Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de
Análisis y Actualidad
En debates orales o escritos, es fácil encontrar
personas que reprochan a la Iglesia católica hechos del pasado
o del presente.
Un caso típico es el de la Inquisición.
Muchos critican este tribunal por violar el respeto a la
libertad religiosa y por usar en ocasiones la tortura como
método para conseguir declaraciones de los procesados.
Ante este tipo de
acusaciones, otras personas, seguramente con el deseo de defender a
la Iglesia, reconocen los hechos erróneos pero intentan “contextualizarlos”: la
Inquisición usaba en ocasiones la tortura porque ese “método” era
también usado en los tribunales civiles, pertenecía al modo habitual
de comportarse en el pasado.
Es entonces cuando ocurre un fenómeno
interesante: los atacantes se irritan y consideran como estrategia equivocada
y mezquina el que otros busquen “justificar” el uso de
la tortura por parte de los agentes inquisitoriales con el
recurso al dato de que otros, en el ámbito civil,
también lo hacían.
Irritarse de este modo puede obedecer a diversos
motivos, pero uno, quizá escondido, es evidente: los críticos suponen,
consciente o inconscientemente, que los católicos deberían tener una integridad
moral y una justicia superiores a las que se daban
en los lugares donde vivían.
Tal exigencia de una integridad superior
sólo tiene sentido si descubrimos que la Iglesia tiene “algo”
que debería obligar a los católicos a ser diferentes, incluso
“mejores”, que los otros grupos sociales.
Esta suposición se construye sobre
premisas que no siempre son tenidas en cuenta en este
tipo de discusiones. Una de ellas lleva a destruir la
ideología sociologista, según la cual los individuos están sometidos a
la mentalidad del mundo cultural en el que viven. Es
decir: la Iglesia sólo estaría llamada a superar el nivel
moral de una época histórica si reconocemos que todos los
seres humanos (los de ayer como los de hoy) están
capacitados para comportarse según criterios diferentes a los que dominan
en las sociedades en las que viven.
La segunda premisa es
la más paradójica: suponer y exigir que los católicos tendrían
que comportarse con una integridad moral fuera de lo común
implica reconocerles algo de lo que carecerían otros grupos humanos.
¿Dónde radica la paradoja? En que ese “algo”, para los
católicos, sólo puede venir de Dios, mientras que muchos críticos
de la Iglesia niegan radicalmente que los católicos hayan sido
fundados por un Cristo que sea, además, Dios.
Los católicos pueden
afrontar este tipo de críticas desde una actitud dialogante y
con el deseo sincero de conocer la historia del pasado.
No podemos juzgar el ayer sin tener en cuenta cómo
se vivía en cada época histórica.
Al mismo tiempo, hay que
reconocer que quienes repiten una y otra vez las mismas
críticas a los católicos por sus incoherencias del pasado y
del presente suponen algo sumamente importante, que no puede quedar
de lado en las discusiones: que los católicos estarían llamados
a superar los parámetros de maldad o de injusticia de
los lugares en donde viven, precisamente porque su origen, Jesucristo,
les obliga a vivir con una integridad y una nobleza
tal que los separe, cuando sea necesario, de los modos
de actuar adoptados por aquellos pueblos y culturas que están
configurados por criterios muy diferentes de los que se surgen
desde la aceptación del Evangelio.
[Comentarios al autor: fpa@arcol.org]
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