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| «En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado.». | |
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México, 15 de mayo de 2012. La Comisión Episcopal para
la Pastoral de la Comunicación de la Conferencia del Episcopado
Mexicano, elaboró un póster (descárgalo aquí) y habilitó también un blog para promover en diversos países el mensaje de
la 46a Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que lleva
como lema "Silencio y Palabra: camino de evangelización".
Por su interés,
reproducimos aquí el texto del Papa para esta Jornada.
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Queridos
hermanos y hermanas:
Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones
sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre
un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo
muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente
necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio
y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben
equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y
una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio
se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque
provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea
un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente,
la comunicación adquiere valor y significado.
El silencio es parte integrante
de la comunicación y sin él no existen palabras con
densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos
mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento,
comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo
que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite
hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí
misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras
palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así
un espacio de escucha recíproca y se hace posible una
relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se
acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los
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| Póster preparado por la Comisión de Comunicación de la CEM | |
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que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el
cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio
hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en
él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio,
por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca
la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo
desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí
donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio
se hace esencial para discernir lo que es importante de
lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos
ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a
primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar
los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas
y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es
necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de “ecosistema”
que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.
Gran parte de
la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas
en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las
redes sociales son el punto de partida en la comunicación
para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas.
En nuestros días, la Red se está transformando cada vez
más en el lugar de las preguntas y de las
respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado
por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y
a necesidades que no siente. El silencio es precioso para
favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas
que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente
importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de
la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas
últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo
saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger
a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la
posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio,
pero también de una invitación a la reflexión y al
silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una
respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar
en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al
camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón
humano.
En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud
del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o
grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El
hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante
intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos
buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo
en nuestro tiempo en el que “cuando se intercambian informaciones,
las personas se comparten a sí mismas, su visión del
mundo, sus esperanzas, sus ideales” (Mensaje para la Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales de 2011)
Hay que considerar con
interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden
ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión
y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de
silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra
de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo
no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular
pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de
su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones
religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para
ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con
la Verdad que da sentido a todas las cosas. El
Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: “Como
pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por
medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia
de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa
decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra
encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En
esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su
silencio” (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de
la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido
hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo,
la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo,
cuando “el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre
despierta a los que dormían desde hace siglos” (cf. Oficio
de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios
colmada de amor por la humanidad.
Si Dios habla al hombre
también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el
silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios.
“Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos
hace entrar en el silencio de Dios y así nos
permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra
redentora” (Homilía durante la misa con los miembros de la
Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de
la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y
así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De
esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia
de la misión, la necesidad imperiosa de “comunicar aquello que
hemos visto y oído”, para que todos estemos en comunión
con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos
sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia
nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz
de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor
total que salva.
En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más
fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se
hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación
que Dios realiza a través de palabras y gestos en
toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio
Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con
“hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que
las obras realizadas por Dios en la historia de la
salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados
por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman
las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas” (Dei
Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la
persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda
la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de
Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo
pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte
a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta
fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio
de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la
inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde
nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio
el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de
esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve
la dignidad del hombre y que construye la justicia y
la paz.
Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender
a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es
especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y
palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa
de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en
el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio “escucha y hace
florecer la Palabra” (Oración para el ágora de los jóvenes
italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la
obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de
los medios de comunicación social.
Vaticano, 24 de enero 2012, fiesta
de San Francisco de Sales
BENEDICTUS PP. XVI