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El dibujo
MÉXICO | ACTUALIDAD | ARTÍCULOS DE OPINIÓN
«La fe se pierde, se niega, se persigue. Por eso el vicario de Cristo pregona un año de la fe, para que la sal no se vuelva sosa, para que la luz no permanezca oculta».

Camino espiritual
«El camino de la fe que estamos a punto de inaugurar es eso, confesar y profesar la fe en la Trinidad».

Por el P. Francisco Javier Carrión Armero, L.C.
http://www.elolivoviejo.com/

Hace poco hicimos un dibujo. Cojamos de nuevo la cuartilla que lo contiene y contemplemos la puerta de la fe trazada por nuestra inexperta mano con un lápiz cualquiera. ¿Ya hemos entrado? Ahora podríamos decir con el salmista que nuestros pies ya están pisando los umbrales de Jerusalén, de la casa del Señor, y por eso el corazón está alegre (Sal 121). Sin embargo, quizás alguno aún no haya encontrado motivos para esa alegría y no se atreva a dar el paso que franqueará la fe, pues no tiene claro en qué tiene que creer. Y no le obligaremos nosotros a pasar, claro está, si no cree. Porque, entre otras cosas, la fe es la única llave que abre la puerta de que hablamos. Sólo quisiéramos ayudarle a entender –dentro de lo que cabe- en qué se cree cuando se atraviesa esta puerta.

Detengámonos, pues, ante el umbral y hagamos otro dibujo. Esta vez no utilizarás el lápiz sino sólo tu mano derecha y trazarás dos líneas sobre el papel que serás tú mismo. Trazarás la primera desde la frente al pecho y la segunda desde el hombre izquierdo al derecho diciendo a la vez –como quizás aprendiste en la catequesis hace mucho tiempo-: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Habrás advertido que no ignorabas las líneas de este dibujo, que ya conocías los trazos, que los habías insinuado muchas veces sobre tu frente y tu pecho. Pero quizás este dibujo yacía sepultado bajo ese rimero de papeles del escritorio y ya no recordabas ni los tonos ni las sombras. Liberemos la cuartilla de su sepulcro y observemos este dibujo que es a la vez un signo. Significa que todos nuestros pensamientos, palabras y obras, se piensan, dicen y hacen en el nombre de la Trinidad. Esa es nuestra fe. La fe en la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- nos envuelve.

El camino de la fe que estamos a punto de inaugurar es eso, confesar y profesar la fe en la Trinidad. Confesión que no es una fórmula inerte, una fría e ignota sentencia teológica impresa sobre un libro, un jeroglífico ajeno a mi entender. No. La fe en la Trinidad es algo cálido, vivo y creciente, es un maravilloso cuento, un relato fantástico, una increíble historia de amor escrita en el libro de la vida misma y de la historia del hombre. Es una narración repleta de personajes y actores buenos y malos, amables y odiosos, desobedientes y díscolos. Una historia de virtud y de vicio. Una historia divina y humana. La fe en la Trinidad tiene más de relato que de definición.

Hay en ella una alianza y unos hilos de fidelidad que tejen los actos de sus protagonistas. Hay también unas tijeras de traición, infidelidad y egoísmo. Hay, por tanto, ruptura. Hay un laberinto y un dragón que escupe fuego. Un gallardo soldado lo aniquila. Se habla en esta historia de un tesoro oculto que habrá que descubrir y de perlas preciosas que alborotan a los mercaderes. Hay un Dios bueno y una criatura mala y mordaz que todo los destruye. Batallas y guerras se suceden por la conquista de un reino. Hay un rey y una princesa prudente que espera en la altura de una torre hasta que vuelva el esposo, el cual volverá dueño de las islas del más allá. Y todo lo obtiene la paciencia.

Porque Dios Padre amó al hombre y le dio un paraíso en el que vivir y un don inmerecido para entrar en comunión y diálogo con Él. Luego vino un ángel envidioso y arruinó los maravillosos planes del amor de Dios. Oscuridad. Lágrimas. Sufrimiento. Después Dios Padre envió a su Hijo para rescatar de las garras del demonio –que es el dragón y la serpiente- al hombre amado y devolverle su cielo y el don de la comunión con Dios que, a partir de la Redención, nos llega a través de la gracia. El Hijo es redentor porque nos redimió, rompió las cadenas y nos sacó de la cárcel en la que estábamos encerrados. Y ahora, el Espíritu Santo, guía a su Iglesia mientras esperamos el retorno de nuestro Salvador. Porque volverá –él es el esposo que está por venir- para juzgar a los vivos y a los muertos que desfilaron por este escenario nuestro que es el mundo del ayer, del hoy y del mañana.

Esto es sólo el resumen de una viva trilogía que necesita más páginas para ser contada. Aunque también es sólo el esbozo de un tríptico cuyas tablas nos narran con témperas divino-humanas la historia de Dios y del hombre.

Cuando cruzamos la puerta de la fe creemos en el amor de Dios Padre que nos pensó y formó y que para salvarlos del pecado envió a su Hijo al mundo y ahora nos guía en la Iglesia mediante la inspiración del Espíritu Santo.

Benedicto XVI en su carta apostólica Porta fidei nos recuerda todo esto y nos invita a ejercitar nuestra mano en el oficio del dibujante de la fe para que no se nos olvide el trazo que con tanto empeño aprendimos ayer. Nos anima a buscar entre tanto papel de oficina o entre las revistas multiculores o los periódicos del día, esos sencillos dibujos que trazó la fe ayer: sencillos dibujos de grafito sobre papel.

Te he dejado un rato parado ante la puerta porque he querido que redescubrieras el camino de la fe, que remarcaras las líneas de tus dibujos. Sólo esta restauración iluminará la alegría del encuentro con Cristo.

Lo diremos rápido: la fe se ha perdido. La creencia se ha desdibujado en la vida del mundo, sociedades y culturas y en la vida de las personas. Demasiada agua ha diluido la acuarela, el tiempo ha cuarteado los óleos. La fe ya no es algo común, una base firme, un sustrato que generaba un comportamiento acorde al evangelio. El mundo que nos rodea es cada vez más incrédulo, el sustrato que lo alimenta genera desconcierto, los principios de la fe que guiaban los actos de los hombres se desvirtúan. Ayer, un humus cristiano, generalmente aceptado, ostentaba el contenido de la fe y  vitalizaba virtudes inspiradas por ella.

También en nuestra vida la fe languidece. A veces dudamos. A veces no creemos. A veces nuestro comportamiento no concuerda con la fe que profesamos. A veces. O siempre. Y curiosamente, estas pruebas de la fe, son las que, una vez superadas, la robustecen. Vencer en esta lid depende de la diligencia con la que busquemos razones para nuestra fe y profundicemos en ella cada vez más sin darla por supuesto.

La fe se pierde, se niega, se persigue. Por eso el vicario de Cristo pregona un año de la fe, para que la sal no se vuelva sosa, para que la luz no permanezca oculta. Para que restauremos los dibujos de la fe de la sociedad y la cultura, para que, en nuestra propia vida, tracemos con vigor y sin miedo el signo de la fe, que tiene forma de cruz y narra el amor de Dios hacia los hombres.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-09-28


 

 


 



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