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Tú eres Pedro
ITALIA | ACTUALIDAD | ARTÍCULOS DE OPINIÓN
«El estar tan cerca y verle tan sencillo confirmó en mí aquellas palabras de Santa Catalina de Siena: el Papa es el dulce Cristo en la tierra».

César Jairo Tobón, L.C.
El H. César sostiene el libro durante la misa con el Papa (Foto: L'Osservatore Romano).

Muchos de los seminaristas de los diferentes colegios eclesiásticos que están en Roma suelen tener la oportunidad de acolitar misas con el Papa. El H. César J. Tobón, L.C., que recientemente concluyó su bachillerato de filosofía para iniciar el periodo de prácticas apostólicas, nos comparte esta experiencia con el Papa después de acolitar la misa donde el Santo Padre impuso el palio a nuevos arzobispos metropolitanos el 29 de junio del 2011.

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Los dos años que he vivido en Roma han estado llenos de experiencias profundas e incomunicables. En Roma he encontrado una Iglesia viva, fiel seguidora de los mandatos de Cristo, consciente de su conformación por hombres y, a la vez, poseedora de un tesoro: la fe. La experiencia de haberle acolitado una Misa al Papa ha acrecentado en mi alma una adhesión cordial hacia el Vicario de Cristo. Ciertamente, el amor al Papa no sólo es producto de un afecto humano, fundamentado en su santidad, en su simpatía o en sus innumerables cualidades humanas. Cuando vemos al Papa o escuchamos su palabra, lo hacemos por ver, tocar y oír al sucesor de Pedro, al Vicario de Cristo en la tierra. El estar tan cerca y verle tan sencillo confirmó en mí aquellas palabras de Santa Catalina de Siena: el Papa es el dulce Cristo en la tierra. Cada día se encuentra necesitado de nuestras oraciones y apoyo. Me voy de Roma con el corazón henchido de amor a la Iglesia y un propósito en mi interior: pedir cada día por el Papa, por Pedro.

¿Qué pasó ese día de la misa? «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Aún resuena en mi mente este estribillo interpretado por el Coro de la Capilla Sixtina. En la pequeña sala contigua a la “Capilla de la Piedad” de Miguel Ángel se extendían sobre una mesa los ornamentos litúrgicos. Yo esperaba de pie la llegada del Santo Padre, mientras sujetaba con mis manos el libro “Oraciones que debe decir el Sacerdote al revestirse con los ornamentos sagrados”. Era el 29 de junio del 2011: fiesta de San Pedro
Misa con el Papa el 29 de junio.
Foto: L'Osservatore Romano.
y San Pablo, imposición del palio a los nuevos arzobispos metropolitanos y sexagésimo aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa. El arcipreste de la basílica de San Pedro salió a recibirle acompañado del maestro de ceremonias. Su Santidad entró sigilosamente, casi de puntillas. Cuatro alumnos del Colegio Inglés le esperaban con el aguamanil (recipiente para lavarse las manos). Les saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

En la pequeña sala permanecimos el Santo Padre, Mons. Marini, Mons. Viganò y un servidor. El Papa seguía recogido en oración. El maestro de ceremonias le vistió con la casulla roja. Tomó el palio y lo puso sobre los hombros del Santo Padre. La humanidad era depositada como una oveja sobre sus espaldas. A mi mente llegaron aquellas palabras del Evangelio: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Veía al Santo Padre tan frágil por la edad. Comprendí con el corazón que la fuerza no viene de nosotros sino de Dios. Durante esas fechas un compañero legionario me compartió estas palabras que el Santo Padre pronunció en una Misa: «Aquel que es titular del ministerio petrino debe tener conciencia de que es un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus fuerzas, y necesita constantemente purificación y conversión. Pero debe tener también conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la confesión de Cristo crucificado y resucitado» (Homilía de Benedicto XVI, 7 de mayo de 2005). El Santo Padre es consciente de su fragilidad en cuanto hombre, pero también de su dignidad en cuanto sacerdote, en cuanto “Vicario de Cristo”.

Mons. Viganò le ajustó la mitra en su cabeza. El maestro de ceremonias le ofreció el báculo pastoral. El Papa caminaba a ritmo sereno. Al avanzar en procesión detrás del Santo Padre, pensaba en aquellas palabras que él había subrayado años atrás: «En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo» (Homilía de Benedicto XVI en la Misa Crismal, 5 de abril de 2007).

La gente se amontonaba alrededor de la valla intentando tocarle. Una mujer africana le ofreció su pequeño hijo y el Santo Padre le acogió con un beso en la frente. Caminamos hacia el altar. Recorrí en un instante todos estos años donde también ha habido dificultades. ¿Cuántas veces confiamos en nosotros mismos, en nuestras seguridades, en nuestras agarraderas humanas? Veía al Santo Padre delante de mí y tuve la certeza de que para aquel hombre el Señor era su único apoyo y su única seguridad, era su “Amigo”.

Al pronunciar su homilía nos dejó impactados a
Benedicto XVI
Foto: L'Osservatore Romano.
todos los que le acompañábamos. Nos transmitió de una manera fraternal, casi abriéndonos su corazón, lo que había significado para él su ordenación sacerdotal. Al leer de nuevo la homilía me llamaron la atención estas palabras: «Volviendo la mirada atrás, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y por las alegrías, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo» (Homilía, 29 de junio de 2011). Es la visión de un hombre que ha comprendido la esencia de su misión sobre todo como cristiano.

Durante estos días un amigo me decía algo que me ha ayudado mucho: «Yo creo que el amor hace grandes a las personas. Claro, es el amor recibido realmente lo que hace a uno grande, pero quien ama demuestra que ha entendido el amor. Y creo que es esto lo que busca el Señor: que reconozcamos el amor». Es el amor que nos transforma, que da un vuelco a nuestra vida.

A lo largo de la celebración el Santo Padre permaneció recogido en oración. Varias gotas de sudor resbalaban por su cara mientras las secaba con su pañuelo. En la entrega de los palios pude apreciar de cerca la emoción de cada uno de los Arzobispos. Se arrodillaban delante del Santo Padre para recibir el “suave yugo de Cristo sobre sus hombros”, del que había hecho mención en la homilía identificando el yugo de Cristo con su amistad. Todos renovaron la comunión de su iglesia particular con Pedro: «cum Petro et sub Petro».

La celebración continuó y llegó el momento del rito de la paz. En uno de los cuatro pilares de la basílica descansa una estatua y una reliquia de san Andrés. Pedro y Andrés eran hermanos, y fue Andrés el primero en encontrar al Señor y llamar a Pedro a su encuentro. Andrés es uno de los principales apóstoles de la Iglesia Oriental, por lo cual su presencia ahí es como tener a los dos pulmones de la Iglesia, oriente y occidente. El Delegado del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla se acercó al altar. Al darse el signo de la paz era “Pedro”, occidente, quien abrazaba a su hermano “Andrés”, oriente.

Momentos después el Santo Padre rezó la oración después de la comunión. Descendió junto con Su Eminencia Emmanuel, metropolita de Francia. Los “dos hermanos” rezaron delante de las reliquias de la Pedro, la Roca, cimiento de toda la Iglesia. «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). El Santo Padre subió las escaleras y peregrinó por el corredor de la basílica. Ha pasado un año desde aquel día. Este hombre no era Joseph Ratzinger, era “Pedro”.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-06-29


 

 


 



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