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| «Otra cosa que he aprendido es que aquellos que quieren perpetuarse en el poder o en un lugar, con el tiempo van perdiendo la riqueza y fortaleza con la cual comenzaron». | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
A lo largo
de la vida he ido aprendiendo que los hombres pasamos
y que cada uno tiene que poner lo mejor de
sí mismo. Siempre me ha acompañado una máxima: “deja las
cosas mejor de como las has encontrado”; si lo haces
así, triunfarás y dejarás a tu alrededor un buen sabor
de boca, la gente te recordará y en donde estés
te acompañará con su oración, estima, cariño y agradecimiento.
Otra cosa
que he aprendido es que aquellos que quieren perpetuarse en
el poder o en un lugar, con el tiempo van
perdiendo la riqueza y fortaleza con la cual comenzaron, ya
cansados son poco eficaces y, por lo general, ya están
instalados en un cierto status. Son sanos los cambios, es
sano decirte a ti mismo “siervo inútil soy, solo he
hecho lo que tenía que hacer” y aceptar que es
bueno un cambio, y tú también darte cuenta que debes
cambiar, que ya tus acciones, pueden estar limitadas por círculos
viciosos, egoístas y cerrados en sí mismos y que todo
lo que hagas no tendrá el fruto que Dios espera.
Lo importante es que llegues al cielo con las manos
llenas, pues será a Dios a quien le presentarás todos
los afanes de tu vida, con sus triunfos y fracasos,
con sus luchas, caídas y levantadas y Él, que es
sumo bien, te recompensará.
Vivir de cara a los triunfos humanos
y al que dirán de los hombres, es siempre un
riesgo y, al final, traerá como resultado el encontrarte con
las manos vacías.
A veces, cuando te sientes importante; a veces,
cuando tu ego florece; a veces, cuando das por sentado
que eres el mejor del lugar; a veces, cuando sientes
que tu ida dejará un vacío que no puede llenarse,
sigue simplemente estos consejos y observa cómo se ubica tu
alma:
Toma un balde y llénalo de agua; sumerge tu mano
hasta la muñeca, sácala, el hueco que queda es la
medida de cuánto serás extrañado.
Podrás salpicar con gozo cuando entres;
podrás remover el agua con abundancia, pero deja de moverte
y en un minuto observarás que su aspecto es quieto
como antes.
La moraleja de este sencillo ejemplo es simplemente hacer
todo lo mejor que puedas y sentirte orgulloso de ti
mismo; si tu trabajo lo has ofrecido a Dios, lo
has hecho con rectitud de intención y has buscado hacer
el bien; no te sientas triste ni derrotado, recuerda que
no hay ningún hombre indispensable. Dios no despide a nadie
excepto a los que están llenos de ellos mismos. Como
decía San Pedro en 1 Pedro 5:5: “Dios resiste a
los soberbios, pero da gracia a los humildes”.