Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Cada ordenación sacerdotal
despierta en los corazones reflexiones profundas y sinceras.
Miramos al joven
o al hombre adulto que empieza a ser sacerdote. Después
de un camino de maduración, después de momentos de dudas
y de esperanza, después de oración y discernimiento, dio su
“sí” a Dios en la Iglesia.
Siguieron luego años de formación,
años de plegaria, años de entrega. Por fin, llegó el
día: fue llamado por el obispo. Con humildad, con alegría,
con amor, recibió el don de ser sacerdote, de convertirse
en pan y palabra para sus hermanos.
Pensamos en los padres
y familiares. Tendrían tanto que decir los padres... Uno de
sus hijos, nacido como fruto de su amor, un día
partió del hogar. Es normal que los hijos salgan de
su familia de origen para iniciar una nueva familia. Es
“especial”, incluso es inmensamente bello, que un hijo salga de
la casa para seguir las huellas de Cristo.
Recordamos a los
amigos, conocidos, compañeros de estudio o de trabajo. Han visto
cómo una persona a la que amaban y respetaban decidió
darse a Dios, acoger alegremente la llamada de la Iglesia.
Pero
en la ordenación sacerdotal brilla, de un modo profundamente intenso
y bello, el corazón emocionado de Dios Padre. Por amor
decidió la creación del mundo. Por amor prometió la salvación
tras la caída de los primeros padres. Por amor escogió
a un pueblo para hacer presente su promesa. Por amor,
en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo.
Por
amor, el Padre llamó junto a su Hijo a un
número de bautizados, invitados a ser obispos y sacerdotes, para
vivir como heraldos del Evangelio, como transmisores de esperanza, como
fuego y sal en un mundo necesitado de misericordia.
Dios, si
se nos permite la metáfora, se “emociona” ante cada nueva
ordenación sacerdotal. Desde las manos, los pies, la boca y
el corazón de cada sacerdote podrá susurrar, gritar, su amor
a los hombres. Recordará el mensaje que nos dejó en
su Hijo Jesucristo. Y hará presente la acción del Espíritu
Santo desde los sacramentos y desde la predicación de la
Palabra.
Cada ordenación sacerdotal es una fiesta inmensa en el cielo.
Un hombre frágil acoge el don divino y dice “sí”
a la Iglesia. Dios espera llegar, a través del corazón
y de la vida del nuevo sacerdote, a muchos hogares,
a muchas vidas necesitadas de cariño verdadero.
Es fiesta grande en
los cielos. La historia humana ha quedado marcada nuevamente por
la elección divina. Dios nos acompaña, humilde y alegremente, a
través de cada sacerdote entregado a vivir su misión como
“otro Cristo”, a lo largo de los caminos de la
Iglesia.