Por el P. Dennis Doren, L.C.
«El único camino
para la paz es el perdón». Éste fue el mensaje
de Juan Pablo II para la Cuaresma del 2001. ¡Dios
mío, qué difícil es perdonar! Y, sin embargo, no habrá
paz en la tierra hasta que no se aprenda a
perdonar. No sanará nuestro corazón hasta que perdone, se deje
perdonar.
El perdón sigue siendo un arma secreta en la vida
cristiana para conquistar corazones y para ayudar al mundo a
ser más humano y vivir en paz.
Es precisamente de esta
misericordia y capacidad de perdón de lo que tenemos necesidad
hoy, para no resbalar cada vez más en el abismo
de una violencia y un sufrimiento sin sentido. El Apóstol
escribía a los Colosenses: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios,
santos y amados, de entrañas [literalmente] de misericordia, de bondad,
humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente,
si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os
perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,12-13).
Corría el tren por la
vía en busca de las estaciones que se acercaban sin
cesar. Entre el bullicio que había en el pasillo, nadie reparó
en un joven que estaba sentado con el rostro entre
las manos. Cuando levantaba el rostro se veían en él
las huellas de la tristeza, el desencanto y la preocupación.
Después
de varias estaciones, un señor mayor que estaba sentado frente
a él, se animó a preguntarle cuál era el motivo
de su turbación, siendo adolescente, era muy rebelde y no
hice caso a mi madre que me aconsejaba a dejar
las malas compañías. En una pelea, maté a una persona...
Fui
juzgado, condenado a diez años de cárcel y mi sentencia
la tuve que purgar en un presidio lejos de mi
casa.
Nadie me escribió durante ese tiempo y todas la cartas
que envié no tuvieron respuesta. Unos meses atrás, cuando supe
la fecha de mi liberación le escribí a mi madre
una carta.
- En ella le decía más o menos así:
“Querida
mamá sé que has sufrido mucho por mi causa en
estos diez años. Sé que he sido un mal hijo
y que entiendo tu silencio al no querer comunicarte conmigo.
Dentro de unos meses voy a quedar libre y quisiera
regresar a casa.
No sé si me estarás esperando, por lo
cual te ruego me des una señal que me aceptarás.
¿Te acuerdas del peral que hay en la estación de
trenes?. Yo voy a comprar un pasaje que me sirva
para más allá de nuestro pueblo. Si tu me perdonaste
y aceptas mi regreso, te ruego le pongas una cinta
amarilla a ese peral, entonces, yo al verlo me bajaré.
Si
es que no aceptas mi regreso, al no ver la
cinta amarilla en el árbol, seguiré de largo y nunca
más te molestaré”.
- Esta es mi historia señor, y quisiera
pedirle un favor. ¿Podría usted mirar en la próxima estación
si ve el árbol con la cinta amarilla?. Tengo tanto
miedo que no me amino a mirar. En silencio sólo
interrumpido por los sollozos del joven, el tren fue avanzando,
acercándose más a la estación asignada.
De repente, el señor
que estaba en frente gritó lleno de júbilo: ¡joven, joven,
mire!....
Alzando los ojos surcados por las lágrimas, el joven contempló
el espectáculo más hermoso que podían ver sus ojos. La
luz de la esperanza llenó su corazón.
El peral no tenía
una cinta amarilla. Estaba llena de cintas amarillas, pero no solo
él…sino todos los árboles del pueblo estaban llenos de cintas
amarillas.
No hay corazón que aguante el sentirse perdonado y aceptado,
después de uno o varios errores cometidos. Aprende a descubrir
la serenidad y tranquilidad en un mundo imposible de entender.
Que
el dolor que has vivido y los problemas que has
experimentado, te den el poder de caminar por la vida
enfrentando cada situación con optimismo y valor.
No olvides que habrá
seres cuyo amor y comprensión siempre estarán contigo, aún cuando
te sientas solo.
Perdonar, saber perdonar. ¡Saber pedir perdón! ¡Qué difícil,
Dios mío! Para muchos, tal vez la mayoría, perdonar es
signo de debilidad y de humillación. Y, sin embargo, el
perdón requiere una enorme fortaleza, la única que vale. Es
la fuerza de quien sabe vencer al mal con el
bien. Sólo esta fortaleza es el antídoto que podrá salvar
a este mundo enfermo.