Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de
Análisis y Actualidad
Uno de los grandes retos de las democracias
basadas en la existencia de varios partidos políticos radica en
la tensión entre representatividad y gobernabilidad.
La democracia, en teoría, existe
para acoger los intereses y deseos de la gente, que
pueden (hipotéticamente) quedar representados a través de los distintos partidos
políticos.
En algunos países, sin embargo, se da una fuerte fragmentación
política entre los partidos políticos según ideas y proyectos a
veces similares, a veces muy diferentes entre sí, y los
ciudadanos mantienen viva tal fragmentación al votar de modo disperso
entre los distintos partidos.
Las leyes electorales, frente a estas situaciones,
pueden orientarse de dos maneras diferentes: o permiten que sean
favorecidas en la obtención de escaños en el parlamento las
listas de los partidos más votados, con un sistema de
tipo mayoritario; o buscan que casi todas las listas votadas
por un número suficiente de electores puedan conseguir sus representantes,
con un sistema de tipo proporcional. Entre estas dos maneras
existen fórmulas intermedias, unas más cercanas al sistema mayoritario y
otras al sistema proporcional.
Los sistemas mayoritarios favorecen la gobernabilidad en
detrimento de la representatividad: el parlamento no refleja los deseos
políticos de las personas, muchas de las cuales suelen escoger
el “voto útil” (votar a un partido no deseado pero
que al menos realizaría algunas ideas afines a las propias).
Las que deciden votar por un partido minoritario quedarán, en
muchos casos, fuera del parlamento, es decir, no conseguirán verse
representadas en sus intereses (esperamos que legítimos y buenos).
Los sistemas
proporcionales favorecen la representatividad, con el riesgo, que se da
con cierta frecuencia, de dañar la gobernabilidad. En lugares donde
la gente vota de modo disperso a varios partidos, el
resultado es un parlamento fragmentado y un gobierno, si se
consigue una coalición pre o postelectoral, con alto riesgo de
inestabilidad.
No es fácil encontrar caminos para superar la aparente dicotomía
entre representatividad y gobernabilidad. Como los poderes establecidos en muchos
países piensan (o imponen según sus intereses) que no existirían
alternativas a los partidos políticos (los cuales crean sistemas “partidocráticos”),
surge el conflicto entre los dos modelos anteriores, y cada
modelo tiene sus ventajas y sus desventajas.
Si se favorece la
gobernabilidad, es decir, si son “premiados” en el parlamento los
partidos con más votos, será posible dejar fuera de los
intereses públicos a un número más o menos importante de
la población, que no logrará hacer oír su voz en
los foros parlamentarios.
Si se favorece la representatividad, ocurre en no
pocos lugares que algunos partidos pequeños pueden condicionar toda la
vida del estado, incluso a través de la imposición de
intereses particulares en detrimento del bien común.
Algo se podría solucionar
con políticos de elevada estatura ética, con sanos principios jurídicos,
y comprometidos por entero al servicio del bien común. Con
políticos de esa categoría, sería posible dejar de lado los
intereses particulares del propio partido para buscar, a través de
acuerdos puntuales o de alianzas más o menos serias, un
programa que sirva para el desarrollo equilibrado de los grupos
y de las personas que viven en el mismo estado.
Pero
si esos políticos no existen o son minoritarios, presenciaremos, como
ya ha ocurrido en el pasado, situaciones en las que
la lucha por el poder se convierte en un fin
para satisfacer los deseos del propio partido en detrimento del
bien común.
El problema merece ser estudiado seriamente por todas las
fuerzas culturales y políticas que aspiran a construir sistemas democráticos
sanos, capaces de promover la justicia y el bienestar de
todos, sin discriminaciones y sin favoritismos. Parece un reto difícil
de alcanzar, pero al menos tener presente el problema será
el primer paso para encontrar y aplicar soluciones eficaces y
justas, orientadas a mejorar seriamente la gestión de la “res
publica”.
[Comentarios al autor: fpa@arcol.org]