ANCONA, domingo 11 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy
a jóvenes parejas de novios reunidas en la Piazza del
Plebiscito de Ancona (Italia), durante su visita pastoral a esta
ciudad italiana, para clausurar el 25º Congreso Eucarístico Nacional.
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Queridos
novios
Estoy contento de concluir esta intensa jornada, culmen del Congreso
Eucarístico Nacional, encontrándome con vosotros, casi como queriendo confiar la
herencia de este acontecimiento de gracia a vuestras jóvenes vidas.
Por lo demás, la Eucaristía, don de Cristo para la
salvación del mundo, indica y contiene el horizonte más verdadero
de la experiencia que estáis viviendo: el amor de Cristo
como plenitud del amor humano. Doy las gracias al arzobispo
de Ancona-Osimo, monseñor Edoardo Menichelli, por su cordial saludo, y
a todos vosotros por esta viva participación; gracias también por
las palabras que me habéis dirigido y que yo acojo
confiando en la presencia en medio de nosotros del Señor
Jesús: ¡sólo Él tiene palabras de vida eterna, palabras de
vida para vosotros y para vuestro futuro!
Los que planteáis son
interrogantes que, en el actual contexto social, asumen un peso
aún mayor. Quisiera ofreceros sólo alguna orientación para una respuesta.
Para estos aspectos, el nuestro es un tiempo no fácil,
sobre todo para vosotros los jóvenes. La mesa está repleta
de muchas cosas deliciosas, pero, como en el episodio evangélico
de las bodas de Caná, parece que haya faltado el
vino de la fiesta. Sobre todo, la dificultad de encontrar
un trabajo estable extiende un velo de incertidumbre sobre el
futuro. Esta condición contribuye a dejar para más adelante la
asunción de decisiones definitivas, e incide en modo negativo sobre
el crecimiento de la sociedad, que no consigue valorar plenamente
la riqueza de energías, de competencias y de creatividad de
vuestra generación.
Falta el vino de la fiesta también a una
cultura que tiende a prescindir de claros criterios morales: en
la desorientación, cada uno se ve empujado a moverse de
forma individual y autónoma, a menudo solo en el perímetro
del presente. La fragmentación del tejido comunitario se refleja en
un relativismo que oculta los valores esenciales; la consonancia de
sensaciones, de estados de ánimo y de emociones parece más
importante que compartir un proyecto de vida. También las decisiones
de fondo se vuelven frágiles, expuestas a una perenne revocabilidad,
que a menudo se considera expresión de libertad, mientras que
señala más bien su carencia. Pertenece a una cultura privada
del vino de la fiesta también la aparente exaltación del
cuerpo, que en realidad banaliza la sexualidad y tiende a
hacerla vivir fuera de un contexto de comunión de vida
y de amor.
¡Queridos jóvenes, no tengáis miedo de afrontar estos
desafíos! No perdáis nunca la esperanza. Tened valor, también en
las dificultades, permaneciendo firmes en la fe. Estad seguros de
que, en toda circunstancia, sois amados y custodiados por el
amor de Dios, que es nuestra fuerza. Por esto es
importante que el encuentro con Él, sobre todo en la
oración personal y comunitaria, sea constante, fiel, precisamente como el
camino de vuestro amor: amar a Dios y sentir que
Él me ama. ¡Nada nos puede separar del amor de
Dios! Estad seguros, además, de que también la Iglesia está
cerca de vosotros, os apoya, no deja de miraros con
gran confianza. Ella sabe que tenéis sed de valores, los
verdaderos, sobre los que vale la pena construir vuestra casa.
El valor de la fe, de la persona, de la
familia, de las relaciones humanas, de la justicia. No os
desaniméis ante las carencias que parecen apagar la alegría en
la mesa de la vida. En las bodas de Caná,
cuando faltó el vino, María invitó a los siervos a
dirigirse a Jesús y les dio una indicación precisa: “Haced
lo que él os diga" (Jn 2,5). Atesorad estas palabras,
las últimas de María recogidas en los Evangelios, casi un
testamento espiritual, y tendréis siempre la alegría de la fiesta:
¡Jesús es el vino de la fiesta!
Como novios os encontráis
viviendo una etapa única, que abre a la maravilla del
encuentro y que hace descubrir la belleza de existir y
de ser preciosos para alguien, de poderos decir recíprocamente: tu
eres importante para mí. Vivid con intensidad, gradualidad y verdad
este camino. ¡No renunciéis a perseguir un ideal alto de
amor, reflejo y testimonio del amor de Dios! ¿Pero cómo
vivir esta fase de vuestra vida, dar testimonio del amor
en la comunidad? Quisiera ante todo deciros que evitéis encerraros
en relaciones intimistas, falsamente tranquilizadoras; haced más bien que vuestra
relación se convierta en levadura de una presencia activa y
responsable en la comunidad. No olvidéis, además, que para ser
auténtico, también el amor requiere un camino de maduración: a
partir de la atracción inicial y del “sentirse bien” con
el otro, educaos a “querer bien” al otro, a “querer
el bien” del otro. El amor vive de gratuidad, de
sacrificio de si, de perdón y de respeto del otro.
Queridos
amigos, todo amor humano es signo del Amor eterno que
nos ha creado, y cuya gracia santifica la decisión de
un hombre y de una mujer de entregarse recíprocamente la
vida en el matrimonio. Vivid este tiempo del noviazgo en
la espera confiada de este don, que debe ser acogido
recorriendo un camino de conocimiento, de respeto, de atenciones que
no debéis extraviar nunca: sólo con esta condiciónel lenguaje del
amor será siendo significativo también con el paso de los
años. Educaos, por tanto, desde ahora a la libertad de
la fidelidad, que lleva a custodiarse mutuamente, hasta vivir el
uno para el otro. Preparaos para elegir con convicción el
"para siempre" que distingue al amor: la indisolubilidad, antes que
una condición, es un don que debe deseasrse, pedirse y
vivirse, más allá de cualquier situación humana cambiante. Y no
penséis, según una mentalidad difundida, que la convivencia sea una
garantía para el futuro. Quemar etapas acaba por “quemar” el
amor, que el cambio necesita respetar los tiempos y la
gradualidad en las expresiones; necesita dar espacio a Cristo, que
es capaz de hacer un amor humano fiel, feliz e
indisoluble. La fidelidad y la continuidad de vuestro querer os
harán capaces también de estar abiertos a la vida, de
ser padres:la estabilidad de vuestra unión en el Sacramento del
Matrimonio permitirá a los hijos que Dios quiera daros crecer
confiados en la bondad de la vida. Fidelidad, indisolubilidad y
transmisión de la vida son los pilares de toda familia,
verdadero bien común, patrimonio precioso para toda la sociedad. Desde
ahora, fundad sobre ellos vuestro camino hacia el matrimonio y
dad testimonio de él también a vuestros coetáneos: ¡es un
servicio precioso! Sed agradecidos a cuantos con compromiso, competencia y
disponibilidad os acompañan en la formación: son signo de la
atención y del cuidado que la comunidad cristiana os reserva.
No estáis solos: buscad y acoged en primer lugar la
compañía de la Iglesia.
Quisiera volver aún sobre un punto esencial:
la experiencia del amor tiene dentro de sí la tensión
hacia Dios. ¡El verdadero amor promete lo infinito! Haced, por
tanto, de este tiempo vuestro de prpearación al matrimonio un
itinerario de fe: redescubrid para vuestra vida de pareja la
centralidad de Jesucristo y del caminar en la Iglesia. María
nos enseña que el bien de cada uno depende del
escuchar con docilidad la palabra del Hijo. En quien se
fía de Él, el agua de la vida cotidiana se
transforma en el vino de un amor que hace buena,
bella y fecunda la vida. Caná, de hecho, es anuncio
y anticipación del don del vino nuevo de la Eucaristía,
sacrificio y banquete en el que el Señor nos alcanza,
nos renueva y nos transforma. No descuidéis la importancia vital
de este encuentro; que la asamblea litúrgica dominical os encuentre
plenamente partícipes: de la Eucaristía brota el sentido cristiano de
la existencia y una forma nueva de vivir (cfr Exhort.
ap. postsin. Sacramentum caritatis, 72-73). No tendréis, entonces, miedo de
asumir la comprometida responsabilidad de la elección conyugal; no temeréis
entrar en este "gran misterio", en el que dos personas
se hacen una sola carne (cfr Ef 5,31-32).
Queridísimos jóvenes, os
confío a la protección de san José y de María
Santísima; siguiendo la invitación de la Virgen Madre – "Haced
lo que él os diga" – no os faltará el
gusto de la verdadera fiesta y sabréis llevar el "vino"
mejor, el que Cristo da para la Iglesia y para
el mundo. Quisiera deciros que yo también estoy cerca de
vosotros y de quienes, como vosotros, viven este maravilloso camino
del amor. ¡Os bendigo de todo corazón!