ANCONA, domingo 11 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy
a los matrimonios y a los sacerdotes reunidos en la
catedral de San Ciriaco de Ancona, durante su viaje a
esta ciudad parala clausura del 25º Congreso Eucarístico Nacional italiano.
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Queridos sacerdotes y queridos esposos
La colina sobre la que está
construida esta catedral nos ha permitido una bellísima vista de
la ciudad y del mar; pero al atravesar el majestuoso
pórtico, el alma queda fascinada por la armonía del estilo
románico, enriquecido por un entretejido de influencias bizantinas y de
elementos góticos. También en vuestra presencia – sacerdotes y matrimonios
procedentes de las distintas diócesis italianas – se capta la
belleza de la armonía y de la complementariedad de vuestras
diferentes vocaciones. El conocimiento y la estima mutuas, compartiendo la
misma fe, llevan a apreciar el carisma del otro y
a reconocerse dentro del único "edificio espiritual" (1 Pe 2,5)
que, teniendo como piedra angular al mismo Cristo Jesús, crece
bien ordenado para ser templo santo en el Señor (cfr
Ef 2,20-21). Gracias, por tanto, por este encuentro: al querido
arzobispo, monseñor Edoardo Menichelli – también por las amables palabras
con que lo ha presentado – y a cada uno
de vosotros.
Quisiera detenerme brevemente en la necesidad de reconducir Orden
sagrado y Matrimonio a la única fuente eucarística. Ambos estados
de vida tienen, en el amor de Cristo, que se
entrega a sí mismo para la salvación de la humanidad,
la misma raíz; son llamados a una misión común: la
de dar testimonio y hacer presente este amor al servicio
de la comunidad, para la edificación del Pueblo de Dios
(cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1534). Esta perspectiva
permite ante todo superar una visión reductiva de la familia,
que la considera como mera destinataria de la acción pastoral.
Es verdad que, en esta época difícil, ésta necesita particulares
atenciones. No por ello, sin embargo, debe disminuir su identidad
o mortificada su responsabilidad específica. La familia es riqueza para
los esposos, bien insustituible para los hijos, fundamento indispensable de
la sociedad, comunidad vital para el camino de la Iglesia.
A
nivel eclesial, valorar la familia significa reconocer su relevancia en
la acción pastoral. El ministerio que nace del Sacramento del
Matrimonio es importante para la vida de la Iglesia: la
familia es lugar privilegiado de educación humana y cristiana y
sigue siendo, para este fin, la mejor aliada del ministerio
sacerdotal; esta es un don precioso para la edificación de
la comunidad. La cercanía del sacerdote a la familia, a
su vez, le ayuda a tomar conciencia de su propia
realidad profunda y de su propia misión, favoreciendo el desarrollo
de una fuerte sensibilidad eclesial, Ninguna vocación es una cuestión
privada, mucho menos la del matrimonio, porque su horizonte es
la Iglesia entera. Se trata por tanto de saber integrar
y armonizar, en la acción pastoral, el ministerio sacerdotal con
"el auténtico Evangelio del matrimonio y de la familia" (Enc.
Familiaris consortio, 8) para una comunión fáctica y fraterna. Y
la Eucaristía es el centro y la fuente de esta
unidad que anima toda la acción de la Iglesia.
Queridos sacerdotes,
por el don que habéis recibido en la Ordenación, sois
llamados a servir como pastores a la comunidad eclesial, que
es "familia de familias", y por tanto a amar a
cada uno con corazón paterno, con auténtico olvido de vosotros
mismos, con dedicación plena, continua y fiel: vosotros sois signo
vivo que remite a Cristo Jesús, el único Buen Pastor.
Conformaos a Él, a su estilo de vida, con ese
servicio total y exclusivo del que el celibato es expresión.
También el sacerdote tiene una dimensión esponsal; es ensimismarse con
el corazón de Cristo Esposo, que da la vida por
la Iglesia su esposa (cfr Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis,
24). Cultivad una profunda familiaridad con la Palabra de Dios.
Luz en vuestro camino, Que la celebración cotidiana y fiel
de la Eucaristía sea el lugar donde obtener la fuerza
para entregaros a vosotros mismos cada día en el ministerio
y vivir constantemente en la presencia de Dios: Él es
vuestra morada y vuestra heredad. De esto debéis ser testigos
para la familia y para cada persona que el Señor
pone en vuestro camino, también en las circunstancias más difíciles
(cfr ibid., 80). Animad a los cónyuges, compartid sus responsabilidades
educativas, ayudadles a renovar continuamente la gracia de su matrimonio.
Haced protagonista a la familia en la acción pastoral. Sed
acogedores y misericordiosos, también con aquellos a los que les
cuesta más cumplir con los compromisos asumidos en el vínculo
matrimonial y con cuantos, por desgracia, han fracasado.
Queridos esposos, vuestro
Matrimonio se arraiga en la fe de que “Dios es
amor" (1Jn 4,8) y en que seguir a Cristo significa
"permanecer en el amor" (cfr Jn 15,9-10). Vuestra unión –
como enseña el apóstol Pablo – es signo sacramental del
amor de Cristo por la Iglesia (cfr Ef 5,32), amor
que culmina en la Cruz y que es “significado y
realizado en la Eucaristía" (Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 29). Que
el Misterio eucarístico incida cada vez más profundamente en vuestra
vida cotidiana: tomareis inspiración y fuerza de este Sacramento para
vuestra relación conyugal y para la misión educativa a la
que sois llamados; construid vuestras familias en la unidad, don
que viene de lo alto y que alimenta vuestro compromiso
en la Iglesia y en promover un mundo justo y
fraterno. Amad a vuestros sacerdotes, expresadles el aprecio por el
generoso servicio que llevan a cabo. Que sepáis también soportar
sus límites, sin renunciar nunca a pedirles que sean entre
vosotros ministros ejemplares que os hablan de Dios y que
os conducen a Él. Vuestra fraternidades para ellos una preciosa
ayuda espiritual y un apoyo en las pruebas de la
vida.
Queridos sacerdotes y queridos esposos, que sepáis encontrar siempre en
la santa Misa la fuerza para vivir la pertenencia a
Cristo y a su Iglesia, en el perdón, en el
don de sí mismos y el la gratitud. Que vuestra
actuación cotidiana tenga en la comunión sacramental su origen y
su centro, para que todo se haga para gloria de
Dios. De este modo, el sacrificio de amor de Cristo
os transformará, hasta haceros en Él “un solo cuerpo y
un solo espíritu" (cfr Ef 4,4-6). La educación en la
fe de las nuevas generaciones pasa también a través de
vuestra coherencia. Darles testimonio de la belleza exigente de la
vida cristiana, con la confianza y la paciencia de quien
conoce el poder de la semilla arrojada a la tierra.
Como en el episodio evangélico que hemos escuchado (Mc 5,21-24.35-43),
sed, para cuantos están confiados a vuestra responsabilidad, signo de
la benevolencia y de la ternura de Jesús: en Él
se hace visible cómo el Dios que ama la vida
no es ajeno o lejano a las vicisitudes humanas, sino
que es el Amigo que nunca abandona. Y en los
momentos en los que se insinúe la tentación de que
todo empeño educativo es vano, obtened de la Eucaristía la
lz para reforzar la fe, seguros de que la gracia
y el poder de Jesucristo pueden alcanzar al hombre en
toda situación, también la más difícil.
Queridos amigos, os confío a
todos a la protección de María, venerada en esta catedral
con el título de “Reina de todos los Santos". La
tradición une su imagen al ex voto de un marinero,
en acción de gracias por la salvación de su hijo,
que salió indemne de una tempestad marina. Que la mirada
materna de la Madre acompañe también vuestros pasos en la
santidad hacia un puerto de paz.