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Homilía del Card. Nicholas Cheong Jin-Suk
ITALIA | ACTUALIDAD | NOTICIAS
«Transmite a todos la palabra de Dios que has recibido con alegría».

Card. Nicholas Cheong Jin-Suk
Card. Nicholas Cheong Jin-Suk

Roma, 12 de abril de 2006. Homilía del Card. Nicholas Cheong Jin-Suk, arzobispo de Seúl (Corea del Sur), en la ordenación sacerdotal del P. Matthias Kim, L.C. La ceremonia se llevó a cabo el pasado 28 de marzo en la capilla del centro de estudios superiores de los Legionarios de Cristo, en Roma.

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«Queridos hermanos, ahora que este hijo nuestro, del cual muchos de vosotros sois familiares y amigos, va a ser ordenado presbítero, conviene considerar con atención a qué ministerio accede en la Iglesia. Aunque, en verdad, todo el pueblo santo de Dios es sacerdocio real en Cristo, sin embargo, nuestro gran Sacerdo­te, Jesucristo, eligió algunos discípulos para que desempeñasen en la Iglesia, en nombre suyo, el oficio sacerdotal para bien de los hombres. Él mismo, enviado por el Padre, envió, a su vez, a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de los Obispos, sus sucesores. Y los presbíteros son colaborado­res de los Obispos, con quienes en unidad de sacerdocio son llamados al servicio del pueblo de Dios. 

Este hermano nuestro, después de pensarlo seriamente, va a ser ordenado al sacerdocio en el Orden de los presbíteros, para hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como pueblo de Dios y templo santo. Al configurarse con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y unirse al sacerdocio de los Obispos, la Ordenación lo converti­rá en verdadero sacerdote del Nuevo Testamento para anun­ciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor.

A ti, querido hermano, que vas a ser ordenado presbítero, te incumbirá, en la parte que te corresponde, la función de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Transmite a todos la palabra de Dios que has recibido con alegría. Y al meditar en la ley del Señor, procura creer lo que lees, enseñar lo que crees y practicar lo que enseñas. Que tu enseñanza sea alimento para el pueblo de Dios; que tu vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de que con tu palabra y tu ejemplo se vaya edificando la casa, que es la Iglesia de Dios.

Te corresponderá también la función de santificar en Cris­to. Por medio de tu ministerio, alcanzará su plenitud el sacri­ficio espiritual de los fieles, que por tus manos, junto con ellos, será ofrecido sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración incruenta. Date cuenta de lo que haces e imita lo que conmemoras, de tal manera que, al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, te esfuerces por hacer morir en ti el mal y procures caminar en una vida nueva.

Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el Bautismo, al perdonar los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al dar a los enfer­mos el alivio del óleo santo, al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer durante el día la alabanza, la acción de gracias y la súplica no sólo por el pueblo de Dios, sino por el mundo ente­ro, recuerda que has sido escogido entre los hombres y puesto al servicio de ellos en las cosas de Dios. Realiza, pues, con alegría perenne, en verdadera caridad, el ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando tu propio inte­rés, sino el de Jesucristo.

Finalmente, al ejercer, en la parte que te corresponde, la función de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unido al Obispo y bajo su dirección, esfuérzate por reunir a los fíeles en una sola familia, de forma que en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo, puedas conducirlos al Padre. Ten siempre presente el ejemplo del buen Pastor, que no vino para que le sirvieran, sino para servir, y a buscar y salvar lo que estaba perdido».


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2006-04-11


 

 


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