Búsqueda      Idioma 
     

La calidad en el amor
Mt 26,14-27,66 (Artículo)
La Cena de los misterios
Jn 13,1-15 (Artículo)
Una oportunidad para “remar mar adentro” (Artículo)
¿Cómo conocer a Jesús?
2014-04-03 (Artículo)
“Mi decisión de colaborar es una respuesta al llamado de Dios” (Artículo)

Acogiendo los carismas
ITALIA | ACTUALIDAD | TEXTOS
Discurso del Papa Benedicto XVI a los obispos recien nombrados reunidos en congreso (15 de septiembre de 2011).

ROMA, jueves 15 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación les ofrecemos el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los obispos recién nombrados, participantes en el curso organizado por la Congregación para los Obispos, al recibirlos en audiencia esta mañana en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo. El congreso se llevó a cabo en el centro de estudios superiores de Roma.

*****

¡Queridos hermanos en el episcopado!

Como ha mencionado el cardenal Ouellet, hace ya diez años que los obispos recién nombrados se reúnen en Roma para realizar una peregrinación a la Tumba de San Pedro y para reflexionar sobre los principales compromisos del ministerio episcopal. Este encuentro, organizado por la Congregación para los Obispos y por la Congregación para las Iglesias Orientales, se añade a las iniciativas para la formación permanente prescritas por la Exhortación apostólica post-sinodal Pastores gregis (n. 24). También vosotros, poco tiempo después de vuestra consagración episcopal, estáis invitados a renovar la profesión de vuestra fe sobre la Tumba del Príncipe de los Apóstoles y vuestra adhesión confiada a Jesucristo con el estímulo de amor del mismo Apóstol, intensificando los vínculos de comunión con el Sucesor de Pedro y con vuestro hermanos obispos.

A este aspecto interior de la iniciativa se une una fuerte experiencia de colegialidad afectiva. El obispo, como vosotros bien sabéis, no es un hombre solo, sino que está dentro de el corpus episcoporum que va desde las raíces apostólicas hasta nuestros días conjugándose en Jesús, “Pastor y Obispo de nuestras almas” (Misal Romano, Prefacio después de la Ascensión). Que la fraternidad episcopal que vivís en estos días se prolongue al sentir y actuar cotidianos de vuestro servicio, ayudándoos a obrar siempre en comunión con el Papa y con vuestros hermanos en el episcopado, intentando cultivar también la amistad con estos y con vuestros sacerdotes. En este espíritu de comunión y de amistad os acojo con gran afecto, obispos de rito latino y de rito oriental, saludando en cada uno de vosotros a las Iglesias confiadas a vuestro cuidados pastoral, con un pensamiento particular para las que, especialmente en Oriente Medio, están sufriendo. Agradezco al cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, por las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre y por el libro, y al cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales.

El encuentro anual con los obispos nombrados en el curso del año me ha dado la posibilidad de destacar algún aspecto del ministerio episcopal. Hoy quisiera reflexionar brevemente con vosotros sobre la importancia de la acogida, por parte del obispo, de los carismas que el Espíritu suscita para la edificación de la Iglesia. La consagración episcopal os ha conferido la plenitud del sacramento del Orden, que, en la Comunidad eclesial, se pone al servicio del sacerdocio común de los fieles, de su crecimiento espiritual y de su santidad. El sacerdocio ministerial, como sabéis, tiene el objetivo y la misión de hacer vivir el sacerdocio de los fieles, que, por el Bautismo, participan a su modo en el único sacerdocio de Cristo, como afirma la Constitución conciliar Lumen gentium: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (nº10). Por esta razón, los obispos tienen el deber de vigilar y actuar para que los bautizados puedan crecer en la gracia y según los carismas que el Espíritu Santo suscita en sus corazones y en sus comunidades. El Concilio Vaticano II recordó que el Espíritu Santo, mientras unifica en la comunión y en el ministerio de la Iglesia, la provee y la dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cfr ibid.,4). La reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid ha mostrado, una vez más, la fecundidad de los carismas en la Iglesia, concretamente hoy, y la unidad eclesial de todos los fieles reunidos en torno al Papa y a los obispos. Una vitalidad que refuerza la obra de evangelización y la presencia de Cristo en el mundo. Y vemos, podemos casi tocar, que el Espíritu Santo, todavía hoy, está presente en la Iglesia, que crea carismas y unidad.

El don fundamental que estáis llamados a alimentar en los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral es, antes que nada, el de la filiación divina, que es la participación de cada uno en la comunión trinitaria. Lo esencial es que nos convertimos verdaderamente en hijos e hijas en el Hijo. El Bautismo, que constituye a los hombres “hijos en el Hijo” y miembros de la Iglesia, es raíz y fuente de todos los demás dones carismáticos. Con vuestro ministerio de santificación, educáis a los fieles a participar cada vez más intensamente en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ayudándoles a edificar la Iglesia, según los dones recibidos de Dios, en modo activo y corresponsable. De hecho, debemos tener siempre presente que los dones del Espíritu, por extraordinarios o sencillos y humildes que sean, se donan gratuitamente para la edificación de todos. El obispo, en cuanto a signo visible de la unidad de su Iglesia particular (cfr ibid., 23), tiene el deber de unificar y armonizar la diversidad carismática en la unidad de la Iglesia, favoreciendo la reciprocidad entre el sacerdocio jerárquico y sacerdocio bautismal.

Acoged, por tanto, los carismas con gratitud ¡por la santificación de la Iglesia y la vitalidad del apostolado! Y esta acogida y gratitud hacia el Espíritu Santo, que trabaja también hoy entre nosotros, son inseparables del discernimiento,que es propio de la misión del obispo, como ha afirmado el Concilio Vaticano II que ha confiado al ministerio pastoral el juicio sobre la autenticidad de los carismas y sobre su ordenado ejercicio, sin extinguir el Espíritu, pero examinando y teniendo en cuenta lo que es bueno (cfr ibid., 12). Esto me parece importante: por una parte no extinguir, pero por la otra distinguir, ordenar y tener en cuenta examinando. Por esto debe estar siempre claro que ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los Pastores de la Iglesia (cfr Exhort. ap. Christifideles laici, 24). Acogiendo, juzgando y ordenando los diversos dones y carismas, el obispo realiza un gran y precioso servicio al sacerdocio de los fieles y a la vitalidad de la Iglesia, que resplandecerá como esposa del Señor, revestida de la santidad de sus hijos.

Este ministerio articulado y delicado, exige al obispo alimentar con cuidado su propia vida espiritual. Sólo así crece el don del discernimiento. Como afirma la Exhortación apostólica Pastores gregis, el obispo se convierte en “padre” ya que es plenamente “hijo”de la Iglesia (nº10). Por otra parte en virtud de la plenitud del sacramento del Orden, es maestro, santificador y Pastor que actúa en nombre y en la persona de Cristo. Estos dos aspectos inseparables lo llaman a crecer como hijo y como Pastor en la estela de Cristo, de modo que su santidad personal manifieste la santidad objetiva recibida con la consagración episcopal, para que la santidad objetiva del sacramento y la santidad personal del obispo vayan unidas. Os exhorto, por tanto, queridos hermanos, a permanecer siempre en la presencia del buen Pastor y a asimilar cada vez más sus sentimientos y sus virtudes humanas y sacerdotales, mediante la oración personal que debe acompañar vuestras difíciles jornadas apostólicas. En la intimidad con el Señor encontraréis consuelo y apoyo para vuestro comprometido ministerio. No tengáis miedo de confiar al corazón de Jesucristo todas vuestras preocupaciones, seguros de que Él os cuida, como ya amonestaba el apóstol Pedro (cfr 1Pe 5,6). Que la oración se nutra siempre de la meditación de la Palabra de Dios, del estudio personal y del justo reposo, para que podáis saber escuchar y acoger con serenidad “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,11) y conducir a todos a la unidad de la fe y del amor. Con la santidad de vuestra vida y la caridad pastoral seréis ejemplo y ayuda a los sacerdotes, vuestros principales e imprescindibles colaboradores. Será vuestra urgencia hacerles crecer en la corresponsabilidad como sabios guías de los fieles, que con vosotros están llamados a edificar la Comunidad con sus dones, sus carismas y con el testimonio de sus vidas, para que en la pluralidad de la comunión, la Iglesia de testimonio de Jesucristo y el mundo crea. Y esta cercanía con los sacerdotes, todavía hoy, con todos sus problemas, es de grandísima importancia. Confiando vuestro ministerio a María, Madre de la Iglesia, que brilla ante el Pueblo de Dios llena de los dones del Espíritu Santo, imparto con afecto a cada uno de vosotros, a vuestras diócesis y particularmente a vuestros sacerdotes, la Bendición Apostólica.

Gracias.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2011-09-15


 

 


 



Síguenos en :   
Auspiciada por la congregación de los Legionarios de Cristo y el Movimiento Regnum Christi , Copyright 2014 , Legión de Cristo. Todos los derechos reservados.

¿Deseas agregarAcogiendo los carismas a tus favoritos?
  -    No