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| Papa Benedicto XVI | |
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Queridos jóvenes:
Quiero haceros llegar a todos un saludo lleno de
alegría y afecto. Estoy seguro de que la mayoría de
vosotros habéis regresado de la Jornada Mundial de la Juventud
de Madrid «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la
fe» (cf. Col 2,7). En este año hemos celebrado en
las diferentes diócesis la alegría de ser cristianos, inspirados por
el tema: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Y
ahora nos estamos preparando para la próxima Jornada Mundial, que
se celebrará en Río de Janeiro, en Brasil, en el
mes de julio de 2013.
Quisiera renovaros ante todo mi invitación
a que participéis en esta importante cita. La célebre estatua
del Cristo Redentor, que domina aquella hermosa ciudad brasileña, será
su símbolo elocuente. Sus brazos abiertos son el signo de
la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a
él, y su corazón representa el inmenso amor que tiene
por cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid
esta experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros
jóvenes que se reunirán en Río para el próximo encuentro
mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos que
el mundo tanto necesita.
Os invito a que os preparéis a
la Jornada Mundial de Río de Janeiro meditando desde ahora
sobre el tema del encuentro: Id y haced discípulos a
todos los pueblos (cf. Mt 28,19). Se trata de la
gran exhortación misionera que Cristo dejó a toda la Iglesia
y que sigue siendo actual también hoy, dos mil años
después. Esta llamada misionera tiene que resonar ahora con fuerza
en vuestros corazones. El año de preparación para el encuentro
de Río coincide con el Año de la Fe, al
comienzo del cual el Sínodo de los Obispos ha dedicado
sus trabajos a «La nueva evangelización para la transmisión de
la fe cristiana». Por ello, queridos jóvenes, me alegro que
también vosotros os impliquéis en este impulso misionero de toda
la Iglesia: dar a conocer a Cristo, que es el
don más precioso que podéis dar a los demás.
1. Una
llamada apremiante
La historia nos ha mostrado cuántos jóvenes, por medio
del generoso don de sí mismos y anunciando el Evangelio,
han contribuido enormemente al Reino de Dios y al desarrollo
de este mundo. Con gran entusiasmo, han llevado la Buena
Nueva del Amor de Dios, que se ha manifestado en
Cristo, con medios y posibilidades muy inferiores con respecto a
los que disponemos hoy. Pienso, por ejemplo, en el beato
José de Anchieta, joven jesuita español del siglo XVI, que
partió a las misiones en Brasil cuando tenía menos de
veinte años y se convirtió en un gran apóstol del
Nuevo Mundo. Pero pienso también en los que os dedicáis
generosamente a la misión de la Iglesia. De ello obtuve
un sorprendente testimonio en la Jornada Mundial de Madrid, sobre
todo en el encuentro con los voluntarios.
Hay muchos jóvenes hoy
que dudan profundamente de que la vida sea un don
y no ven con claridad su camino. Ante las dificultades
del mundo contemporáneo, muchos se preguntan con frecuencia: ¿Qué puedo
hacer? La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos
hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque
es fruto del amor de Dios. Él ama también a
quien se ha alejado de él; tiene paciencia y espera,
es más, él ha entregado a su Hijo, muerto y
resucitado, para que nos libere radicalmente del mal. Y Cristo
ha enviado a sus discípulos para que lleven a todos
los pueblos este gozoso anuncio de salvación y de vida
nueva.
En su misión de evangelización, la Iglesia cuenta con vosotros.
Queridos jóvenes: Vosotros sois los primeros misioneros entre los jóvenes.
Al final del Concilio Vaticano II, cuyo 50º aniversario estamos
celebrando en este año, el siervo de Dios Pablo VI
entregó a los jóvenes del mundo un Mensaje que empezaba
con estas palabras: «A vosotros, los jóvenes de uno y
otro sexo del mundo entero, el Concilio quiere dirigir su
último mensaje. Pues sois vosotros los que vais a recoger
la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir
en el mundo en el momento de las más gigantescas
transformaciones de su historia. Sois vosotros quienes, recogiendo lo mejor
del ejemplo y las enseñanzas de vuestros padres y maestros,
vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o
pereceréis con ella». Concluía con una llamada: «¡Construid con entusiasmo
un mundo mejor que el de vuestros mayores!» (Mensaje a
los Jóvenes, 8 de diciembre de 1965).
Queridos jóvenes, esta invitación
es de gran actualidad. Estamos atravesando un período histórico muy
particular. El progreso técnico nos ha ofrecido posibilidades inauditas de
interacción entre los hombres y la población, mas la globalización
de estas relaciones sólo será positiva y hará crecer el
mundo en humanidad si se basa no en el materialismo
sino en el amor, que es la única realidad capaz
de colmar el corazón de cada uno y de unir
a las personas. Dios es amor. El hombre que se
olvida de Dios se queda sin esperanza y es incapaz
de amar a su semejante. Por ello, es urgente testimoniar
la presencia de Dios, para que cada uno la pueda
experimentar. La salvación de la humanidad y la salvación de
cada uno de nosotros están en juego. Quien comprenda esta
necesidad, sólo podrá exclamar con Pablo: «¡Ay de mí si
no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16).
2. Sed discípulos de Cristo
Esta
llamada misionera se os dirige también por otra razón: Es
necesaria para vuestro camino de fe personal. El beato Juan
Pablo II escribió: «La fe se refuerza dándola» (Enc. Redemptoris
Missio, 2). Al anunciar el Evangelio vosotros mismos crecéis arraigándoos
cada vez más profundamente en Cristo, os convertís en cristianos
maduros. El compromiso misionero es una dimensión esencial de la
fe; no se puede ser un verdadero creyente si no
se evangeliza. El anuncio del Evangelio no puede ser más
que la consecuencia de la alegría de haber encontrado en
Cristo la roca sobre la que construir la propia existencia.
Esforzándoos en servir a los demás y en anunciarles el
Evangelio, vuestra vida, a menudo dispersa en diversas actividades, encontrará
su unidad en el Señor, os construiréis también vosotros mismos,
creceréis y maduraréis en humanidad.
¿Qué significa ser misioneros? Significa ante
todo ser discípulos de Cristo, escuchar una y otra vez
la invitación a seguirle, la invitación a mirarle: «Aprended de
mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
Un discípulo es, de hecho, una persona que se pone
a la escucha de la palabra de Jesús (cf. Lc
10,39), al que se reconoce como el buen Maestro que
nos ha amado hasta dar la vida. Por ello, se
trata de que cada uno de vosotros se deje plasmar
cada día por la Palabra de Dios; ésta os hará
amigos del Señor Jesucristo, capaces de incorporar a otros jóvenes
en esta amistad con él.
Os aconsejo que hagáis memoria de
los dones recibidos de Dios para transmitirlos a su vez.
Aprended a leer vuestra historia personal, tomad también conciencia de
la maravillosa herencia de las generaciones que os han precedido:
Numerosos creyentes nos han transmitido la fe con valentía, enfrentándose
a pruebas e incomprensiones. No olvidemos nunca que formamos parte
de una enorme cadena de hombres y mujeres que nos
han transmitido la verdad de la fe y que cuentan
con nosotros para que otros la reciban. El ser misioneros
presupone el conocimiento de este patrimonio recibido, que es la
fe de la Iglesia. Es necesario conocer aquello en lo
que se cree, para poder anunciarlo. Como escribí en la
introducción de YouCat, el catecismo para jóvenes que os regalé
en el Encuentro Mundial de Madrid, «tenéis que conocer vuestra
fe de forma tan precisa como un especialista en informática
conoce el sistema operativo de su ordenador, como un buen
músico conoce su pieza musical. Sí, tenéis que estar más
profundamente enraizados en la fe que la generación de vuestros
padres, para poder enfrentaros a los retos y tentaciones de
este tiempo con fuerza y decisión» (Prólogo).
3. Id
Jesús envió a
sus discípulos en misión con este encargo: «Id al mundo
entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El
que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,15-16). Evangelizar
significa llevar a los demás la Buena Nueva de la
salvación y esta Buena Nueva es una persona: Jesucristo. Cuando
le encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy amado por
Dios y salvado por él, nace en mí no sólo
el deseo, sino la necesidad de darlo a conocer a
otros. Al principio del Evangelio de Juan vemos a Andrés
que, después de haber encontrado a Jesús, se da prisa
para llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42). La
evangelización parte siempre del encuentro con Cristo, el Señor. Quien
se ha acercado a él y ha hecho la experiencia
de su amor, quiere compartir en seguida la belleza de
este encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más conocemos
a Cristo, más deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él,
más deseamos hablar de él. Cuanto más nos hemos dejado
conquistar, más deseamos llevar a otros hacia él.
Por medio del
bautismo, que nos hace nacer a una vida nueva, el
Espíritu Santo se establece en nosotros e inflama nuestra mente
y nuestro corazón. Es él quien nos guía a conocer
a Dios y a entablar una amistad cada vez más
profunda con Cristo; es el Espíritu quien nos impulsa a
hacer el bien, a servir a los demás, a entregarnos.
Mediante la confirmación somos fortalecidos por sus dones para testimoniar
el Evangelio con más madurez cada vez. El alma de
la misión es el Espíritu de amor, que nos empuja
a salir de nosotros mismos, para «ir» y evangelizar. Queridos
jóvenes, dejaos conducir por la fuerza del amor de Dios,
dejad que este amor venza la tendencia a encerrarse en
el propio mundo, en los propios problemas, en las propias
costumbres. Tened el valor de «salir» de vosotros mismos hacia
los demás y guiarlos hasta el encuentro con Dios.
4. Llegad
a todos los pueblos
Cristo resucitado envió a sus discípulos a
testimoniar su presencia salvadora a todos los pueblos, porque Dios,
en su amor sobreabundante, quiere que todos se salven y
que nadie se pierda. Con el sacrificio de amor de
la Cruz, Jesús abrió el camino para que cada hombre
y cada mujer puedan conocer a Dios y entrar en
comunión de amor con él. Él constituyó una comunidad de
discípulos para llevar el anuncio de salvación del Evangelio hasta
los confines de la tierra, para llegar a los hombres
y mujeres de cada lugar y de todo tiempo.¡Hagamos nuestro
este deseo de Jesús!
Queridos amigos, abrid los ojos y mirad
en torno a vosotros. Hay muchos jóvenes que han perdido
el sentido de su existencia. ¡Id! Cristo también os necesita.
Dejaos llevar por su amor, sed instrumentos de este amor
inmenso, para que llegue a todos, especialmente a los que
están «lejos». Algunos están lejos geográficamente, mientras que otros están
lejos porque su cultura no deja espacio a Dios; algunos
aún no han acogido personalmente el Evangelio, otros, en cambio,
a pesar de haberlo recibido, viven como si Dios no
existiese. Abramos a todos las puertas de nuestro corazón; intentemos
entrar en diálogo con ellos, con sencillez y respeto mutuo.
Este diálogo, si es vivido con verdadera amistad, dará fruto.
Los «pueblos» a los que hemos sido enviados no son
sólo los demás países del mundo, sino también los diferentes
ámbitos de la vida: las familias, los barrios, los ambientes
de estudio o trabajo, los grupos de amigos y los
lugares de ocio. El anuncio gozoso del Evangelio está destinado
a todos los ambientes de nuestra vida, sin exclusión.
Quisiera subrayar
dos campos en los que debéis vivir con especial atención
vuestro compromiso misionero. El primero es el de las comunicaciones
sociales, en particular el mundo de Internet. Queridos jóvenes, como
ya os dije en otra ocasión, «sentíos comprometidos a sembrar
en la cultura de este nuevo ambiente comunicativo e informativo
los valores sobre los que se apoya vuestra vida. […]
A vosotros, jóvenes, que casi espontáneamente os sentís en sintonía
con estos nuevos medios de comunicación, os corresponde de manera
particular la tarea de evangelizar este “continente digital”» (Mensaje para
la XLIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 mayo
2009). Por ello, sabed usar con sabiduría este medio, considerando
también las insidias que contiene, en particular el riesgo de
la dependencia, de confundir el mundo real con el virtual,
de sustituir el encuentro y el diálogo directo con las
personas con los contactos en la red.
El segundo ámbito es
el de la movilidad. Hoy son cada vez más numerosos
los jóvenes que viajan, tanto por motivos de estudio, trabajo
o diversión. Pero pienso también en todos los movimientos migratorios,
con los que millones de personas, a menudo jóvenes, se
trasladan y cambian de región o país por motivos económicos
o sociales. También estos fenómenos pueden convertirse en ocasiones providenciales
para la difusión del Evangelio. Queridos jóvenes, no tengáis miedo
en testimoniar vuestra fe también en estos contextos; comunicar la
alegría del encuentro con Cristo es un don precioso para
aquellos con los que os encontráis.
5. Haced discípulos
Pienso que a
menudo habéis experimentado la dificultad de que vuestros coetáneos participen
en la experiencia de la fe. A menudo habréis constatado
cómo en muchos jóvenes, especialmente en ciertas fases del camino
de la vida, está el deseo de conocer a Cristo
y vivir los valores del Evangelio, pero no se sienten
idóneos y capaces. ¿Qué se puede hacer? Sobre todo, con
vuestra cercanía y vuestro sencillo testimonio abrís una brecha a
través de la cual Dios puede tocar sus corazones. El
anuncio de Cristo no consiste sólo en palabras, sino que
debe implicar toda la vida y traducirse en gestos de
amor. Es el amor que Cristo ha infundido en nosotros
el que nos hace evangelizadores; nuestro amor debe conformarse cada
vez más con el suyo. Como el buen samaritano, debemos
tratar con atención a los que encontramos, debemos saber escuchar,
comprender y ayudar, para poder guiar a quien busca la
verdad y el sentido de la vida hacia la casa
de Dios, que es la Iglesia, donde se encuentra la
esperanza y la salvación (cf. Lc 10,29-37). Queridos amigos, nunca
olvidéis que el primer acto de amor que podéis hacer
hacia el prójimo es el de compartir la fuente de
nuestra esperanza: Quien no da a Dios, da muy poco.
Jesús ordena a sus apóstoles: «Haced discípulos a todos los
pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que
os he mandado» (Mt 28,19-20). Los medios que tenemos para
«hacer discípulos» son principalmente el bautismo y la catequesis. Esto
significa que debemos conducir a las personas que estamos evangelizando
para que encuentren a Cristo vivo, en modo particular en
su Palabra y en los sacramentos. De este modo podrán
creer en él, conocerán a Dios y vivirán de su
gracia. Quisiera que cada uno se preguntase: ¿He tenido alguna
vez el valor de proponer el bautismo a los jóvenes
que aún no lo han recibido? ¿He invitado a alguien
a seguir un camino para descubrir la fe cristiana? Queridos
amigos, no tengáis miedo de proponer a vuestros coetáneos el
encuentro con Cristo. Invocad al Espíritu Santo: Él os guiará
para poder entrar cada vez más en el conocimiento y
el amor de Cristo y os hará creativos para transmitir
el Evangelio.
6. Firmes en la fe
Ante las dificultades de la
misión de evangelizar, a veces tendréis la tentación de decir
como el profeta Jeremías: «¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que
no sé hablar, que sólo soy un niño». Pero Dios
también os contesta: «No digas que eres niño, pues irás
adonde yo te envíe y dirás lo que yo te
ordene» (Jr 1,6-7). Cuando os sintáis ineptos, incapaces y débiles
para anunciar y testimoniar la fe, no temáis. La evangelización
no es una iniciativa nuestra que dependa sobre todo de
nuestros talentos, sino que es una respuesta confiada y obediente
a la llamada de Dios, y por ello no se
basa en nuestra fuerza, sino en la suya. Esto lo
experimentó el apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de
barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria
es de Dios y no proviene de nosotros» (2Co 4,7).
Por
ello os invito a que os arraiguéis en la oración
y en los sacramentos. La evangelización auténtica nace siempre de
la oración y está sostenida por ella. Primero tenemos que
hablar con Dios para poder hablar de Dios. En la
oración le encomendamos al Señor las personas a las que
hemos sido enviados y le suplicamos que les toque el
corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus instrumentos
para la salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga
las palabras en nuestros labios y nos haga ser signos
de su amor. En modo más general, pedimos por la
misión de toda la Iglesia, según la petición explícita de
Jesús: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande
trabajadores a su mies» (Mt 9,38). Sabed encontrar en la
eucaristía la fuente de vuestra vida de fe y de
vuestro testimonio cristiano, participando con fidelidad en la misa dominical
y cada vez que podáis durante la semana. Acudid frecuentemente
al sacramento de la reconciliación, que es un encuentro precioso
con la misericordia de Dios que nos acoge, nos perdona
y renueva nuestros corazones en la caridad. No dudéis en
recibir el sacramento de la confirmación, si aún no lo
habéis recibido, preparándoos con esmero y solicitud. Es, junto con
la eucaristía, el sacramento de la misión por excelencia, que
nos da la fuerza y el amor del Espíritu Santo
para profesar la fe sin miedo. Os aliento también a
que hagáis adoración eucarística; detenerse en la escucha y el
diálogo con Jesús presente en el sacramento es el punto
de partida de un nuevo impulso misionero.
Si seguís por este
camino, Cristo mismo os dará la capacidad de ser plenamente
fieles a su Palabra y de testimoniarlo con lealtad y
valor. A veces seréis llamados a demostrar vuestra perseverancia, en
particular cuando la Palabra de Dios suscite oposición o cerrazón.
En ciertas regiones del mundo, por la falta de libertad
religiosa, algunos de vosotros sufrís por no poder dar testimonio
de la propia fe en Cristo. Hay quien ya ha
pagado con la vida el precio de su pertenencia a
la Iglesia. Os animo a que permanezcáis firmes en la
fe, seguros de que Cristo está a vuestro lado en
esta prueba. Él os repite: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten
y os persigan y os calumnien de cualquier modo por
mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande
en el cielo» (Mt 5,11-12).
7. Con toda la Iglesia
Queridos jóvenes,
para permanecer firmes en la confesión de la fe cristiana
allí donde habéis sido enviados, necesitáis a la Iglesia. Nadie
puede ser testigo del Evangelio en solitario. Jesús envió a
sus discípulos a la misión en grupos: «Haced discípulos» está
puesto en plural. Por tanto, nosotros siempre damos testimonio en
cuanto miembros de la comunidad cristiana; nuestra misión es fecundada
por la comunión que vivimos en la Iglesia, y gracias
a esa unidad y ese amor recíproco nos reconocerán como
discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35). Doy gracias a Dios
por la preciosa obra de evangelización que realizan nuestras comunidades
cristianas, nuestras parroquias y nuestros movimientos eclesiales. Los frutos de
esta evangelización pertenecen a toda la Iglesia: «Uno siembra y
otro siega» (Jn 4,37).
En este sentido, quiero dar gracias por
el gran don de los misioneros, que dedican toda su
vida a anunciar el Evangelio hasta los confines de la
tierra. Asimismo, doy gracias al Señor por los sacerdotes y
consagrados, que se entregan totalmente para que Jesucristo sea anunciado
y amado. Deseo alentar aquí a los jóvenes que son
llamados por Dios, a que se comprometan con entusiasmo en
estas vocaciones: «Hay más dicha en dar que en recibir»
(Hch 20,35). A los que dejan todo para seguirlo, Jesús
ha prometido el ciento por uno y la vida eterna
(cf. Mt 19,29).
También doy gracias por todos los fieles laicos
que allí donde se encuentran, en familia o en el
trabajo, se esmeran en vivir su vida cotidiana como una
misión, para que Cristo sea amado y servido y para
que crezca el Reino de Dios. Pienso, en particular, en
todos los que trabajan en el campo de la educación,
la sanidad, la empresa, la política y la economía y
en tantos ambientes del apostolado seglar. Cristo necesita vuestro compromiso
y vuestro testimonio. Que nada –ni las dificultades, ni las
incomprensiones– os hagan renunciar a llevar el Evangelio de Cristo
a los lugares donde os encontréis; cada uno de vosotros
es valioso en el gran mosaico de la evangelización.
8. «Aquí
estoy, Señor»
Queridos jóvenes, al concluir quisiera invitaros a que escuchéis
en lo profundo de vosotros mismos la llamada de Jesús
a anunciar su Evangelio. Como muestra la gran estatua de
Cristo Redentor en Río de Janeiro, su corazón está abierto
para amar a todos, sin distinción, y sus brazos están
extendidos para abrazar a todos. Sed vosotros el corazón y
los brazos de Jesús. Id a dar testimonio de su
amor, sed los nuevos misioneros animados por el amor y
la acogida. Seguid el ejemplo de los grandes misioneros de
la Iglesia, como san Francisco Javier y tantos otros.
Al final
de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, bendije
a algunos jóvenes de diversos continentes que partían en misión.
Ellos representaban a tantos jóvenes que, siguiendo al profeta Isaías,
dicen al Señor: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). La Iglesia
confía en vosotros y os agradece sinceramente el dinamismo que
le dais. Usad vuestros talentos con generosidad al servicio del
anuncio del Evangelio. Sabemos que el Espíritu Santo se regala
a los que, en pobreza de corazón, se ponen a
disposición de tal anuncio. No tengáis miedo. Jesús, Salvador del
mundo, está con nosotros todos los días, hasta el fin
del mundo (cf. Mt 28,20).
Esta llamada, que dirijo a los
jóvenes de todo el mundo, asume una particular relevancia para
vosotros, queridos jóvenes de América Latina. En la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida en
2007, los obispos lanzaron una «misión continental». Los jóvenes, que
en aquel continente constituyen la mayoría de la población, representan
un potencial importante y valioso para la Iglesia y la
sociedad. Sed vosotros los primeros misioneros. Ahora que la Jornada
Mundial de la Juventud regresa a América Latina, exhorto a
todos los jóvenes del continente: Transmitid a vuestros coetáneos del
mundo entero el entusiasmo de vuestra fe.
Que la Virgen María,
Estrella de la Nueva Evangelización, invocada también con las advocaciones
de Nuestra Señora de Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe,
os acompañe en vuestra misión de testigos del amor de
Dios. A todos imparto, con particular afecto, mi Bendición Apostólica.
Vaticano,
18 de octubre de 2012
BENEDICTUS PP. XVI