intercesor, sacerdote intercesor por nosotros. Pide por los discípulos de la primera hora, para que el Padre no los saque del mundo sino que los libre del maligno. Y esa oración llega también a los discípulos de todas las horas de la historia. También a nosotros hoy. Jesucristo intercede por nosotros ante el Padre para que seamos custodiados en la fidelidad. Y estas palabras adquieren una fuerza especial cuando las pronunciamos dentro de coyunturas que para la Iglesia como conjunto, para una congregación religiosa, para una diócesis, para una persona, pueden ocurrir. Jesucristo pide por ti. Jesucristo se interesa por nosotros. Y especialmente está cerca cuando nuestra fragilidad la palpamos de una manera particular. Nuestra fuerza consiste en apoyarnos en Dios. No en que nosotros seamos capaces. ¿De qué somos capaces? El Señor pide por nosotros también ante la constatación de nuestra debilidad. También cuando a los enemigos los vemos más poderosos, cuando los vientos son recios y contrarios contra nuestra pobre embarcación. Pero el Señor está cerca. El Señor nos acompaña siempre. Yo imagino que a vosotros, queridos candidatos al diaconado, os pasará lo que nos pasa a todos, y nos ha pasado en estos trances importantísimos de la vida. Sólo se puede dar el paso siguiente hacia adelante apoyándonos en Dios. No apoyándonos en nosotros que somos todos muy débiles. Y nos viene muy bien el palpar la debilidad, porque nos hace más humildes, más realistas y más confiados en quien es el Señor, que es nuestro Señor Jesucristo.

La misericordia del Señor, a través del sacramento del diaconado, llega hasta vosotros particularmente esta mañana, con el compromiso que Él adquiere de acompañar siempre. Nosotros no somos espontáneos. Somos enviados. Y cuando el Señor envía, Él da la gracia, da la fuerza y nos promete su presencia: «Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo», «No tengáis miedo». No tengamos miedo, tampoco cuando las situaciones sean más duras y los vientos soplen más duramente contra nuestra barca. No tengamos miedo. El Señor continúa en la nave que es la Iglesia. No la ha abandonado. Está con nosotros. Hay momentos en que la esperanza puede estar como reforzada por la euforia, por el entusiasmo. Y otros momentos en que la esperanza está probada. Pero nuestra esperanza es en Dios, no en las condiciones bonancibles, ni en el poder de las personas, de los hombres y de las mujeres. Ni en lo propicio que puedan ser las autoridades. No. Nosotros nos apoyamos en el Señor. Con este espíritu, queridos candidatos al diaconado, vais a recibir este ministerio que es –lo dice la Palabra– un ministerio, es un servicio, es una diaconía.

Hemos escuchado, como segunda lectura, un trozo tomado de los Hechos de los Apóstoles, al cual nos remitimos como punto de arranque del ministerio del diaconado. Un poco más adelante, se va a ver ya claramente, también en el Nuevo Testamento, más o menos, la trilogía ministerial. Y especialmente, en los primeros momentos de la Iglesia, en los primeros siglos de la Iglesia.

Vais a recibir el ministerio del diaconado. Y el diaconado significa servicio. Y servicio, siguiendo los pasos de nuestro Señor Jesucristo. Jesús, como diácono, podemos decir, lavó los pies a sus discípulos, con extrañeza para ellos. Pedro se resistía, porque no comprendía la condición servicial de Jesús. Un servicio, un diaconado, un ministerio diaconal, ejercido con humildad. La humildad es una virtud específicamente cristiana. Que no significa apocamiento. Significa valor, apoyados en el poder de Dios, conscientes de nuestra fragilidad. Un diaconado ejercido con humildad y ejercido con sacrificio. El verdadero servicio siempre comporta renuncia, abnegación y sacrificio. Jesús ha sido enviado, lo dice Él «no para ser servido, sino para servir y entregar su vida en rescate por todos». Por el perdón de nuestros pecados, por la apertura a la esperanza, siempre.

Siervos, diáconos, según la horma de Jesús. Y cuando recibáis el presbiterado, los candidatos también para el presbiterado: el presbiterado no sustituye, no desplaza el ministerio diaconal. No lo desplaza en ninguno de nosotros. Podemos decir, se acumulan pero no se desplazan. Vais a ser diáconos del Señor siempre. Siguiendo a Jesucristo, siervo, al servicio del Evangelio, de la santa Iglesia, al servicio de los hermanos, de los cristianos, que el Señor vaya poniendo en vuestro camino; y al servicio también de todos los hombres y mujeres con los que vayamos encontrándonos en la vida. Que podamos, desde la Iglesia, trasparentar, remitir a nuestro Señor de una manera humilde y fehaciente.

Queridos hermanos, yo me alegro mucho de la celebración de esta mañana. También, como decía al principio, para mí es un motivo de nueva satisfacción. Contad conmigo. Antes, ahora y siempre. Yo me remito también a vuestras oraciones. Seamos discípulos humildes y fieles del Señor en la santa Iglesia. Que la comunión con el Papa –he podido apreciar como en vuestra congregación está tan hondamente arraigada– en los momentos de dificultades, sea acrisolada, sea afianzada. Y esto va a ser para todos nosotros una garantía de que pasamos a una nueva etapa. Que santa María, la Virgen, nos muestre siempre a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Que os lo muestre, queridos candidatos al diaconado, todos los días. Yo me alegro de estar esta mañana con vosotros. Prosigamos la celebración.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-06-19


 

 


 



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