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Una Iglesia misionera en un mundo dividido
ESCOCIA | ACTUALIDAD | NOTICIAS
Conferencia de Mons. Brian Farrell, L.C., secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, sobre el ecumenismo y la misión.

Mons. Brian Farrell, L.C. pronuncia su conferencia en Edimburgo
Mons. Brian Farrell, L.C. pronuncia su conferencia en Edimburgo

Edimburgo, 29 de junio de 2010. Del 2 al 6 de junio se celebró en Edimburgo, Escocia, el centenario de la Conferencia misionera mundial que en 1910 reunió mil doscientos misioneros protestantes, preocupados por el hecho de que las divisiones entre los cristianos constituían un obstáculo para la predicación del Evangelio.

El tema de esta celebración fue "Testimoniar a Cristo hoy". Durante el segundo día, en el curso de la primera sesión plenaria del encuentro escocés, respondiendo al discurso programático de Dana L. Robert, de la Universidad de Boston, Mons. Brian Farrell, L.C., secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, presentó algunas consideraciones sobre la misión en la prospectiva católica.

Publicamos a continuación una traducción del texto de la conferencia, tal como fue presentado –en lengua italiana– por la edición diaria de L’Osservatore Romano el pasado 12 de junio. Se ha publicado también un artículo en inglés con un resumen bajo el título: "A Missionary Church in a Divided World".

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Ecumenismo y misión

Los católicos vivimos de la memoria. Nosotros sentimos fuertemente la continuidad de la misión desde los orígenes. En la tradición católica, la misión es connatural con el ser cristiano: “la Iglesia peregrina es misionera por su misma naturaleza” (Concilio Vaticano II, Decreto sobre la Actividad Misionera de la Iglesia Ad gentes, 2). Respondiendo al ‘gran mandato’ al que los Católicos normalmente se refieren como ‘el mandato misionero’, misioneros de todas las épocas han llevado el mensaje del evangelio a los cuatro ángulos del mundo. Empezando desde Jerusalén, prosiguiendo por Samaria y hasta los confines de la tierra, los apóstoles, en palabras de san Agustín, “predicaron el mensaje de la verdad y dieron nacimiento a las iglesias” (Comentario al Sal. 44, 23). Con el correr de los siglos innumerables hombres y mujeres heroicos y llenos de fe han dado testimonio de Cristo, predicando la palabra y haciendo discípulos; las congregaciones religiosas y las sociedades misioneras llevaron el mensaje a todos los territorios conformen iba siendo descubiertos, y continúan haciendo esto en ese “territorio de misión” que todavía incluye tres cuartos de la población del mundo. Hoy, los misioneros laicos y voluntarios, los movimientos eclesiales laicos están en la vanguardia de la misión católica en todas sus formas.

Muchas cosas han pasado en estos cien años desde Edimburgo 1910: dos guerras mundiales, el final de la colonización y el nacimiento de los estados independientes, la expansión del comunismo como potencia mundial y su desplome desmoronamiento inesperado, la supremacía de la tecnología y el impacto de la cuestión ecológica, el surgir de la globalización, el nuevo apego a la cultura local e incluso hasta a la identidad étnica. A pesar del potencial innato de la modernidad, la familia humana avanza de manera confusa, casual, sin lograr borrar desequilibrios e injusticias permanentes, violencias, guerras, y hasta violaciones de los derechos humanos más básicos.

La búsqueda de sentido, sobre todo en occidente, se ha vuelto más ardua, quizás también porque para muchas personas la autoconciencia ya no se define
Mons. Brian Farrell, L.C.
Mons. Brian Farrell, L.C.
por el panorama global que acompaña la experiencia religiosa, sino por una visión fragmentada, vinculada al consumismo, al estatus social y a la afiliación política. Justo el interrogante antropológico – ¿qué significa ser humanos? – está al centro de nuestro malestar. La misión ha sido influenciada fuertemente por estos desarrollos y, como todos sabemos, se encuentra en una fase de compleja transformación. Claramente, dentro y a través del movimiento ecuménico es necesario un profundo replanteamiento del modo en que las Iglesias pueden y tienen que “hacer misión”. Las así llamadas “tierras de misión” están al umbral y dentro de nuestras mismas comunidades.

Hace un siglo, la segunda comisión de Edimburgo de 1910 estudió el tema de las relaciones entre “la Iglesia universal y la Iglesia en tierra misionera” de un punto de vista que afirmó el ascendiente de las Iglesias occidentales sobre las Iglesias más jóvenes. Hoy la supremacía occidental se ha acabado y las Iglesias asiáticas y africanas, fruto de la misión, desarrollan un papel vital en la vida de las Iglesias. Este cambio tiene profundas consecuencias, no sólo por el modo en que se administra la misión, sino también por la formulación cristológica, soteriológica y eclesiológica del mensaje cristiano subyacente. Tales cuestiones son cruciales y tendrán un fuerte impacto en los años por venir, también sobre las relaciones ecuménicas entre las Iglesias.

Pero sobre todo, es nuestra visión del “otro” la que ha cambiado. El valor y dignidad de cada ser humano, los derechos humanos, incluyendo la libertad religiosa y la libertad de opinión, se están volviendo una consciencia compartida por gran parte de la familia humana. La misión debe tener en cuenta que el Evangelio no puede ser impuesto a nadie, y que el mundo creerá solamente si se anuncia persuasiva y respetuosamente el mensaje de salvación. En este sentido, después de cien años de movimiento ecuménico, ya no es concebible coger de puntería a otros cristianos en la actividad misionera, no reconociéndolos como “válidos” cristianos. Análogamente, en la esfera de las relaciones interreligiosas, el Código de Conducta sobre la conversión que se está esbozando con la colaboración del Consejo Mundial de Iglesias y de la Iglesia católica, junto con la participación de la Alianza Mundial Evangélica merece mucha atención. El principio ahí expresado es que “aunque cada uno tenga el derecho de invitar a los otros a la comprensión de la propia fe, este derecho no debe ser ejercido violando los derechos y la sensibilidad religiosa de los otros”.

Después de dos mil años, la misión continúa dentro del flujo de la historia humana. Pero claramente tiene la necesidad de una justificación teológica y de un impulso espiritual renovado, si quiere responder al desafío expresado en el evangelio de san Lucas (18,8): “Cuando el Hijo del Hombre vendrá ¿hallará fe en la tierra?”.

Algunos aspectos del pensamiento católico
 
Como es sabido, en décadas recientes muchos documentos católicos han surgido sobre el tema de la misión. De primaria importancia son  Evangelii nuntiandi del Papa Pablo VI y Ad gentes del concilio Vaticano II. Igualmente significativo es Redemptoris missio del Papa Juan Pablo II, con su atención a los nuevos areópagos, a los nuevos espacios de socialización. El Papa Benedicto XVI ha retomado recientemente esta idea, invitando a los misioneros a hacer caso a los “centros neurálgicos de la sociedad en el tercer milenio”.

En la reflexión católica están presentes diversas cuestiones relacionadas con la misión. De fundamental importancia es la discusión sobre la cuestión elemental, o sea sobre el carácter salvífico universal de Jesucristo, el único mediador: “Nadie viene al Padre si no por mí” (Jn 14, 6). Es precisamente esta unicidad de Cristo la que le otorga un sentido absoluto y universal; él es el centro y el término de la historia: “el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el fin” (Ap 22, 13). Pero ¿es Él el único que tiene palabras de vida eterna? Este interrogante se encuentra en el centro de la Dominus Iesus, que ha levantado muchas discusiones sobre varias cuestiones, pero que, como objetivo principal, tenía el de reafirmar lo que es la justificación más profunda del mismo mandato misionero.
 
En segundo lugar, la misiología católica está profundamente involucrada en la reflexión sobre la relación precisa entre evangelización e inculturación del Evangelio, sobre el influjo que tiene el Evangelio sobre la justicia, sobre la paz y sobre el salvaguardia de la creación, y sobre la necesidad de una nueva evangelización. En la concepción católica, la transformación del
Mons. Brian Farrell, L.C.
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mundo es una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio; en otras palabras, la liberación de la humanidad de cada situación opresiva es parte indispensable de la actividad misionera de la Iglesia. La proclamación de Cristo junto a la promoción de la persona humana a través de las obras de caridad, de justicia y de paz han llevado la potencia del Evangelio al centro de las sociedades y las culturas humanas.

Por lo que concierne el desarrollo humano, quizás Edimburgo 2010 tiene que recordarnos dos cosas. Ante todo, la primacía de la eficacia gratuita de la acción salvífica universal de Cristo resucitado. El mismo Jesús dijo: “Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). El desarrollo humano no deriva principalmente del dinero, del bienestar material o de los medios tecnológicos, sino de la formación de las conciencias, de la maduración gradual del pensamiento y del comportamiento. La Iglesia forma las conciencias revelando a las personas al Dios que ellas buscan y que todavía no conocen, la grandeza de la persona humana creada a imagen de Dios y amada por él, la igualdad de todos los hombres y todas las mujeres como hijos de Dios, con todas las consecuencias que se derivan de tal visión.

Del mismo modo, Edimburgo 2010 tiene que recordarnos que la contribución de la Iglesia al desarrollo de los pueblos no es solamente la lucha contra el subdesarrollo del sur del mundo, sino que también tiene que dirigirse contra la pobreza específica del Norte. Un exceso de riqueza es tan nocivo como la excesiva pobreza. Un desarrollo sin alma que se base en la idea que son suficientes el aumento del bienestar material y la promoción del crecimiento económico y tecnológico no puede satisfacer al ser humano. Este modelo de desarrollo se está difundiendo ahora del norte al sur, donde una oleada de consumismo amenaza reemplazar importantes valores culturales y religiosos con el vacío y la falta de trascendencia ya advertidas en nuestras ciudades occidentales. El Papa Benedicto XVI ha hablado no sólo del mapa misionero actual en términos geográficos y territoriales, sino también antropológicos, un mapa constituido por amplios sectores de la sociedad occidental que se han alejado del Evangelio.

Otro importante debate concierne el modo de proclamar el Evangelio a la luz de la llamada de Cristo a la unidad de sus discípulos. Edimburgo 1910 ha dado inicio a una creciente conciencia de todo lo que las Iglesias tienen en común. Es innegable que, cien años después, las Iglesias están experimentando una tendencia a la re-afirmación de las diferencias existentes no sólo entre ellas sino también en su interior. Sin embargo, en las relaciones entre los cristianos divididos se han conseguido muchos resultados y han cambiado muchas cosas. En su extraordinaria encíclica Ut unum sint (1995), Juan Pablo II, después de haber analizado el progreso cumplido por la búsqueda de la unidad entre los cristianos, concluye que el fruto ecuménico más significativo ha sido la “hermandad redescubierta”. El manantial de esta hermandad no es la buena voluntad subjetiva, sino la unión objetiva de nuestro bautismo común. Todavía no hemos llegado a ser una sola cosa con la unidad por la que Cristo ha rogado, pero sabemos que nuestras divisiones son un escándalo y perjudican aquella causa santa que es la proclamación convincente del Evangelio. El espíritu de este aniversario debería hacer recordar que la misión exige de las Iglesias que se empeñen seriamente en desarraigar cada forma de rivalidad y competición en la actividad misionera.

Una prospectiva pneumatológica

Como enseña claramente el rico proceso de estudios sobre los temas de la misión y la unidad realizado como preparación para esta conferencia, la situación al inicio del tercer milenio exige un renovado empeño misionero y una adecuación de algunas formas de acción. Ello también sugiere que las Iglesias están poco a poco intentando llegar a una nueva metodología misionera. ¿Cómo se presentará en el futuro nuestro compromiso en la misión? Un primer pensamiento, simple pero incisivo, viene a la mente. Cercano y lejano, nuestro mundo está herido y fragmentado en una infinidad de modos. Y sin embargo los cristianos son portadores de la potencia del Espíritu que reconcilia y resana. Es nuestra tarea recobrar y volver a enviar los trabajos y el mensaje de la Conferencia mundial sobre la misión que se tuvo en Atenas en 2005, como llave para comprender hoy la misión. El tema de aquella conferencia, “Ven Espíritu Santo, cura y reconcilia”, abre un amplio horizonte de orientaciones, motivaciones y propuestas prácticas que deberíamos cultivar. En toda la familia cristiana, hay una creciente conciencia que, mientras la misión se basa sobre Jesucristo, es el Espíritu Santo quien –no separado sino unido a Jesucristo– sostiene la Iglesia al llevar adelante la misión de Dios. Eso también es evidente en el capítulo tercero de la encíclica Redemptoris missio de Juan Pablo II, titulado: “El Espíritu Santo protagonista de la misión”. Es el Espíritu que dona la parresia, la audacia con la que confesamos y proclamamos nuestra fe en Jesús Cristo (cfr. Hb 3, 6; 4, 16; 10, 19-22).

En particular nuestros jóvenes solicitan de nosotros un testimonio de Cristo sustancioso y armónico. Hay innumerables posibilidades de testimonio común si de veras tenemos la audacia de buscar igualmente la verdad de Dios y de convertirnos a aquel que nos sigue llamando amigos. Si nosotros mismos llegamos a ser amigos y recorremos juntos el camino ecuménico de esperanza, el Espíritu de Cristo dará la vida a su pueblo, la misión florecerá y prosperará para que “todo sea restaurado en Cristo y los hombres constituyan en él una sola familia y un solo pueblo de Dios” (Ad gentes, 1).

© Copyright L’Osservatore Romano - 12 de junio de 2010 (edición italiana).

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Mons. Brian Farrell nació el 8 de enero de 1944 en Dublín (Irlanda). Ingresó en la Legión de Cristo en 1961. Tanto el noviciado como los estudios humanísticos los realizó en nuestro centro de Salamanca. Obtuvo la licencia en filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana y la licencia en teología en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Fue ordenado sacerdote en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Roma el 26 de noviembre de 1969. De 1970 a 1976 fue instructor de novicios en el noviciado de Estados Unidos. En 1981 obtuvo el doctorado en teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana. Inició su servicio en la Secretaría de Estado el 1º de octubre de 1981. Fue nombrado responsable de la sección inglesa de la Secretaría de Estado Vaticano el 1º de enero de 1999, responsabilidad que desempeñó hasta finales de 2002. Posteriormente fue nombrado secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y ordenado obispo el 6 de enero de 2003 por el Papa Juan Pablo II en la basílica de San Pedro en Roma.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-06-29


 

 


 



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