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| «La vejez es como una cuenta bancaria… uno extrae de lo que había depositado en ella». | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
Poseer la felicidad
es un derecho que todos los hombres tenemos, forma parte
del ideal de cada hombre y también del designio de
Dios. ¿En dónde la buscas?, ¿ya la encontraste?, ¿te interesa
conseguirla?, ¿qué medios estás poniendo para poseerla? Muchas veces la
buscamos fuera en las cosas que se nos presentan amables,
buenas y en otras no tan buenas; como sedientos después
de varios días en el desierto, nos queremos saciar de
ella, pero estoy seguro que llegaremos a la misma conclusión
de San Agustín. Es la sed insaciable de la que
todos tenemos necesidad.
San Agustín también en un momento de su
vida estuvo sediento de felicidad, la buscó y fue tras
ella; pero en un momento de lucidez y claridad, se
dio cuenta que la tenía dentro, muy dentro de su
corazón, hasta llegar a exclamar:
"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua
y tan nueva, tarde te amé!
Tú estabas dentro de
mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y
me lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti.
Tú
estabas conmigo y yo no estaba contigo.
Me retenían lejos
de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen en
Ti, nada serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera.
Brillaste y resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera.
Exhalaste
tu perfume y respiré y suspiro por Ti.
Gusté de
Ti y siento hambre y sed.
Me tocaste y
me abraso en tu paz".
Su experiencia de la felicidad plena
la encontró en Dios, la Verdad misma que daría sentido
a sus interrogantes.
La Sra. Jones, como San Agustín, sí supo
en donde encontrarla, equilibrada y orgullosa, de 92 años de
edad, cada mañana se paraba a las 8 en punto,
estaba con su cabello peinado al estilo de peluquería y
un maquillaje perfectamente aplicado, aún sabiendo que ella era casi
ciega. Se mudó hoy a un asilo de ancianos. Su
marido de 90 años recientemente había muerto, obligando a que
esta mudanza se hiciera después de su fallecimiento.
Después de muchas
horas de esperar pacientemente en la recepción del asilo de
ancianos, ella sonrió muy dulcemente cuando le avisaron que su
habitación estaba lista. Mientras ella maniobraba su andador al ascensor,
yo le daba una descripción detallada de su pequeño cuarto,
incluyendo las sábanas y cortinas que habían sido colgadas en
su ventana: "Me encantan", -dijo ella con el entusiasmo de
un chiquillo de 8 años al que acaban de mostrar
un nuevo cachorro.
“Sra. Jones, usted aún no ha visto el
cuarto. Sólo espere". "Eso no tiene nada que ver", -dijo
ella. "La felicidad es algo que uno decide con anticipación.
El hecho de que me guste mi cuarto o no
me guste, no depende en cómo esté arreglado el lugar,
depende en cómo yo arregle mi mente. Ya había decidido
de antemano que me encantaría. Es una decisión que tomo
cada mañana al levantarme. Estas son mis posibilidades: puedo pasarme
el día en cama enumerando las dificultades que tengo con
las partes de mi cuerpo que ya no funcionan, o
puedo levantarme de la cama y agradecer por las que
sí funcionan.
Cada día es un regalo, y por el tiempo
que mis ojos se abran me enfocaré en el nuevo
día y en las memorias felices que he guardado en
mi mente. Sólo por este momento en mi vida. La
vejez es como una cuenta bancaria… uno extrae de lo
que había depositado en ella. Entonces, mi consejo para ti
sería que deposites gran cantidad de felicidad en la cuenta
bancaria de tus recuerdos".
Gracias por lo que has hecho para
llenar mi banco de memorias. Sigo depositando…
Recuerda las simples 6
reglas para ser feliz:
1. Libera tu corazón de odio.
2. Libera
tu mente de preocupaciones.
3. Vive humildemente.
4. Da más.
5. Espera menos.
6. Y encuentra a Dios en tu
corazón